Fragmento:
Morse fue el primero en notar que las brújulas tendían a desvariar en las cercanías de los monolitos. El fenómeno podía explicarse, quizá, por vetas de magnetita bajo el hielo, pero fue suficiente para infundir al equipo una inquietud gradual. En nuestra primera caminata, Halley encontró, entre dos bloques, lo que a primera vista pareció un bajorrelieve: líneas y surcos en una disposición que al observarse bajo cierto ángulo, formaban un patrón pentagonal, como una flor de pesadilla escindiéndose de sí misma en una progresión infinita hacia el centro.
Duración: 09:56
Recuerdo aún, tras largos años de inútil intento por desterrar de mi conciencia los recuerdos de lo vivido, aquella expedición a los confines más australes de nuestro planeta. Un peregrinaje que inició bajo el disfraz de una simple empresa científica, pero cuyo desenlace ni en mis peores pesadillas habría sabido concebir. Ahora, con la decrepitud de la vejez, mis dedos tiemblan sobre este papel como si temiesen trazar los contornos de las palabras fatídicas, y advierto que el horror que describe mi pluma no es sino la pálida sombra de aquel que nos cerca desde afuera—o quizá desde adentro—desde que traspasamos aquel umbral.
El Instituto Oceanográfico Miskatonic había recibido la donación de una serie de fotografías aéreas tomadas por un equipo noruego al sur de la Tierra de Graham, cerca de las remotas islas Balleny. Las imágenes mostraban líneas y formaciones que, por su geometría inusual, despertaron la codicia y la pasión de los doctores Crawford y Halley. Trazados hexagonales y relieves parecidos a monolitos, todos extendidos bajo la costra de hielo perpetuo, sugerían un sitio de antigua o prehumana manufactura, una promesa irresistible para quienes han dedicado su vida a desentrañar los enigmas de la historia pérdida de la Tierra.
Fui invitado por Halley—antropólogo sumamente versado en antiguos cultos y simbología, y viejo camarada de desvelos académicos—a formar parte de la expedición como encargado de catalogar y traducir posibles inscripciones. No debía suponer que mi especialidad en lenguas olvidadas llegaría a ser realmente necesaria, pues nadie en su sano juicio esperaba hallar escritura alguna germinando en aquel glaciar yermo, pero el hecho mismo de la oportunidad era más que cualquier otro estímulo racional. Además de Halley y Crawford, el grupo incluía a Vogel, experto en biología marina, siempre de mirada esquiva; el ingeniero Morse y la doctora Lawrence, geóloga. Tres miembros más, técnicos curtidos en navegación polar, completaban el grupo.
Con el sol australisce brillando perpetuamente en un cielo alucinantemente blanco, arribamos a nuestro destino a bordo de la goleta "Eureka". A través de las grietas azuladas y los baluartes de hielo, divisamos al fin la elevación reseca que nos había guiado. El lugar mismo, tal como aparecía a la luz de un crepúsculo perenne, evocaba siniestras evocaciones: no eran simplemente piedras desgastadas por el hielo y el viento, sino una sucesión de bloques, cada uno curvado en un ángulo que parecía desdeñar la geometría usual, y que, aún fosilizadas en la distancia, evocaban la sensación de un orden brutalmente inhumano.
Morse fue el primero en notar que las brújulas tendían a desvariar en las cercanías de los monolitos. El fenómeno podía explicarse, quizá, por vetas de magnetita bajo el hielo, pero fue suficiente para infundir al equipo una inquietud gradual. En nuestra primera caminata, Halley encontró, entre dos bloques, lo que a primera vista pareció un bajorrelieve: líneas y surcos en una disposición que al observarse bajo cierto ángulo, formaban un patrón pentagonal, como una flor de pesadilla escindiéndose de sí misma en una progresión infinita hacia el centro.
La primera noche en el campamento, cuando los motores de los generadores callaron y los vientos zozobrantes rugieron sobre el hielo, las sombras proyectadas por las linternas parecían distorsionarse y vibrar, como si respondieran a una cadencia secreta. Al principio, todos achacamos las incomodidades a la fatiga y la atmósfera opresiva. Sin embargo, los sueños vinieron—y vinieron con una usurpadora insistencia: siluetas reptilianas deslizándose entre columnas ciclópeas, mares fosforescentes y un rumor de sílabas imposibles que a la mañana siguiente ninguno supo reproducir. Solo Lawrence habló al respecto, murmurando acerca de una "brisa que cantaba a través de puertas talladas en la nada".
Las jornadas siguientes se consagraron a limpiar y fotografiar los bloques, pero era imposible no sentir un peso insidioso, un presagio que se acrecentaba cuando, al atardecer, bajo extraños reflejos púrpura en el hielo, los bloques parecían modificar sutilmente su disposición, como si pulsaran al ritmo de nuestro avance. Más de una vez noté que Halley se detenía a observar el horizonte, los ojos huidizos fijos en una brecha apenas esbozada entre las nubes, como si temiera vislumbrar algún titán exiliado.
Sin embargo, la culminación de nuestro horror aconteció el sexto día, cuando, al retirar la escarcha de una superficie cóncava, Lawrence descubrió inscripciones—caracteres no semejantes a runas, jeroglíficos ni cuneiformes, sino una secuencia de curvas y ángulos que provocaban, según palabras de Halley, "la perturbadora sensación de una lógica repulsiva al intelecto humano". Me pidieron intentar traducirlas, y yo, tras horas de lucha, fui presa de una extraña certidumbre: las marcas parecían organizarse no tanto como un lenguaje, sino como una cifra para encerrar o sellar algo, como un sortilegio petrificado en la roca helada.
La inscripción más completa, tentativamente reconstruida, hacía repetida referencia a una "esfera bajo las nieblas", a un "umbral sellado por los antiguos", y advertía del "manantial donde los fulgores del abismo palpitante claman por abrirse". En la febrilidad de mi trabajo consideré—y ahora sé que fue mi ruina—que ciertas formas, especialmente las concéntricas, evocaban el famoso "sello" de las leyendas ocultistas. El de los que eran antiguos incluso para la mente atávica de nuestros más remotos antepasados.
Esa noche, tras celebrar nuestra "descodificación", brindamos en la tienda con whisky de esperanza débilmente infundida. Fue entonces cuando una vibración, primero inaudible, luego más perceptible que cualquier ventisca, retembló bajo nuestros pies. Las lámparas tintinearon. El hielo gimió a decenas de metros. De pronto, el suelo colapsó bajo la tienda de almacenamiento, arrastrando consigo a Morse, cuyas exclamaciones se mezclaron con sonidos indescriptibles. Solo por fortuna y disciplina militar no cundió el pánico total; atados con cuerdas, descendimos al abismo que la tierra recién abierta ofrecía.
Oh, que jamás hubiéramos descendido. Bajo el hielo vivo, al fondo del pozo irregular, encontramos una caverna cuya arquitectura era la misma negación de la cordura. Los ángulos rotos formaban bóvedas y galerías que solo podían pertenecer a una especie que transgredía las tres dimensiones humanas. Las paredes, de roca negra pulida a un lustre iridiscente, exhalaban a cada contacto un frío y un hedor tan intensos que danzaban ante la mente imágenes de tumores astrales y ruinas prehumanas. Allí, en el centro del salón, latía—pues no puede describirse de otro modo—una esfera, más oscura que el éter de los arqueones, que parecía absorber la luz de nuestras linternas. Sus superficies vibraban con una frecuencia baja, un pulso apenas audible, como las letárgicas arterias de un leviatán dormido desde el principio de los tiempos.
Morse estaba allí, de rodillas y absorto, incapaz de apartar la vista de la esfera. Y entonces emergieron... los susurros. No eran voz, ni idioma, ni tampoco aquel rumor sibilante de las pesadillas. Eran pensamientos injertados directamente en nuestra consciencia. Preguntaban. Reclamaban. Invocaban recuerdos personales, nombres impronunciables, y fragmentos de significados: "Abridnos", "Recordad el pacto", "No somos de aquí; vos sois nuestro umbral". El terror y la fascinación lucharon en mí; habría que salir huyendo, sepultar el pozo, advertir al mundo... Pero sentí que mis miembros se endurecían, mi discernimiento mismo se convertía en pieza de un rompecabezas grotesco.
Fue Halley quien rompió el hechizo, gritando en una lengua que jamás había oído pero que era, lo supe en el fondo, la lengua de aquellos sellos, de aquellos que yacen bajo los mundos muertos esperando la irrupción del delirio. Halley, apenas visible, se lanzó sobre la esfera con un artefacto de trampas eléctricas. Hubo un fogonazo sucesivo, un alarido más antiguo que el estrépito de los glaciares, y algo líquido, anómalo, resbaló por el hielo y losas.
Ni recuerdo cómo retornamos a la superficie; solo sé que era de día otra vez y Lawrence lloraba, y que detrás de nosotros el abismo se había sellado de nuevo—sin rastro de Morse ni la esfera. Solo cargábamos, en mi mochila, un fragmento triangular caído de la sala: un trozo con inscripciones idénticas a las del exterior, aunque ahora casi indescifrables, pues sus caracteres parecían emitir una luz que titilaba y moría con cada parpadeo de mi visión periférica.
Nadie en la "Eureka" entendió la magnitud del desastre, y solo la excusa de un accidente bastó para conseguir que nos largásemos del continente blanco. Desde nuestra vuelta, ninguno de los que descendimos al núcleo ha vuelto a ser el mismo. Lawrence se arrojó al mar desde una barcaza anónima. Crawford vive sumido en un mutismo pétreo; Halley desapareció, presuntamente víctima de un acceso de locura. Y yo, cada noche, siento la vibración de aquel pulso antiguo, llamando desde bajo los cimientos del mundo civilizado, repitiendo que los sellos no sólo son una defensa, sino también una invitación. La curiosidad humana, ese leve temblor en la corteza de la razón, no fue causa sino pretexto de un ciclo cuya amplitud trasciende nuestra especie y cuyo horror apenas hemos entrevisto.
Dicen que en ciertas noches, bajo tormentas eléctricas, el hielo en la costa pálida resplandece con reverberaciones de un azul imposible, y que en los sueños de los pescadores de la región se repiten, cada vez más, las mismas sílabas faltas de todo sentido humano. Mis propios sueños no son ya míos, y a veces, mientras escribo en la penumbra, bastaría un instante de descuido para que mi pluma trazara, sobre la página blanca, el mismo sello—triangular, concéntrico, vivo—y entonces, sí, el umbral se abriría finalmente.
Y sería el Fin.
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