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A veces, en Dylath-Leen, cuando la luna está baja y el rumor de las mareas ahoga el silbido de los comerciantes a la deriva, ciertas historias se deslizan entre los borrachos y los mendigos, adheridas a las costras de neblina negra que surcan los canales como manos invisibles. Son cuentos que no aparecen en las tabernas iluminadas ni en los almanaques de los portuarios, sino en las esquinas húmedas donde la alga fosforece, en las estancias que ninguna linterna logra alumbrar, e incluso tras los ojos opalinos de los gatos que conocen los secretos del tráfico nocturno.
Una de esas historias, a la cual aún hoy me siento atado por vÃnculos inseparables de terror y fascinación, me fue susurrada por un proscrito —Jerilan, antiguo marino, de los que sabÃan cómo esquivar a los agentes de Ulthar y de los que veÃan la verdadera mercancÃa que nunca tocaba la superficie de las plazas—, en una noche donde la lluvia golpeaba con furia el cobre de las techumbres y el olor del mar pútrido era más denso que nunca. No fue la primera vez que oà en Dylath-Leen el nombre de la diosa de trémula fertilidad, cuyo vientre es legendario incluso en lugares donde sus hijos jamás habrán de pisar; pero sà fue la primera vez que presencié, con los sentidos espoliados y el alma hundida en la repugnancia, los horrores que la nombra traen.
Se dice —y Jerilan lo juró por la médula de sus propios huesos—, que en los rincones apartados de la ciudad portuaria donde las barcazas no atracan y las grúas se oxidan en silencio, existen hendiduras en la piedra: boquetes cavados por criaturas que ni los pescadores de opiáceos ni los carroñeros más osados se atreven a sondear. Desde aquellos abismos, a veces, suben vapores espantosos, y los guijarros se empapan con lÃquidos que la luz teme revelar. Antaño, en tiempos de los primeros tratos entre Dylath-Leen y las gentes de Y’ha-nthlei, esas hendiduras eran vigiladas por sacerdotes sin lengua, pero la vigilancia decadió cuando el comercio de sueños se volvió inevitablemente más lucrativo que el de la seguridad.
Yo era entonces un intendente menor en las bodegas de un armador muy conocido; mi oficio me obligaba a tratar, aunque fuera de soslayo, con los navegantes de lo prohibido, y con ellos aprendà a no preguntar demasiado por aquellos fardos envueltos en corteza embreada y las urnas selladas con sÃmbolos que no pertenecen a escritura alguna de la tierra. Una madrugada de niebla y vino fuerte, la casualidad me hizo coincidir con el contrabandista. Jerilan olÃa al inconfundible dulzor amargo de los que han visto lo intraducible y se aferró a mi brazo como un niño. Apenas habÃa comenzado la medianoche cuando lo escuché.
—Tienes oÃdo para lo insólito —murmuró Jerilan, sus ojos desenfocados girando en órbitas de insomnio febril—. Por eso te hablo: sólo los que escuchan la llamada, aunque no la entiendan, logran volver con la lengua aún dentro de la boca.
Intenté soltarme de su presa, notando la humedad viscosa de su sudor, pero él apretó con más fuerza y su voz descendió varios grados, volviéndose un susurro de fangal.
—¿Has oÃdo de los Nacimientos Flotantes?
Confesé que no, aunque sentà el instinto de mentir. Jerilan asintió, complacido.
—Son hijos de la Negra Madre, pero no nacen en los bosques, ni entre las colinas custodiadas por el carnero etéreo. AquÃ, en Dylath-Leen, surgen de los arrabales de los canales, en pozos donde la niebla es tan espesa que la garganta sangra de respirarla. La ciudad comercia con ellos, aunque nunca lo admita; les ofrece dársena y alimento a cambio de la promesa de que no arrastrarán a toda una generación bajo el agua.
Pensé que deliraba; sin embargo, una parte de mi cerebro, esa que reside en el vello erizado y en la punzada de la nuca, reconoció la verdad oscura que asomaba entre sus dientes.
—Me han encargado que lleve una ofrenda al Pozo de Ascur —continuó, su mano temblando hasta que un anillo negro rodó de su dedo—. He llevado antes mercancÃa, carne y ungüentos robados a los templos, pero nunca semillas como éstas.
Un bulto envuelto en paño mugriento colgaba a su cintura, exudando un hedor dulzón, entre animal y vegetal, que repelÃa incluso a las ratas. Con un movimiento brusco, Jerilan lo abrió y me mostró. Dentro, reposaban lo que parecÃan bulbos pálidos, sudorosos, con vetas de un verde enfermizo: recordaban tanto a glándulas arrancadas como a ciertas raÃces carnÃvoras que algunos brujos emplean en los rituales más inconfesables.
—¿Qué son? —susurré.
—Huevos —respondió él, y una sonrisa insoportable deformó su barba—. Las voces en los canales dicen que no deben tocar agua salina hasta que la luna menguante los proteja. Si fallan, no sólo los portuarios perderán barcos: vendrá la Oveja Negra en persona, y untará nuestros muelles con leche y sangre.
Las palabras me persiguieron en los dÃas que siguieron, como insectos taimados zumbando detrás de los cortinajes de mi razón. Aquella noche, sin embargo, Jerilan me reclamó una deuda antigua —no material, sino de esas adquiridas por un roce inadvertido en las callejuelas donde toda suerte se paga y toda misericordia es trampa—, y sentà que no me quedaba otra que seguirlo hasta el Puente Retorcido, cerca de la desembocadura más infecta del rÃo.
Era un lugar de reputación infame: construido con vigas robadas de barcos hundidos y embutidas con argamasa de huesos y residuos de marisma, ningún habitante honesto se acercaba a esa zona salvo en los dÃas más grises. Las linternas titilaban rojizas, como si la luz misma sangrase, y las sombras proyectadas por las estatuas medio sumergidas parecÃan doblarse en posturas de desesperación.
Esa noche —¿fue noche o sólo un interludio entre tinieblas más vastas?—, las sombras eran densas al punto de parecer sólidas. Nadie nos vio cruzar los umbrales de piedra carcomida, salvo tal vez los cangrejos que devoraban carroñamente las algas y los despojos arrojados por los habitantes invisibles de la ciudad. Jerilan me llevó bordeando el canal, donde la neblina era tan espesa que me dolÃa mantener los ojos abiertos.
SentÃ, entonces, que la ciudad retrocedÃa, como si los muros y las torres se hubiesen echado hacia atrás ante la presencia de lo que llevábamos. El hedor se hizo insoportable. A lo lejos, escuchamos algo semejante a un susurro: olas diminutas sobre una superficie inmensa, un rumor que sugerÃa no agua, sino algo viscoso, un lÃquido vivo dispuesto a devorarnos.
El Pozo de Ascur no era visible a simple vista. Jerilan lo encontró siguiendo sólo el tacto: piedras gastadas, puro limo bajo las botas, hasta que una oquedad negra se abrió delante como una boca impaciente. En la orilla, ramas ennegrecidas y plumas pegajosas formaban nidos antinaturales, rebosantes de secreciones blancuzcas.
—Rápido —apresuró Jerilan—. Deben ser arrojados antes de que llegue el alba. Si no aceptan la ofrenda, ambos seremos reclamados.
Saqué los bulbos con dedos temblorosos. La carne se sentÃa resbalosa, casi palpitante, y mi mente intentó aferrarse a explicaciones racionales —hongos exóticos, glándulas de alguna bestia de las selvas—, pero nada encajaba con la aversión visceral que despertaban. Uno por uno, los arrojé al pozo.
Cada bulbo, al tocar la oscuridad, pareció ser tragado por algo que no era lÃquido, sino una viscosidad que lo absorbÃa sin dejar onda. Ni siquiera el eco de la caÃda llegó a la superficie; sólo un silencio singular, absoluto, como si el pozo hubiera exhalado y el aire se hubiera disuelto.
Fue entonces cuando el murmullo se tornó voz. No voz humana ni animal, tampoco el balido de las criaturas que se adoran en las grutas de la diosa: era una polifonÃa burbujeante, como millares de gargantas lÃquidas pronunciando nombres imposibles. Sentà el vértigo y me aferré al borde. Jerilan cayó de rodillas, los músculos de su espalda convulsionando como bajo el asalto de una energÃa enorme e invisible.
Del centro de la oquedad surgió algo —primero una niebla negra, luego filamentos pulposos, como raÃces de algún vegetal nacido fuera del alcance de nuestro mundo. Estos tentáculos ondularon y se entrelazaron, formando arcos y espirales, de los que colgaban gotas lechosas que chisporroteaban al caer. Un hedor a inmundicia primordial, a placenta y a corrupción vegetal, abrumó mis sentidos.
Vi —con horror y claridad alucinante— que esas gotas no se perdÃan en el agua, sino que goteaban sobre formas acumuladas en la orilla: fetos amorfos, criaturas nacidas sólo en la pesadilla. Algunos tenÃan caras apenas insinuadas, hocicos de cabra, ojos de pez, manos humanas atrofiadas. Las que ya se arrastraban al borde lanzaban chillidos que eran parte de ese canto terrible y polifónico.
Jerilan gimió —una súplica al vacÃo— y yo comprendÃ, más allá de la locura, que los bulbos eran sólo el reclamo, la excusa: la ofrenda real éramos nosotros, la ciudad, toda la humanidad extraviada en Dylath-Leen. Vi claramente cómo la substancia negra se apoderaba del cuerpo de Jerilan, rodeándolo con ternura obscena, mientras la niebla se espesaba, robando definición a las orillas, devorando las distancias.
No recuerdo cómo regresé. Creo que la niebla, satisfecha de su reclamo, me permitió huir, o quizá fui preservado para narrar —como ahora—, despojado de toda esperanza y todo placer. Sólo puedo afirmar que al amanecer reaparecà junto a las piedras del canal, mis ropas caras cubiertas de una sustancia que ningún quÃmico podrÃa analizar y mi espÃritu devastado por la certeza de que nunca, nunca volverÃa a ser enteramente humano.
Los dÃas que siguieron fueron una mezcla de borrachera y terror lúcido. Dylath-Leen seguÃa como siempre, sus barcazas acarreando mercancÃa prohibida, la Guardia persiguiendo a los mismos desafortunados. Pero yo vi, como sólo ven los condenados, los sutiles cambios: ratas que huÃan de los arrabales cercanos al pozo; peces que emergÃan muertos, con bocas abiertas como si hubiesen visto la esencia del abismo. Y, en las esquinas donde nadie mira, niños de ojos enormes y piel cenicienta, jugando con piedras negras y musitando palabras innatas en un idioma imposible.
Asà aprendà que la Oveja Negra extiende raÃces no sólo en los bosques olvidados, sino en el agua podrida de las ciudades hombre, y que los Nacimientos Flotantes nunca dejan de ocurrir. La ciudad vive y prospera sólo para no ser devorada por sus propios tratos, y cada noche la luna menguante vela porque los huevos sean arrojados a tiempo.
Hoy, si me preguntan dónde se esconde el auténtico terror de Dylath-Leen, sólo puedo reÃr —una risa disonante, vacÃa—, porque ningún muro ni puente, ninguna vigilancia, puede salvaguardar el corazón de una ciudad nacida en el vientre del horror. Los Frutos de la Dársena Velada siguen creciendo, y hay noches en que sus cantos ascendentes empapan las piedras… y los sueños de los que aún creemos estar a salvo.
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