Portada del relato Fragmentos del Crepúsculo Xenogeométrico
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Fragmento:


Permítanme advertirles, mentes lúcidas, que la razón es apenas un velo, y tan frágil como el polvo de los planetas muertos. No pretendo despertar piedad, ni incitar a la huida, sólo exponer la verdad proveniente de aquellos abismos donde tiempo y espacio se entrelazan y mueren, y donde yo, Czal-R'en Drayson, último archivista de la Liga Neuronómica, caí ante los pasadizos prohibidos de lo incognoscible.

Duración: 09:21

Fragmentos del Crepúsculo Xenogeométrico
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Texto de ajuste de pausa.

Alrededor del año 2745 del infortunado calendario humano, bajo la bóveda ennegrecida de un cielo sombríamente electrificado por relámpagos verdes, el concepto mismo de realidad se había convertido en un territorio fronterizo, lacerado por los embates de civilizaciones ya olvidadas y fuerzas demasiado antiguas aún para el recuerdo de los átomos. Allí, donde las megaciudades supuraban una existencia que era más melancolía que actividad, me hallé prisionero de una curiosidad tan antigua como la vida, y sin embargo tan nueva para el hombre como la geometría de pesadillas entrevé la mente febril.

Permítanme advertirles, mentes lúcidas, que la razón es apenas un velo, y tan frágil como el polvo de los planetas muertos. No pretendo despertar piedad, ni incitar a la huida, sólo exponer la verdad proveniente de aquellos abismos donde tiempo y espacio se entrelazan y mueren, y donde yo, Czal-R'en Drayson, último archivista de la Liga Neuronómica, caí ante los pasadizos prohibidos de lo incognoscible.

Todo comenzó en la más inundada estación subterránea de Iapetós, aquel satélite de Saturno que la humanidad, después de incontables exilios planetarios, llamaba “hogar” con acento de pesadilla. Los archivos paleotecnológicos de la estación contenían grabados y artefactos que desafiarían el entendimiento de cualquier erudito sensato; pero nada—nada—era comparable a la losa de obsidiana líquida hallada al fondo de la celda cúbica KZ-93, a la que sólo se accedía mediante una secuencia de patrones y claves reservados a aquellos con licencias cognitivas superiores al nivel 7D.

La losa no era una losa en realidad, sino un corte transversal de pura incongruencia. Infraluz titilaba en su interior como una gota de recuerdo en ebullición. Los sensores de mi mezcla neuronal vibraban bajo el influjo de fórmulas que reconocían algo para lo cual aún no existía adjetivo entre los dialectos humanos. No era simple antimateria ni exótica energía; era un vestigio de lo que, según leyendas murmuradas por antiguos, fuera una especie de “puerta”—un umbral hacia direcciones prohibidas, selladas por razones extratemporales.

Mi fascinación rayó la obsesión. La losa albergaba símbolos flotantes, evocando los patrones de R’lyeh, aquella ciudad sumergida cuyos vestigios se extendían no solo por los océanos de la Tierra primitiva, sino también, según algunos delirios, por diversas líneas de realidad. Códigos fractales se superponían grotescamente con caracteres insectiliformes y espirales imposibles, produciendo un vértigo geodésico en mi percepción virtual.

Los supervisores de la estación advertían sobre interferencias cognitivas, pero nadie podía recordar la naturaleza exacta de las tragedias ocurridas allí, años o eones antes que mi nacimiento. Hasta los registros más hostiles sólo balbuceaban sobre “claves”, “llaves” y “viajes”.

No sé en qué momento preciso crucé la línea entre la simple investigación y el ritual. La losa comenzó a reaccionar ante mis intentos de decodificación; en las noches artificiales, su superficie palpitaba con una vida interior, como un corazón de obsidiana. Una madrugada, embriagado por sueños de escalas fractales y sonidos que ululaban más allá del espectro humano, ejecuté la última secuencia: la inversión de la raíz cuadrada de un número imposible, entonando fonemas desgarradores en la antigua voz de Yuggoth: un susurro cargado de sílabas antinaturales.

El espacio frente a mí se deformó. Sentí cómo mi conciencia era arrastrada no fuera, sino dentro; me convertí en parte del ángulo, del borde, de la sombra y la fisura. Cuando los sentidos regresaron, la losa había desaparecido y yo yacía en una sala cuya arquitectura podía sólo llamarse “alienígena” por cortesía: todo era profundo, anguloso y girado sobre ejes de desprecio cósmico.

Mi mente, advierto, no está hecha para transmitir aquello que habité entonces. El color, si así puede llamarse, era un púrpura que lloraba, una saturación que palpitaba sobre tonos acéfalos jamás soñados por monstruosidad alguna. Caminé (¿floté? ¿fui arrastrado?) sobre un suelo tan rugoso como la conciencia de un moribundo. Cada paso era una amputación, una reconstrucción que me moldeaba a lo inenarrable.

A la izquierda, sendas de vapor translúcido pululaban por los extremos, pero la geometría era tal que un simple intento de mirar hacia atrás me hacía caer sobre mi propio pasado, y entonces mi memoria mutaba, reescribiendo el horror en oleadas. Frente a mí, una puerta, formada por líneas de sombra y relámpago interior, latía al ritmo de nombres inmemoriales.

Fue entonces cuando presentí las presencias que allí moraban; no formaban parte del bioma reconocible, ni de ninguna morfología abismal de leyendas. Eran entidades plegadas, ecos de consciencia encubiertos en los vastos corredores, y su contacto era apenas un zumbido bajo mi piel, un reflejo en la hendidura de mi tiempo personal.

La más notoria de esas voluntades era la mía, aunque transformada, segmentada por miles de perspectivas oscuras y fragmentarias. Descubrí que, para atravesar aquel umbral y regresar sano—si la palabra retiene su sentido—sería necesario usar una de las llaves que había estudiado en crudeza teórica: la Llave de Yuggoth, que, según los dogmas archivados, era tanto objeto, camino como palabra.

Busqué la llave en el relieve de la imposibilidad. Los símbolos titilaban en mi piel ahora, siendo yo el portador y el sello; pronuncié los fonemas prohibidos, sentí cómo la puerta exudaba una niebla fría, succionando cada concepto de mi mente, y uno a uno los recuerdos de mi infancia, de mis amantes pasados, de los amigos olvidados—todo era absorbido por la fisura y reemplazado por patrones indescifrables: imágenes de ciudades en torbellino, árgamas titánicas en guerra, gritos sordos viajando a velocidades supersónicas por las autopistas del éter.

El umbral cedió. Crucé. Fui arrastrado hacia una cámara infinita—o finita sólo en la imaginación de dioses muertos—donde vi la fuente del horror. Allí yacía el Portal de la Reversión, el pomo central de la espiral oscilante, envuelto en filamentos eléctricos y fósiles de oraciones. Reconocí la geometría de R'lyeh superpuesta a la lógica de Yuggoth, y supe que jamás podría regresar con la misma mente.

Ante mí, flotando entre réplicas distorsionadas de mi mismo, surgió la Verdad: este portal era el origen de toda migración ontológica, el vórtice de las viejas migraciones extraterrestres, el sitio donde las entidades conocidas y las desconocidas tejieron el pacto de la separación. Era la Puerta del Último Sueño, y en su superficie llameaba el reflejo de toda vida y muerte, desenvainadas para ser mezcladas al antojo de voluntades insensibles.

Al extender la mano, mis dedos se alargaron hacia el centro tentador—la tentación misma era una fuerza material en aquella dimensión. Un relámpago de memoria atravesó mi mente: los grifos, las compuertas de la Realidad, los nombres prohibidos por mis ya enterrados antepasados. Los que se atrevieron a cruzar regresaron distintos, si regresaron.

Mi piel se curvó, mi sangre brilló. Atravesé el portal. La sensación fue la de ser triturado y reconstituido simultáneamente, de ser interpretado según reglas imposibles y luego reescrito en una lengua leída desde fuera del espacio tridimensional.

Allí aprendí (¡ay de mí y de todos los vivos!) que el tiempo no era fundamental, ni siquiera la causa de la causalidad; lo fundamental era la intencionalidad de las puertas. Supe, sin aprenderlo, que los portales de R’lyeh y las llaves de Yuggoth no eran objetos ni trozos de materia: eran voluntades agazapadas en el pliegue del cosmos, esperando ingenuidad o desesperación suficiente para manifestarse.

La cámara infinita se disolvió. Fui devuelto, no sé cómo, a mi sala original. El aire de Iapetós era más denso, pesado como el juicio de la extinción. Pero la losa había desaparecido, y en mi brazo yacía un nuevo grabado: la espiral imposible, brillando con luz infracarmín—la contraseña de una abertura oculta, sellada a la espera de un nuevo viajero.

Ahora descubro, noche tras noche, que he traído otro umbral dentro de mí. Los sueños ya no me pertenecen: soy visitado por formas que no desean contacto, que asoman su horror solo para recordarme que ninguna decisión puede desandarse. Oigo, en mi cráneo, las voces murmurantes de aquellos que intentaron cerrar la fisura, descubridores locos que todavía lamentan la osadía de haber encendido el Portal.

Por eso les advierto: si algún día encuentran en la penumbra de cualquier futuro un fragmento obsidiana, una señal ultrageométrica, no miren—no escuchen—no sigan los impulsos de la mente. El universo tiene cicatrices, y aquello que sangra por esos cortes aún vive, esperando entrar. Aquella Noche Curvada aún se cierne sobre nosotros, y hay puertas en el crepúsculo de las dimensiones que nunca, por ningún motivo, deben volver a abrirse.

Juzguen esto como una simple historia, una exhalación de un cronista enfermo, pero recuerden que las palabras son llaves y los relatos portales. Queda en ustedes decidir si desean descifrar la espiral o, como yo, perderse para siempre en el eco de la Singularidad Abisal.

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