Portada del relato Las sombras de Arkham
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Fragmento:


He visto de nuevo la indicación en la ventana, esa pequeña mancha luminosa que coquetea con la razón. El farol no se apaga incluso cuando el viento amenaza con exterminar la lámpara. Y anoche, mientras la lluvia caía sobre los tejados de Arkham, oí pasos en el patio y la voz, inconfundible por ahora, reclamándome por mi promesa incumplida...”

Duración: 10:49

Las sombras de Arkham
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Texto de ajuste de pausa.

Querido lector, si es que aún existes cuando las últimas palabras de este manuscrito lleguen a su puerta, ruego clemencia. No pido juicio, ni redención; sólo comprensión ante el abismo en que mi mente se despeña. Lo que va a leerse no es sino el registro fiel de terrores y revelaciones cuyo peso solo los locos y los muros húmedos han soportado desde generaciones perdidas. Si mi mano tiembla al narrar esta odisea escrita en papeles encontrados, sellados con nombres y fechas que nunca existieron, entenderéis pronto el porqué. Que este compendio de falsos diarios y cartas sirva de advertencia: a veces lo apócrifo se trastrueca en realidad, y los textos apócrifos urden lo que ninguna lengua humana debiera pronunciar.

Todo comenzó en octubre de 1929, cuando la bruma aún se agarraba a los álamos y los vientos costeros traían consigo el hedor a salmuera y a tiempo detenido. La universidad de Miskatonic escudriñaba los anaqueles antiguos en busca de relatos inéditos para su insulsa celebración del aniversario. Hallaron, no obstante, algo mucho más siniestro en la colección donada por la difunta familia Valdemar: un legajo de cartas sin destinatario, firmadas con una inicial imposible de leer —la tinta roja pareciera haberse desvanecido solo en ese punto—, acompañadas de un diario encuadernado en cuero grisáceo cuya textura me perturbó desde el momento en que mis dedos rozaron la tapa.

Se me asignó, como archivista junior, la tarea de clasificar aquel tesoro —o esa trampa—. Ganoso de gloria bibliográfica, comencé mi labor una tarde lluviosa, mientras el crepitar del gramófono ahondaba la melancolía de la sala de estudios. El diario, que encontré antes que las cartas, carecía de explicaciones preliminares. Ningún nombre. Solamente la fecha: 17 de noviembre de 1873. Y a continuación, la letra clara y apremiante del primer registro:

“He soñado de nuevo con la vieja casa del East Hill. Hay algo allá dentro que llama a mi nombre, aunque los labios que lo susurran carecen de rostros y los ojos que me miran desde los marcos son sólo cuencas secas, henchidas de sombra.”

Dudé. Tal vez el diario era simple ficción, desechos de alguna mente romántica o enfermiza. Como un buen archivista, catalogué el volumen preliminarmente bajo “Notas apócrifas”. No obstante, la curiosidad venció en mí a la razón. Mi jornada siguiente la dediqué a traducir, palabra por palabra, las entradas del diario. Esquivé mis deberes normales, volcado en la tarea como un poseso.

A medida que progresaba, comencé a notar un patrón en las fechas de las entradas: cada una correspondía con noches de tormenta, según los registros meteorológicos que consulta mi obsesión. Y cada relato se adentraba más en pesares y visiones, describiendo la aparición de una figura encapuchada junto a la fiebre de obsesión por una extraña palabra, “S’hnarth”, que jamás había leído antes en texto alguno.

No tardaron en aparecer las cartas en mi pesquisa. Estaban escritas en francés arcaico —idealización shakespeariana— y fechadas muchos años después, como si el remitente conociera los hechos relatados en el diario o, peor aún, como si los hubiese leído. Esto sugería algo imposible: El diario, falsificado quizá, había inspirado cartas auténticas… O viceversa.

Una misiva, de fecha 12 de febrero de 1917, contenía lo siguiente (traduzco):

“Ma chère Ombre,

He visto de nuevo la indicación en la ventana, esa pequeña mancha luminosa que coquetea con la razón. El farol no se apaga incluso cuando el viento amenaza con exterminar la lámpara. Y anoche, mientras la lluvia caía sobre los tejados de Arkham, oí pasos en el patio y la voz, inconfundible por ahora, reclamándome por mi promesa incumplida...”

La carta acababa abruptamente.

Fueron noches enteras de revisión, traducción y análisis, que minaron mi juicio y mi cuerpo. El diario y las cartas parecían responderse mutuamente, a través del tiempo y el espacio, como si una correspondencia imposible se desarrollara. En los márgenes de ambos documentos aparecían garabatos: símbolos circulares, líneas en espiral y palabras que no parecían de ningún idioma conocido.

En medio de la agitación y la obsesión, decidí comunicar mi hallazgo al profesor Armitage, el único en quien sentía aún podía confiar. Nos encontramos en la biblioteca, la medianoche nos envolvía y las losas frías del suelo resonaban bajo nuestros pasos temblorosos. Le mostré los textos y los garabatos. La reacción de Armitage fue contemplativa al inicio, pero pronto se tornó tensa. Reconocía uno de los símbolos: en sus propias investigaciones lo había encontrado esculpido en las criptas bajo la iglesia de Kingsport y sobre una piedra partida cerca de Innsmouth.

—No es posible —musitó el profesor, con los ojos agrandados por el terror—. Estos signos… los llaman ‘Llaves de T’xaggt’. Cosas que nunca debimos aprender. Deben haber falsificado estos documentos para jugar con fuerzas incomprensibles… Están sellados, ¿lo ves? Con el mismo círculo que encontramos en el grimorio Des namelessen Schatten…

Aquella noche el profesor me encargó una tarea: debía asegurar el diario y las cartas en la caja fuerte de la sección prohibida hasta que pudiésemos cotejarlos con las demás piezas de la colección Valdemar. Así lo hice, aunque mi pulso era un vendaval de miedo.

Noté sin embargo que, desde la aparición del diario y las cartas, extraños sucesos comenzaron a sacudir mi vida. Puertas que se cerraban solas en el archivo, espejos empañados en los que no veía mi propio rostro sino una sombra ondulante junto a mí. El aire se tornaba denso y el olor a cuero húmedo del diario parecía seguirme incluso fuera del campus.

Una noche, incapaz de soportar más el creciente pánico, volví a la sección prohibida para releer el diario, con la esperanza vano de que todo fuese una invención. El diario descansaba en la caja fuerte, pero noté algo diferente. Sus páginas, que había memorizado a fuerza de lectura, contenían ahora textos diferentes, relatos que surgían de un tiempo reciente, fechados con el día mismo en que yo consultaba el libro. Una de las nuevas entradas rezaba:

“17 de octubre de 1929. Alguien ha tomado el diario. Supe que vendría. La promesa debe cumplirse. S’hnarth se despierta en sueños y la biblioteca es ahora su templo secreto. No puedo huir. La voz se instalará esta noche, cuando el reloj marque la hora prohibida…”

Al leer aquellas palabras, un gélido terror me invadió, pero la espiral de horror no había hecho más que comenzar. Repasé una a una las entradas y vi cómo, desde hacía semanas, narraban mis propios actos: el asombro, los pactos secretos con Armitage, los paseos nocturnos entre vitrinas y la decisión última de volver esa noche. El diario había registrado mis acciones antes incluso de que yo mismo las recordara. Era evidente que no estaba ante una falsificación ordinaria. El diario, o lo que se ocultaba tras sus páginas, era capaz de alterar la realidad, de reescribirla.

Preso de pánico, intenté cerrar el libro pero una fuerza invisible pareció retener mis manos en la cubierta, obligándome a seguir leyendo la entrada final:

“Esta noche comprenderá, finalmente, quién firma las cartas y quién escribe el diario. La identidad del remitente y del destinatario se funden cuando se abre el círculo. Debes escribir una carta propia, o el ciclo no terminará…”

Miré a mi alrededor. Solo el resplandor mortecino de la lámpara eléctrica parecía separar el archivo de una oscuridad acechante. El reloj de la pared comenzó a hacer tic-tac, a marchas forzadas. Sentí, en lo profundo de mi pecho, que debía obedecer la instrucción final.

Tomé una hoja, buscándola a tientas entre montones de papeles amarillentos, y comencé a escribir, sin pensar, frases que surgían como un torrente de pesadilla. Era una confesión y una súplica. Cuando terminé, firmé sólo con una inicial: la misma que faltaba en el manuscrito original. Sentí entonces una descarga helada y las palabras del diario comenzaron a resplandecer con un fulgor fosforescente, mientras una sombra, materializándose a mi espalda, susurraba en una lengua ignorada. Reconocí la palabra “S’hnarth” repetida miles de veces en mi oído interno.

En ese instante sonó la puerta de la biblioteca principal. Grité buscando ayuda, pero un vendaval de fuerza indescriptible me fue arrastrando hacia las estanterías de la sección prohibida. Mi consciencia comenzó a fragmentarse, mientras veía, sobre la mesa, los papeles ancestrales reorganizándose, las cartas dispersándose entre volúmenes que nunca había leído.

De alguna manera, mientras luchaba contra la marea oscura, recordé las investigaciones del profesor Armitage. Logré arrancar de su cajón el volumen que contenía los símbolos de protección. Alcancé a trazar, con una tiza desgastada, el círculo más simple junto a mí. Por un instante la sombra se detuvo. En ese breve respiro, comprendí: el ciclo necesitaba que, en cada generación, alguien escribiese, leyese y creyese. Nada eran diarios falsos ni cartas apócrifas; todo texto es verdadero si el lector lo acepta.

Desperté, ya de día. No había marca alguna en la piel, salvo pequeñas abrasiones en las palmas y una sensación persistente de haber tocado el lomo de un animal nauseabundo. Las cartas y el diario habían desaparecido. Fui interrogado después por Armitage y los decanos, pero no supieron, ni quisieron, entender. El profesor me miró con lástima y temor, como sólo sobrevuelan en la mirada de quienes han sentido de cerca el aleteo de lo innombrable.

He intentado rehacer mi vida y alejar mi mente del abismo. No obstante, cada vez que cae la niebla densa sobre las avenidas de Arkham y las hojas añejas me traen el olor del cuero viejo y la cera derretida, me asaltan de nuevo las imágenes de la sombra. Escucho, en el golpeteo de los cristales, la promesa de que el ciclo nunca termina. Alguien volverá a encontrar el diario, alguien traducirá las cartas, y la puerta se abrirá una vez más.

Dejo este relato, entremezclado con la realidad y la ficción, esperando que el lector entienda el peso de lo que ha caído en sus manos. No soy sino el último eslabón de una cadena de pesadilla. Quizá, al leer estas líneas, usted mismo ya haya iniciado el ciclo. Preste atención a sus palabras, a su puño, a la firma en la próxima carta que escriba… No son tan falsos los diarios ni tan mortales las cartas; lo que mata es la verdad oculta en el acto de leer y obedecer.

No puedo añadir más sin resbalar en el delirio. Quede mi advertencia entre las sílabas y, si las ve, no deje que la sombra escriba en su nombre.

Fdo.—

E.P.H.

Arkham, octubre de 1929

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