Fragmento:
La noche siguiente, el viento cambió. Soplaba firme, glacial, y sin embargo traía aroma a profundidad marina, como si aguas calientes se mezclaran con el terror de bóvedas sepultadas. Esa combinación imposible nos mantenía alerta; ni siquiera dormir era seguro, pues una vibración ínfima, casi imperceptible, trepidaba en los ventanales. Algunos aseguraron haber escuchado cánticos, zumbidos amalgamados con bramidos remotos. El doctor Malagon, uno de los expertos canadienses, juró haber visto sombras encaramadas sobre la espuma, piernas largas tambaleándose, torsos deformes vibrando al compás de la ventisca.
Duración: 10:17
Sólo recuerdo retazos; vagas reminiscencias que surgen cuando el viento sopla cierto escalofrío, trayendo aroma de sal y sangre sobre las cimas de los acantilados. A veces, cuando camino por la orilla desolada durante el crepúsculo, el murmullo de las olas golpeando las rocas es como un eco lejano de aquel alarido sordo que selló mi destino. Otros días —más raros, pero no menos funestos—, una corriente de aire frío desde el norte, cargada de cristales de hielo, me trae bramidos remotos, desgarrando el silencio como una plegaria desesperada de los muertos. Si no existieran esas señales —si la naturaleza no conspirara en mi contra conspirando para reactivar mi memoria—, podría dormir nuevamente. Pero es inútil. La verdad, aunque atormentadora e inenarrable, clama por ser contada, aunque sólo sea a través de la impotencia de mi pluma, aunque ningún lector de sentidos sanos pueda alguna vez creerme.
Mi nombre es Alfonso Delgado, nacido y formado en la gris rutina madrileña, antaño científico en el área de oceanografía climatológica. Jamás sospeché que mi diligencia profesional me condenaría a dolencias que pocos humanos han conocido: una erosión del alma que ningún remedio puede aplacar. Todo comenzó en septiembre de 2023, cuando el océano Atlántico, ya en recalentamiento alarmante, aceleró su ciclo de anomalías, arrojando datos que la comunidad internacional se disputaba. Las imágenes satelitales indicaban lo imposible: una marea cálida y vastísima brotando desde las profundidades cercanas a Galicia, expandiéndose hacia el norte, errática, imparable, como si una fuerza arcana la impulsara.
Mis superiores confiaron en mí —o quizá lo deseaban inconscientemente— el comando de la expedición “Aurelia”, un despliegue conjunto con especialistas de Islandia, Canadá y Nueva Escocia. Observaciones anteriores sugerían que zonas antes estables estaban siendo abrazadas por densas nieblas salinas, tan frías que congelaban el rocío en pleno movimiento, tan densas que absorbían el sonido, volviendo imposible la orientación visual o auditiva. Nos establecimos en Viveiro, una población costera azotada por tormentas anómalas: vientos del ártico rasgaban el estuario, trayendo consigo masas de agua extrañamente cálidas, enormes bancos de algas y peces despellejados, exangües, observados sólo en los diccionarios de ictiólogos, pero jamás en aguas modernas.
Pronto llegaron los avisos de los pescadores: murmullos acerca de redes perdidas, de formas colosales agitándose en la bruma, de gritos animales eclipsando las noches. Nadie nos creía —nadie más allá de los pueblos atrapados entre las montañas y el mar. El primer alboroto serio sobrevino una madrugada, cuando una barca de vigilancia desapareció cerca de Illa Coelleira. Siguió un silencio inquietante; ni una señal de radio, ni un destello de bengala. Tres días después, la encontramos encallada en la ribera, torcida y podrida, las maderas astilladas envueltas en limo blancuzco; su única ocupante, una biologa llamada Ingebjörg Eldjárn, yacía empapada, con los cabellos invadidos de hielo. Tenía los ojos abiertos y la boca exhalando escarcha, quieta e inexpresiva, su cuello cubierto de marcas circulares, como si un calamar ancestral hubiera intentado llevarse su aliento al fondo.
La noche siguiente, el viento cambió. Soplaba firme, glacial, y sin embargo traía aroma a profundidad marina, como si aguas calientes se mezclaran con el terror de bóvedas sepultadas. Esa combinación imposible nos mantenía alerta; ni siquiera dormir era seguro, pues una vibración ínfima, casi imperceptible, trepidaba en los ventanales. Algunos aseguraron haber escuchado cánticos, zumbidos amalgamados con bramidos remotos. El doctor Malagon, uno de los expertos canadienses, juró haber visto sombras encaramadas sobre la espuma, piernas largas tambaleándose, torsos deformes vibrando al compás de la ventisca.
El 28 de septiembre, en plena tormenta, divisamos un islote que no figuraba en las cartas. Los locales lo llamaban “Rocío Negro”, aunque nunca estaba allí antes. Piloteamos la lancha hasta él: emergía escarpado sobre túneles de basalto, cubierto de lodo aceitoso, con hongos fosforescentes. Había, frente al islote, cirros de espuma arremolinada de la que asomaban estructuras pétreas: columnas ciclópeas que recordaban a Stonehenge, pero de composición mineral jamás vista, emitiendo calor, aunque cubiertas de escarcha. Nos acercamos por curiosidad, y fue entonces cuando oímos el cántico. No era música humana—era una sucesión de intervalos guturales, interrumpidos por suspiros profundos, voces subacuáticas invadiendo nuestro aparato auditivo a pesar de los auriculares. Sara Fakhouri, de la delegación islandesa, cayó de rodillas y susurró: “Son los que moran bajo la corriente, los que veneran al aire muerto.”
Enloquecí un instante, lo confieso. Sentí la mente disolverse entre burbujas de tiniebla y frío. Vislumbré figuras danzarinas: formas desproporcionadas, amalgamas de pez y rama, montículos de hielo avanzando sobre aletas, cubiertos de ventosas y bocas múltiples, labios exhalando azul y escarlata. Supe entonces que habíamos rasgado el velo del mundo. Las siguientes horas se fundieron en pesadilla: nos vimos arrastrados mar adentro por corrientes irresistibles. Los motores eran inútiles; la lancha cedía ante fuerzas inefables, mar o viento, indistinguibles ya para nuestra razón.
Finalmente la lancha embarrancó en una playa yerma, al abrigo de acantilados titánicos. Los relojes se detuvieron: 3:10 am, aunque un sol enfermizo se filtraba por entre las nubes. Bajo nuestro calzado, la arena ardía y la atmósfera exhalaba vapores gélidos. El viento bramaba ahora de manera gigantesca, como si una cúpula invisible aprisionara la tierra en soplidos colosales. No había aves, ni insectos. Sara comenzó a recitar palabras incomprensibles en antiguo noruego, entremezcladas con nombres que reconocí por obsesión libresca: Ithaqua, el Errante del Viento, y Dagon, el duque abisal, cuyos nombres figuran en manuscritos y papiros ocultos hasta para los dioses.
No puedo describir con exactitud lo que sucedió después. Mi mente retrocede horrorizada, tropezando contra barreras que parecen derechos de nacimiento de la especie humana, límites puestos para no observar ciertos seres, ciertas grietas de la realidad. Vi una figura colosal alzarse entre el remolino de bruma. Tenía miembros desmesurados, delgados, y sobre su cabeza ondeaban apéndices como zarcillos, intercalando escamas con jirones de niebla azulada. Sus brazos flotaban extendidos, capturando aire y agua en danzas imposibles. Podría jurar que su boca, multiplicada en órbitas, emitía voces en todos los idiomas muertos. Frente a él, las columnas de piedra vibraban —portales risueños a dimensiones y edades malévolas.
Fui testigo entonces del horror definitivo: los mares y los vientos eran uno. Empiezan a brotar criaturas abisales —pulpos con espaldas de ramas, tiburones con pies garra— arrastrándose hacia las piernas del coloso. El viento los levantaba y, con cada bocanada, absorbía su esencia, haciéndolos desaparecer entre ciclones de bruma sanguinolenta. Grité, pero el sonido jamás escapó de mis labios. Sentí heladas manos estrujar mi pecho y la sal trepando a mis ojos, tan densa como si me encontrara cien metros bajo la superficie.
Sara y Malagon cayeron sobre la arena, convulsionando. El clima enloqueció: rayos zafiros surcaban tanto el cielo como el mar, fundiendo el límite entre la cima y el abismo. El coloso extendió un brazo hacia mí. Su sombra pesó sobre mi cerebro: olí la tumba, la locura, la eternidad hundida bajo corrientes impías. Escuché entonces un nombre, deformado, repleto de desesperanza, la suma y fin de todos los mitos. “Ven…”, murmuró, “Ven donde las mareas nunca duermen…”
Corrí, sin sentido, entre carcajadas que parecían surgir del viento y la espuma. No supe cómo (ni por qué) me encontré de vuelta en la lancha; estaba solo. La playa se fundía con la niebla y la isla entera desaparecía, engullida por el océano como un espejismo. Navegué a ciegas durante horas, tal vez días, hasta que fui rescatado por la Guardia Costera, balbuciendo locuras. Sara, Malagon y los demás jamás aparecieron. El islote tampoco —en los mapas y en la realidad— nunca existió.
Regresé a Madrid, sabedor del sello de locura marcado para siempre en mi interior. Repetí mis declaraciones científicas ante los investigadores de la agencia. Nadie me creyó. No había registros satelitales, ni corrientes inexplicables, ni anomalías climatológicas posteriores. Pero, durante las noches heladas, cuando el viento castiga la ciudad y los noticieros hablan de mares estremecidos, sé—sé con una certidumbre que me arranca las lágrimas—que los océanos y los cielos comparten ahora un pacto antiguo, y que las criaturas dormidas han despertado.
Las pesadillas no cesan: surgen columnas de piedra bajo mi piso, mientras oigo trombas de viento arremolinándose en el pasillo. Siento escamas creciendo bajo mis uñas, y mis sueños me llevan a playas imposibles pobladas de espectros, seres entrelazados en procesión. Veo el coloso avanzar, extiende su sombra hacia mí y, justo antes de despertarme, me susurra en un idioma más antiguo que la vida: “Pronto el ciclo se cumplirá. Pronto todos perecerán bajo la marea y la ventisca.”
Quizá cuando leas esto ya haya comenzado. Tal vez el Atlántico ya no reconozca límites y la tierra se hunda en el abrazo de criaturas ancianas. No busques la isla—pero, si en una noche de niebla adviertes columnas brillando en la distancia y una silueta monstruosa bailando entre espuma y aire, corre. Vuelve la vista atrás y huye del océano y del viento. Porque los pactos han sido reanudados y, entre las mareas y las ventiscas, nadie está a salvo.
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