Fragmento:
La anciana que me hospedó —la única que accedió a alojar a un extranjero— se hacía llamar Åsta. Tenía los dedos manchados de savia y una mirada decirosada por el miedo. Su lengua era una madeja de palabras medio entrecortadas por la desconfianza y los términos locales, muchos relacionados con árboles, raíces y ciénagas. Fue ella quien, al ver mi interés, se negó tajantemente a hablar del “Lago Amarillo”, varios kilómetros bosque adentro, y mucho menos de la “Ruina de las lianas”, el círculo de piedras que cierto mapa antiguo situaba a medio camino entre el lago y una plantación de abedules.
Duración: 10:00
No sabría decir exactamente cuándo comenzó la obsesión, pero puedo recordar nítidamente el primer incidente: un extraño sueño, húmedo y denso, poblado de raíces que se enroscaban entre sí hasta formar la gran silueta de un ser colosal, apenas vislumbrado en la oscuridad de una caverna underground. Nunca antes había experimentado un terror tan vívido, tan... físico. Desperté empapado, sintiendo el hedor a fango y madera podrida adherido a mis ropas, como si hubiera estado bajo un pantano, luchando contra corrientes invisibles y manos impalpables que buscaban arrastrarme hacia abajo, hacia lo oscuro, lo frío, lo ancestral.
Todo esto se desplegó durante mi periplo por Noruega septentrional, entre ruinas de una economía maderera olvidada, con sus aldehuelas fantasmales, donde el eco de las motosierras era tan remoto como el auge de las primeras civilizaciones humanas. Yo perseguía, en mi investigación etnográfica, los últimos vestigios del culto arbóreo, aberración que supuestamente yacía enterrada bajo siglos de complacencia cristiana y la implacable racionalización moderna. Dicen que allí, en las aldeas a orillas de los fiordos más recónditos, persiste aún un susurro antiguo: una fe en los Viejos Dioses que habitan entre el fango y ramas retorcidas.
Llegué en pleno abril, cuando aún la nieve se resistía a morir y el río se desbordaba sobre el limo añoso. Aterricé en Tromsø, y de allí, usando el dialecto local aprendido a medias, exigí una lanzadera hasta un pueblo irreconocible de nombre casi impronunciable: Vjellabygd. Allí, un tosco conglomerado de cabañas masticaba la humedad, cubierto de líquenes y envuelto en una niebla perpetua que parecía emanar tanto de los bosques como de los recuerdos de los aldeanos. Sabía que, en los archivos amarillentos de la Universidad de Arkham —de donde yo venía huyendo de un escándalo académico—, se hacían vagas alusiones al “Gran Cuenco de Lodo bajo la Raíz Profunda”, y que ciertos folcloristas habían recogido fragmentos de canciones y juramentos a lo que describían como “La Deidad Obscena; el Ojo entre los Matorrales”.
Pero no fue en las bibliotecas ni en los testimonios recopilados por otros donde hallé el horror. Fue en la carne y la noche, en el temple de las tinieblas, donde aprendí que hay entidades más allá del raciocinio, y que los límites humanos pueden diluirse bajo la presión de algo inmortal y viscoso.
La anciana que me hospedó —la única que accedió a alojar a un extranjero— se hacía llamar Åsta. Tenía los dedos manchados de savia y una mirada decirosada por el miedo. Su lengua era una madeja de palabras medio entrecortadas por la desconfianza y los términos locales, muchos relacionados con árboles, raíces y ciénagas. Fue ella quien, al ver mi interés, se negó tajantemente a hablar del “Lago Amarillo”, varios kilómetros bosque adentro, y mucho menos de la “Ruina de las lianas”, el círculo de piedras que cierto mapa antiguo situaba a medio camino entre el lago y una plantación de abedules.
“Visst, ingen sak at leke med. Det er ikke for folk som deg,” mascullaba, girando el rostro hacia la ventana, mientras el viento arrastraba ocasionales aullidos desde el bosque. No está hecho para gente como tú.
El pueblo era todo lo que esperaba: parroquianos huidizos, taberna desierta, miradas reprobatorias. Sin embargo, no podía dejar la investigación. Tenía que saber si los rumores sobre una diosa-alce —una suerte de reverberación nórdica de Yhoundeh— guardaban relación con las tradiciones olvidadas de los Dioses Antiguos y, más secretamente, si hallaría algún indicio del voraz devorador de fango, el innombrable cuyo culto se había extendido como un cáncer por ciertas localidades inglesas y galesas en el siglo XV, asociado a la inmundicia, el agua estancada y el renacimiento monstruoso.
A los tres días, el clima cedió lo suficiente como para que pudiera aventurarme más allá del último claro. Armado con mi cuaderno y una antorcha de queroseno —el móvil, por supuesto, era inútil—, caminé entre arbustos, sobre raíces imponentes y bajo pinos que parecían susurrarse entre sí, quizás riendo de mi osadía. Fue entonces cuando la atmósfera se hizo irrespirable, y una niebla amarga, verdosa, emergió desde el suelo. Supuse que era solo el frío encontrándose con los vapores del río, hasta que noté que mi sombra oscilaba a intervalos irregulares, como si otras siluetas se plegaran a mis pies.
El círculo me esperaba, un compás de menhires cubierto de líquenes y musgo. Las piedras, tan viejas que la memoria humana no podía abarcar su origen, estaban marcadas de símbolos apenas discernibles: garras, ojos, tentáculos, astas. Al centrarme en una de ellas, vislumbré entre los cúmulos de verdina un relieve grotesco —mitad anfibio, mitad cornamenta—, y supe al instante que había hallado el cruce de dos antiguas deidades: Ythogtha, el devorador del lodo sepultado, y Yhoundeh, la reina de hojas, diosa-alce de sangre y vegetación.
Una ráfaga de viento azotó el claro, y la niebla adquirió una textura gelatinosa, como si la realidad se estuviera licuando bajo la presión de alguna voluntad secreta. Me sobrevino entonces aquel profundo temblor, el mismo de las primeras noches en la región: una voz en la mente, un rumor de agua podrida, lodo y ramas astilladas. Caí de rodillas, luchando por respirar, mientras la visión se precipitaba sobre mí, arrastrándome a tiempos prerromanos, a tribus que sacrificaban ciervos y hombres bajo la luna negra, buscando el favor de una diosa celosa y de un dios hambriento.
Sentí calor en la nuca, como si algo ridículamente grande exhalara sobre mí. Quise mirar atrás, pero mi cuerpo estaba paralizado. En cambio, mi vista se nubló y empezó a transfigurar el claro: los árboles se agrietaban, supurando resina oscura; del lodo brotaban apéndices oscilantes, cuyas ventosas exploraban las piedras. Una sombra ciclópea, de ojos radiactivos y cornamenta antinatural, se erguía en medio del círculo, oscureciendo el aire. Mis pensamientos eran invadidos, ya no solo por la voz suplicante del fango, sino por el bramido de un millón de colmillos blancos; en el centro de esa visión, la dualidad de lodo y hoja se fundía en un solo ser.
No podría atestiguar cuánto tiempo estuve allí, arrodillado entre seres imposibles y una niebla que ahora sentía caliente al tacto. Perdí la razón cuando una voz, más allá del idioma y del timbre humano, retumbó en el fondo de mi psique: un discurso sin palabras, compuesto de promesas agrias, destinos alterados y una ofrenda de renacimiento a través de la putrefacción. Vi entonces imágenes atroces: niños arrancados de los brazos de sus madres, ofrecidos a raíces que los bebían como savia; hombres mutilados, enredados en ramas vampíricas; bestias desgarradas por tentáculos babosos que brotaban de pozos.
Desperté horas más tarde en la choza de Åsta, cubierto de barro y rastros de corteza en la piel. No había luz en la habitación salvo la llama temblorosa de una vela casi consumida. Mi cuaderno había desaparecido. La anciana me observó desde la penumbra, los ojos apagados, como si supiera que yo ya no podría marcharme sin llevarme algo del bosque dentro de la carne. “Jok ser på deg,” murmuró. Te está mirando.
Durante las semanas siguientes, los sueños se intensificaron. Oía claramente la llamada: una letanía compuesta de gorgoteos y mugidos, que me arrastraba cada noche a abismos de tierra húmeda y zarpas hendidas en la corteza. Supe—con un terror imposible de desmontar—que lo que había perturbado en aquel círculo no era un mito, ni tampoco una combinación arbitraria de arquetipos, sino el vestigio de una simbiosis primordial: el fango que devora la muerte y el follaje que la renueva. Vi, en flashes de pesadilla, ceremonias celebradas incluso en nuestros días: los habitantes de Vjellabygd, descalzos y envueltos en pieles, untándose con savia y barro, danzando alrededor del círculo mientras una figura, monstruosamente alta y delgada, los observaba tras su máscara de cornamenta.
Cuando el deshielo inundó de nuevo el río, decidí huir a toda prisa, dejando atrás pertenencias, notas y toda pretensión de racionalidad. Pero el viaje de regreso se multiplicó en horrores. Nunca logré salir del bosque: cada sendero regresaba al mismo claro, sin importar mi orientación ni los rastros que dejaba. Sentí entonces que el tiempo cedía sus reglas, que el espacio mismo se había plegado bajo el peso de la voluntad de la entidad hibrida, y que tal vez yo era ahora parte del ciclo: nutriente para la Diosa de las Hojas, carne para el Dios sepultado bajo la ciénaga.
Finalmente, tras días que sentí ajenos al calendario humano, logré arrastrarme hacia la carretera principal, aunque mi memoria se resiste a describir cómo, y aquí reside el más nauseabundo de mis recuerdos. Hay oscuridades en mi mente, arrancadas a la fuerza; pero en la base de mi cráneo palpita siempre una voz fangosa, una humedad que brota de mis poros cada vez que sueño. Recuerdo fragmentos: Åsta de pie en el umbral, mirándome sin piedad, y un resplandor verde repugnante surgiendo detrás de ella; los aldeanos inclinándose ante algo imposible de ver, recitando plegarias en una lengua anterior incluso al nórdico antiguo, toda la noche palpitando con una vibración de raíces y vejez.
Ahora escribo esto desde la seguridad inconsistente de una urbe saturada de luz eléctrica, refugiado bajo la ilusión de que el cemento y el ruido humano bastan para contener lo antediluviano. Pero no hay pared o frontera capaz de protegernos. A medianoche, cuando la humedad sube por las alcantarillas, escucho los mismos susurros de agua podrida, los palmeos lejanos de algo vasto y viscoso que se arrastra por el subsuelo. El lodo nunca olvida. Las hojas jamás dejan de vigilar.
Y si alguna vez, en el eco de un bosque boreal, escuchan un mugido cavernoso o perciben una sombra entre el musgo, huyan, huyan mientras puedan. Porque hay entidades que siguen enseñoreándose sobre el ciclo de la vida y la muerte, y su hambre es el mismo pulso que alguna vez les permitió reinar sobre la carne y la savia. Ese pulso no morirá jamás.
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