Portada del relato Las aguas que lloran
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Fragmento:


El aire pesaba aquí, como si fuera la tumba de los sueños más osados. Las piedras, invadidas por musgo opaco y líquenes que no conocen sol, exudaban un hedor antiguo, reminiscente de criptas sin descanso. Caminar entre las ruinas era como cruzar la frontera entre el recuerdo y el delirio; cada paso crujía en la tierra como si despertara algo que ansía ser recordado para volver a existir.

Duración: 08:23

Las aguas que lloran
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Texto de ajuste de pausa.

El atardecer se derramaba desplomado y ceniciento sobre las ruinas de lo que una vez fue serena gloria, cuando mi alma, en busca de orígenes y horrores, llegó al lugar donde no respiran los que una vez fueron celebrados por estar vivos. A muchos, el nombre se ha desvanecido, diluido entre las brumas de los siglos, pero aún persiste, como una palabra prohibida en bocas temblorosas, la silente advertencia de que no toda quietud en la tierra es paz, y no toda ausencia es olvido.

El pueblo de Ulthar –del cual las leyendas perduran más por el temor que por la admiración– se haya no lejos, pero es aquí, en la vastedad vacía donde se alzaron las murallas ciclópeas y las torres de insana arrogancia, que encontré aquello que puso a prueba la solidez de mi cordura.

Por negocios de antigüedades, y más aún por vileza y ansia de saber lo vedado, arriesgué los caminos desiertos hasta la llanura gris, cercada por cañas muertas y fango silencioso. El lago, cuyo nombre apenas recuerdo, extendía su superficie petrificada al pie de los hieráticos despojos. Nadie osaría navegar sus aguas, ni siquiera los más temerarios pescadores, pues abundan historias en Ulthar, sobre las voces que se oyen en el alba, y extrañas luces que reptan bajo el reflejo de la luna.

El aire pesaba aquí, como si fuera la tumba de los sueños más osados. Las piedras, invadidas por musgo opaco y líquenes que no conocen sol, exudaban un hedor antiguo, reminiscente de criptas sin descanso. Caminar entre las ruinas era como cruzar la frontera entre el recuerdo y el delirio; cada paso crujía en la tierra como si despertara algo que ansía ser recordado para volver a existir.

Mientras el sol caía, vi lo imposible: en el centro de la plaza central, aún persistía una estatua, grotescamente deformada. Había sido tallada por manos cuya disposición escapa a la mera humanidad, y su rostro mutilado sugería antiguas blasfemias. Supe, sin saber cómo, que representaba a Bokrug, la Bestia del Lago, entrelazada irónicamente con su destrucción. Su mirada vacía, aún erosionada por el tiempo, parecía seguir mis pasos; la sensación de ser observado era tan fuerte que apenas logré controlar el impulso de huir, hirviendo de angustia y vergüenza.

Con el sobresalto de la oscuridad creciente, me adentré en una sala lateral conservada bajo la ruina de lo que fue un templo. Aquí, el aire era más denso, el frío penetraba hasta el tuétano, y un murmullo constante vibraba en el límite de la percepción. Encendí mi linterna y descendí por una escalinata sinuosa que a cada paso se inclinaba peligrosamente, como la lengua de alguna bestia dispuesta a tragarme.

En las profundidades había un estanque, y en su centro, una losa sellada, tallada con un lenguaje arcano que sólo los más antiguos grimorios de los sacerdotes de Sarnath habrían reconocido. Las piedras –verdosas y resbaladizas por el llanto del subsuelo– parecían latir bajo mi peso. El murmullo era ahora un cántico, delirantemente monótono, evocando noches sin luna y juramentos incumplidos.

Mirando al estanque en la penumbra, distinguí movimientos sutiles, remolinos apenas visibles, como si algo largo y viscoso nadase en círculos, esperando. Me incliné sobre el borde con una curiosidad que, sé ahora, no era mía sino impuesta por la atmósfera insana, y mis pensamientos comenzaron a titilar con imágenes ajenas: procesiones antiguas, orgías impías, y la menguante agonía de una ciudad cuya soberbia desafió el propio orden del cosmos.

Susurros en una lengua imposible brotaron en la caverna, y sentí que la losa vibraba rítmicamente, sincronizada con mi corazón y mi respiración. Un frío sudor perló mi frente cuando comprendí que la piedra no sellaba nada: era un umbral, un portal expectante. Conté, o creí contar, tres sombras deslizándose al otro lado del umbral, y una sensación invasora me invadió, como si unos ojos infinitamente antiguos se abrieran tras la superficie pulida de la losa.

Aparté la mirada, pero el cántico crecía, sumergiendo mi mente en un terror sin nombre. Retrocedí hacia el templo, el peso del aire acrecentando mi pánico. Trastabillé, tropecé y caí, mis manos sangrando en las piedras astilladas con glifos iridiscentes. Con cada gota absorbida por los símbolos, parecía crecer la presencia de la Bestia en la penumbra.

No sé cuánto tiempo permanecí postrado, la mente jugada por la desesperación y la sospecha de haber sido absorbido por el tiempo mismo. La linterna agotó su luz, y la luna, al colarse por las grietas, iluminó apenas unas franjas mortecinas, en las que vi lo que creo era una procesión espectral.

Eran figuras etéreas, opalinas, cuyos rostros se deformaban perpetuamente, y que portaban antorchas inexistentes. Pasaban junto a mí sin mirar, susurrando himnos que recordaban la aniquilación de una ciudad –la ciudad insensata que, en su arrogancia, había profanado y asesinado al pueblo del lago, cometiendo la última herejía en contra de la naturaleza primordial.

Uno de los espectros se volvió, y sus ojos me atravesaron con la gelidez del vacío. Sentí cómo sus recuerdos se alojaban, repugnantes, dentro de mi mente: pira tras pira de cadáveres, templos tañendo campanas ante el crepúsculo final, y los lagos desbordando de cuerpos y lágrimas. Vi la furia de una entidad que no es diosa ni demonio sino verdad primaria; la actualicé como conciencia, ya intemporal, presenciando la atemporalidad de todo dolor.

Tan abrumado me hallé por aquella visión, que apenas percibí cómo a mi alrededor se alzaban figuras más sólidas, monstruosamente deforme, arrastrando escamas y agua en sus cuerpos fangosos. Eran, lo comprendí súbitamente, los herederos de la ciudad sumergida, vengadores mudos, quienes soportaron siglos bajo la superficie sólo por el deseo frenético de recordar el horror a los que olvidan.

Sus garras palmeadas acariciaron el templo, y su lengua gorgoteante, aunque incomprensible, me susurró la promesa de la memoria y el temor mayores que la muerte. Me sentí un intruso miserable, o acaso un actor involuntario en el drama eterno de la Némesis. Sollozando, intenté huir, pero el suelo temblaba, traicionando mi huída con cada paso. Caí a la orilla fangosa del lago, y allí, bajo la opresora mirada de la luna que todo lo ve y nada perdona, alcé la vista para presenciar cómo, desde las aguas, surgía lo impensable.

Grandiosa y obscena era la figura que se elevaba, una amalgama infecta de rana, reptil y pesadilla, con ojos fríos cuyas órbitas daban vueltas por encima de mí. El hedor era inmenso, como de tumbas abiertas y charcos estancados desde el alba del mundo. De su boca escapaba un cántico, y con horror entendí que era el mismo que me había atraído hasta aquí: una invocación, una invitación. Mis palabras, mi viaje, mis actos habían reabierto la herida inmemorial. Sentí rozar mi carne un frío intensísimo, y la percepción de que no era yo solo, sino que los ecos de Sarnath, y sus víctimas, compartían junto a mí el suplicio de ser vistos y recordados.

Al borde de la inconsciencia, divisé en la superficie del lago el reflejo de mi rostro, pero era otro rostro el que devolvía la mirada. Distorsionado, alargado, con la pupila hendida y la boca hinchada en una abominación de sonrisa, esa imagen era la de los antiguos condenados, y en sus ojos, supe, se ocultaba la memoria de todos los que han sido castigados por desafiar los misterios de la creación.

Desperté en Ulthar, rodeado de ancianos que me miraban con temor y desaprobación. Mis ropas estaban enlodadas y mis palabras, cuando las encontraba, eran incoherentes. Desde entonces, cada noche es lamentación y cada sueño, retorno. La luna, cuando brilla sobre las aguas, me atormenta con visiones de juicios que nunca terminan, y siento mi piel enfriarse, endurecerse, volverse ajena.

No oses caminar sobre ruinas que la historia quiso sepultar; no invoques nombres ni mitos de cuyas consecuencias nada sabes. Si oyes, alguna noche, un rumor nacido del lodo y la profundidad, no atiendas. No mires en las aguas en busca de reflejos que contesten tus dudas, pues puede devolverte un rostro que no es el tuyo, y un recuerdo imborrable de antiguas y justas venganzas. Ahora sé que no todo horror perece con la destrucción, y que, en las tierras cercanas a antiguos lagos, algunos terrores, simplemente, aguardan.

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