Portada del relato La Niebla Sobre Holborough Hall
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Fragmento:


Las campanas de Westminster resonaban en el aire cargado de hollín cuando, tras un pesado viaje en diligencia, me adentré por la avenida flanqueada de olmos marchitos que llevaba a Holborough. El crepúsculo parecía más denso aquí, como si la neblina brotara del suelo mismo, arrastrando restos musgosos de pesadillas atávicas y, en la débil luz amarillenta de los faroles de gas, las sombras parecían formar palabras antiguas, ilegibles.

Duración: 10:39

La Niebla Sobre Holborough Hall
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Texto de ajuste de pausa.

El horror, cuando acude a nuestro mundo en formas demasiado sutiles para ser rechazadas por la mente racional, actúa como una niebla: insidiosa, espesa, y poseedora de una memoria antigua, previa a la humanidad misma. No hay mayor advertencia para el hombre culto que la llegada de tal horror —especialmente bajo los falsos destellos de la civilización victoriana, donde cualquiera esperaría encontrar solo las miserias domésticas del hombre y no las manifestaciones de abismos primordiales.

Sir Lionel Wycliffe, un caballero conocido en los círculos más selectos de Londres por su erudición y cierta tendencia a coleccionar libros prohibidos, fue en vida un ejemplo vivo de los excesos y azares de la nobleza inglesa. Era un hombre que, bajo la apariencia de modales suaves y benevolencia, alimentaba una morbosa curiosidad por las cosas que los demás temían nombrar. De todo esto fui partícipe por circunstancias que, a día de hoy, maldigo y a la vez bendigo, pues he visto la Verdad.

Fue en otoño de 1873 cuando recibí la invitación; una hoja de pergamino pálido, con el escudo de la familia Wycliffe en tinta negra, y la precisa instrucción de llegar a Holborough Hall antes de la luna nueva. Correspondía, más que a una mera cortesía social, a una petición velada de auxilio: "Quisiera mostrarle, apreciado Dr. Kent, ciertas anomalías recientes que brotan aquí entre los vapores del Támesis y el polvo de nuestra biblioteca, antes de que caiga la noche más eterna. Venga, pues, y no demore." Así concluía la carta. No admitía negativa.

Las campanas de Westminster resonaban en el aire cargado de hollín cuando, tras un pesado viaje en diligencia, me adentré por la avenida flanqueada de olmos marchitos que llevaba a Holborough. El crepúsculo parecía más denso aquí, como si la neblina brotara del suelo mismo, arrastrando restos musgosos de pesadillas atávicas y, en la débil luz amarillenta de los faroles de gas, las sombras parecían formar palabras antiguas, ilegibles.

Me recibió Lord Wycliffe en el vestíbulo. Más enjuto que nunca, los ojos hundidos y febriles, vestía un batín raído que antaño debió de haber ostentado la púrpura de alguna ceremonia olvidada. Su voz, sin embargo, era inquebrantable.

–Doctor Kent, agradezco profundamente su premura. Mis criados han partido, algunos huyendo tras infaustos sueños. No me queda compañía humana salvo la suya, y la certeza de que algo terrible acecha en nuestra biblioteca. Debo confiarle un secreto, pues temo que la policromía de la razón ya me abandona.

No era poca cosa para un Wycliffe apelar al raciocinio forastero. Apremiado por el miedo sincero que destilaban aquellas palabras, acepté adentrarme en la biblioteca esa misma noche.

El corredor conducente al sanctasanctórum de la familia era largo y frío, decorado de retratos cuyas pupilas parecían titilar bajo la llama de las bujías, como si mirasen con ironía mi paso, recordando desastres antiguos. El aire se volvía espeso y cada uno de mis pasos sobre la alfombra persa parecía responder con un suspiro de tierra húmeda.

Al llegar, comprendí que la biblioteca de Holborough consistía no solo en estanterías y volúmenes. El mismísimo aire parecía estar infectado de una electricidad primitiva, y las viejas maderas crujían de manera antinatural, como si rehuyeran el paso de los vivos. Lord Wycliffe me mostró el rincón donde, según relató, habían ocurrido los recientes prodigios: un escritorio flanqueado por textos de mitologías orientales y, sobre la mesa, un mapa que reconocí inmediatamente.

Era nada menos que una copia del legendario “Mapa de los Sueños Profundos”, aquel que, según las leyendas recogidas por Alhazred y los sutiles manuscritos de Randolph Carter, señala los caminos hacia una ciudad en ruinas bajo el Velo de la Niebla: la gran y temida Kadath.

–Observe, doctor —murmuró Wycliffe, señalando con un dedo tembloroso—. Esta región, entre los Montes de la Locura y la Ciudad Prohibida de Ilek-Vad. No la vi hasta que ciertas sombras comenzaron a filtrarse bajo la puerta por las noches. Y luego… los susurros comenzaron.

Me estremecí, recordando relatos fragmentarios de aquellas tierras soñadas, donde dioses sin rostro y entidades acechan a los mortales en busca de su aliento. Hube de preguntar:

–¿Ha escuchado usted, entonces, esas voces?

Wycliffe asintió, dirigiéndose al ventanal y mirando la noche, llena de niebla.

–No son voces humanas. Atraviesan las paredes, se arrastran por el mármol y trepan por los tapices. Al principio, pensé en el delirio. Luego, los libros comenzaron a mudarse de sitio; ciertos tomos no amanecían donde los había dejado. Más aún, descubrí símbolos dibujados en la escarcha del vidrio, laberintos que no he podido descifrar.

Hubo noches en que creí soñar con Arkham, donde la decadencia no es solo física sino metafísica, y el tiempo se pliega bajo la voluntad de dioses que nunca fueron mencionados ni en las peores páginas del Necronomicón.

Aquella noche velamos en la biblioteca, con un único candelabro como baluarte contra la marea de oscuridad que latía más allá de las ventanas. Alrededor de la una, cuando la niebla espesaba y hasta el batir del reloj de pared parecía próximo a enmudecer de terror, escuchamos el primer roce. Un rumor húmedo, como de miles de plumas descomponiéndose; una música atonal brotó entre los estantes, y supe que nada podía provenir de gargantas humanas.

La presión en el ambiente se hacía irrespirable, como si el éter mismo se viera desgarrado por uñas incorpóreas. Wycliffe temblaba, y yo, ayudado solo por la poca fe que me quedaba, recité por lo bajo fórmulas protectoras legadas por Paracelso.

Y entonces, en la penumbra flotante, el mapa cobró vida. Del papel irradió una bruma acuosa, una especie de aura negra, y el suelo bajo nosotros adquirió la consistencia de un pantano oleoso. Era como si cada libro se transformara en un ojo, observándonos y juzgándonos. Percibí, con el estómago encogido, una figura por el rabillo del ojo: algo alargado, con tentáculos que se arrastraban y desaparecían al parpadear.

No podía ser sino un heraldo de las fantasías informes de Kadath, un espectro nacido de las pesadillas que precedieron al hombre en la Tierra. Sentí una compulsión irresistible de mirar al ventanal, y allí, entre la niebla, se perfiló el contorno de una ciudad imposible, cuyas torres desafiaban las leyes de la geometría y de la razón.

Wycliffe se echó a llorar entonces; lágrimas petrificadas surcaban sus mejillas, y entre sollozos, murmuró palabras que no soy capaz de reproducir, pues estaban compuestas de sílabas ajenas a toda fonética humana. Algo respondía desde más allá de la ventana, cada vez más próximo. Un aliento frío y salino inundó la estancia, casi derribándonos.

Aquella noche no dormimos, y la aurora se demoró como si vacilara en iluminar aquel rincón mancillado del mundo. Cuando finalmente llegó, no fue luz lo que trajo, sino una revelación: sobre el escritorio, donde antes yacía el mapa, ahora había un libro encuadernado en piel curtida de una textura imposible. No tenía título.

Wycliffe, exhausto y envejecido en apariencia por décadas en una sola noche, se arrodilló ante el libro y susurró:

–Ha comenzado… Ya no somos quienes éramos. Ellos nos han mirado.

Mi instancia en Holborough Hall se prolongó, pues mi deber de amistad me retenía junto a Wycliffe. A lo largo de los días siguientes, la niebla no cedía, y el personal del pueblo comenzó a rumorear acerca de figuras oscuras merodeando el terreno, de faroles apagados y sonidos inhumanos viajando a contracorriente del viento. Yo mismo, al asomarme una tarde por la ventana de la torre oriental, vi pequeñas siluetas reptando hacia el mausoleo familiar.

Pronto constatamos que la presencia de la ciudad de los sueños —Kadath, velada y trémula— era un hecho consumado en nuestro mundo. Cada noche, el paisaje de la bruma era menos parecido al Essex y más a aquel descrito en los relieves hiperbóreos: conos megalíticos, torres incompletas, sombras que recorrían los campos. Wycliffe, cada vez más poseído, dejaba de hablar y pasaba horas absorto, descifrando el libro sin nombre, cuyas páginas se escribían y reescribían solas en letras blancas que brillaban con fulgor lunar.

Fue inevitable la visita de la policía local cuando comenzaron a desaparecer niños y animales domésticos. Los agentes se marchaban antes del anochecer, alegando un malestar que les corroía los nervios. Por mi parte, me aferraba a mi diario, tratando de preservar la cordura mientras a mi alrededor el mundo natural cedía el paso al otro látido. Observé en pesadillas la silueta tentacular que nos acechaba. En una de ellas, vi la caída de Arkham y la marcha de los últimos hombres entre ruinas sin tiempo, arrastrados a un banquete estelar por seres incognoscibles.

La noche final, el libro nos dictó el rito de la despedida. Wycliffe, ya privado de toda humanidad, me obligó a recitar juntas las sílabas claves; nombres de deidades dormidas, puertas, senderos. Todo un ceremonial cuyo trasfondo era la apertura de los umbrales. Por la ventana, la niebla se abría como un telón ante la llegada de la procesión.

Recuerdo que los muros se estremecieron, que los relojes enmudecieron y que una música azul, doliente, colmó los corredores de la mansión. De la niebla emergieron Siluetas, primero informes, luego tan reales como un recuerdo arrancado de la carne. Kadath —la espectral y lejana Kadath— nos llamaba. Wycliffe, sin temblar, cruzó el umbral. Y yo, arrastrado por un terror cósmico y una piedad desgarradora, cerré los ojos.

Desperté, o tal vez nunca volví del todo. La mansión estaba destruida, la niebla huyendo hacia el rio. Nadie volvió a ver a Wycliffe, y del libro solo quedaban letras desvaídas sobre el polvo. Fui interrogado largamente, pero ni Holmes ni ningún otro escéptico podría aceptar mi historia.

Hasta el día de hoy, la niebla regresa a Holborough cada luna nueva. Se dice —con voz de taberna, apenas susurrada— que no todo lo que camina por la campiña de Essex es humano, ni todo lo que sueña Arkham pertenece a este mundo. Y yo, que he recibido el Don y la Maldición del saber, solo deseo el olvido, pues he visto a Kadath, y he sentido el peso de esas Noches Prohibidas, que solo ahora comprendo están entrelazadas con la historia misma de nuestra existencia.

El horror jamás desaparece del todo. Solo cambia de rostro, y busca a nuevos testigos a quienes seducir en la niebla.

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