Cuando las nieblas caían pesadamente sobre las calles de New Brighton, los faroles de gas parecían encenderse no tanto para alumbrar, sino para celebrar la penumbra. Sus lejanas luminiscencias solo lograban trazar una frontera de tenues resplandores en la húmeda oscuridad, mientras los adoquines relucían como escamas de una bestia monstruosa dormida bajo la lluvia. Quien transitara por esas calles tras la medianoche, inevitablemente pasaba frente al local peculiar en la esquina de la vieja Bishop Lane.
La tienda era tan antigua que los habitantes la atribuían a una era anterior incluso al mismísimo Londres; los peregrinos, con frecuencia, aventuraban anécdotas acerca del relojero, un tal señor Barrow. Nadie parecía recordarlo como joven. Su figura enjuta y su piel demacrada se confundían con las sombras tras los cristales cubiertos de polvo. Solo sus manos, ágiles y extrañamente gráciles, se movían con la meticulosidad de quien realiza una ceremonia. La fachada de la tienda tenía grabado el lema en latín: “Tempus Custos”. Y en la puerta, siempre ligeramente entreabierta, reposaba una campanilla de bronce que tintineaba no al abrirse el portal, sino sola, cuando los relojes hacían sonar, todos a la vez, la hora culminante.
Por esas noches fue que el joven Edward Talbot se aventuró más allá del razonable radio de un caballero en busca de su prometida, la dulce Annabel, quien no solo se había ausentado sin explicación, sino que se rumoreaba había sido vista visitando la accesoria del señor Barrow semanas antes de su desaparición. Edward, devorado por el insomnio, no había dormido en tres días, y en su rostro se perpetuaba la funesta herencia de la congoja y el miedo. Era un hombre de convicciones racionales, pero la atmósfera de New Brighton había comenzado a erosionar sus certezas más firmes.
La campana de una iglesia remota marcaba las once y un cuarto, cuando Edward llegó, por fin, a la tienda. Las ventanas estaban cubiertas de cortinas rojas y pesadas, pero la luz en el interior, artificiosamente cálida, se filtraba con resplandores dorados y apenas sugerentes. Dudó, no por el peligro físico, sino por algo más subrepticio: esa aversión instintiva que surge ante lo inexplicado. Pero la imagen de Annabel le impulsó.
Empujó con decisión la puerta y la campana de bronce emitió un sonido tan cortante y lúgubre como el graznido de un cuervo. Los relojes —de péndulo, de caja, de sobremesa, hasta diminutos cronógrafos de bolsillo apiñados en bandejas forradas de terciopelo— llenaban el lugar. El tic-tac colectivo tejía una urdimbre tensa, corrupta, con latidos irregulares, como si se burlasen de su visitante. Edward sintió náuseas.
Un hombre emergió de la penumbra detrás del mostrador. Saludó con una inclinación sutil de cabeza. El cabello blanquecino parecía escarcha y sus ojos de un azul insano se clavaron en el joven.
―¿Puedo ayudarlo, caballero?
La cortesía era irreprochable, pero Edward notó cierta sorna repulsiva al fondo de la voz. Tragó saliva.
―Busco a mi prometida. Annabel, Annabel Crane. La han visto aquí. Supongo que viene usted oyendo rumores…
El relojero ladeó la cabeza, mientras sus dedos jugaban con la esfera de lo que parecía un cronómetro sin manecillas.
―Muchos vienen aquí buscando algo perdido. Pero a menudo, lo que hallan no es lo que esperan.
Edward se puso tenso. Caminó hacia el mostrador, cuidando de no tropezar con una infinidad de artefactos de latón.
―No tengo tiempo para charadas. Dígame lo que sabe.
El viejo Barrow soltó una suave carcajada que no fue menos que un susurro glacial.
―El Tiempo es todo lo que poseo, joven Talbot. Pero puedo mostrarle algo, si lo desea.
Abrió una pequeña puerta al fondo de la tienda e hizo una reverencia, invitando a Edward a seguirle. El hombre vaciló. Pero aquel nombre, Annabel, resonaba en su mente como un conjuro. Y cruzó el umbral.
El pasillo estaba iluminado apenas con una hilera de lámparas de aceite. Los relojes continuaban alineados, colgados en las paredes y sobre repisas, pero sus esferas eran inusuales: muchas no mostraban números, sino símbolos arcanos, rostros embozados, ojos cerrados pintados o grabados con un detalle repulsivo. Al fondo, una puerta maciza bloqueaba el acceso. Barrow extrajo una llave de aspecto monstruoso y la giró tres veces.
―No tema —dijo con voz afable—. Si el amor lo trajo hasta aquí, qué podría salir mal.
La habitación más allá era un santuario macabro. Relojes de gran tamaño, algunos del doble de la estatura de un hombre, marcaban horas imposibles, con péndulos que giraban hacia arriba en contra de la gravedad. Las paredes estaban cubiertas de retratos: la mayoría de rostros sin vida, algunos en agonía, otros mirando de soslayo hacia Edward como si esperasen su llegada. Lo que más destacaba era una enorme caja de cristal, cuyo interior estaba saturado de niebla, solo interrumpida por el parpadeo de una lámpara azulada.
Barrow se acercó a la caja y señaló con solemnidad. Edward vio una silueta en la humareda; un cuerpo en pie con la cabeza inclinada. Su respiración se aceleró.
―Annabel… —susurró.
Barrow asintió.
―La mayoría de la gente cree que el tiempo sólo avanza. Pero aquí, a veces, regresan a nosotros esos instantes que soñamos recuperados y se pudren mientras los observamos, incapaces de aceptarlos.
Se volvió hacia Edward, y entonces la mirada del joven cayó sobre las entrañas del reloj gigante adosado a la pared opuesta. Engranajes y resortes giraban en un ritmo siniestro, intercalados con objetos que, Edward advirtió horrorizado, no eran sino fragmentos humanos: trozos de cuero, uñas, hasta dentaduras. Todo encajaba con morbidez, como si los relojes no midieran tiempo sino pesadillas.
Barrow paseó lentamente junto a la caja de vidrio.
―Annabel era preciosa. Pero todos los que han amado, alguna vez, desean preservar ese amor. La gente, sin embargo, es frágil. Tan fácil es destiempoarse. Dejar de ser actual, ¿sabe usted? Eagleton, por ejemplo. O la señora Webster. Cada uno encontró el instante en el que su corazón se detuvo y buscó retroceder para vivirlo de nuevo. No consiguieron sino retirar el velo y brevemente mirar al monstruo que acecha tras el tic-tac. Pero Annabel tuvo voluntad.
Edward avanzó, azorando su cordura. Puso la mano sobre el cristal. Annabel estaba congelada en una pose de danza, con la cara deformada por una expresión de horror. El cabello flotaba aparentemente inmóvil. Abrió la boca, como quien intenta gritar bajo el agua.
Barrow extrajo un pequeño reloj de bolsillo y lo extendió hacia Edward.
―¿Desea usted liberarla? Puede hacerlo. Solo hay que romper el círculo. Gire la corona hacia atrás, retroceda esas agujas a la medianoche… y abrirá el paso.
Dudó. Sus dedos temblaban insoportablemente.
―¿Qué me asegura que saldrá ilesa? —susurró.
El relojero sonrió y, por un segundo, el rostro se le descompuso en una máscara bestial, sin ojos ni labios, apenas surcos oscuros en el campo cerúleo de la cara.
―Nadie sale ileso del Tiempo, joven Talbot. Pero puede traerla de vuelta, si eso es lo que realmente quiere. Solo tendrá que entregar a cambio algo de igual valor.
Edward titubeaba, pero la culpa, el amor y la melancolía le acuchillaban. Giró la corona hacia atrás. El mecanismo crujió, el aire se heló. Los relojes temblaron unánimes. Un hálito nauseabundo emanó de la caja.
La niebla interna se disipó súbitamente. Annabel jadeó con un sonido subhumano y cayó de rodillas, los ojos sólo blancos, como si hubiera contemplado el fondo oscuro del universo. De su piel emanaba una humedad podrida y su boca estaba deformada en la sombra de un grito que nunca terminaba. Edward corrió a abrazarla y ella se aferró con ansia reptiliana, hundiendo las uñas en su carne.
Rodaron por el suelo y, durante un instante infinito, Edward experimentó la agonía de todos los que, antes de él, intentaron arrebatar sentido a lo inevitable. Annabel habló entonces con voz doble, superpuesta, como si cientos de lenguas se moviesen al mismo tiempo:
―No existe regreso. Sólo cruzamos de extremos.
Barrow contemplaba la escena desde una oscuridad cada vez más viscosa. Edward vio que el relojero ya no era un hombre, sino un fondo abisal que lo abarcaba todo. Las manecillas del reloj de bolsillo giraron por sí mismas, volviendo más allá de la medianoche, retrocediendo hasta el principio, donde no había memoria, sólo voracidad.
En sus brazos, Annabel se deshizo en cenizas negras. Edward gritó, y de sus labios no salió sonido alguno. Volvió la mirada al reloj: las agujas se detuvieron y, por un segundo, le pareció que contemplaba a sí mismo, atrapado dentro de la esfera de cristal, con el rostro congelado en pánico y el tiempo deteniéndose para siempre.
Barrow susurró, desde puntos imposibles del local:
―Ahora es usted custodio, señor Talbot. Cuide bien la tienda. El Tiempo es un monstruo famélico y necesita carne fresca.
Las luces se apagaron. Afuera, seguía lloviznando. No hubo nadie que notara las nuevas facciones, congeladas en las esferas, ni el lento arrullo de los relojes que marcaban la hora del terror, una hora que nunca, nunca, llegaría a pasar y que aguarda aún a los devorados por el Tiempo en la tienda más antigua de New Brighton.
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