Fragmento:
Una noche –aunque ya la distinción nocturna carecía de sentido, pues el cielo fulguraba con ciclones aurorales perpetuos– la voz llegó de nuevo, pero más fuerte, transmitida a través del tejido de la materia, vibrando en la estructura molecular del viejo recinto. Era como un zumbido dentro de su cráneo y una caricia dolorosa en lo más hondo de su ser. Serphiel intentó huir, pero las piernas escamosas que el destino le había concedido se deslizaron torpemente sobre las baldosas fracturadas, enredándose en filamentos de raíz metálica.
Duración: 09:17
Sobre las ruinas de lo que una vez fue la Tierra, la humanidad ya no existe en sentido estricto. Solo quedan lo que ellos llaman los Ascendidos, remanentes de carne transfigurados por eras de tecnología y simbiosis incomprensible, en un mundo asfixiado bajo la radiactividad y la maleza de metales regurgitados por sus propias maquinarias. Los antiguos continentes, erosionados y fusionados por continuos cataclismos climáticos, reciben nombres incomunicables, y las estrellas, antaño faros de navegación, tiemblan violentamente en el firmamento distorsionado como si temieran algo aún peor que la muerte térmica del universo.
En medio de vestigios, bajo la cúpula oxidada de la Necrópolis de Yghrugh, Serphiel contemplaba los rituales de sus semejantes. Él era diferente. Sentía una nostalgia imposible por eras que no vivió, épocas enterradas entre los cimientos del tiempo. En su conciencia anodina crecía el rumor de una verdad prohibida que solo brotaba en los sueños: un presagio atávico, el regreso de los verdaderos dueños del cosmos.
Una noche –aunque ya la distinción nocturna carecía de sentido, pues el cielo fulguraba con ciclones aurorales perpetuos– la voz llegó de nuevo, pero más fuerte, transmitida a través del tejido de la materia, vibrando en la estructura molecular del viejo recinto. Era como un zumbido dentro de su cráneo y una caricia dolorosa en lo más hondo de su ser. Serphiel intentó huir, pero las piernas escamosas que el destino le había concedido se deslizaron torpemente sobre las baldosas fracturadas, enredándose en filamentos de raíz metálica.
Uno de los Ancestros le observaba. Sus ojos, enteramente negros, poseían la calma de quien ha visto cómo los mundos mueren. Le habló en una lengua psiónica, sin sonido, apenas un leve temblor en el aire:
—No huirás, porque de aquí nadie escapa. Quienes han oído el Llamado deben responder.
El Ancestro tenía implantada la Tercera Boca en la palma de su mano, orificio que goteaba nieblas azuladas cada cierto intervalo. Extendió su mano sobre Serphiel, y la niebla penetró en su piel como miasma espiritual. Vio cosas… Vio el auge de civilizaciones de las que nadie guardaba recuerdo, vio el alzamiento de Yghrugh, la fundición del Mar Silencioso, y finalmente, el descenso de los Custodios Estelares: entidades de formas fluctuantes, de fulgencias y rugosidades aritméticas físicamente imposibles.
Tras el contacto, Serphiel recordaba el nombre de los horrores. Nerez-Kol. El exiliado, el transmundano, el que aguardaba en el centro mismo del tejido de la realidad. Un hambre psicodélica, una conciencia voraz que aguardaba el momento en que el universo estuviese poblado solo de cenizas y polvo para reclamar lo que siempre fue suyo.
—¿Qué debo hacer? — preguntó, aunque no sabía si el Ancestro seguiría allí o si hablaba solamente con la Oscuridad.
—El Códice —susurró el aire—, la negra profecía de los días finales. Debes encontrarlo y leerlo bajo la Aurora Centenaria, pues en esas líneas dormita el exordio y la aniquilación. Así, Nerez-Kol despertará o volverá a dormirse, según el eco de tu voz.
Serphiel se sintió arrancado de su mortecina vida. La mañana le halló vagando hacia los Pilares de la Perpetuidad, más allá de la ciudad sepultada bajo limo mecánico y los cónclaves de ensoñadores. Allí, en cámara acorazada por geometrías disonantes, entre arcanos circuitos lívidos y columnas repletas de inscripciones ultraterrenas, aguardaba el Códice.
Y lo encontró.
Era un libro en apariencia, pero la materia que lo conformaba fluctuaba entre la ternura de la seda podrida y la resistencia del metal hiperdimensional. Cada página era un mosaico de símbolos y pulsos, y no se podía hojear, sino que se leía a través de una inserción molecular, de modo que una parte de su cerebro —antinatural, híbrido de pensares humanos y computacionales— lo absorbía línea a línea, liberando un zumbido de conocimiento prohibido a través de todo su ser.
El contenido del Códice no hablaba, sin embargo, del pasado ni de la historia. Era una advertencia, una letanía en la que Serphiel veía retazos del futuro y las alternativas de la existencia. “Cuando la Aurora Centenaria brille con cinco colores de imposible síntesis, Nerez-Kol se abrirá paso entre los pliegues de Eón y Consumación. Los devoradores vendrán, y hasta los pensamientos serán propiedad del Abismo.” Cada página era peor que la anterior, como si una fuerza nihilista hubiese redactado su propio manual de liberación y condena.
Había un ritual descrito en el final del códice: la apertura del Portal de Carcosa, una conjunción de actos simples e infernales. Solo debía colocar el Códice en el Altar, recitar la Letanía del Eón Final e inmolar la última esperanza, lo único que diera sentido a su penar individual.
Serphiel no tenía esperanza, no tenía fe, solo deseo de comprensión, esa última anestesia. Por ello, sintió en su pecho una vibración distinta: la nostalgia, brutal y fúnebre, de los días en que la humanidad no era más que un aglutinado de células temerosas de la noche. Serphiel se preguntó si esa nostalgia sería suficiente para cumplir el rito. El eco rebotó por los pasillos olvidados de la Necrópolis.
Esa noche, cruzó los páramos plagados de venas eléctricas fosforescentes y raíces-taquiones centelleantes, llegando al majestuoso Altar de los Horrores Siderales. Este era un montículo compuesto por huesos polimerizados y antenas fractales, formado a lo largo de las eras por los cadáveres de los frustrados, de los que enloquecieron en el umbral del conocimiento.
Colocó el Códice negro sobre el monolito. El cielo se estremeció y un ciclón de luz azulada danzó sobre las ruinas, los cinco colores de la Aurora Centenaria parpadeando entre los cúmulos de polvo espectralizados. Serphiel sintió el vértigo de la Revelación.
La Letanía emergió instintivamente en su mente, surgida de los pliegues ancestrales de su ser: “En el nombre de las Raíces del Primer Horror, invoco a la boca sin lenguaje, al ojo sin piel; que se plieguen las hebras del Tiempo y la materia vuelva a ser Sombra. Despierta, Nerez-Kol, siervo y devorador de los Hacedores…”
La vibración lo derribó, y sus extremidades se retorcieron hasta el paroxismo del dolor postfísico. Una grieta luminosa, imposible, se abrió sobre el altar y una sombra titánica, inabarcable, surgió de la herida del espacio-tiempo. Nerez-Kol emitió un chirrido que ningún órgano humano habría podido concebir, y fue como si la realidad misma se hubiese encogido de pavor.
Vinieron imágenes: galaxias encogidas como hojas secas, civilizaciones condenadas a danzar eternamente en la periferia del olvido, y la tierra —la primigenia Tierra— desmoronándose en un mar de negrura. “¿Por qué me llamaste?” rugió la entidad, y todo el firmamento sufrió convulsiones de muerte súbita.
Serphiel, a punto de enloquecer, articuló apenas: —Busco saber, busco recordar el sabor de la existencia, aunque duela… aunque todo muera.
—Entonces prueba —musitó Nerez-Kol, y su sombra le penetró, reescribiéndolo.
Serphiel regresó a sí mismo, o a lo que quedaba de sí, mirando a través de lentes ya no biológicos sino extradimensionales. La realidad le pareció un melancólico simulacro, una interminable repetición de las mismas fracturas, los mismos horrores, las mismas esperanzas arruinadas. Adquirió, sin embargo, conocimiento: la existencia es una caja funeraria ambulante, y cada universo es sellado por el miedo ancestral a lo que acecha fuera. Cada vez que alguien, presa de la angustia, invoca lo innombrable, se repite el ciclo, y el universo olvida que quienes lo desgarran no son los dioses exilados, sino las víctimas de su propio deseo de conocer.
La Aurora Centenaria brilló en el éter, como un relámpago de despedida.
Las ruinas de Yghrugh no contuvieron la avalancha. El tiempo se fracturó mil veces en un parpadeo, y los Ancestros se disolvieron en ecos sin materia ni voluntad. Nerez-Kol regresó a su abismo, hambriento pero paciente: sabia que, mientras alguien pudiera imaginar, siempre habría una grieta para escapar.
Solo Serphiel –o lo que había sido Serphiel– quedó vagando entre dimensiones, su consciencia revuelta, testigo de las eras por venir, fragmento desgarrado entre el anhelo de saber y el terror de haberlo sabido.
En aquel último instante, él comprendió el horror último: no importaba el tiempo, ni la evolución, ni la esperanza de la carne o la máquina. Siempre en el final del ciclo habría un ser que, empujado por la nostalgia o el ansia de saber, buscaría el Altar, recitaría la Letanía, abriría el Portal, llamaría a Nerez-Kol. Porque la maldición más antigua y profunda es la del conocimiento… y ningún futuro –ni siquiera el más remoto– es lo bastante lejano como para huir de ese sino.
Miró la Aurora y supo que, muy dentro de sí, aún recordaba la calidez imposible de un Sol extinguido, el eco de un canto ancestral que nunca fue suyo, la desesperación cruda de quien contempla el Velo y decide arrancarlo pese al precio. A esa condena, finalmente, la abrazó con el último hálito de su voluntad…
… y Nerez-Kol sonrió en su abismo, soñando con la próxima grieta y el próximo curioso, allá en un futuro donde incluso las estrellas serán presa del miedo.
(FIN)
Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.