Portada del relato Bajo la Espiral de la Marea
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Fragmento:


Un hombre tendría que estar loco para avanzar hacia la negrura abisal de ese promontorio, pero la sed y el hambre me arrastraron hacia la promesa de agua dulce que el rumor de una fuente antigua ofrecía. Me interné en esa extensión solo, salvo por el peso del lodo y la presión malsana de un cielo sin estrellas, cruzado apenas por reflejos incomprensibles que surgían de grietas marinas.

Duración: 09:14

Bajo la Espiral de la Marea
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Texto de ajuste de pausa.

El año era 1921, y jamás en mi vida hubiese imaginado que una tempestad me haría naufragar en una tierra donde la cordura se desvanece, ni que por mi corazón demente haría brillar lunas antediluvianas bajo una bóveda de aguas sin fondo. Recuerdo todavía el hedor amargo del océano mezclado con los restos ocasionales de algas pútridas cuando abrí los ojos, exánime, sobre la costa de un promontorio extraño, uno que no figuraba en carta o atlas alguno. Era un desierto de limo viscoso y corales erguidos como dedos desgastados, que se retorcían bajo la luz lunar débil y lechosa. No obstante, el lugar más aterrador no era la costa, sino aquello que yacía más allá, a mitad de la bahía: un cúmulo ciclópeo de basalto sobre el que se recortaba la silueta de lo insólito.

Un hombre tendría que estar loco para avanzar hacia la negrura abisal de ese promontorio, pero la sed y el hambre me arrastraron hacia la promesa de agua dulce que el rumor de una fuente antigua ofrecía. Me interné en esa extensión solo, salvo por el peso del lodo y la presión malsana de un cielo sin estrellas, cruzado apenas por reflejos incomprensibles que surgían de grietas marinas.

Mientras caminaba, algo emergió de entre las sombras: una figura, esbelta y pálida, envuelta en una tela tan traslúcida como la piel estirada de las medusas. Sus ojos brillaban con un fulgor enfermizo —grisáceo, pero con un tinte violáceo que recordaba a los cielos de tormenta en la frontera misma del crepúsculo. Aquella visión paralizaba por igual la sangre y el espíritu: era hermosa, con un atractivo que desbordaba cualquier ley natural, pero a la vez exudaba una peligrosa frialdad, la promesa de la muerte o la locura.

No oí su voz, pero la percibí, como un eco en mi mente doblada por el miedo. Usaba palabras de un idioma fosilizado, pero aún así, supe que hablaba a mí: “Eres el forastero que las aguas han devuelto a la vida entre los muertos. Has conocido el suspiro de las olas y la mordedura de las corrientes. Solo aquí puedes comprender”.

Sentí mi pecho apretado, no sólo por el terror, sino también por un latir extraño, un deseo funesto que me arrastraba más cerca de aquella presencia sobrenatural. Me acerqué, y sus brazos se extendieron, delgados y sinuosos, bordeando los pliegues de mi ropa húmeda. Su piel, fría como obsidiana mojada, me quemaba en la carne y el alma.

“¿Por qué estoy aquí?”, logré articular con un hilo de voz, apenas audible bajo la constante respiración del océano.

“No es azar”, respondió aquella criatura. “Tu miedo alimenta al Señor de la Profundidad, y tu anhelo mantiene firme la puerta del Edén subterráneo. Ven, contempla los ciclos cuyo martirio te será revelado”.

Me condujo a través de veredas ocultas entre fragmentos filosos de coral y restos de barcos olvidados. Pronto llegamos al mausoleo abisal: una estructura ciclópea, con ángulos imposibles y relieves de criaturas espiraladas. Allí, a la sombra del umbral, vi que no estaba solo. Decenas de figuras se congregaban— humanos convertidos, despojados de voluntad, deformados por la humedad y la bruma de la isla. Pero ninguno tenía la belleza espectral de quien me guiaba.

Hela aquí, la definición de los deseos y terrores humanos, pensaba, aquel abismo en forma de ser.

Como si hubiera leído mi mente, la figura musitó: “Eres distinto. Sientes el hambre de la luna, la llamada insomne de la marea. Tu pecho arde y mi abrazo puede templar la fiebre. Te mostraré el principio y el fin del ansia”.

No fue un beso humanamente comprensible: fue un contacto casi reverente, en donde sus labios fríos tocaron apenas mi frente, insuflando en mi recuerdo la sed de siglos. Vi, entonces, lo impensado: ciudades sumergidas en firmamentos de mar negro, coros de criaturas cantando himnos sin palabras a un dios-pez que retorcía su cuerpo colosal en el fondo, cuya faz era la misma locura y cuya adoración exigía no amor, sino sumisión.

El delirio de la visión casi me rompe, pero ella —pues no encuentro mejor término— me sostuvo, susurrando nombres que abrían heridas ocultas en la mente. Dagon, Dagon, Dagon, el nombre se repitió dentro de mí como un tambor abisal.

“Él espera bajo las aguas. Reclama la sangre de los que sueñan con sus ojos abiertos; sus elegidos deben despertar a la luna vieja”. Antes de poder gritar o huir, sentí que manos húmedas y gélidas me apresaban; las figuras congregadas, los otros siervos, me sostenían con fuerza insaciable. Mi guía, en cambio, se arrodilló ante la entrada del templo, levantando los ojos al cielo estancado mientras gemidos acuosos escapaban de su garganta.

La puerta ciclópea comenzó a moverse, con un estrépito sordo, permitiendo el paso del hedor salino y la promesa de la negrura insondable. Entendí entonces la naturaleza de mi captora y la razón de mi elección: cada siglo, un forastero debía ser entregado a la Bestia de las Profundidades, pero esta vez, por un motivo incomprensible, el ritual incluía el vínculo del deseo humano, la ofrenda del corazón desgarrado entre el miedo y el vértigo de la entrega. Había en su mirada un terror callado y primitivo; ¿acaso tampoco ella quería esto?

La procesión avanzó, arrastrándome al interior del templo. En las antorchas de aceite rancio danzaban sombras que no obedecían a sus portadores. La roca estaba cubierta de inscripciones: espirales, ojos, tentáculos, lunas heridas, y de entre ellas surgía de tanto en tanto el contorno aberrante de Dagon, abriéndose en la piedra como una herida sin cicatrizar.

Fui depositado en el centro de una cámara donde el aire burbujeaba, pesado de vapores y ecos. Ella —mi guía espectral— se agachó a mi lado, y lloró lágrimas tan saladas como la espuma desgarrada de la marea.

“No temas, queda poco”, murmuró, pegando su mejilla a la mía. Su piel estaba aún más fría, como si ya no fuese del mundo de los hombres. Con la mano de dedos largos y membranosos, tocó mi pecho, y sentí que el corazón se ralentizaba, palpitando al compás de los coros invisibles.

“Conoce la belleza y el repudio de la profundidad. Bebe del Abismo conmigo y sé más que carne destruida”.

La cámara entera vibraba; los muros supuraban agua de mar. Un gemido —grande, abismal y repugnante— partía desde detrás de la puerta interior, una nota prolongada que derretía la voluntad y convertía el lenguaje en chillidos salvajes. En el centro, un pozo de aguas negras burbujeó, y de su fondo emergió la silueta monstruosa: una cabeza informe, repleta de fauces, brazos y tentáculos, con escamas desgastadas y ojos como abismos repletos de sueños perdidos. Sentí, en ese instante, que toda la realidad era una delgada cáscara, a punto de romperse por la presencia del dios de las Profundidades.

El deseo y el horror se entrelazaron en mí. La figura espectral contempló a Dagon con adoración sutil—y terror—y entonces, volviéndose hacia mí, se acercó con un último y tembloroso beso en los labios.

Sabía que, más allá del miedo y la pulsión desesperada que me sujetaban a la existencia, algo en mí deseaba perderse para siempre en ese abrazo salino, fundirme con el océano y con ella, para no regresar jamás. Pero el terror primordial, el instinto feroz de conservación, fue más fuerte: grité, la rechacé, arrastrando sobre las losas húmedas mis pies. Las otras figuras se lanzaron para detenerme, pero las piedras desteñidas del templo cedieron; la tormenta que rugía fuera —ahora descontrolada— hendió las murallas antediluvianas y una marea gigantesca irrumpió en la estancia. El agua salada me azotó, arrastrando cuerpos, corales y fragmentos de sigilos antiguos. Vi, por un instante, el abismo abierto en la cámara: la mirada de Dagon, la desesperación de la criatura espectral, los sueños de milenios condensados en una danza frenética.

Desperté flotando sobre una tabla, bajo un sol indiferente y sin memoria. Un barco pesquero me recogió semanas después en la costa de Nueva Escocia. Piensan que mi delirio y mis cicatrices son obra de la sed y la exposición, pero nadie conoce los destellos violetas que surgen en mis pesadillas, ni el vértigo enfebrecido que cada luna llena enciende en mi sangre. Tampoco saben de la silueta blanca, traslúcida y trágica, que emerge a veces en el espejo de mis sueños: ella, la hija del abismo y del deseo, ambos atados para siempre a la inevitable llamada del mar profundo.

A veces, cuando la oscuridad se hace más densa y la sal flota en el aire junto a la niebla, sé que volverá a buscarme, no sólo a mí, sino a todos los corazones que, entre el terror y la obsesión, anhelan abrazar la noche salina que aguarda… bajo la espiral de la marea.

Pero hasta entonces, toda tormenta es un presagio, todo crepúsculo una advertencia, y cada gota sobre mi ventana resuena con la promesa de la belleza mortal, fría y antigua, que acecha en las ciudades de coral negro, bajo los eternos reflejos lunares de R’lyeh. Donde el amor es una condena, y el terror canta dulcemente…

para quien escucha.

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