Fragmento:
Mi primer encuentro con esa palabra se produjo en un manuscrito olvidado, arrinconado bajo las maderas carcomidas del sótano de la Biblioteca Miskatónica. Un códice funesto, envuelto en hilos de sangre reseca, mostraba glifos semejando tentáculos reptantes y un sello indescriptible, como si una garra antediluviana hubiese tratado de asir el cuero mohíno del libro desde el otro lado de la realidad. Pese a los avisos —frases lacónicas en latín y sánscrito, firma de eremitas anónimos que parecían haber escrito con los últimos fragmentos de su cordura—, en mi temeridad logré abrirlo.
Duración: 10:14
Los más dignos de temor no son los recuerdos, sino los silencios que les sobreviven; pues dentro de la mudez de un secreto se agazapan horrores cuya naturaleza trasciende la mera comprensión humana. Muchas noches, cuando las sombras serpentean entre los aleros de Arkham, alguna conciencia sensible podría intuir el peso indescifrable de lo que reposa y siempre ha reposado en la celulosa podrida de un volumen inhallable: el infame *De Vermis Mysteriis*. Al acercarse a esas páginas, uno no sólo arriesga la cordura, sino el alma, pues las palabras grabadas allí —cuando murmuradas en la soledad de la noche— rozan el velo tras el cual acecha la más aciaga de las realidades.
Siempre he sido un hombre escéptico cuya mente sólo al desastre se ha sentido verdaderamente atraída. Mi nombre —que en estas líneas acaso no importe revelar— corre cierto peligro de disolverse bajo los abismos que voy a destapar. Comencé como un simple estudioso de los enigmas literarios y folklore macabro; sin embargo, el llamado particular del saber vedado, la letanía maldita de *De Vermis Mysteriis*, me alcanzó con la obstinación de una condena hereditaria. Es preciso advertir que ni el erudito más templado, ni el alma más corroída por lo insólito puede preparar su espíritu ante el profundo abismo de horror que se abre ante aquel que osa invocar aquello que acecha bajo el nombre de *Basatan*.
Mi primer encuentro con esa palabra se produjo en un manuscrito olvidado, arrinconado bajo las maderas carcomidas del sótano de la Biblioteca Miskatónica. Un códice funesto, envuelto en hilos de sangre reseca, mostraba glifos semejando tentáculos reptantes y un sello indescriptible, como si una garra antediluviana hubiese tratado de asir el cuero mohíno del libro desde el otro lado de la realidad. Pese a los avisos —frases lacónicas en latín y sánscrito, firma de eremitas anónimos que parecían haber escrito con los últimos fragmentos de su cordura—, en mi temeridad logré abrirlo.
El grimorio investigado, cuyo encuadernado exhalaba un hedor fétido similar al de la carne descompuesta en criptas selladas, comenzó a revelarme pasajes sobre Basatan. Describíanlo como aquel que “guarda la sima entre mundos”, el pastor primigenio de todos aquellos saberes desterrados por la cólera de los dioses antiguos. Basatan, decían, es vértigo encarnado; es una entidad que recorre los corredores del tiempo a la espera de las voces necias que pretendan invocar su esencia, una forma que no es forma, un hambre que no conoce plenitud.
No obstante, mi curiosidad, como una enfermedad, se ahondó más. Los pasajes subsecuentes del *De Vermis Mysteriis* relataban un ritual, un espantoso método para abrir el umbral invisible hacia el dominio de Basatan; un rito escondido tras la criptografía abisal de versos en lenguas muertas. En noches de vigilia y pesadilla, descifré aquellos pasos con una perseverancia digna que sólo tiene quien ha traspasado la frontera de la prudencia.
Mis investigaciones me condujeron a la oscura aldea de Dunwich, donde la literatura relata innúmeras herejías y donde la tierra misma parece distorsionarse bajo un peso intangible. En la cabaña decrépita de un anciano, heredero de linaje funesto, hallé finalmente la pista material para iniciar el rito: un sello de piedra negra, rodeado de inscripciones apenas discernibles, hundido en la palma del viejo como si la piel lo hubiese absorbido parcialmente. Al contacto con la roca, sentí una vibración sepulcral que reverberó en mis huesos, como si la materia de mi cuerpo se desestructurara por un instante. El anciano, con voz quebrada por horrores mil veces maldecidos, exclamó: “Si cruzas el umbral de Basatan, no volverás jamás a ser carne, sino eco.” Su advertencia, lejos de disuadirme, reavivó mi fatal determinación.
Una luna marchita arrojaba su palidez cadavérica sobre las colinas cuando, siguiendo las instrucciones del grimorio, dispuse un círculo con sal negra —un mineral que sólo aquellos con los contactos más mórbidos podrían obtener— y coloqué el sello sobre tierra removida con cenizas de tombas profanadas. Las palabras susurradas del *De Vermis Mysteriis* brotaban de mis labios, y cada frase que emitía parecía corroer el ambiente, torneando la noche en algo abiertamente hostil, impío.
Las primeras manifestaciones fueron tan sutiles que las atribuí a las maquinaciones agotadas de mi propia mente: formas en los rincones, esquinas de sombra que se movían sin causa, el frío súbito que manaba de la tierra misma. Luego vino el silencio: un silencio tan absoluto que absorbía el murmullo de los insectos, el chasquido deformado de las ramas, y hasta mi propia respiración parecía haber sido extirpada del mundo tangible. Solo entonces entendí que, al pronunciar aquellas palabras, había abierto un umbral. Y Basatan, en su informe infinita magnitud, había percibido mi presencia.
Lo que sucedió a continuación desafía la plasmación lógica; mas trataré de relatarlo con la mayor fidelidad, aunque sé que cada palabra escrita es un esfuerzo vano contra la maravilla atroz de lo vivido. Una negrura burbujeante —similar al aceite hirviendo en una marmita inmensa— surgió en el centro del círculo, arrastrándose despacio como una penosa bestia de sueños olvidados. En la superficie de ese abismo se gestaban formas, rostros que imploraban desde universos colapsados, visiones de civilizaciones devoradas por su propia sed de conocimiento. Entonces, sobre aquel telón de horror flotante, Basatan se manifestó.
No lo vi, porque Basatan no admite ojos: sólo se siente. Era como un abismo de hambre; una sintiente vacuidad que absorbía mis memorias, aspirando los recuerdos de mi niñez, los rostros de mis padres, los nombres de mis amores, hasta que fui tan sólo una idea desnuda temblando en la inminencia de la aniquilación. Su voz —si así puede llamársele— llegó como un estrépito en silencio, un ordenamiento imposible: “Sella el pacto.”
Esta orden resonó en mi mente no como un mandato externo, sino como un impulso nacido desde el centro mismo de mi ser, como si Basatan se hubiera instalado detrás de mis pensamientos, manipulando mis emociones, insuflándome una lógica donde el horror y el deseo por conocer más eran indistinguibles. Sello el pacto, respondí, y al hacerlo sentí que la última barrera de lo humano estallaba como una ampolla bajo llamas desconocidas.
Aquel instante, lejos de matarme, me concedió una visión atroz: ante mí desfiló la historia de los poseedores anteriores de De Vermis Mysteriis, vi las ruinas de Uruk devoradas por sombras amorfas, espectros de sabios antiguos masticando las propias lenguas de sabiduría, hordas de monjes flagelantes que clamaban por la aniquilación mientras las escrituras del libro destilaban sangre. Percibí —y aquí se rebela el carácter indescriptible— la esencia misma del “conocimiento prohibido”: era Basatan, y Basatan era todas las puertas y sus llaves, todos los abismos y sus ecos.
No sabría precisar cuánto duró mi comunión con Basatan, pero mi regreso al estado consciente fue violento e incompleto. Mi cuerpo, aparentemente intacto, se sentía traicionado en su estructura, como si cada célula portara una carga aviesa. La sal negra del círculo se había fundido con la tierra, y en el lugar donde se posó el sello, ascendía una niebla de luces iridiscentes que no obedecían a ningún espectro de la óptica racional. Lo peor fue descubrir, al tantear mi propia piel, un símbolo oscuro grabado en la palma de mi mano derecha: el mismo sello que vi en el anciano de Dunwich, y que había usado para la invocación.
Regresé a Arkham cruzando desiertos, ciudades y hospedajes sin nombre, acechado siempre por un martillo oculto que retumbaba en mi interior. Al principio, fue sutil: una sombra dentro del rabillo del ojo, un susurro en lenguas que jamás había aprendido. Pronto, comprendí que Basatan no se había quedado en ese círculo, sino que había trasladado parte de su esencia a mí: me convertía, cada día más, en un emisario del libro, un portador del hambre negra cuyo germen se extendía insospechado en los rincones difusos de la civilización.
La ciudad de Arkham se pudría bajo ese influjo; los gatos callaron sus maullidos, los niños dejaron de reír junto a la verja de la vieja escuela, y en el crepúsculo feroz la naturaleza parecía dudar de sí misma. Los hombres que antaño habían sido mis colegas comenzaron a mirarme con ojos de sospecha, esquivando mi presencia en las colas del mercado, bajando sus miradas cuando atravesaba las viejas piedras de Miskatonic. Supe entonces que algo invisible, algo más profundo que la locura misma, se extendía.
Mi última y más atroz revelación devino en una noche en la que, sumido en delirios febriles, tomé nuevamente el *De Vermis Mysteriis* y lo abrí por la página marcada por el sudor frío de mis manos. Allí, debajo de los símbolos ahora perfectamente legibles para mí, descubrí una admonición final: “Quien ve a Basatan se vuelve Basatan; la carne es tránsito, la palabra es eternidad.” Fue en ese instante cuando entendí que mi propio ser comenzaba a disiparse, convertido en una apiñada maraña de ecos, y que la ciudad, el mundo, la historia misma, sería corroída desde adentro por la diseminación de esa hambre nueva.
Ahora, mientras mis palabras se transmutan en vapores oscuros y contempló mis extremidades que se desintegran hacia una nueva dimensión, sólo puedo advertir: alejaos del libro, apartad vuestra mirada de la sima oscura de Basatan, porque ni los dioses sabrían salvar a quienes escuchan el eco de su nombre en el silencio del abismo. Esta es la última verdad de De Vermis Mysteriis: todo conocimiento, tarde o temprano, devora a su portador, y Basatan es quien ciñe el banquete final con risas dilatadas en la eternidad.
El crepúsculo avanza. El sello en mi mano brilla. Y sé, con la certidumbre de los condenados, que ya no soy hombre ni sombra, sino la carne misma de la noche, otro eslabón en la ininterrumpida cadena del libro, una grieta más por donde Basatan se filtra en el mundo de los vivos. Así termina mi confesión, así comienza el hambre. Que nadie —nadie— pronuncie lo inpronunciable.
Pues ahora comprendo, con la exactitud de la desesperación absoluta, que Basatan no es sólo el guardián de las puertas, sino la puerta misma.
Y ya nunca habrá retorno.
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