Portada del relato La Letanía del Gusano
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Fragmento:


El capítulo titulado “El Oficio del Gusano Primigenio” relataba fórmulas monstruosas para “excavar a través del tiempo y la carne”, en busca de sabiduría impía o de una suerte de comunión con “las momias que no descansan ni dentro ni fuera del mundo.” En la página 113, Prinn hablaba de “la Letanía de la Llama Marchita", un rito que, a cierta hora y en cierto lugar debajo del suelo, abre portales a “la conciencia de lo que se arrastra después de la muerte”. La receta exigía sangre de sapo, un fragmento de vidrio tallado en noches sin luna y un nombre—escrito con “el suero cremoso de la médula”.

Duración: 09:44

La Letanía del Gusano
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Texto de ajuste de pausa.

La lluvia caía con un golpeteo impasible sobre los tejados abigarrados de la vieja ciudad francesa de Saint-Benoît le Charles la noche que el profesor Maurice Legrand, ya achacoso pero tan insomne como en sus mejores días, desenterró en la biblioteca del convento dominico el códice maldito: el infame *De Vermis Mysteriis*, atribuido a Ludvig Prinn, alquimista sombrío y presunto nigromante ejecutado cuatro siglos antes.

Quizá debí depositar la polvorienta caja de roble donde la encontré, bajo escombros y telarañas, en un nicho blindado del sótano más profundo. Empero, el deber del investigador pesa, y el impacto de descubrir al fin un ejemplar original—no una copia del siglo XVIII, ni una miserable traducción inglesa mutilada, sino las mismísimas páginas, repugnantes en su pútrida integridad—me desbordó hasta doblegar mi juicio.

Era más temprano, antes de que la tormenta ahogara la urbe dormida. Un fraile octogenario, con ojos de leche y voz apagada, me había señalado distraídamente los documentos del archivo de los inquisidores. “Tenga cuidado, monsieur Legrand”, masculló, “las sombras de Prinn aún vagan por estas bóvedas.” Reí por lo bajo, pues el escepticismo es escudo del hombre culto, y me felicité por la confianza depositada en mis habilidades. Ay, necio de mí.

Cuando retiré el ataúd de madera y lo abrí sobre la ancha mesa de roble oscuro, una ráfaga de moho corrompido azotó mi rostro. Las páginas eran gruesas y desecadas, de un tono que recordaba la piel violácea de un cadáver, marcadas con símbolos que palpitaban como amebas ante mis ojos. El latín era áspero y retorcido, lleno de préstamos de dialectos olvidados y palabras que escurrían como limo entre las líneas. “Los Misterios del Gusano”, leí con voz trémula, apenas capaz de respirar por el hedor. Sentí un frío punzante aunque el sótano ardía por la caldera del convento.

Debo detenerme aquí para decir, aunque me cause bochorno, que algo vibraba en el aire—una nota inquietante, como de cuerdas graves pulsadas desde un abismo. Mi mano tembló cuando hojeé la introducción de Prinn, con su galimatías blasfemo y egocéntrico. Bajo la luz blanquecina del quinqué, leí acerca de su estancia en las ruinas de Belgia, de sus pactos sellados con las cosas de la ciénaga y del poder extraído de “la carne sin tiempo que come bajo tierra.” Elaboraba rituales para "ahuyentar el hálito de la podredumbre" y "hablar el idioma de los que nunca dormirán".

Demasiado tarde sentí una presencia despierta tras de mí. No era sino mi sombra, torcida sobre los estantes. Sin embargo, la atmósfera se espesó, y un rumor de succión apenas audible se coló en el silencio. Advertí sólo entonces un reguero de tierra húmeda bajo la puerta de la capilla anexa; en el aire aleteaba un aroma dulzón de descomposición vegetal. La superstición, aunque la racionalidad se opone, es capaz de sembrar dudas insidiosas hasta en el espíritu más firme. No obstante, me obligué a leer más.

El capítulo titulado “El Oficio del Gusano Primigenio” relataba fórmulas monstruosas para “excavar a través del tiempo y la carne”, en busca de sabiduría impía o de una suerte de comunión con “las momias que no descansan ni dentro ni fuera del mundo.” En la página 113, Prinn hablaba de “la Letanía de la Llama Marchita", un rito que, a cierta hora y en cierto lugar debajo del suelo, abre portales a “la conciencia de lo que se arrastra después de la muerte”. La receta exigía sangre de sapo, un fragmento de vidrio tallado en noches sin luna y un nombre—escrito con “el suero cremoso de la médula”.

Mis estudios en folklore me permitieron identificar ciertas referencias a leyendas celtas y germánicas, pero las implicaciones eran horrendas: cada línea susurraba la promesa de vida eterna a expensas del cuerpo, y sugería la fusión inconfesable del lector con presencias ancestrales ajenas a cualquier cosmología conocida. Al intentar traducir un pasaje central sobre “el saber que se arrastra bajo cada tumba de la tierra”, mi cabeza fue invadida por un vértigo insólito—y vi, brevemente, en el rabillo de mi ojo, cómo una sombra oscura ondeaba desde la rendija inferior de la puerta del sótano, filtrándose hacia mí como vapor de brea.

Los modos en que la mente humana intenta rechazar lo inaceptable son tantos como crueles. Cerré el libro a la fuerza, pero la vibración en el aire se hizo más densa. Juraría que los estantes crujían y las paredes transpiraban humedad. Por un instante, tuve la certeza de que la tierra misma, bajo el convento, palpitaba rítmicamente, como un corazón monstruoso. Me convencí de que era la fatiga, exacerbada por el polvo y el confinamiento.

La tentación fue demasiado grande. Volví a abrir *De Vermis Mysteriis* en busca de la sección sobre Saint-Benoît, citada marginalmente por Prinn. Allí, entre giros de prosa malsana, describía un túnel olvidado, “donde el aire nunca muere y los ángeles sólo aparecen como gusanos.” Prinn mencionaba una cripta accesible desde el claustro, sepultada intencionadamente por los monjes en el siglo XV “para contener el murmullo de abajo.” Especificaba, además, un procedimiento para, en noches de tormenta, establecer contacto: trazar con sal ciertas figuras en espiral, recitar palabras que evocan “el murmullo innombrable” y ofrecer, como “oblación”, un recuerdo doloroso.

No soy tan cínico como para negar los escalofríos que sentí entonces, ni tan ingenuo como para admitir mi curiosidad. Salí del sótano con el libro bajo la gabardina y me dirigí, embozado, a la capilla abandonada en el ala más antigua del convento. Las losas allí retumbaban bajo mis pasos, y la tormenta afuera crecía, como invitando a un sacrilegio. Todo parecía desafiarme: el viento aullando entre los vitrales rotos, el deslumbrar de los relámpagos coloreando brevemente los crucifijos cubiertos de polvo, y las sombras, siempre las sombras.

A un costado del altar hallé, medio cubierto por escombros, el acceso a un pozo de ventilación clausurado. El libro hablaba de palabras-símbolos, y las tracé en el polvo, movido más por la desesperación de la incredulidad que por auténtica convicción. En ese instante, la tormenta alcanzó su clímax, y los truenos cubrieron cualquier sonido que hubiera podido helar mi sangre. Apenas podía respirar, el corazón me martilleaba en los oídos. Mis pensamientos giraban en torno a la muerte, a la podredumbre, a las cosas que pululan en la oscuridad bajo las lápidas.

Susurré las frases ininteligibles extraídas del códice, conteniendo la respiración ante cada sílaba. Había una sensación de presión en los tímpanos, como si el aire mismo estuviera siendo drenado hacia alguna grieta invisible. Un vaho asfixiante brotó de la abertura; más allá, en la negrura, algo reptaba. Reculé un paso, pero sentí que la voluntad me faltaba, como absorbida.

Las losas palpitaban, y un coro de voces, diminutas e innúmeras, emergía de las profundidades. Eran lamentos y risitas, promesas de saber y suplicios. De pronto, ante mis ojos horrorizados, la piedra se desmoronó blandamente y un tentáculo de tierra, cubierto de larvas translúcidas, surgió tambaleante, husmeando el aire, siguiendo el trazado de sal. No grité. Recuerdo la mirada perdida, el frío helándome la boca, la náusea recorriendo mi espina. Lo que asomó entonces, entre la masa gelatinosa del túnel, fue una cara lívida, sin ojos—y, sin embargo, veía. La carne pululaba, llena de pequeñas mandíbulas de gusano.

No sé si recité accidentalmente las palabras que liberan, o lo hice porque mi mente, colapsada de horror, buscó refugio en la inconsciencia ritual. La cosa murmuró con mi propia voz, y en la presión de su aliento reconocí todos los recuerdos que había preferido olvidar: el miedo a la tumba, la traición de la carne, el pánico de la soledad absoluta. La masa se replegó, pero la crisálida de tierra siguió emanando vapores y lamentos.

Huyendo a trompicones, perdí el equilibrio y caí sobre los peldaños de la escalera. El gordo libro rodó, abriéndose por el final donde se repetía, una y otra vez, la misma letanía:

"Comegusano, muérdeme,

suéltame de mi carne fría,

concédeme memoria sin vida."

No recuerdo cómo salí de esa capilla. Caminé de regreso a mi cuarto, empapado, con las manos temblorosas. Los monjes me hallaron antes del amanecer, murmurando en voz baja letanías en latín balbuceante. Intentaron consolarme; uno quemó incienso, otro rezó con las manos sobre mi frente. Pero nada, ni la luz ni el aire fresco de la mañana, pudo borrar de mi nariz el hedor de la tierra podrida, ni de mis oídos el rumor del murmullo, ni de mi piel la sensación de estar habitado.

Dos noches después, me marché de Saint-Benoît, dejando atrás todo cuanto poseía: notas, cuadernos, y hasta la caja con el libro maldito. Nunca volví a ser el mismo. La letanía del gusano acompaña mis sueños y, en ocasiones, me parece sentir sobre mi pecho el peso de tierra húmeda. Sé que bajo cualquier convento, bajo cualquier cementerio, espera la memoria que nunca muere.

Ahora el lector sabrá, si tiene oportunidad de hojear las páginas abyectas de *De Vermis Mysteriis*, que toda búsqueda tiene un precio. Y sería mejor, mucho mejor, que nadie repita el error del profesor Legrand, ni de Prinn antes de él, ni de los innúmeros que han desaparecido—no en la muerte, sino en el lento y repulsivo festín de aquello que se arrastra y nunca olvida.

Porque hay misterios que ni siquiera la tumba consume, y terrores que germinan, fecundos, en la oscuridad constante de los gusanos.

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