Fragmento:
Mi interés, confieso, pronto mudó del arte clásico a la arquitectura y costumbres de la mansión misma. Tenía la impresión de que todo en la casa estaba sólo a medias en nuestro mundo, y que otra mitad —invisible, expectante— aguardaba debajo. Los corredores se bifurcaban torpemente, daban a pasillos sin ventanas ni lógica, siempre alumbrados por una luz estancada y amarillenta; los peldaños de piedra bajaban aún durante minutos enteros, terminando en criptas selladas con hierros oxidados; frescos ciclópeos, de origen inexplicable, decoraban sus bóvedas con criaturas que azotarían la cordura de quien dedicara tiempo a detallarlos.
Duración: 10:56
Naturalmente sé que, al comunicar lo aquí relatado, corro el riesgo de quedar atrapado en el abismo donde se precipitan las almas de los que atisbaron demasiado en el lado oscuro del universo. Pero la oscura necesidad que abate mi alma trasciende cualquier cordura; como los que se han visto arrebatados por todo aquello que solo puede esbozarse en la perniciosa arquitectura de una pesadilla persistente, debo escribirlo, aunque nadie lo crea. Es posible que —de lograrlo— pueda mi ser experimentar aunque sea un leve respiro antes de mi final.
Fue en uno de esos otoños espesos en que el cielo de Arkham adquiere coloraciones enfermas, más propias de un leproso que de la bóveda celeste, cuando comenzaron los acontecimientos que me arrastraron hacia la sima de la desesperación más absoluta. Yo estaba entonces alojado como huésped en la vasta mansión de los Allerton, una antigua familia de Massachusetts cuyas raíces, se rumoraba, se hundían en las eras más oscuras del Nuevo Mundo. Alfred Allerton y su hermana Myrna eran los últimos de una línea plagada de relatos susurrados: desapariciones sin resolver, miembros que jamás llegaban a la adultez, hábitos excéntricos imposibles de reconducir. La mansión, granítica y desquiciada, se alzaba en la más aislada región rural, donde el viento traía olor a tumba y las ramas de los olmos parecían rezar en lenguaje secreto contra las ventanas.
Acepté la invitación de Alfred con la vaga intención de iniciar una monografía sobre la arqueología local. El hombre, pese a su educación exquisita, enarbolaba un semblante taciturno y un par de ojos que evitaban la mirada directa como si aquello pudiera convocar imágenes intolerables. Myrna, su hermana, era de un tono sobrenatural, casi albino, de facciones tan exquisitamente esculpidas que evocaban un mármol vivo y palpitante por dolorosas resonancias subterráneas. Su conversación, aunque agradable, vibraba con pausas equívocas, silencios demasiado largos y repentinos huecos en la memoria.
Mi interés, confieso, pronto mudó del arte clásico a la arquitectura y costumbres de la mansión misma. Tenía la impresión de que todo en la casa estaba sólo a medias en nuestro mundo, y que otra mitad —invisible, expectante— aguardaba debajo. Los corredores se bifurcaban torpemente, daban a pasillos sin ventanas ni lógica, siempre alumbrados por una luz estancada y amarillenta; los peldaños de piedra bajaban aún durante minutos enteros, terminando en criptas selladas con hierros oxidados; frescos ciclópeos, de origen inexplicable, decoraban sus bóvedas con criaturas que azotarían la cordura de quien dedicara tiempo a detallarlos.
Me asignaron una habitación en la tercera planta, con amplias vistas al paraje boscoso. Allí comencé, después de un par de semanas, a percibir los primeros indicios de perturbación: murmullos en la penumbra, como de varios hilos de conversación trenzándose en un idioma carente de vocales humanas. Al principio supuse causadas por el viento o por alguna imperfección en los conductos de la calefacción, pero la reiteración me obligó a prestar atención. Una noche, ya entrada la madrugada, creí escuchar mi nombre susurrado tres veces, en tres entonaciones diferentes. Me asomé al corredor, pero sólo el sigiloso eco de mis pasos se mantuvo como evidencia material.
Narraré ahora el primer hecho incontrastable. Sucedió al tercer mes de mi estadía, cuando, al salir a inspeccionar el ala occidental de la mansión, me crucé, en un pasillo desierto, con una figura que al principio llamé Myrna; sólo al observar detenidamente la figura advertí que no le correspondía la pertenencia a especie alguna conocida. Era como una sombra adelantada, vestida con ropajes negros, pero su silueta parecía cambiar a cada segundo, como si estuviera compuesta por múltiples entidades superpuestas. No tenía rostro, solo una máscara pulida, tan negra como el ébano, y una voz cavernosa que retumbó, pero no por el aire, sino por la médula de mis huesos:
“No busques más abajo.”
La figura se desvaneció con la misma rapidez con que apareció, dejando tras de sí una pestilencia a hongo y tierra removida. Espoleado entre el pánico y la curiosidad, seguí buscando respuestas entre los Allerton. Alfred, interrogado por alusiones, negaba saber de lo que le hablaba, pero sus ojos se oscurecían cada vez que mencionaba el ala occidental. Myrna, en cambio, se limitó a sonreír con un aire de complicidad mórbida.
Por aquellos días, se intensificó una pesadilla recurrente: caminaba yo por un pasillo interminable y debajo del piso brotaban raíces negras que latían como arterias; cada vez que intentaba avanzar, la mansión entera crujía como si realmente estuviera viva y deseara devorarme. Al fondo del corredor, una puerta baja de madera apolillada giraba sobre sí misma, revelando tras su quicio un vestíbulo repleto de espejos de marcos imposibles: ninguno me devolvía el reflejo, sino figuras mutiladas que se retorcían en posturas inconcebibles para cualquier ser nacido bajo la órbita del sol terrícola.
Una madrugada, el sueño fue bruscamente interrumpido por la invasión de un hedor sofocante y el jadeo de criaturas innumerables tras la pared. Salí al pasillo y me vi cercado por una niebla densa, imposible en el interior de una mansión, que silenciaba hasta el corazón. Por doquier emergieron siluetas fragmentarias, ora sugeridas por nuestro mundo, ora escapadas del vislumbramiento de otra realidad. Retrocedí a tientas hasta encontrarme en la escalera que conducía al sótano —un sitio que, hasta entonces, había evitado por instinto animal.
A tientas, descendí, empuñado una linterna. Cada peldaño parecía llevarse un año de mi vida; los muros, fríos y viscosos, susurraban letanías en una lengua hedionda. Llegué al pie de la escalera, y supe con una certeza demoledora que tal lugar no había sido construido en ninguna era humana. Las piedras que formaban la cavidad pululaban con una fosforescencia antinatural; insectos obscenos se escurrían entre las grietas y caían sobre mis hombros.
En el centro de la sala, entre símbolos ignotos labrados por manos prediluvianas, me aguardaba Alfred Allerton. Mi anfitrión estaba irreconocible: la piel pálida se le había vuelto translúcida allí donde la luz incidía, dejando entrever órganos supurantes, y sus movimientos eran mecánicos, desprovistos de toda empatía humana.
—Has venido, como todos en tu linaje tarde o temprano —dijo con una voz ajena, múltiple, al tiempo que la sombra se cernía y deformaba su silueta.
Traté de huir, pero las sombras mismas parecían volverse solidez; mis pies no respondían, anclados en fango invisible.
—La mansión protege, pero también exige. Permanecer significa pertenecer —continuó su voz, cada vez menos humana. Myrna apareció entonces, no caminando, sino deslizándose por el aire, y comprendí en un instante visceral que la familia Allerton era sólo una máscara que portaban cosas más arcaicas y enormes que cualquier historia o mito regional. Su piel comenzó a resquebrajarse, dejando entrever debajo una amalgama de ojos, zarcillos e inclementes bocas que proferían nombres astrosos, demasiado execrables como para recordarlos.
Fueron sus cantos lo que realmente terminó por desintegrar mi razón. No era solo sonido: una vibración infernal que extraviaba mi voluntad, haciéndome percibir con todos los sentidos a la vez el hedor de la disolución cósmica, el tacto de membranas antinaturales, la acidez visual de una luz nunca antes vista. Caí de rodillas, y mi mente fue invadida por el recuerdo de cosas ignotas: ciudades sepultadas, océanos en los que jamás ha navegado humano alguno, cámaras de piedra donde se postran seres en espera de la llegada de uno como yo.
Desperté, no se por cuánto tiempo después, en mi habitación, transido de fiebre y con la impresión de haber sufrido la desmembración del alma. El rostro de Alfred, ya humano, apareció fugazmente en el umbral de la puerta, seguido por una advertencia tibia apenas perceptible:
“Quienes buscan, pierden. Los ojos han de cerrarse.”
Quise huir de la mansión al día siguiente, pero el carruaje no llegó nunca. Las sendas del bosque, antes conocidas, se desvanecieron tras árboles cada vez más deformados, cuyas raíces parecían buscarme bajo cada pisada. La naturaleza se volvía alrededor, cada minuto, más hostil, y el aire vibraba con ese maldito canto subterráneo que aún me tortura en mis peores noches de insomnio.
Con el paso de las semanas, descubrí, por la observación atenta de las rutinas de Myrna y Alfred, que la casa sólo necesita que uno permanezca —que acepte— para que los otros puedan irse, o devorarse. La historia de la familia Allerton no era la de nobles venidos a menos, sino la de custodios de un umbral sellado con carne y tiempo. El linaje no es sino una sucesión de huéspedes, cada uno necesario para renovar el pacto con aquello que permanece debajo, impidiendo que ascienda aunque sea por una noche. Lo que se alimenta en la cripta bajo la mansión no está muerto, pero aguarda, tratando cada siglo romper los sellos del miedo y el sacrificio.
No sé cuánto tiempo llevo ya; los días se descomponen en jirones y mi memoria flaquea. Sé que mi orientación es engañosa, que las puertas cambian de lugar y que los relojes giran muchas veces en sentido contrario. A veces, cuando miro mi reflejo en los cristales convexos del corredor este, distingo una sombra difusa tras mis pupilas, como una mano acariciando desde el reverso. A veces, en lo profundo de mis sueños, veo a los Allerton en procesión, cantando por pasillos que no conducen a parte alguna, y yo mismo los sigo, sin nombre ni rostro, colmando los requisitos del legado.
Por ello, si alguna vez alguien tropieza con este relato, grabado a golpes en la pizarra carcomida de la biblioteca de los Allerton o hallado entre el polvo inalterado de la habitación cerrada en la planta alta, que huya, que no de crédito sino a la advertencia más primitiva: hay casas donde nunca se debe buscar demasiado hondo. El horror que vigila en sus cimientos no duerme, sino que sueña, y a veces sueña con nosotros.
Incluso ahora, mientras mis dedos sangran por escribir y la noche se llena de ese hedor a tumba profanada, sé que pronto seré parte de los Allerton —o de lo que acecha tras su fachada. Una corona negra me espera, y un lecho custodiado por raíces y lenguas invisibles. Oigo sus cantos. Estoy cayendo, lenta y dulcemente, hacia un abismo que no tiene fondo. El horror no es la muerte. El horror es la fusión, el tránsito hacia el otro lado del umbral que no tiene regreso.
No busquen más abajo. Escuchen mi súplica escrita con el ácido de la última cordura. No entren en la vieja mansión más allá del bosque. No respondan jamás a las invitaciones de los Allerton. Porque hay puertas que una vez abiertas, nunca podrán cerrarse de nuevo.
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