Portada del relato Ecos de los Abismos Sin Nombre
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Jamás volveré a cerrar los ojos con la confianza dormilona de los hombres felices. Mucho antes de la medianoche, cada sombra en mi habitación se extravió hasta las paredes, danzando con la luz opalina de una lámpara que jamás deja de titilar desde aquella madrugada de mayo en que vi lo que ningún hombre debió jamás contemplar. He intentado persuadirme de que mi experiencia no fue sino un jirón de locura, uno de aquellos sueños malditos que se adhieren al alma como una babosa de los pantanos nebulosos de Inglaterra, pero la verdad, la más repugnante e indescriptible, sigue supurando en mis pensamientos.

Duración: 09:49

Ecos de los Abismos Sin Nombre
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Jamás volveré a cerrar los ojos con la confianza dormilona de los hombres felices. Mucho antes de la medianoche, cada sombra en mi habitación se extravió hasta las paredes, danzando con la luz opalina de una lámpara que jamás deja de titilar desde aquella madrugada de mayo en que vi lo que ningún hombre debió jamás contemplar. He intentado persuadirme de que mi experiencia no fue sino un jirón de locura, uno de aquellos sueños malditos que se adhieren al alma como una babosa de los pantanos nebulosos de Inglaterra, pero la verdad, la más repugnante e indescriptible, sigue supurando en mis pensamientos.

Todo comenzó hace quince años, siendo yo tan sólo un geógrafo provinciano y taciturno, un hombre de ciencia arrastrado al tedio de la vida académica. Las cartas que recibía, en su mayoría, provenían de colegas que, como yo, buscaban vestigios en mapas arcaicos o midieron las profundidades del Atlántico con una obsesión que sólo la soledad alimenta. Fue entonces cuando una carta particular, con sellos apenas reconocibles y una caligrafía zigzagueante como la cola de un pez moribundo, se deslizó hasta mi escritorio desde el otro lado del mundo. Provenía del doctor Alexis Vaudnal, un criptoarqueólogo que exploraba las costas y los abismos insulares del océano Pacífico, y cuya reputación le precedía como una sombra pálida.

En la carta, Vaudnal relataba el hallazgo de un promontorio desconcertante: una ínsula rocosa en los límites periféricos de una cadena volcánica, desconocida para los mapas y cartógrafos. Allí emergía, en los días de baja marea, una estructura ciclópea parecida a una ciudad subacuática. Lo que le empujaba a escribirme era la presencia, sobresaliendo entre las algas, de símbolos inidentificables—relieves que recordaban a las escamas de criaturas antediluvianas y estrellas replegadas que evocaban la fragilidad de la mente humana ante lo inconmensurable.

Atormentado por la curiosidad, acepté la invitación del doctor y, tras un largo viaje cuyos detalles la memoria parece desear olvidar, llegué a la isla invisible a los mapas. Era principios de verano; el clima era viscoso y la atmósfera impregnada de un hedor a yodo y a vida primigenia, como si la creación misma se hubiese detenido a contemplar el abismo. Alexis Vaudnal me recibió en su improvisado campamento entre las rocas y, luego de una noche plagada de viento y murmullos ininteligibles, me condujo hacia los hallazgos.

Los relieves en la piedra muda tenían una cualidad imposible de describir. Ningún método conocido de ornar o esculpir podía haber grabado aquellas geometrías, y sin embargo allí estaban: líneas de arabesco imposible, formas que mutaban según el ángulo de la luz, superficies que rechazaban toda interpretación lógica. Entre los símbolos predominaban agrupaciones de estrellas: siete en forma de cruz quebrada, otras dispersas como lirios sobre una ciénaga. Alexis, dispuesto ya a abandonar toda pretensión de racionalidad, formuló un nombre—Constelación de los Olvidados—y aunque reímos, el sobrenombre no tardó en tomar una gravedad inquietante.

Me detuve frente a una puerta colosal y derruida, la cual, según Alexis, sólo aparecía completamente durante las mareas extremadamente bajas. Había algo en esa puerta que mordía la conciencia; un aroma a tiempo detenido y un susurro reptaba bajo el zumbido de los insectos oceánicos. Esa noche, consultamos unos papeles ajados—copias traducidas laboriosamente por Vaudnal de un manuscrito hallado, según decía, en las criptas románicas de Ythill, una ciudad olvidada cerca de Carcosa. Dichos manuscritos, aunque incompletos, mencionaban ritos dirigidos a una entidad bajo las olas, algo que los traductores llamaron “el Señor de la Penumbra Sumergida”. Reconocí, entre los garabatos, una figura familiar: la de Dagon.

Aquella noche fue la última en que dormí sin la losa del horror sobre el pecho. Cerca de las tres de la mañana, mientras las olas golpeaban rítmicamente la costa como el tambor de un culto olvidado, el aire se espesó de forma innatural. Vaudnal y yo bajamos al borde del acantilado con linternas. La puerta, apenas visible bajo la penumbra, parecía palpitar. Entonces surgió, a través de una fisura, un resplandor azulado y viscoso, una luz antinatural que no provenía de ninguna fuente emisora inteligible. De sus profundidades emergió una figura: una amalgama de hombre y pez, altísima, escamosa, cubierta de fango y algas. Sus ojos brillaban como carbones húmedos, y los tentáculos que se agitaban bajo su boca sonreían con la oscura certidumbre de que el tiempo no es sino una grieta en la cárcel de los dioses.

Vaudnal gritó. Su voz fue devorada por el viento y el oleaje. Yo caí de rodillas, incapaz de desviar la mirada de aquella visión. La criatura—pues no puedo llamar “dios” a una abominación desprovista de misericordia o lógica—alzaba en sus garras una piedra tallada, que parecía absorber la luz de la constelación oculta entre las nubes. Comprendí, incluso entonces, lo imposible: que las estrellas no sólo existen sobre nosotros, sino que hay esquemas, mapas ocultos, constelaciones bajo las aguas, espejo y prisión de horrores antiguos.

La entidad desapareció lentamente, deslizándose hacia la grieta obscurecida, no sin antes hundir la piedra sagrada en las aguas. Tras un silencio más denso que la muerte, Vaudnal y yo huimos, tropezando por la arena podrida y el limo resbaladizo. El aire se descompuso en olores a sal, a raíces podridas, a un perfume arcano que sólo después pude identificar—la fragancia de Ythill, la de las ruinas condenadas en las tierras de Carcosa, que sólo los iniciados soportan al borde de la locura.

Desde aquel día, Vaudnal se sumió en una especie de trance febril, maldiciendo su suerte y esperando la visita de algo que nunca se dignó a regresar. Yo, poseído de un instinto de autoconservación profundamente humano, observé las mareas durante semanas. Reescribí con mi inestable caligrafía las constelaciones de la piedra, meditando sobre la conexión entre los abismos terrestres y los vastos silencios de la noche cósmica. Cada línea que trazaba en mi cuaderno equivalía a una gota de cordura sacrificada en honor a fuerzas que desprecian todo lo viviente.

Los días pasaron, y los pobladores de islas cercanas comenzaron a murmurar en lenguas que mi erudición sólo alcanzaba a captar a medias. Hablaban de luces oscilantes bajo el mar, de columnas de agua que ascendían hacia el cielo como si el océano hubiese decidido invadir las estrellas. Un pescador llegó un atardecer al campamento, describiendo una visión: “En la oscuridad”, balbuceó, “hay una ciudad donde las estrellas tocan las cúpulas sumergidas, y allí danzan los dioses antiguos hasta que llegue el día en que su constelación gobierne el mundo”.

La paranoia nos invadió. Al caer el sol, los sonidos—siempre presentes—se intensificaban: chapoteos, arrastres, coros guturales que se alzaban desde las aguas. El anciano pescador nos advirtió: “Las puertas pueden abrirse desde ambos lados. Cuando uno ve la luz azul de la piedra, ya nunca deja de verla, ni en sueños ni en la vigilia”.

Aquella noche, tras horas de vigilia atormentada, la tempestad quebró los cielos y la isla parece haberse desplomado sobre sí misma. Corrimos entre relámpagos, cercados por la voz de las olas y el retumbar creciente de algo que deseaba salir a la superficie. La grieta en la que habíamos visto a la criatura comenzó a resplandecer de nuevo. Pero esta vez, formas múltiples emergieron del agua, no una sino decenas, cada una con la estampa degenerada del culto ancestral.

Supe entonces que lo que habíamos desenterrado no era tanto un secreto como una advertencia. Recordé las palabras del manuscrito de Ythill: “Bajo la bóveda de Saturno, la constelación perdida buscará su reflejo. Cuando la luz azul despierte, la sangre del mundo será pasto de las aguas.”

Vaudnal desapareció durante la tormenta. Lo último que oí de él fue un grito inhumano, desgarrado por el burbujeo de algo que ascendía. Amanecimos, yo y el pescador, sobre los restos del campamento destruido, temblando entre restos de algas que brillaban con la luz malsana de la piedra.

Intenté huir de la isla, y enloquecí parcialmente durante el trayecto. La perfección estática de aquellas constelaciones marinas acechaba mis pensamientos. El pescador perdió el habla. Yo, sólo yo, quedé para escribir este episodio, como un testimonio débil ante las fuerzas inconmensurables que acechan bajo la superficie. Volví a Europa, ya marcado de por vida, convencido de que la puerta permanecería cerrada si renunciaba a todo contacto, a toda luz azul, a toda mención del Nombre.

Pero a veces, en noches sin luna, creo ver en el río brumas que flotan como astros caídos, y oigo una voz que me susurra desde la orilla: “Cada agua tiene su constelación, y cada hombre lleva en sus sueños la promesa del abismo.” Al mirar hacia la estrella de Saturno, comprendo que no he escapado, que ninguno de nosotros lo hará jamás, porque cuando una constelación es invocada en la tierra, sus ecos cruzan los abismos y abren los caminos para los dioses que esperan, ansiosos y hambrientos, en las aguas negras bajo el mundo.

Por eso escribo estas líneas, selladas y destinadas a lectores a quienes la cordura ya nada puede ofrecerles. Permanezcan lejos de las costas donde la marea revela puertas inútiles, donde las estrellas se doblan en ángulos prohibidos y la luz azul resplandece bajo el oleaje. Recuerden, si alguna vez se detienen en la medianoche bajo una lámpara trémula, que el universo es más antiguo, más frío y más inmisericorde que todos nuestros dioses y terrores juntos. Allí abajo sigue Dagon, centinela de los caminos de agua, soñando bajo las constelaciones muertas. Y cuando despierte, ninguna palabra, ninguna razón, ningún rezo podrá salvarnos.

Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.