Portada del relato Los Fuegos hundidos de Ch’uq’ar
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Fragmento:


(Fragmento, carta de Cioran a un amigo nunca identificado, hallada incompleta)

Duración: 10:38

Los Fuegos hundidos de Ch’uq’ar
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Texto de ajuste de pausa.

El informe que me dispongo a ofrecer, por increíble que parezca, se apoya en documentos tan antiguos y palabras tan vetustas que hablar de su autenticidad o veracidad raya en la blasfemia. Sin embargo, la reciente desaparición de la expedición Seldon-Whitmore al sur de la cordillera Antártica, bajo el supuesto auspicio de la Universidad de Miskatonic, fuerza mi pluma a llenar estas páginas, aun a riesgo de mi cordura.

Hasta hace apenas dos años, yo mismo despreciaba las notas del profesor d’Armitage, relativas a cultos subterráneos y criaturas ignotas para la mente y los sentidos humanos. Mas fue mi desempeño como paleolinguista lo que me expuso a una correspondencia oculta —cartas que jamás debí leer, y crónicas abandonadas en la cripta sellada de los Whitmore. Fue en esos papeles, desbordantes de un pavor contenido, donde apareció por primera vez la palabra “Zalhis”, siempre junto a inquietantes y erráticas pinceladas de glosas innombrables: Thoggua, el padre sepultado, lo que danza en el carbón del mundo.

Permítaseme retroceder, pues, a los orígenes de la expedición Seldon-Whitmore, motivada por una combinación de curiosidad científica y avaricia desmedida. El objetivo declarado era explorar una red de cuevas volcánicas recién reveladas por sismos bajo la banquisa antártica oriental, en cuyo núcleo el geólogo Otto Seldon afirmaba que podrían sobrevivir microbios prehistóricos. A tales afirmaciones se unió el criptógrafo y antropólogo Walter Whitmore, deslizándose en sus cartas un propósito mucho menos mundano: encontrar inscripciones o símbolos que sustentaran la leyenda del “Libro de Tlalil”, un rumor mínimo entre las tribus fueguinas; un texto de asombrosos poderes, relacionado con los que, según delirios prehistóricos, descendieron del cielo negro al abismo fundido del planeta.

La partida, narran los diarios, tuvo lugar el 9 de diciembre de 1933. Además de Seldon y Whitmore, el equipo lo componían la bióloga Evelina Carswell, el ingeniero rumano Ion Cioran y dos guías inuits, Ootek y Silla. Tras adentrarse más allá de la última estación neozelandesa, la expedición desapareció sin rastro salvo por un cilindro de bronce corroído recuperado del borde de un sumidero volcánico. Ese cilindro, que llegó a mis manos por un recorrido traicionero entre funcionarios y herederos sordos al espanto, es el origen de mi relato. Lo que sigue son las transcripciones, anotaciones y la reconstrucción, lo más fiel posible, de lo hallado en su interior —incluyendo un último y aterrador apunte en el incomprensible dialecto de los Antiguos.

***

11 de diciembre. Día 3 de la expedición.

(Fragmento, diario de Whitmore)

Hemos descendido por la grieta sur. Lo que Seldon juzgó una fisura menor se abre en un tártaro desconocido, lleno de emanaciones sulfurosas y un rumor de aguas subterráneas. Evelina, cada vez que coloca las sondas, apunta temperaturas anómalas: la roca calienta sus instrumentos, pero el aire gotea con escarcha. Hemos instalado el primer campamento a cincuenta metros bajo la superficie, tras un túnel que vibra de noche. Anoche, los perros se extraviaron al escuchar unos ecos en la profundidad y Silla, que descendió a buscarlos, regresó pálido y tembloroso, diciendo palabras que ni Ootek comprendía. Sólo repite “zalhis”, “zalhis”, santiguándose en gestos que claramente pertenecen a una religión enterrada hace milenios.

Seldon cree que su lengua se enreda en el terror, pero yo no lo creo. El nombre “Zalhis” me resulta demasiado próximo al término “Zalyss”, registrado por Prynne en 1574, en los bordes del manuscrito Dhol Chathon; significaba “la amenazadora constancia”, “lo que acecha detrás de las capas del suelo”.

12 de diciembre.

(Fragmento, carta de Cioran a un amigo nunca identificado, hallada incompleta)

He reforzado las linternas acetilénicas, pero hay manchas en el túnel en que la luz se asfixia y parece que se la trague el yeso descompuesto; allí, ni la llama ni el sol artificial sobreviven. Seldon y la Carswell han recogido musgo bioluminiscente, aunque a mí me parece de una fosforescencia malsana. Ootek se niega a avanzar. Escucho, durante las madrugadas, el crujido de aguas profundas, y juraría que alguien entre nosotros habla en sueños. Hoy, Whitmore ha retirado una losa de basalto y tras ella había un símbolo: dos tentáculos trenzados encerrando un ojo. Es, sin duda, obra de manos inhumanas, pues la inscripción se escapa a cualquier alfabeto, aunque el trazo recuerda vagamente a las protoescrituras de la región del Indo.

13 de diciembre.

(Fragmento, grabación fonográfica anotada por la bióloga Carswell)

El paso penetra en una caverna ciclópea adornada con marcas rojizas, espirales ásperas y una escritura que Whitmore describe como “protonórdica en pesadilla”. El aire es tan denso que la voz retumba; si uno grita más allá de cierto punto, resuenan ecos que no son propios. Cioran, que nunca se deja impresionar, afirma que sintió un temblor subterráneo a ritmo de un corazón.

Esta noche, Silla se arrojó hablando en una lengua desconocida por una estrecha grieta en la que desapareció sin un solo quejido. Ootek muta de miedo en silencio, y yo he comenzado a ver, entre el musgo y las lacas carbonizadas, la silueta de criaturas marinas: tentáculos orbiculares, globos oculares polícromos, bocas como ventosas.

El sonido de fondo, irreproducible por mi grabador, trepa por la piedra como un rezo sofocado. A veces, tengo el vértigo de que lo que está tras esa piedra nos está escuchando.

***

A partir de este punto el texto se disuelve en anotaciones febriles, y se intercalan palabras de un idioma bruto, no siempre traducible. Pero de entre las líneas, exuda el nombre: Thoggua. Al principio sólo como una cita milenaria: “Thoggua, que surca las lluvias del magma”, “Thoggua, devorador de lo inmortal bajo Zalhis”. Pronto las voces pasan del temor a lo oracular.

14 de diciembre.

(Notas de Whitmore)

Nos han arrastrado aguas fétidas a una cámara esférica, de la que sólo dos lograron escapar: Cioran y yo. Evelina, intentando salvar sus muestras, fue arrastrada por una ola hirviente. En las paredes, diminutas garras y rostros informes parecen asomar desde el yeso derretido. Unos zumbidos inauditos se apoderan de la roca cada vez que prendo una cerilla. Ootek apenas se arrastra; murmura sobre un “corazón de fuego” y “las manos de Zalhis”. Estoy convencido de que lo que nos acecha no es animal, ni mineral, sino una conciencia antigua de la que los humanos sólo somos parásitos temporales.

Al dormir, sueño con un globo inmenso, vertebrado, fosforescente y viscoso, que gira sobre sí mismo bajo ciudades de lava petrificada. A veces me observa.

15 de diciembre.

(Fragmento de grabación rota, presión reducida, palabras de Cioran)

Vimos la puerta… no hecha por manos humanas, ni por garras mortales. Una amalgama de metales y rocas orbiculares, formando un arco invertido que late; a la mínima luz, inscripciones reverberan. Zalhis, escribe Whitmore, “no es sólo la guardiana, sino la prisión de un dios sepultado”.

Thoggua gira debajo, en vórtices de lodo y vapor, fecundando la Tierra y la corrupción por igual.

Los guías, ahora delirantes, oran a otros dioses; la lengua se deshace en ruidos broncos. Me duermo y escucho “lo que late, lo que nunca duerme”.

***

Las páginas sucesivas relatan la descendencia a una caverna donde la ley física muere. El diario de Whitmore descompone el relato en fragmentos enloquecidos, con fechas que no respetan el calendario humano.

16 de diciembre, o después.

Whitmore

No sé si es día, ni quién soy, sólo siento el pulso bajo mis uñas. A través de la cámara opaca, un lago de agua negra late, cruzado por venas de magma y burbujas con reflejos de fuegos verdosos y púrpuras. Del fondo irrumpe una forma: al principio parece sólo una bolsa de gas, pero pronto se muestra un titán informe, sin cabeza ni voluntad, sin piernas ni ojos, sólo una vasta boca circular tarareando cantos que atraviesan las rocas y enjaretan mi cráneo.

Seldon gritó un nombre prohibido y desapareció de la faz del lago. Cioran se dejó caer de rodillas, cubriéndose los oídos. Lo que allí vive es Thoggua, lo sé sin duda; la bestia, el dios, el primigenio enterrado bajo el yugo de Zalhis, la jaula consciente que le impide humedecer el mundo. El terror es tal que sólo saboreo el vacío de mi lengua.

Pasajes: “Cuando la sangre del planeta arda y los hombres canten su final, Thoggua cantará consigo las ruinas de la carne y del carbón… Zalhis sólo lo contiene mientras los hombres recuerden el miedo.”

Última anotación, sin fecha.

Whitmore

El cilindro reposa en mis manos, y a través del bronce siento el pulso de lo que late bajo la piedra. Ya no escucho a Cioran ni a Ootek. Sólo existe el eco; músicas ululantes, danzas en espirales imposibles, ojos que se abren donde no hay rostros.

He escrito la inscripción, “Zalhis ka-Thoggua”, el deseo, el miedo, la custodia. Sé que todo lenguaje humano acabará engullido por el silencio que viene… Las aguas suben, el fuego susurra desde las raíces.

Si quien lea esto encuentra algo de consuelo, sepa que bajo sus pies fluye Thoggua, aguardando la debilidad de Zalhis; cuando los hombres descuidemos el sostenimiento del terror, cuando nos creamos dueños absolutos de la superficie del tiempo… entonces los fuegos hundidos serán libres.

***

Después de la lectura me atrevo a afirmar: existe un horror mayor que el castigo, y es el saber que lo inmutable no está muerto, que sólo dormita, esperando que nuestra arrogancia ceda y permita abrir las compuertas subterráneas. No dormiré nunca más, pues hasta el tic-tac de mi corazón me recuerda el nombre atávico: Thoggua, corazón del abismo; y su carcelera indómita, Zalhis, que es el miedo humano encarnado en piedra y fuego.

He remitido el cilindro a la biblioteca. Ruego, si alguien sobrevive al futuro, que no busque estos abismos. Porque las montañas y las piedras más antiguas sólo contienen, apenas, el sueño de una bestia a la que ningún sol, ni grito, podrá mantener sellada para siempre.

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