Fragmento:
La carta llegó en un sobre amarillento, sin remite ni matasellos. Entre las facturas y circulares publicitarias, aquel sobre parecía viejo antes de que mis dedos lo tocaran, como un animal muerto arrojado a mi alfombrita de bienvenida. Estaba dirigido a mí, sí, pero no en mi domicilio ni en la dirección de la universidad; en cambio, utilizaba una dirección de New Haven que había tenido un solo semestre hace más de diez años.
Duración: 10:32
Me siento extraño escribiendo esto. No porque haya nada insólito en tomar la pluma una noche lluviosa, sino porque cada sílaba me clava una astilla en la mente. Pero he sufrido bastante guardando silencio. Si este cuaderno llega a manos ajenas, sabed que no busco reconocimiento ni consuelo. Tal vez sólo puedo soportar mi historia si la pongo en palabras, aunque dudo que otra alma logre entender —o sobrevivir a— lo que me ha sucedido.
Debería empezar por el principio, o lo más próximo a él. Mi nombre es Christophe Rayment, profesor de literatura en una universidad sin gloria de la costa noroeste. Ciertos hábitos de aislamiento, exacerbados por los larguísimos inviernos y una constante falta de afectos, me llevaron a coleccionar documentos curiosos: cartas, diarios, postales enviadas y jamás recibidas. Me gusta pensar que las palabras, perdidas o deformadas por el tiempo, son fragmentos de mundos alternos. Durante años, esas páginas extraviadas me reconfortaron más que la conversación de cualquier colega o amante ocasional. Por desgracia, también abrieron una puerta por la que entró lo que ahora cargo en mi consciencia.
La carta llegó en un sobre amarillento, sin remite ni matasellos. Entre las facturas y circulares publicitarias, aquel sobre parecía viejo antes de que mis dedos lo tocaran, como un animal muerto arrojado a mi alfombrita de bienvenida. Estaba dirigido a mí, sí, pero no en mi domicilio ni en la dirección de la universidad; en cambio, utilizaba una dirección de New Haven que había tenido un solo semestre hace más de diez años.
La carta dentro del sobre no decía mucho, no a primera vista. Papel áspero, manchado, con caligrafía en tinta azul, tensa y un poco inclinada a la derecha:
“Querido Christophe:
Debo advertirte del peligro que implica buscar conexiones en lo antiguo y lo perdido. Sé que escudriñas en lo que no debe ser leído. Acude a mí, si aún puedes. Encuéntrame donde la niebla nunca se disipa y la luz de la luna no alcanza, en la casa de la esquina de Belknap y Foster. No tardes.
F.”
Me inquietó, sí, pero no tanto como debería. No por lo que decía, sino porque el estilo me era vagamente familiar. Un eco de mis propias cartas de juventud, entreverado de referencias a lo prohibido, medio en broma, medio en serio, plagadas de esa arrogancia académica que me ayuda a sobrevivir la mediocridad profesional diaria. Dejé la carta sobre mi escritorio, prometiéndome tirarla luego y no volver a pensar en ella.
Pero no lo hice. Esa noche soñé con páginas rasgadas flotando como alas de mariposa, y una presencia insomne acechando tras la puerta de mi despacho. En el sueño, la silueta golpeaba suavemente, apenas un roce, hasta que el sonido se volvió insoportable. Me desperté sudando, con el eco de una palabra en la mente: *Foster*.
A la mañana siguiente, salí antes del alba con la carta doblada en el bolsillo. No sabía con certeza qué buscaba. Nueva Inglaterra estaba tan lejos, pero la ciudad tenía también su Belknap y su Foster: había pasado junto a esa esquina mil veces, sus casonas decrépitas de ventanas tapiadas, lejos de las cafeterías universitarias y los barrios iluminados. Fue una especie de impulso, una compulsión, la que me llevó a cruzar la ciudad tras la lluvia, ignorando las aceras resbaladizas y el viento salobre.
La casa estaba ahí. Grande, abandonada, de tejados hundidos y madera negra, rodeada por zarzas, tapiz de hiedra y enormes gatos pardos que huían a mi paso. Aunque cualquiera podría asegurar que nunca se había vivido ahí, sentí que alguien me observaba desde una rendija en los postigos.
Desistí de golpear la puerta. Iba a marcharme cuando, al borde de la acera, distinguí otro sobre. Esta vez metido entre dos piedras del jardincillo, esperando ser hallado por quien supiera buscar. Lo tomé, temblando.
El nuevo mensaje era más urgente:
“Todavía puedes dar marcha atrás, Christophe. La casa recuerda a quienes la tocan. Nada de lo que encuentras aquí existe para ser comprendido, sino para ser ignorado. Pero si ya leíste estas líneas, puede que sea tarde. Deja de buscar. No abras la puerta.
F.”
Me estremecí, por la paranoia evidente, por la ilusión de una especie de juego enfermizo… y porque la base de la letra, ese trazo irremediablemente demasiado largo de la T, me era cada vez más reconocible. Me sentí observado, invadido. Dije mi nombre en voz alta, como para expulsar a un intruso invisible.
No sé bien por qué, pero esa noche transcribí las dos cartas en mi diario. El texto, lo noté pronto, se deslizaba bajo mi pluma líquido, sin titubeos, como si ya lo hubiera memorizado; los nombres, las frases, venían a mi mente sin esfuerzo y aparecían en el papel casi antes de que me diera cuenta. Fue entonces cuando, releyendo, me sobrecogió la certeza: la letra era casi idéntica a la mía.
Un escalofrío irracional tiñó el aire a mi alrededor. ¿Era una broma? ¿Mi subconsciente intentando gastarme una mala pasada, un desdoblamiento de personalidad inducido por la soledad, los años de vivir entre textos ajenos? Busqué pruebas físicas: el sobre, los sellos, el papel áspero; eran reales, aunque su olor era diferente, una mezcla de humedad vieja y flores muertas.
Debí quemar las cartas. Pero las guardé. Y las noches siguientes, en vez de olvidarlas, me sentí cada vez más atraído por la casa al borde de Belknap y Foster: la vi en sueños y la escuché crujir cuando el viento soplaba. Percibía mensajes en las sombras y los reflejos. Recibí más cartas, dejadas en lugares mínimos: bajo una baldosa floja, entre las páginas de un libro que no recordaba haber leído, prendidas con alfiler a mi abrigo, que dejaba en el perchero de la universidad. Todas firmadas simplemente F. Todas escritas con mi caligrafía.
Me recordaban que había abierto la puerta. Que el tiempo es circular y la casa devora su propio final. Que yo era parte de su estómago.
Así comenzó la segunda fase: los extractos de diario.
DÍA 1.
Soñado con la casa. Ramas arañando la ventana. Bajo la puerta, otra carta: “todavía puedes dejar de leer esto. Mejor que lo hagas”. Ya no quiero escribir, pero la mano se mueve sola.
DÍA 4.
No recuerdo haber ido a trabajar. Colegas preguntan por mi salud. Les miento. Encuentro otro sobre en la papelera, dentro: una página arrancada, mi letra, mi fecha, un aviso: “No mires la luz de la escalera”. Lo leo en voz alta y siento una presión en el pecho.
DÍA 7.
No he salido. Las cartas llegan dentro de los libros, dentro de la caja de cereal, dentro de mis propios bolsillos. Si no toco el papel, la voz no viene. Anoche, la casa crujió tan fuerte que se movieron los cuadernos en mi estantería. Me arrastro por el suelo revisando cada sombra.
DÍA 11.
La casa de Belknap y Foster está dentro de mi apartamento. Abro la puerta del baño y veo su vestíbulo oscuro. Oigo pasos arriba. A veces, creo ver a F, de espaldas, sentado en una silla que antes era mía, escribiendo sin descanso. Si miro de reojo, me froto los ojos, pero la imagen persiste: una sombra inclinada, como si estuviera hecha de humo.
DÍA 15.
No como. No duermo. No escribo, excepto en este diario. Hay decenas de cartas, apiladas, creciendo, duplicándose cuando no miro. Tienen escritos de fechas y palabras que no recuerdo haber escrito y, sin embargo, reconozco el pensamiento: esa voz solo puede ser la mía.
DÍA 19.
Escucho una voz. Es la mía pero distorsionada. Dice:
“Toda carta abre una puerta. Cada diario un pasillo. El laberinto es de papel.
Cuando lo entiendas, ya serás parte del Mobius.”
Las anotaciones cesan abruptamente. Lo que sigue, lo recuperaré más tarde, fragmentado entre folios manchados. He intentado quemarlos: el fuego apaga la tinta por un instante, pero reaparece, con nueva caligrafía, cada vez más enfática y desesperada. Hay días en que olvido quién era antes de empezar este relato, días en que solo soy la mano que escribe, que transcribe cartas que aún no han sido enviadas… o que nunca debieron existir.
Una noche, el teléfono sonó. Al contestar nadie habla. Sin embargo, escucho mi respiración, pesada, como si hubiera corrido por los corredores de la casa hasta desfondarme. Oigo el repiqueteo del teclado de mi despacho; sé que no estoy allí, sin embargo sé que sí lo estoy.
Entonces decido regresar físicamente a la casa de Belknap y Foster. Necesito enfrentarla, cerrar el ciclo. El vecindario está cubierto de niebla. Cada paso pesa toneladas. La puerta está entornada, las bisagras rechinan con un sonido húmedo, profundo. Entro y todo es oscuridad, guiado por la lógica absurda de los sueños. El suelo cruje. El aire huele a moho y memoria. Al fondo, en el vestíbulo, una sombra escribe frenéticamente en un atril desvencijado, usando hojas del mismo talonario en que escribo esto. Cuando se da la vuelta, veo mi rostro, demacrado, un gemelo frío, sin emoción.
El otro yo extiende la mano, ofreciéndome una carta. Sé lo que pasará si la tomo, pero también sé que no tengo alternativa. Estoy destinado a ser remitente y destinatario, escritor y lector, la pluma y la mano que no detienen su movimiento. El ciclo es perfecto.
Tomo la carta. La caligrafía es la mía, la tinta es mi sangre, las palabras son el último y definitivo mensaje:
“Estimado Christophe,
Te advertí que dejaras de buscar. Ahora, eres el custodio. Cierra la puerta tras de ti. La próxima carta será para quien lea esto, si es que todavía queda alguien afuera.
—F.”
Y si tienes este diario entre manos, si hay sobres escondidos bajo tus libros, si oyes pasos detrás de la puerta a medianoche… No digas que no te lo advertí. La casa espera, la tinta ya fluye.
Bienvenido al lado de los remitentes.
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