Fragmento:
Finalmente, cargó el módulo y abrió la caja sellada, y lo que se desbordó no fue código. No fue imagen, ni sonido. Sino…ausencia súbita: una ausencia que devoraba su atención, escarbaba su miedo primario. El monitor parpadeó y todo el cuarto se sumió en un tono sepia, como si la estación girara a través de un eclipse anómalo.
Duración: 09:12
Su nombre era Leland Sorrento y trabajaba como entropista en el Anillo Cuarenta-y-Nueve, una colección de satélites-hogar, laboratorios agrícolas y archivos históricos en la frontera de la Zona Periférica del Sistema HK-39. Había llegado allí en un carguero húmedo, tras recorrer sin rumbo otros empleos en la vasta ruina del humano post-expansión, huyendo sin saber de qué, preparándose para ningún sitio.
El Anillo no era hogar para nadie, pero eso lo hacía soportable. Allí, al pie de las ventanas que miraban hacia un resplandor siniestramente amarillo, muy lejos de los soles principales, los días y las noches eran decididos por algoritmos no del todo estables. Nadie preguntaba por las reglas. Nadie recordaba los nombres de los muertos flotando en la bóveda de exiliados, y nadie, excepto Leland –muy lentamente, muy de a poco–, comprendía que algo monstruoso se aproximaba desde los repliegues de la memoria universal.
Su rutina era sencilla. Revisaba los registros de entropía, ajustaba los validadores cronoespaciales, respondía a las perturbaciones de las cámaras noosféricas: los "Gritos Lejanos", archivos corrompidos por la distancia inmediata de la ausencia. A veces encontraba mensajes inesperados: oraciones invertidas, fragmentos de sensaciones quejumbrosas, los nombres y ciclos de vida desperdigados como las pólvoras de una guerra sin sentido.
Una madrugada neutra –si tal cosa se distingue entre las horas artificiales–, Leland percibió un fallo en el sector 17.756. Era un segmento de memoria fría, una caja de datos sellada desde antes de la fundación del Anillo. El error giraba en torno a una frecuencia casi inaudible, pero su lógica computacional la reconocía como 'señal persistente.' Parpadeando ante la interfaz, Sorrento no supo si contactar a supervisión. En vez de eso, vaciló, considerando las razones por las que nadie les revisaba en persona, por la que nunca aparecía un verdadero jefe.
Finalmente, cargó el módulo y abrió la caja sellada, y lo que se desbordó no fue código. No fue imagen, ni sonido. Sino…ausencia súbita: una ausencia que devoraba su atención, escarbaba su miedo primario. El monitor parpadeó y todo el cuarto se sumió en un tono sepia, como si la estación girara a través de un eclipse anómalo.
En imposible sincronía, notó la presencia de una figura detrás del vidrio pulido del observatorio: una silueta alta, enjuta, en túnica parda, con la cabeza ladeada en un ángulo menos que natural. No reflejaba el brillo de la estación; parecía absorberlo, como una herida en la percepción. Parpadeó el entropista, convencido de un glitch nervioso, pero la figura tomó un paso adelante, acercando lo que parecía un rostro, sólo que era liso, sin ojos ni boca, y donde debiera haber expresión había un vórtice de brumas doradas.
Leland retrocedió. Cerró el archivo, tembloroso. El interface chilló; cada segundo era otro año consumido para todos los entes conectados. Cuando el área recobró la luz normal, la figura ya no estaba, y la caja fría había desaparecido del árbol de datos. No quedaba rastro.
Durante los siguientes días, fue como si el Anillo mismo intentara borrar el incidente. Acceso restringido por “actualización de protocolo”, mensajes superficiales enviados por departamentos inexistentes. Leland sintió cómo la paranoia de la periferia se espesaba. Los pasillos parecían más largos, las puertas más pesadas, los otros empleados más distantes. Todo el Anillo tenía el perfume agrio del abandono.
Fue entonces cuando encontró el libro.
No era posible que existieran libros físicos fuera de los santuarios planetarios ni que apareciera uno en una estación tan automatizada, pero allí estaba: una libreta encuadernada en cuero dorado, con símbolos grabados a fuego por dentro y fuera, abandonada sobre su litera. Ningún nombre, sólo una frase inscrita con mil agujas microscópicas: SE ABREN LAS PUERTAS BAJO EL SEGUNDO SOL.
Leland la tocó y sintió un tirón, como un vértigo al revés, hacia arriba. Sostuvo la libreta, pero las páginas no eran de papel, sino de una sustancia fotorreceptora, absorbiendo la débil luz, y pobladas de caracteres que cambiaban cada vez que intentaba leerlos. No eran palabras humanas.
Esa noche, desvelado, anotó en sus registros la extrañeza, mientras los protocolos funerarios automáticos informaban el cese de funciones de un técnico vecino, Miranda Fong. Nadie asistió a su incineración digital; los restos de sus archivos fueron transferidos a una cuenta sin dueño. Fue casi un alivio; Sorrento conocía ya el cuento gris de la pérdida, pero no podía dejar de pensar en la figura en la ventana.
Semanas pasaron y la resistencia del Anillo a su propia realidad era ya insostenible. Sectores enteros parecían estar siendo absorbidos por una “nueva demanda de almacenamiento”, un eufemismo para el silencioso olvido. Las cámaras parecían respirar. Voces ajenas murmuraban en las resonancias, repitiendo versos codificados parecidos a los de la libreta: "Donde brilla la noche, allí sólo hay puertas. Donde falta la memoria, allí descansa el rey".
Fong comenzó a aparecerle en sueños: fragmentos en sus pantallas, mensajes cruzados en las señales de servicio vital. En un sueño particularmente atroz, Sorrento se encontró en un campo de ruinas cilíndricas bajo una atmósfera dorada, cruzando una planicie de polvo fúnebre, y a lo lejos vio la silueta de Fong, con la piel encendida en reflejos de bronce. Ella lo miraba con una mueca antinatural, la boca convertida en un agujero interminable, y cantaba números inconexos que parecían restar partes de su conciencia.
Despertó con el sonido de una puerta abriéndose.
La estación chirrió como un animal. Las luces crujían en intervalos, lanzando sombras titubeantes por doquier. Otra alerta: “Anomalía en crisol de memoria. Riesgo de compromiso sectorial.” El núcleo del Anillo, la secreta reserva histórica, estaba bajo asedio informático. Sorrento sintió que debía ir, aunque nada en su contrato lo obligara, aunque cada partícula de su instinto gritara que no.
Los pasillos hasta el núcleo estaban más fríos que nunca, entumeciendo los dedos de sus guantes térmicos. A su alrededor, las paredes respiraban—literalmente. Latían con un ritmo enfermo, saltando de lo mecánico a lo orgánico y de vuelta. Cerca del núcleo, encontró puertas abiertas de par en par. Nunca había visto semejante descuido.
En la última cámara, la más profunda, Sorrento la encontró a ella –o lo que quedaba de Fong– flotando sobre un mar de datos líquidamente dorados. Ya no tenía un rostro discernible. En torno a ella, figuras de túnicas pardas cantaban en un idioma que Sorrento notaba, aterrorizado, idéntico a los scripts cambiantes de la libreta. Alguien –algo– lo notó y giró su no-rostro hacia él; de inmediato la cámara se distorsionó como si el resto de su visión se licuara.
—Las puertas se abren —susurró la asamblea, en una sola voz seca—. El Rey Amarillo viene.
Sorrento retrocedió, tropezando con su propio miedo y con los sistemas redundantes que crujían bajo sus pies. Quiso activar la alarma, pero la pantalla estalló en símbolos: una topografía de estatuas derruidas bajo soles de cobre. El núcleo vibraba, a punto de colapsar, pero cuando miró de nuevo, todo lo que había en la cámara era su propio reflejo, cada vez más pequeño, más ajeno.
No recordaba cómo regresó a sus cubículos. Quizá nunca lo hizo del todo.
En los días siguientes sólo quedaron vestigios: espacios sellados repentinamente, departamentos que ya no figuraban en el directorio, políticas y órdenes de las que ya nadie hablaba. Los rostros de los supervivientes eran más opacos cada día. La estación misma giraba en un ciclo de tiempo incomprensible, su sol artificial teñido de un dorado infernal.
La libreta, cuando intentó deshacerse de ella, volvió a aparecer en su cama. Ahora, en la portada, la inscripción había cambiado: “NUNCA TE VAS. NUNCA ESTUVISTE AQUÍ.”
Leland detesta dormir, pero a veces escucha los susurros. A veces mira por el ventanal de su camarote y el espacio tiene un tono de niebla dorada, y al fondo se alza una ciudad imposible, flotando sobre pilares retorcidos, enrevesados por toda la eternidad. Allí se mueven figuras encapuchadas y, cuando a veces su reflejo le devuelve la mirada, ya no puede distinguir si su rostro pertenece aún a él.
Las cuadrillas de inteligencia externa llegarían un ciclo estándar después, encontrarían el Anillo vacío: sólo fragmentos de datos, patrones imposibles, mantra estático filtrado en todas las frecuencias. Algunos, aunque inmunes a la superstición, no dejarían de notar la repetición de símbolos dorados en los restos de hardware, ni los ecos de voces que susurraban los mismos versos, ni la certeza perturbadora de que, aunque intentaran recordarlo, lo sucedido en el Anillo Cuarenta-y-Nueve jamás pudo haber ocurrido.
Y, en el centro del archivo sellado, un solo objeto inerte: una libreta brilla, insomne, aguardando a su nueva custodio.
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