Fragmento:
Ludwig nunca creyó realmente en esas advertencias. En sus lecturas apresuradas de los grimorios menores, en las correspondencias recogidas por mercenarios y anticuarios, siempre latía una ambición insana: hallar pruebas, aunque fuese pagando el precio de un alma deformada. Aquella noche, sostenía en el bolsillo interior de su raído gabán un papel desteñido—una invitación, una amenaza: “El De Vermis Mysteriis aguarda bajo la sala de los arcones. Medianoche”.
Duración: 09:54
La noche descendía sobre la vieja ciudad de Altdorf con el peso opresivo de una manta tejida por manos invisibles. La niebla, rebelde incluso a la luz de los faroles aceitados, reptaba entre los adoquines y se enroscaba en torno a los pilares románicos de la catedral siniestra. A esa hora, cuando incluso los perros distinguían la orden tácita de permanecer bajo tejas gruesas y puertas cerradas, Ludwig Emmerich cruzó el umbral de la taberna “El Ave Muerta”.
Su figura, alta y escuálida, apenas quedó registrada en los ojos semicerrados del tabernero, quien, tras una breve ojeada a la estampa ajada y húmeda del desconocido, prefirió concentrarse en la limpieza de una copa de metal abollada. Hombres y mujeres, curtidos en el perpetuo invierno de la indigencia y el olvido, se apartaron apenas. Ludwig se plantó junto al fuego, extendiendo las manos heladas.
No era su aspecto—el de un erudito venido a menos, con manchas de tinta en los puños de la camisa y una pátina de mugre sobre la frente—lo que menos se adecuaba al ambiente; era la mirada que lanzaba a los oscuros rincones de la taberna, como si esperase que algo más que el humo surgiera de ellos.
Pidió un aguardiente, lo apuró y deslizó una moneda negra sobre la barra.—Busco la calle del Encierro—murmuró. El tabernero volvió la vista, ahora sí realmente perturbado.
—No queda nada ahí salvo ruinas y ratas. Nadie va; nadie vuelve… —musitó, palabras ahogadas en el rechinar de dientes. Ludwig asintió, pagó otra moneda, y dejó tras de sí el rumor y la sospecha, que lo siguieron como lodo pegajoso en cada paso.
Había oído hablar de De Vermis Mysteriis por boca de su mentor, el infame Schlechter, quien, antes de desesperar y arrojar su vida y su cuerpo en los canales de Praga, le habló del libro prohibido. Decía Schlechter que entre los manuscritos atribuidos al alquimista holandés Ludwig Prinn, ése era el más repulsivo, una amalgama de latinajos y iconografía que arrastraba no sólo mordazas de cuero viejo, sino también lo inefable de todo lo que vive en las esquinas de la razón.
Ludwig nunca creyó realmente en esas advertencias. En sus lecturas apresuradas de los grimorios menores, en las correspondencias recogidas por mercenarios y anticuarios, siempre latía una ambición insana: hallar pruebas, aunque fuese pagando el precio de un alma deformada. Aquella noche, sostenía en el bolsillo interior de su raído gabán un papel desteñido—una invitación, una amenaza: “El De Vermis Mysteriis aguarda bajo la sala de los arcones. Medianoche”.
La niebla no le impidió encontrar la calle del Encierro. Era más bien una grieta en la ciudad: casas sin techos, puertas con la madera horadada por larvas, cristales embotados por telarañas del tamaño de una mano. El hedor a podrido, a tierra removida, salía de un edificio en penumbra coronado por un tejado de pizarra rota. Una linterna mortecina colgaba de un clavo, indicando que aún quedaba en él algún tipo de conciencia.
Cruzó el umbral, descendió por una escalera encorvada bajo su propio peso, y desembocó en una sala cuyo aire cortaba como una navaja oxidada. Allí, sobre una mesa de roble con tallados de seres cíclopes y tentáculos, estaba el libro. Era más grueso de lo que describían; más hinchado, como si latiera. La piel de la cubierta parecía de cerdo embadurnado en sangre vieja, y el lomo estaba repujado con runas que se retorcían al mirarlas de soslayo. El único mobiliario, además de la mesa, era un arcón con cerrojos oxidados y, de pie junto al libro, una figura de mujer.
Irene von Jung. Su renombre, el de una médium que había sufrido múltiples posesiones y exorcismos, la precedía por toda la provincia. Vestía de negro, pálida como un hueso calcinado, y sus ojos eran dos obleas sin iris.
—No llegaste aquí por accidente —empezó, voz sin temblor, con el eco de un reloj de péndulo—. El De Vermis es un umbral. Lo que cruza, no siempre regresa.
Ludwig la miró, y el ansia le impidió temer.
—Permítame, señora von Jung, tan sólo una lectura —balbuceó, y se acercó.
Irene asintió y, sin moverse, extendió la mano sobre el lomo del libro. Un estrépito bajo la tarima de madera pareció replicar su gesto. Una vibración, ínfima pero insidiosa, perforó el silencio, llenándolo de presagios sofocados.
Ludwig levantó la tapa con cuidadoso temblor de dedos. La primera página estaba cubierta de ilustraciones hechas con sangre seca—círculos, figuras, bestias, palabras en latín y otro idioma más profundo y abisal. Los caracteres danzaban. Su mente, ávida, leyó:
“En el nombre del Gusano, que es eterno y sin rostro bajo la piel del mundo, yo, Ludwig Prinn, susurro la canción que pervierte la carne y el tiempo…”
La incomodidad del lugar parecía entonces intensificarse, aunque el ambiente permanecía sin movimiento. Tras la lectura de la primera oración, el tiempo pareció vacilar.
—Muchos han muerto buscando los secretos de este tomo —Irene susurró, sin separar la vista del lomo rugoso—. Los menos, han sobrevivido, pero no son reconocibles ya como hombres.
El ansia de conocimiento, esa pulsión que había taladrado la voluntad de Ludwig desde su juventud, no podía replegarse ante simples palabras. Avanzó en las páginas: ceremonias sangrientas, invocaciones a entes de la podredumbre, fórmulas para trazar círculos de protección hechos con mollejas secas y ungüentos de médula.
Sintió un susurro recorrerle la espina dorsal, arrastrando una marea de frío que le entumeció los huesos.
Y entonces vio el capítulo marcado con cera roja: Exsequiae Verminis. Una plegaria, indicaciones sobre cómo enterrar un corazón palpitante todavía, cómo sepultar en sal y ceniza los secretos que nunca debían saberse; y una advertencia: “Si me nombras, no cierres los ojos”.
Un temblor sacudió el arcón. Ludwig recordó las historias de cuerpos ahogados buscando la salida a través del barro y las raíces. Abrió la tapa y encontró, para su horror, un amasijo de huesos chorreantes, aún frescos, entrelazados con fragmentos de pergamino y clavos de cobre. Un animalillo, una rata cómo ninguna otra, de ojos humanos y sin pelo, lo observaba desde el fondo, siseando con la voz de un mal dormido en siglos.
—Debemos terminarlo —Irene musitó, poseída ahora por una urgencia—. La invocación incompleta es peor que el silencio; lo que hemos desenterrado debe ser sepultado otra vez. Léelo… en voz alta.
Ludwig sintió la voluptuosidad, la mentira, el delirio. Su voz reverberó en la estancia, desgranando en un latín corrompido por inflexiones de otro idioma que no era humano, la plegaria final:
“En el nombre de los que caminan bajo la piedra y el lodo, os reclamo: Volved a la tierra, a la ceguera, a la prisión de gusanos. Que la boca que abrió el umbral sea sellada. Que la carne retorne al barro.”
La rata chilló, y los huesos empezaron a convulsionarse en lentas olas de autosacarina agonía. Un hedor de fúnebres acequias llenó el cuarto y Ludwig estuvo a punto de desfallecer, lo único que le sostuvo fue la frialdad de la voz de Irene que repitió las últimas frases en perfecto unísono.
El libro vibró, amplificó el sonido hasta que la mesa misma gimió bajo su peso. La niebla se condensó en la puerta, y la linterna colgante parpadeó, dejando por momentos a la habitación sumida en pura negrura.
Cuando la última sílaba se apagó, los huesos colapsaron en polvo fresco. La rata, agonizante, comenzó a cantar con voz de niño ahogado. Era una letanía arañada: fragmentos de nombres, retazos de antiguas liturgias, palabras que evocaban desiertos muertos y ciudades sumergidas bajo la podredumbre. De la garganta de Ludwig surgió un vómito de sangre negra. Cayó de rodillas.
Irene le tomó del brazo y, juntas las manos sobre el libro, recitó una última frase en una lengua que ningún humano debía pronunciar.
La niebla, ahora tangible, invadió la sala y se enroscó en torno al libro. Las paredes supuraron humedad, el aire condensó su temor en una vibración insoportable. La linterna cayó, apagándose; el suelo crujió como si abriese un foso, y Ludwig vio por un fugaz segundo una brecha que conducía no a túneles, sino al auténtico vientre podrido del Gusano, donde el tiempo se curva, las memorias naufragan y la carne es sólo abono.
Despertó en la calle del Encierro, arrodillado en el barro, con las manos untadas de un líquido que ya no era sangre ni lodo. El libro se había ido, Irene también; sólo quedaba la huella de una promesa contaminada, un conocimiento que lo travesaba ahora como el filo de un cuchillo enterrado en la mente.
Pronto, el rumor recorrería Altdorf: Ludwig Emmerich, rescatado por la patrulla al alba, no tardó en perder la razón. Murmuraba cifras y nombres de ángeles desollados. Decían que, en noches de niebla, alguien ve en la ruina de la calle del Encierro la silueta de una mujer alzada sobre una losa de piedra, pasándose un libro de manos con un hombre que ya no parece de este mundo. Y dicen, también, que las ratas han cambiado: que miran a los hombres y esperan… y que, bajo la ciudad, algo ha despertado—y aguarda, como un vientre preñado de gusanos, el próximo susurro de aquel nombre prohibido.
Así, el De Vermis Mysteriis sigue escribiendo su propia historia: con las mentes anegadas de los insensatos, con la sangre de los hambrientos del abismo, con la luz balbuciente de quienes ingenuamente desean abrir el libro y, por un instante, contemplar—como Ludwig—la auténtica naturaleza de la podredumbre eterna.
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