Portada del relato Las noches profundas de Volagna
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Fragmento:


Pero yo escuché. Caminé hacia la Muralla, escalando una rampa resbaladiza, y al tocar la piedra sentí un frío lunar surcando la médula. Allí, junto a una grieta en el muro, aguardaba una figura. No era hombre ni sombra ni bestia: se trataba de Volgna-Gor, la Guardiana acéfala cuya piel era médula de abismo y cuyas extremidades se divisaban como zarcillos de tiempo congelado. El manuscrito advertía: “Si la Ignota te recibe, deberás honrar la duda y abrazar la confusión.”

Duración: 08:10

Las noches profundas de Volagna
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Texto de ajuste de pausa.

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Vivía yo en Providence, ya anciano y abatido, en los días grises donde el ulular del viento arrastra antiguos ecos que mis oídos tiemblan en reconocer. Comencé entonces a registrar ciertos sueños que, siendo inquietantes, anidaban en los resquicios más turbios de mi memoria: sueños de puertas infinitas, de murallas cubiertas de limo y de nieblas revoloteando entre columnas ciclópeas.

No recordaría su origen de no ser por aquel singular manuscrito, una reliquia olvidada que apareció una mañana entre mis cosas, envuelto en paño y apestando a moho. Reconocí algunos signos en él, retorcidos y goteando tinta negra, semejantes a los grabados que ornan el umbral del templo de Ngranek o la cripta perdida en dorso de Ulthar. El título, apenas visible entre manchas, sugería una referencia intrigante: “Fragmenta de la Cadena Velada”. La primera línea contenía una advertencia en un alfabeto indescifrable, pero en el reverso, toscamente garabateada, hallé una plegaria—fragmentaria y vaporosa—que invocaba a Volgna-Gor, la Ignota en la Bóveda, y hablaba de la doble bisagra de los sueños, la Llave del Amanecer y la Llave del Fango.

Aquel mediodía, tras muchas dudas, me recosté en mi desvencijado sillón, el manuscrito en el regazo, y pronto fui arrastrado por un sueño tan vívido que aún hoy me estremezco al evocar su sabor. No era como los otros. Era negro y pulsante, rebosante de aromas imposibles y texturas que rozan la locura; habían traído algo conmigo, o liberado algo en mi pecho.

Comencé mi andar en una vasta llanura de mármol onírico, bajo cielos plomo martilleados por el relámpago. Un viento arrastraba palabras desconocidas, y lejos, mucho más allá de todo horizonte, vi la Muralla Ruida: ciclópea, podrida, abierta en mil lugares, repleta de senderos y portales cuyo perfil asediaba mi razón. Recordé fragmentos del manuscrito, palabras que decían: “Cuando los portales sean visibles en la negrura, no mires, no abras, no escuches lo que susurran.”

Pero yo escuché. Caminé hacia la Muralla, escalando una rampa resbaladiza, y al tocar la piedra sentí un frío lunar surcando la médula. Allí, junto a una grieta en el muro, aguardaba una figura. No era hombre ni sombra ni bestia: se trataba de Volgna-Gor, la Guardiana acéfala cuya piel era médula de abismo y cuyas extremidades se divisaban como zarcillos de tiempo congelado. El manuscrito advertía: “Si la Ignota te recibe, deberás honrar la duda y abrazar la confusión.”

En vez de hablar, Volgna-Gor me entregó —o quizás me permitió vislumbrar— una Llave que no era Llave sino un glóbulo de viscosidades efervescentes, chisporroteando con toda la memoria de mil sueños abortados. Cuando la sostuve, supe sin saber, supe que podía abrir portales innominados, y que cada portal era un ojo, y cada ojo, una boca, y cada boca, un eco de la cosa insomne que aúlla en el centro mismo del espacio velado.

Atravesé el primer portal. La Llave, fundiéndose con mi carne, tiraba de mí hacia un mundo hecho de ventrículos y arterias cristalizadas; cada paso era un parpadeo del monstruoso Sueño-Pensamiento de aquel reino. Vi otros: eruditos desnudos, de ojos enrojecidos, arrastrando volúmenes sellados con sangre no humana; sacerdotes ciegos bebiendo la luz del fango espeso en copas roídas. Por encima de todo, el pulso de Volgna-Gor me empujaba hacia adelante, hacia regiones aún no soñadas.

En el centro, la más honda cámara pendía de hilos de babas viscosa. Allí flotaba la verdadera Llave, una Forma del tamaño del dolor, que vibraba y susurraba morbosidades. «Nada permanece sellado más que por el sueño mismo», repetía su voz, a la vez femenina y cruel, arrastrando el peso de todos mis terrores nocturnos.

Debí entonces elegir: volver al mundo de vigilia, arrastrando la memoria incierta, o avanzar a través del siguiente umbral, un portal envuelto en alas fosforescentes y tentáculos traslúcidos. Cedí ante la hipnosis de su presencia, la curiosidad malsana del que se sabe condenado.

Volgna-Gor, ciclópea y deforme, me detuvo una vez más. “No abras el sueño de nadie más”, intuí que decía, mientras todo su cuerpo se licuaba y deslizaba por las paredes curvas de aquel antro. Mas la pulsión de la Llave era dolorosa; la Fome-Pesadilla me devoraba desde adentro. Miré al abismo más allá de la segunda puerta y distinguí, entre el limo mecánico, la silueta de la Cadena: un monumento más allá de toda proporción, entrelazando garras, colmillos y máscaras, extendiéndose hasta olas negras imposibles.

La Cadena no era de materia sino de instantes. Por sus eslabones transitaban sueños abortados, pensamientos suicidas, terrores heredados. Una corriente interminable de delirios y gritos. Todo lo que era y sería, anclado a una Magnitud Primordial más allá incluso de Volgna-Gor, cuyas raíces se extienden hasta el primer grito de la creación.

Sentí que estaba siendo examinado —no por un dios, sino por la Matriz misma del terror primigenio, cuya sola respiración delata la enormidad de nuestra insignificancia y la futilidad de nuestras reglas. Vi rostros conocidos allí: mis padres, mis amigos, todos transfigurados por la desesperación y la locura, remontando la Cadena en bocanadas que eran tanto sueños como alaridos.

De la matriz surgió un apéndice de hueso y vapor, que rozó mi frente con sensaciones que ningún escritor podría jamás articular. Me mostró la Ciudad de los Círculos, suspendida sobre un mar sin tiempo, cuyas puertas sólo pueden ser abiertas por los que han sido corrompidos por ambas Llaves. Allí, entre columnas de dientes y ojos, las Entidades aguardaban la llamada. Me ofrecieron, tentadoramente, un asiento, un control, una eternidad de voracidad en los estómagos insaciables de lo imposible.

Quise resistirme, pero la Llave ardía en mi carne, y la segunda Llave —la de los sueños rotos— ya bailaba en mis venas, mezclándose con sangre y con recuerdos. Una nueva puerta surgió, vibrando y abriéndose con la violencia de una herida cósmica. Me empujaron —o me extravié, pues ya no recordaba la distinción— a través de un túnel de colores imposibles e idiomas que sólo pueden ser gritados por muertos.

Desperté. El manuscrito chorreaba una baba negra, y mi habitación nunca volvería a oler igual. A través de la ventana oí, en los vientos otoñales, palabras en la lengua antigua: “Ven a la Muralla. Las Llaves esperan.” Mis sueños desde entonces son niebla, un mapa incompleto de puertas y túneles, perennemente acechados por la silueta de Volgna-Gor y sus huestes retorcidas: bestias-acólitos, fusionados con la Cadena, arrastrando los vestigios de lo que una vez fueron humanos.

La peor parte, lo confieso ahora, no fue la visión de esos horrores, sino el conocimiento silencioso que dejaron. Cada noche, al margen de mi anhelo de regreso, siento los eslabones de la Cadena tensarse en mis sueños y percibo, humedeciendo mi almohada, el pulso latente de una Llave retorciéndose bajo mi piel. Aguardo, inquieto, la noche en que las murallas finalmente colapsen y me encuentre, entre los fragmentos deslizantes, reclamando lo que se me fue prometido: un lugar entre los guardianes de la Vigilia, los desposeídos de la Razón, los heraldos de las Entidades Primordiales para quienes el nombre nunca es pronunciado dos veces igual.

La frontera resulta ser tenue. Una nostalgia perversa me invade por el sumidero de imposible conocimiento perdido, por esos dioses cuya sola idea devora recuerdos y esperanzas. Mis palabras finales, si aún pueden servir de advertencia, son éstas: no busquéis la Cadena, ni recitéis fragmentos de antiguos manuscritos encuadernados en miedo y barro. Quizás la vigilia les preservará la cordura, aunque jamás las pesadillas.

Recordad que en los pliegues del sueño acechan puertas, y que toda puerta, alguna vez, cederá a la presión de su propia hambre.

FIN

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