Fragmento:
La casa Worth era una edificación gris de ladrillo, extrañamente sobrecargada de pináculos y gárgolas, como si los canteros se hubieran dejado arrastrar por un capricho grotesco al erigirla en 1823. Aquel vestigio de gótico tardÃo era ya una rareza frente a la moda del Estado, pero nadie en el barrio osaba criticar la magnificencia de los Worth; ni siquiera el rumor de tragedias pasadas podÃa restar realce al edificio en la esquina brumosa.
Duración: 11:05
HabÃa llegado el invierno a Londres con el ceremonial de sus nubes espesas y su manto de niebla venenosa, esa humareda marrón que descendÃa sobre los tejados y no abandonaba los muros de la ciudad sino hasta bien entrada la primavera. Las farolas de gas, con sus flamitas inestables, parecÃan sentinelas en la penumbra, titilando en desafÃo a las sombras que se colaban entre adoquines húmedos y ventanales empañados. Cierta noche en que la niebla era particularmente densa, fui convocado casi a la fuerza a Wilton Square, en el suroeste de la ciudad, por causa de una carta desesperada. VenÃa rubricada por Lady Eveline Worth, la viuda de Edward Worth, barón de la familia que, en aquellos dÃas, aún presidÃa sobre los asuntos de parte de Brixton.
Recuerdo vivamente el trayecto a su residencia: carruajes rechinando sobre el pavimento, pasos vacilantes de figuras sorpresivas emergiendo y hundiéndose en la bruma, gritos de vendedores tan amortiguados que parecÃa provenir de otro mundo. Cada farol de gas creaba una burbuja de fantasmal calidez en cuyo seno los mendigos se escabullÃan, y cada ventana iluminada despertaba la sospecha de cuanto secreto apuraban los vivos bajo la superficie civilizada de la urbe.
La casa Worth era una edificación gris de ladrillo, extrañamente sobrecargada de pináculos y gárgolas, como si los canteros se hubieran dejado arrastrar por un capricho grotesco al erigirla en 1823. Aquel vestigio de gótico tardÃo era ya una rareza frente a la moda del Estado, pero nadie en el barrio osaba criticar la magnificencia de los Worth; ni siquiera el rumor de tragedias pasadas podÃa restar realce al edificio en la esquina brumosa.
Fui recibido por el mayordomo, un hombre de edad indeterminada y con un tic permanente en el ojo izquierdo, que, tras observarme con recelo, me guió a la antesala donde Lady Eveline aguardaba junto a una lámpara de gas, la única luz encendida en el nivel inferior de la mansión. Su porte, elegante y pálido, tenÃa algo de espectral. Sus ojos reflejaban una mezcla de pánico y extenuación.
"Doctor Ainsworth, gracias por acudir a este llamado tan... anómalo", murmuró mientras mis pasos hacÃan crujir el entarimado antiguo. "Sé que su reputación no se limita a las ciencias médicas y que, como estudioso del espÃritu, puede tal vez ver lo que otros no."
Me tendió la carta que le enviara en respuesta a su apremio, y acto seguido me indicó el objeto de su tormento: la lámpara de gas, de bronce labrado, posada en una mesa baja junto a su silla. No era cualquier artefacto, sino una herencia, según dijo, del abuelo de su difunto esposo, traspasada generación tras generación con extraña solemnidad.
Tomé asiento y dejé que la dama expusiera su caso. "Desde que Edward sucumbió a la extraña fiebre, esa lámpara no me deja dormir", empezó. "Por las noches, después que toda la casa se retira, la luz parece fluctuar... azulada, como si encubriera otra llama más allá de la fÃsica. Oigo voces, doctor, al principio apenas distinguibles... mas cada vez más claras. He llegado a temer quedarme sola en esta sala, pero nadie más parece escuchar nada inusual."
Recorrà el aposento de esquina a esquina, observando cómo danzaban las sombras. En la atmósfera se percibÃa un perfume acre, imposible de identificar, y un murmullo casi musical escapaba, en verdad, de la dirección de la lámpara cuando la atención se enfocaba en ella, como si el gas exhalase susurros con cada estallido de la válvula.
"¿Ha contactado a un sacerdote?", pregunté.
Ella asintió. "El capellán de la parroquia se negó a bendecir la lámpara, alegó superstición. Solo usted me queda, doctor, con sus conocimientos de antiguos misterios y lunáticos saberes."
Comprendà de inmediato que la tarea no era sencilla y que, lejos de encontrarme ante una superstición vulgar, me hallaba, quizás, ante ecos de esa dimensión velada que he vislumbrado en mis estudios de libros arcanos y correspondencia con sabios esotéricos del continente.
Eran cerca de las once cuando la dama se retiró. El mayordomo apareció ocasionalmente, aportando té oscuro que apenas lograba entibiar mis huesos. Quedé solo con la lámpara y los murmullos, y comencé a experimentar, a la manera de los médiums escépticos, con la luz y la penumbra. Cerré los ojos: el zumbido de la lámpara era preciso, pero entre los arrullos del gas y la vibración del metal comencé a distinguir sÃlabas inconexas: "Regrésame... ayúdame... frÃo... oscuro..."
Luché por el autocontrol, convencido de que el cansancio o una sugestión inexplicable me hacÃa vÃctima de una alucinación auditiva. Pero todo se volvÃa más intenso; súbitamente sentà que el aire se congelaba junto al objeto. Una corriente gélida pulsaba del bronce, como un soplo antiguo atravesando siglos.
Me incliné sobre la lámpara con minuciosidad cientÃfica y, tras abrir con cuidado el compartimento inferior —algo para lo cual obtuve permiso previo de la dama— hallé una trampa fina, oxidada, que ocultaba en su fondo un papel amarillento, casi polvo ya. Sobre el pergamino apenas era visible una inscripción árabe, rúnica o cuneiforme. Aquello no era un simple talismán domestico sino el sello de un rito.
CreÃ, por un instante, que habÃa dado con una pieza arqueológica destinada a la exposición de alguna sociedad de curiosos. Me equivoqué. Sin embargo, fue en ese punto cuando la lámpara —por acción del gas, o quizá por alguna razón infernal— incrementó su resplandor hasta bañar el aposento en una luz azulada.
La voz, ahora, era perfectamente audible: "Edward... aún aquÃ... aún aquÃ..."
Me debatà entre la compasión y el racionalismo, tratando de explicar el fenómeno como eco, resonancia o ventriloquia accidental. Pero cuando al fin me acerqué a la lámpara con la intención de apagarla, la luz incrementó su intensidad hasta quemar mis dedos; el metal palpitaba como si tuviera vida y, en el aire, una figura grotesca pareció materializarse, primera neblina, luego contorno —era una silueta desfigurada, mitad humana, mitad insoportablemente monstruosa.
Paralizado por la visión, recordé de pronto uno de esos letales grimorios consultados, donde se narran historias de objetos forjados para ser receptáculos de voluntades negadas a la muerte. Recordé el Libro Negro de Irem, consultado en la biblioteca de mi amigo Algernon, donde se habla de lámparas y artefactos traÃdos de Asia por comerciantes victorianos, objetos que, bajo ciertas condiciones, pueden abrir brechas en el velo entre los mundos.
ComprendÃ: la lámpara era una prisión espiritual, el alma de Edward Worth —o de alguien mucho más antiguo— circulaba en sus arterias de gas y bronce, condenada allà por rituales secretos, esperando liberación o venganza.
Horrorizado, intenté recitar algún pasaje protector redactado en mi memoria, una mezcla de latÃn decadente y fórmulas griegas. Pero la figura en la neblina sólo se retorció, y el hedor, más fuerte, era ya el de una tumba profanada.
En ese estado me encontró la mañana. Lady Eveline halló a un médico aterrorizado, sumido en un trance tembloroso junto a la lámpara, cuyos brillos ya eran los normales; ningún rastro de lo acontecido restaba, salvo el papel antiguo en mi bolsillo, que el mayordomo y yo custodiamos como última prueba.
Las noches siguientes en Wilton Square estuvieron marcadas por un terror creciente. Eveline y yo intentamos transportar la lámpara fuera de la mansión, pero cada vez que se aventuraba su traslado, una tempestad furiosa azotaba la ciudad, impidiendo cualquier movimiento. Los sirvientes comenzaron a murmurar acerca de ruidos y figuras junto a la lámpara. Las visitas —por lo general frecuentes— cesaron. El vecindario, informado de alguna manera acerca de la perturbadora atmósfera de la casa, comenzó a evitar los muros grises, como si la sombra de lo innombrable se escurriera ya por la acera.
Una noche, Eveline confesó que el objeto habÃa llegado originalmente de Egipto, fruto de las incursiones coloniales de la familia Worth. Ciertos diarios de Edward —que la viuda me mostró clandestinamente— aludÃan a un rito nunca completado para "sellar una puerta", un favor hecho a algún oscuro sacerdote egipcio antes de su muerte por malaria. Elise Worth, la abuela, habÃa contado historias de "una presencia extraña rondando las habitaciones superiores", pero nadie las tomó en serio.
Decidà entonces que sólo quedaba enfrentarse a la lámpara y a su huésped en un acto definitivo. Traje conmigo unas reliquias protectoras: una cruz romana, un anillo grabado con el Tetragramatón y un pequeño frasco de agua bendita. La noche acordada, nos reunimos en el salón principal. Eveline temblaba, y el mayordomo —por primera vez en 40 años— solicitó permiso para ausentarse.
El ritual fue sencillo, pero la atmósfera era tan opresiva que, en ciertos instantes, pensé que el aire nos sofocarÃa. Recité pasajes de apotropaicos textos medievales hasta que la lámpara, como una bestia irritada, tembló violentamente, emitiendo un quejido imposible. El gas comenzó a rebosar de azul y las sombras del cuarto se plegaron hacia la lámpara, como si el mismo espacio se comprometiera al desenlace.
Fue en el paroxismo de la ceremonia cuando la figura horrenda volvió a emerger, esta vez manifiesta, con rasgos reconocibles de Edward Worth, pero distorsionados por siglos de cautiverio y odio. Nos habló. O, mejor dicho, gritó, rugió, aulló: "He visto la otra orilla. Traedme a casa. El frÃo del abismo no me deja ir..."
Eveline cayó de rodillas. Yo, armado sólo de mi débil voluntad y mis sÃmbolos religiosos, sólo atinaba a repetir la letanÃa del exorcismo. Un relámpago azul cruzó la estancia y, de pronto, la lámpara se apagó de golpe. La figura titubeó, retorciéndose en una danza antinatural, y desapareció con un alarido que debió ser escuchado en toda Wilton Square. El silencio posterior fue absoluto, salvo por el chisporroteo residual del gas.
La lámpara, inerte, yacÃa ennegrecida. Reunimos el valor para revisarla: dentro, no habÃa ya calor ni luz, y el aroma a tumba habÃa desaparecido. Nadie volvió a ver ni oÃr nada extraño, pero ni Eveline ni yo volvimos a sentirnos jamás en paz en aquella casa. Un vacÃo, un hueco en la realidad —como si una nota de la melodÃa existencial hubiera sido arrancada de nuestro Universo— penó para siempre en ese salón.
Lady Eveline murió tres meses después, a causa de un mal súbito, según el informe médico. Yo mismo abandoné Londres y los saberes oscuros, pues todas mis ciencias y racionalismos me protegieron menos de lo que hubiese querido. La lámpara fue enterrada, finalmente, en terreno consagrado; nadie ha osado desenterrarla.
Permanezco, ahora, en el exilio voluntario, y escribo esto porque sé que hay otros artefactos, otras lámparas y espejos, traÃdos durante los años de saqueo imperial. Quien desee vivir en paz, no las adquiera ni permita que sus secretos sean compartidos. Atrás del velo de gas y sombra, hay cosas que el hombre jamás debió intentar liberar, y Wilton Square —y mi propia alma— son para siempre sus testigos mudos.
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