Fragmento:
La carta, arrugada por el viaje y el sudor, ardía en su memoria mientras recorría los pasillos de la mansión. “Debes venir antes de la luna llena. Algo se levanta cuando la sangre del mar vierte sus secretos. El faro… cuida del faro, Mervyn. No olvides la llave ni las palabras. No escuches los coros ni digas sus nombres.” No había firma convencional, solo unas iniciales: H. F.
Duración: 09:24
Nadie recordaba ya el antiguo faro de Gharull, o al menos así lo creía Mervyn Frake durante los primeros días de su llegada a la extraña y poco frecuentada aldea de Halderport. Convocado por una carta salpicada de frases apenas legibles —firmada por un tío bisabuelo al que sólo había oído nombrar en áridas leyendas familiares— había tomado el tren desde Arkham, cruzando los tramos selváticos y monótonos campos de pastos, para llegar finalmente al corazón de ese pueblo de rostros huidizos y marineros de ojos inmóviles, tan parecidos a las figuras talladas en las proas de buques hundidos hace siglos.
Al llegar, el aire costero le resultó diferente, saturado de un hedor dulce, a veces picante y a veces profundamente salino, como si la misma carne del mar hubiera sido sacrificada en el altar de un viento inmisericorde. Mervyn no sabía, ni en ese instante ni a la mañana siguiente, qué presagio comenzó a calarle bajo la piel: si fueron las miradas a media asta de los isleños, los susurros pegajosos donde volaba su nombre, o acaso la inhóspita mansión donde su antepasado lo había citado.
El caserón de los Frake se erguía en una torva colina que apuntaba al océano como un dedo admonitorio, y cuando la marea subía, el rugido de las olas reverberaba en las paredes, trastornando los sueños y pinándolos de aletas sombrías, remolinos y tentáculos que hostigaban el umbral de su razón.
La carta, arrugada por el viaje y el sudor, ardía en su memoria mientras recorría los pasillos de la mansión. “Debes venir antes de la luna llena. Algo se levanta cuando la sangre del mar vierte sus secretos. El faro… cuida del faro, Mervyn. No olvides la llave ni las palabras. No escuches los coros ni digas sus nombres.” No había firma convencional, solo unas iniciales: H. F.
Los días pasaban en una niebla vacilante, amordazando la claridad. Los aldeanos se apartaban cuando intentaba conversar; solo uno, el desdentado anciano Olmar, compartió una advertencia en voz baja mientras desoyendo la costumbre aceptó su copa de ron en la taberna: “No haga caso a los que le dicen que el faro está maldito… no es la palabra. Es más bien… reclamado. Hay noches donde brilla una luz que ninguna linterna enciende, y entonces los peces se arrastran fuera y las piedras sudan escamas. Mejor deje en paz lo que duerme.”
Sin embargo, el mandato familiar ardía en Mervyn como la fiebre. Tras muchas noches insomnes y visiones de olas replegándose en cámaras ciclópeas bajo el lecho marino, se atrevió a buscar la llave: una medalla de bronce oscuro que pesaba en su mano con la gravedad de una condena. Avanzó, pues, entre juncos podridos y matorrales abisales, hacia la base de la colina donde el faro aguardaba como un colmillo sepultado en aguas sucias.
El faro de Gharull, tras una reja herrumbrosa, se alzaba en desafiante descomposición, cubierto de líquenes y con cúpula de cristal ennegrecido; encima de la puerta, viejos bajorrelieves apenas insinuaban formas híbridas—aquello era parte pez, parte humano, parte demonio. El cerrojo cedió ante la llave con un quejido. El vaho adentro era espeso, antediluviano; podrías imaginar que la piedra misma exudaba agua salada, o que una respiración disforme flotaba si inclinabas la cabeza en la penumbra.
Cada escalón que subía crujía bajo sus botas como si suplicara silencio. Repentinamente, el viento azotó los glaucos ventanillos y un hedor acre, asfixiante, colmó la atmósfera con la pestilencia de algún naufragio detenido en una eternidad viscosa. La linterna de Mervyn tembló con su pulso. La luz se sentía diminuta dentro de las paredes, donde las sombras parecían formar estalactitas de negrura, babosas y tensas.
Llegado a la linterna del faro, halló la maquinaria cubierta de una capa de limo apretujado, cada engranaje infiltrado por una babaza azulada. Sin embargo, no había ni rastro de su antepasado, y solamente un libro encuadernado en cuero de color incierto yacía sobre el viejo pupitre.
Era un grimorio, de eso no cabía duda, y aunque el idioma principal era latín, las interpolaciones —diferentes alfabetos, runas y garabatos con una caligrafía idéntica a la de la carta— llenaban los márgenes. Solo una frase alcanzó a desentrañar, leída en voz alta bajo un impulso que, aún hoy, jura no haber controlado: “Ph’nglui mglw’nafh Dagon Halderport wgah’nagl fhtagn.”
En ese momento, la noche se volcó intramuros. Los cristales del faro se enturbiaron hasta perder todo reflejo, y un rugido, aún más antiguo que el océano, se deslizó bajo la piedra derrumbada de la torre. Mervyn sintió entonces —primero la carne, luego la mente—una presencia abrumadora, desmesuradamente vieja, vasta al modo de una selva virgen sumergida por la culpa del universo.
La linterna escupió una llama olorosa a azufre, y una masa lívida, facinerosa, comenzó a elevarse lentamente por la escalera, chapoteando con la viscosidad de un anticipo de muerte. No había forma ni proporción en aquella cosa; los tentáculos fluían —sin transiciones— a escamas, branquias, garras, pero sobre todo, había ojos… cientos, quizás miles, albinos bajo telones de sustancia mucosa, todos fijos en él.
Intentó recitar el reverso de la frase, recordar la consigna, pero el horror era una mordaza perfecta: no quedaba aliento para más que emitir un sollozo ennegrecido y tartamudear oraciones de infancia. El pulso de la criatura —si eso era lo que era; si jamás había existido algo similar bajo el sol—desplazaba el aire, tragaba la luz y moldeaba la realidad desde una tiranía viscosamente líquida. Dagon, susurró una voz que ni era suya ni del todo ajena, Dagon se recuerda a sí mismo en ti.
El tiempo dejó de existir. Mervyn cayó de rodillas, presa de una punzada cerebral que sun parecía estar extrayendo no solo su memoria, sino la de todos los que habían precedido en su linaje: atisbos de hombres pescando a la luz de lunas podridas, entierros de niños que todavía se agitaban, bautismos oficiados ante una piedra como un fósil gigantesco.
La criatura no avanzó más. Se arremolinó como una tempestad de cuerpos mutilados, y solo su aliento—rieles de espuma verdusca—soplaba desde el cubil informe bajo el faro. Como en un sueño lúcido, Mervyn notó que el grimorio había caído abierto en una página donde una ilustración groseramente sugerida reunía formas de peces, sapos, hombres y dioses fundidos en una orgía de escamas y lodo.
“Guía la luz…”, dictó la Voz, y sintiendo su brazo como movido por una voluntad ajena, giró la maquinaria del faro. Un haz sulfuroso surgió, crucificado en la noche como una lengua maldita. Lejos, en lo más denso de la bruma marina, un enjambre de figuras emergió del agua: no eran bueyes marinos ni foca alguna. Eran humanoides, medio descompuestos, medio nacidos, moviéndose con lascadencias de la marea, arrastrando colgajos de algas y uñas ganchudas.
Mervyn lloró. Los ojos saltones de esas cosas reflejaban la irónica piedad de aquel que ha de alimentar a sus dioses. Detrás de cada uno latía el eco de todos los Frake, de los Halderport, de todos los que habían oficiado aquel culto bajo la Luna negra y los estertores del viento.
El horror de lo inevitable —la certeza de que sería devorado, convertido en algo nuevo, reabsorbido en el ciclo irresoluto de Dagon—lo acuchilló. Pero era la rendición de su conciencia, no de su carne, lo que la Voz exigía. La horda surgió entre rugidos y borbotones, trepando la colina, entrando en la torre, y cada pisada era un eco del abismo bajo los pies del propio dios.
Mervyn sintió que caía; la noche era ahora un pulpo abrasador, domesticando sus nervios y su ánimo con la caricia del aceite. Entonces la visión cambió; Dagon se extendió bajo la corteza del mundo, y las ciudades sumergidas exhibían sus balcones de coral ennegrecido, secretos que jamás verían la luz, sólo la penumbra floridísima de los remolinos eternos. Fuegos verdes ardían en las ventanas submarinas, y legiones de servidores danzaban entre los restos de los ahogados, bebiendo su alma para alimentar la voracidad inmemorial de la deidad.
En algún punto después de esa revelación, Mervyn despertó; yacía en la playa, mojado, cubierto de escamas, musgo y con la garganta lacerada por un salitre implacable. El faro, visto desde allí, se erguía indiferente, su linterna ya extinta, como si el monstruoso episodio hubiese sido sólo la fiebre de un hombre arrastrado por el delirio y el aislamiento.
Sin embargo, la luna llena se erguía, negra y arrugada como la uña de un gigante. A su alrededor, los aldeanos comenzaban a acercarse en silencio, con ojos adquiridos en otro reino, y sin decir nada, lo ayudaron a levantarse, ofreciéndole un círculo ritual de manos pringosas. Los tambores y cánticos auguraban sólo horror y perpetuidad, y la sangre, mezcla de mar y linaje, reclamaba su tributo.
Mervyn Frake, lejos de huir, repitió la letanía. Porque cuando uno ha conocido a Dagon, lo que sucede después ya no importa.
Y cuando el mar recula y los peces asaltan la tierra, muy pocos podrán afirmar si alguna vez vieron encenderse la luz del faro… y, peor aún, si desearían verla de nuevo.
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