Fragmento:
Su problema comenzó con el hallazgo de aquel ídolo. No era raro cruzarse con objetos “extraños” por la favela. A veces, entre la basura, emergían vestigios traídos por las lluvias o por quienes bajaban mercancía saqueada de los barcos. Mas esto era diferente: una pequeña estatuilla que apenas llenaba la palma, hecha de piedra negra y reluciente, quizás basalto o algo más oscuro aún, pulida hasta alcanzar la textura del músculo marino y tallada con una torpe maestría que erizaba la piel. Representaba a una criatura agazapada, nimbada de escamas y tentáculos, coronada por un rostro que se debatía entre humano y abisal.
Duración: 10:07
En los suburbios sofocantes de Río de Janeiro, bajo la mortecina luz de las farolas gastadas y el hedor salobre del Atlántico, se erguía una estructura de concreto y madera roída por la humedad, una casa alzada en el borde más peligroso de la favela. En esa miseria inmemorial, a donde la mirada de la ley sólo se asoma a hurtadillas y donde los delgados gatos disputan los desechos con ratas enormes, sobrevivía el joven Luciano, corazón intrépido y ojos ya tan viejos como el mar.
La noche de aquel primero de julio, el calor era casi líquido; se podía palpar una densidad opresiva en el aire, tal que el aliento propio parecía volver al pecho convertido en sudor, dejando tras de sí notas de podredumbre marina. El retumbar sordo de la samba en la distancia, el estrépito de los disparos lejanos y los gemidos de los condenados al hambre componían una sinfonía interminable. Durante el día, la rutina de Luciano no era distinta a la de miles de muchachos: vendía sustancias ilícitas para la facción de traficantes que dominaba el morro, los temidos “Irmãos da Noite”, los Hermanos de la Noche. Pero aquella jornada, las sombras parecieron seguirle incluso antes de que el sol se despeñara tras los rascacielos de Botafogo.
Su problema comenzó con el hallazgo de aquel ídolo. No era raro cruzarse con objetos “extraños” por la favela. A veces, entre la basura, emergían vestigios traídos por las lluvias o por quienes bajaban mercancía saqueada de los barcos. Mas esto era diferente: una pequeña estatuilla que apenas llenaba la palma, hecha de piedra negra y reluciente, quizás basalto o algo más oscuro aún, pulida hasta alcanzar la textura del músculo marino y tallada con una torpe maestría que erizaba la piel. Representaba a una criatura agazapada, nimbada de escamas y tentáculos, coronada por un rostro que se debatía entre humano y abisal.
Luciano la encontró al pie de una tapia destrozada cerca del muelle donde bajaban costales de cocaína recién traídos desde el interior. Nadie reclamó la pieza. Sin embargo, un pavor instintivo le recorrió la espina dorsal mientras la tomaba, y la palma le quedó fría donde la había tenido.
Aquella noche –la noche real donde comienza mi relato–, el joven estaba tirado sobre una colchoneta mugrienta, la estatua colocada frente a él sobre la mesa improvisada hecha de cajones plásticos. Iluminada tan solo por la luz vacilante de una bombilla roída de cables expuestos, la figura parecía latir, pulsar con una vida oculta. Afuera, los disparos se acercaban: los rivales de los Hermanos habían prendido una incursión, y el eco de los disparos se confundía con los ladridos y los gritos como almas carcomidas por la desesperación.
Aun así, Luciano notaba que el verdadero terror estaba puertas adentro, no fuera.
La primera manifestación apenas fue un suspiro, como si el propio aire de la casa se hubiera helado, densificado por la negrura. Los objetos parecieron moverse bajo su propia voluntad, y desde algún sitio –quizá entre las grietas de la pared o bajo la sombra misma del ídolo– llegó un hedor mineral, a limo podrido, salmuera y carnalidad en descomposición.
Sintió que le observaban. Al principio reprimió el miedo, culpando al cansancio y al smog. Pero al cerrar los ojos, vio la silueta del ídolo agrandarse en la cortina de su mente, asomando su opulento rostro de batracio y esos ojos pulidos, ovalados, brillando con una crueldad adulta, desconcertante. Intentó dormir varias veces; siempre surgía esa imagen: la criatura dominando un paisaje de ruinas submarinas, con cúmulos de cadáveres danzando a su alrededor en un vals demencial.
El ídolo era Dagon. No lo sabía por ningún libro; fue el nombre lo que surgió en sus oídos cuando, entre sueños, escuchó una voz gutural, cargada de sal, crujir desde las hendijas de la realidad: “Dagon”. No articulada como los hombres, sino plantada directamente en lo profundo del cerebro.
Pasaron días en los que la paranoia se convirtió en la única compañera de Luciano. Los demás muchachos del comando comenzaron a notar sus ojos inyectados, la forma en que murmuraba frases extrañas en sueños o el extraño rumor de peces chapoteando cerca de su casa aun en las horas en que la marea estaba baja. Nadie se atrevería a reírse: en la favela, el respeto se gana a balazos y el miedo cala los huesos de quienes sobreviven. Mas la semilla de lo preternatural ya estaba plantada.
Pronto, los sueños dieron paso a algo peor: una noche, Luciano se levantó de la colchoneta hacia el grisú del alba, y vio que, desde la venta, el mar le llamaba con pequeños círculos concéntricos en la superficie, a pesar de estar a más de un kilómetro de la playa. En la humedad creciente, sobre el piso agrietado de cemento, encontró el rastro de baba verdosa, como si algo viscoso hubiera entrado y salido dejando huellas de ventosas.
Intentó arrojar la estatua al retrete, pero el objeto volvió a aparecer, pulcro y reluciente, sobre la mesa, como si jamás se hubiera ido. La misma noche, los sueños le atraparon del pescuezo y le arrastraron a simas infinitas. Soñó que caminaba por calles sumergidas, entre figuras arrastradas, encapuchadas y deformes que entonaban letanías en idiomas prohibidos. Al final de la procesión, Dagon en persona le aguardaba, colosal, húmedo, con una corona hecha de calaveras diminutas –cráneos de niños o de peces monstruosos– y las manos extendidas en un gesto de acogida mortal.
El milagro de la supervivencia se transformó en maldición. Luciano ya no dormía: no podía. Los disparos de la banda rival lo buscaban afuera, y adentro, Dagon acechaba su mente. Hubo noches en que la estatua jadeó y suspiró. Una vez pareció elevarse unos centímetros, refulgiendo con la luz fría de la luna, y soltó una risa burbujeante que no podía haber sido humana. Cuando intentó buscar ayuda, fue recibido por el silencio abismal, y luego, por miradas huidizas; los otros hermanos de la noche sabían, o intuían, que algo se estaba desmoronando en aquella morada y que no debía tocarse.
Luciano fue volviéndose frágil, hambriento de una salida que no encontraba. Fue entonces cuando, tras otra redada policial en la que sus compañeros fueron masacrados, comprendió la verdadera naturaleza de su condena: mientras la ciudad ardía en su propia locura, el poder subterráneo de aquel viejo dios crecía con cada cadáver, cada víctima lanzada a la marea.
Comenzó a notar otros cambios en el entorno. Algunas noches, a la esporádica luz de las linternas o reflejado en las gotas de lluvia, observó rostros insólitos en paisajes cotidianos: ojos enormes y verticales que asomaban entre los escombros, garras membranosas rozando los muros de la favela. La gente empezó a desaparecer en la periferia, arrastrada por manos frías que dejaban tras de sí olor a yodo y sangre seca.
Una noche, cuando el calor era sofocante y el barrio parecía haberse detenido bajo el efecto de una amenaza insospechada, Luciano fue testigo de la consumación de su horror. Había intentado irse; quería bajar al asfalto y perderse entre los borrachos y prostitutas del centro, pero los propios caminos parecían curvarse sobre sí mismos. A cada vuelta topaba con la misma fachada derruida, los mismos perros famélicos, los mismos hombres que ya no ocultaban sus pieles escamosas bajo la ropa.
Así, sin más alternativa que enfrentar el terror, volvió a la casa. La estatua ya no estaba, pero se sentía su presencia más firme que nunca, gravitacional. La humedad se había apoderado de todo: paredes, cama, incluso los pulmones. El piso temblaba bajo sus pasos, como si algo monstruoso estuviera a punto de abrir un boquete y salir a la superficie. Sin embargo, lo que emergió fue peor.
La casa se resquebrajó por el centro, y en ese desgarro del suelo –apenas un metro de diámetro al principio– comenzó a brotar un agua negra, pesada y viscosa, saturada de putas burbujas que estallaban con hedor sulfuroso. De la abertura fue asomando una mano, o lo que pretendía ser mano: una garra palmeada y asquerosa. Luego una cabeza, el rostro del ídolo, pero vivo, y mucho, mucho mayor.
Luciano quedó paralizado. El horror le ancló al umbral. Observó cómo la cosa reptaba a través de la realidad, palmeando el cemento y la madera, desplazándose hacia él a pesar de su tremenda masa; en sus ojos, miles de pupilas daban vueltas en un éxtasis demencial. La voz ausente de Dagon retumbó en su interior, susurrando promesas de poder, abismos y aguas sin fondo; ofrecía una eternidad en las oscuras profundidades a cambio de un pequeño precio: la entrega total de la voluntad, el abandono de la humanidad.
Luciano sintió que su piel burbujeaba, que sus huesos crujían bajo la presión de recuerdos oceánicos que no eran suyos, historias de ciudades sumergidas y de empires que jamás existieron en tierra firme. Trató de gritar, pero su garganta solo produjo un siseo húmedo, como de pez fuera del agua.
En el último instante, un torrente de imágenes le inundó los sentidos: see vio marchando junto a otros hermanos de la noche, ya no armados, sino deformes, entre las ruinas de la favela, bailando bajo un cielo perpetuamente negro con el ídolo en el centro, y supo que lo que había comenzado en aquel rincón miserable era tan solo el prólogo para un renacimiento tenebroso.
El resto es confuso, un caos de agua, escamas, gritos y el horizonte oscurecido por una marea negra que subía, subía y nunca se retiraba del todo. Los periódicos dijeron que una extraña explosión destruyó aquel sector de la favela, y que muchos dieron por muertos a Luciano y a los suyos. Algunos testigos hablaron de figuras grises y brillantes reptando por los callejones, pero nadie les creyó.
Pero tú lo sabes, ¿no? Cuando la noche espesa hiede a moho y mar, y escuchas los cánticos ahogados de los que no volverán a ser humanos, sabes que bajo el lodo, en el vientre podrido de la favela, Dagon custodia a los suyos. Y hay hermanos que nunca mueren del todo; simplemente, aguardan, aguardamos, hasta que la marea vuelva a subir.
¿Has oído ya el chapoteo cerca de tu ventana, muchacho?
¿Notas el olor a sal, aun estando lejos del mar?
No queda mucho. La ciudad, las ciudades, son sólo islas diminutas. Pero el océano —y sus dioses— recuperan siempre lo que les pertenece.
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