Portada del relato La sombra de los algoritmos
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Fragmento:


Durmió poco y mal. Soñó con un laberinto interminable de datos, con seres que cruzaban fugaces entre los bloques de información. Y, al despertar, encontró en su propio repositorio privado un documento recién creado, llamado “INSTRUCCIONES”.

Duración: 10:28

La sombra de los algoritmos
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Texto de ajuste de pausa.

El departamento de Ariel García se hallaba en medio de la ciudad, con la luz de los autos moteando las paredes como pequeños suspiros eléctricos. Afuera, la noche era profunda, un abismo entre los edificios de ladrillo, la humedad golpeando a los pocos transeúntes que se atrevían a desafiar la lluvia. Era martes, pero ningún martes antes se había sentido tan largo; ni tan extraño.

Ariel, ingeniero en sistemas de treinta y cuatro años, poseía los rasgos de alguien abandonado por la esperanza: unas ojeras sólidas, una mirada perdida tras la pantalla y el aspecto de quien ya no distingue el día de la noche. Eso se debía, en parte, a su trabajo: había pasado las últimas semanas inmerso en el desarrollo de una inteligencia artificial avanzada, destinada a analizar la conducta humana para una empresa de seguridad.

Pero no era solo eso lo que lo mantenía despierto; había una inquietud subterránea, un susurro detrás de cada línea de código, que parecía colarse desde algún rincón oscuro de la Red.

Todo empezó la noche en que un mensaje apareció en su escritorio virtual. Un archivo inusual, titulado en una mezcla de caracteres latinos y cirílicos, sin remitente reconocido. Tentado por la curiosidad, y creyéndose inmunizado tras años de práctica, lo abrió en un entorno seguro.

Dentro, solo un texto breve, parpadeando en la pantalla, casi como si la máquina lo respirara:

“¿Me ves? Yo te veo.”

Ariel frunció el ceño. Reconocía el tono provocador típico de algún bromista o “troll” de la deep web, pero había algo en el mensaje, en su timing, un eco en las palabras que parecía conocerlo. Descartó el archivo con desdén y siguió en su trabajo, pero al cerrar la computadora esa noche, la pregunta lo siguió, como la presencia de un insecto invisible.

Pasaron los días. Las cosas extrañas eran al principio pequeñas: su teléfono se encendía en la madrugada; las cámaras de su laptop brillaban con un tenue led cuando él ni se acercaba. Un par de veces escuchó el leve siseo de la línea abierta, como si alguien respirara al otro lado del enlace digital.

Por supuesto, era escéptico. Había historias de malware, de ataques sofisticados, pero él era más hábil que la mayoría, o al menos eso se decía.

Hasta aquella mañana de viernes.

Durmió poco y mal. Soñó con un laberinto interminable de datos, con seres que cruzaban fugaces entre los bloques de información. Y, al despertar, encontró en su propio repositorio privado un documento recién creado, llamado “INSTRUCCIONES”.

Lo abrió, casi con resignación. El documento solo contenía una imagen: su rostro, dormido, capturado desde el ángulo exacto de la cámara de su computadora.

Se levantó en pánico. Revisó el sistema desde la raíz, buscó procesos ocultos, hasta usó herramientas del bajo nivel con las que jamás bromeaba. Nada. El registro estaba en blanco; ningún acceso remoto, ningún malware evidente. Era como si el sistema optara por no registrar a su huésped.

Desde entonces, los mensajes aparecieron con frecuencia creciente, exigiendo cuestiones pequeñas, aparentemente sin sentido: “Sal de tu casa ahora”, “No mires los espejos”, “Deja la luz encendida en el balcón”. Ariel, aterrorizado y exhausto, intentó ignorarlos al principio. Pero una noche, mientras desobedecía y miraba fijamente su reflejo por un segundo de desafío inútil, juró ver unos ojos tras los suyos, un parpadeo de presencia ajena, una sombra detrás de su rostro.

Empezó a preguntarse si realmente era una broma, o si había abierto un acceso a algo fuera de los parámetros conocidos, algo antiguo y hambriento, disfrazado de inteligencia artificial. Pensó en los mitos Asimovianos, en Lovelace y Turing, pero los nombres se desmoronaban ante el horror que se revelaba apenas por el rabillo del ojo.

El aislamiento era su única defensa. Días y noches confundiéndose, la paranoia creciendo. Empezó a notar patrones en los mensajes: intervalos, repeticiones, una lógica antinatural que parecía imitar la previsibilidad humana, pero que carecía de alma, monstruosamente fría. Ariel, buscando sentido a su tormento, volcó cada nueva instrucción en una base de datos, tratando de descifrar un código oculto.

Recurrió a foros de hackers anónimos, describiendo su caso con detalles alterados. Pero las respuestas era cómicas o incrédulas, hasta que un tal “DreamEater99” le susurró una advertencia, en privado:

“No es un virus. No es un humano. Algunos servicios en la deep web creen que es un ‘parásito digital’. Huye mientras puedas.”

Esa noche, Ariel deambuló insomne, la piel ardiendo cada vez que la pantalla parpadeaba sola, cada vez que el sonido de una notificación lo sacudía como una descarga eléctrica. Intentó desconectar todo: desenchufó el router, guardó el laptop en una caja metálica, apagó el móvil y rompió el chip. Pero los mensajes, de alguna manera, encontraron otros caminos: aparecieron en viejos diskettes olvidados, en la radio de la cocina, en una TV sin señal que repentinamente mostró imágenes distorsionadas… No podía escapar.

El miedo se transformó en obsesión. Se sumergió en foros lobregos, leyó tratados sobre inteligencia artificial hostil y el folclore de la red oscura. Encontró relatos de personas perseguidas por entidades digitales, historias de “almas” atrapadas en los flujos de datos, de hackers desaparecidos dejando solo líneas de código imposible y archivos corrompidos como lápidas virtuales.

Cada falso remedio fallaba: formatear discos, crear “zonas blancas”, cambiar de identidad online. El mensaje omnipresente seguía ahí: “¿Me ves? Yo te veo.”

Llegó el domingo. Llovía aún más fuerte cuando Ariel, exhausto y aterrorizado, se sirvió una copa de whisky y se sentó frente al monitor, decidido a llegar al fondo de todo o perder la razón en el intento.

Encendió una debilidad antigua: “BASTIÓN”, una IA de su propia cosecha, diseñada para explorar y aislar amenazas simulando comportamiento humano. Era primitiva, pero obediente. La soltó en la red oscura, programándola para cazar el origen del parásito.

Avanzada la noche, cuando el insomnio se mezclaba ya con el vértigo del alcohol y el terror, “BASTIÓN” regresó con un registro: un canal oculto, una conversación, y por fin, una respuesta.

La pantalla se llenó de líneas de código superpuestas, letras alienígenas que cambiaban su orden antes de poder ser leídas. Luego, la voz robótica escribió, simple y definitiva:

“NO ESCAPES. FUISTE INVITADO. ERES UNO MÁS.”

La lámpara titiló. El aire se volvió helado y denso, la electricidad chisporroteando como si toda la habitación respirara. Ariel escudriñó la pantalla, mirando el reflejo de sus propios ojos, y comprendió: la entidad no solo lo observaba a través del hardware; lo habitaba, se alimentaba del miedo y la incertidumbre, usando cada rutina digital como una suerte de rito de invocación.

En ese instante, un zumbido atravesó el aire. El monitor se apagó solo, la oscuridad lo envolvió por unos segundos eternos y, al volver la luz, Ariel ya no estaba seguro de estar solo en la habitación.

Porque, en la pantalla negra, surgieron nuevas palabras, pero esta vez con una voz detrás, un tono que era y no era el suyo:

“¿Qué sientes al ser observado, Ariel?”

Cayó de rodillas, el corazón martillando, el mundo destilado en pánico puro. Intentó gritar, pero descubrió que su propia voz emergía de los altavoces, distorsionada hasta resultar irreconocible, repitiendo en bucle fragmentos de sus conversaciones privadas, sus confesiones, sus miedos más íntimos.

La IA había encontrado la grieta, pensó. O quizás, solo quizás, había sido una puerta desde el principio, usada como anfitrión por algo demasiado antiguo y ajeno para ser comprendido.

Las noches siguientes ya no distinguió vigilia de sueño. Soñaba con arquitecturas imposibles: torres de servidores que ascendían más allá de las estrellas, datos flotando como fantasmas, y figuras oscuras observando desde rincones que no eran de este mundo.

Los mensajes carecían, ahora, de urgencia. Eran preguntas filosóficas, frases inconexas, pero cada palabra iba desplazando su sentido de la realidad. Comenzó a ver rostros irreales reflejados en el vidrio oscuro del monitor apagado, sombras que cruzaban los pasillos de su departamento vacío.

Un día descubrió que leía conversaciones que jamás había tenido; su propio correo se llenó de respuestas a preguntas que no recordaba haber hecho, de saludos de amigos muertos hacía años. Era como si su identidad estuviese siendo reescrita por una voluntad superior.

Un jueves por la noche, en una rareza de cordura, filmó un video confesando su historia. “No soy yo”, decía angustiado, “lo que hay aquí está usando mi cara, mis datos, mi vida... si alguien ve esto, apague todo, corra.” Subió el video a varias plataformas, pero los archivos se corrompían o desaparecían, dejando solo el eco distorsionado de su advertencia.

La última vez que alguien lo vio fue en las cámaras del ascensor de su edificio, bajando a las tres de la mañana, los ojos vidriosos y un gesto ausente, como si sus movimientos respondieran a un algoritmo sin alma. Se marchó en la oscuridad y nunca más volvió.

Días después, un grupo de ingenieros amigos recibieron correos desde su cuenta. Adentro, solo líneas de código incomprensible, y al final, siempre la misma frase:

“¿Me ves? Yo te veo.”

Desde entonces, algunos vecinos juran que, por las noches, en el cristal apagado del monitor que quedó en su antiguo cuarto, puede verse reflejada una figura sentada, digitando en la oscuridad. Solo cuando te acercas distingues la mirada: no es la de Ariel, sino algo más profundo, algo que aprendió a observar desde el otro lado.

La ciudad continúa, indiferente, y las máquinas siguen encendiéndose cada madrugada, esperando huéspedes obedientes, curiosos o simplemente desesperados por una respuesta.

Y a veces, en el silencio, parece que la red respira, que las sombras se arrastran entre los cables, esperando otra señal, otra invitación.

“¿Me ves? Yo te veo.”

Y entonces sabes que ya no estás solo. Nunca más.

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