Portada del relato Susurros en las Redes del Abismo
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Fragmento:


para que el Guardián Helado mire y despierte,

Duración: 09:35

Susurros en las Redes del Abismo
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Texto de ajuste de pausa.

El viento que vino del nordeste traía consigo un hedor que ni la mar, en los días de mayor rompimiento, había sido capaz de engendrar. Iba impregnando las viejas tablas de la casona de los Marsh, deslizándose con taimada insistencia por rendijas y hendiduras, como si más que aire, fuera una criatura de viscosas extremidades sujeta todavía al fondo de algún antro del océano. Jamás, en tantos inviernos que llevaba aposentado en Innsmouth, había sentido presencia semejante. Y fue aquella noche, lector, cuando mi mandato en la logia de los Pescadores Antiguos me hizo cruzar la última frontera entre las pesadillas y lo innombrable.

No pretendo excusar mis actos ni limpiar la sangre —y peor aún, la memoria— de los horrores narrados aquí. Si alguna vez este manuscrito cayera en manos de alguien ajeno a las corrientes negras de los Dagones, sepa comprender que la desesperación es única partera de semejantes abismos. Había llegado hasta mí —por conducto de cóncavos susurros, masticados en bocas que las escamas devoran— la noticia de una revelación en el templo más hondo, una puerta que sólo pocas veces la estirpe de Obed Marsh había abierto, aun en las orgías de captura que desangraban al enloquecido puerto cuando las Mareas Altas.

La noche que precedió al descenso fue cuanto de más lúgubre he experimentado. Madre yacía aletargada en su habitación, sumida en un sonambulismo solo cortado por monótonos cánticos en una lengua de abisales consonantes. Los jóvenes, instados por el anhelo de escamas, se reunían en los cobertizos de la costa, y el rumor de sus himnos, plagados de palabras que nunca aprendí en los bancos escolares de Arkham, me perseguía hasta la profundidad de mis huesos. No recuerdo la hora precisa en que se me convocó a la Cámara de Jade; sólo sé que el mundo cotidiano sucumbió bajo la obsidiana de la otra realidad al cruzar los umbrales ocultos por trampillas de salitre y algas caídas.

El templo subterráneo se extendía como el esqueleto de un cetáceo monstruoso, yerguiéndose bajo la arena y roca que los pescadores, en su ceguera, jamás imaginaron que servía de alfombra al culto prohibido. Allí, en el frescor de las losas mohosas labradas con efigies de horror híbrido, aguardaban los acólitos ya sumidos en grotescas contorsiones de fervor. Antaño les temí, pero entonces yo era uno de ellos; uno que, aun así, conservaba suficiente humanidad para distinguir el temblor de la locura en mi pulso.

El sacerdote mayor, cuyas facciones eran un prodigio de degeneración, voz ondulante como el oleaje que devora islas, apenas alzó un dedo y la multitud se hizo silencio. Ladeándose hacia mí —su sombra dislocada por antorchas que chisporroteaban, húmedas, sin llama verdadera— entonó el salmo iniciático, esa plegaria rezumante de la herencia de las profundidades:

"Tomo la sal y la seda de la noche,

reclamo la escama de la estirpe olvidada,

para que el Guardián Helado mire y despierte,

y su hálito nos vuelva inmortales."

A la vez, las aguas de la cisterna central —una charca que jamás fue tocada por las mareas conocidas de la Tierra— comenzaron a bullir, emanando vapores tan fríos que helaron la piel de cuanto atrevido se situó a su alrededor. Surgieron, entre brumas verdosas, siluetas reptilianas, ojos de yodo en las cuencas, manos palmeadas que batían un ritmo tribal, insidioso, imposible de seguir si la cordura aún late en tus venas.

Me hicieron avanzar, envuelto en ornamentos de huesos de peces y cáscaras de molusco, hasta el borde húmedo de la pileta. Allí, esperando, moraba algo más. O mejor dicho, latía un vértigo. Pues el pozo no era sino un vestíbulo, una grieta hacia las criptas donde, decían, Dagon dormitaba entre sueños de guerra y diluvio. Pero el llamado esa noche no era para el patriarca ictioide que los Pentágonos de Piedra reverenciaban, sino para aquel cuya leyenda enmudecía hasta las fauces del mar: el Trono Helado.

No puedo negar que mi corazón se rebeló. Sabía de los cuentos transmitidos en susurros ebrios: relatos acerca del “que duerme bajo el hielo más antiguo, más allá del filo de las corrientes”, Rhan-Tegoth. Este ser, decían, había sido exiliado de los lugares de la creación, y su ubicuidad era un veneno de espectro y tiniebla, una promesa de perpetuo invierno. Lo llamaban guardián no solo de umbrales, sino de la obliteración; aquel que, a diferencia de Dagon, ni siquiera ansía la sumisión de la mente, sino su extinción gélida y sin nombre.

Entonces, en un acto de locura ritual que aún reverbera en mis sueños, me hicieron beber de la cisterna. El líquido, a medio camino entre saliva de ostra y sangre polvorienta, ardió en mi paladar, pero no de calor, sino de un frío tan penetrante que sentí mis nervios ceder ante la marea de la inconsciencia.

Caí.

Este no fue el desvanecimiento habitual, pues entré a un dominio que sólo puedo calificar de “anti-realidad”. Flotaba —desnudo, o eso creía— en un vacío donde las leyes de la física eran rediseñadas por antojos de una mente que sólo puede concebirse como infinita y cruel. No existía arriba ni abajo. Vagaba, o era llevado, por corrientes que mi comprensión se niega a catalogar. A mi paso, visiones de Innsmouth retorcida: las casas distendidas como medusas, las calles oscurecidas por marejadas donde siluetas hibridas de los Dagones danzaban con pesadas, gélidas criaturas semejantes a osos cubiertos de musgo y escarcha.

Entonces vi el Trono: una gigantesca masa, vegetal y animal, erecta sobre una plancha de hielo negro que vibraba, deteniendo y deformando la luz con tentáculos de oscuridad. Sobre ella, encaramada como semental y miasma, la criatura dormía. Si alguna vez fue vista por mente humana, la visión sólo puede ser soportada por ojos enloquecidos. Su rostro era un colgajo inerte, la amalgama imposible de rasgos ancestrales y morfologías externas. Recuerdo sentir horror y fascinación; quizás ambas emociones son hermanas gemelas cuando el conocimiento último se filtra en el alma.

Rhan-Tegoth no abrió los ojos —o lo hizo en una longitud de onda que mi mente no podía traducir—, pero sí transmitió, por entre raíces y venas etéreas, el mandato doloroso. Llamar a Dagon sería simple liturgia; despertar al Trono Helado, era la consigna. Y para ello requería sacrificio: un alma que cruzara lo inmutable y consagrara su existencia a una ruina perpetua, más allá del tiempo. Fue entonces cuando lo supe: mi papel no era seguir los dictados del linaje Marsh, sino servir como emisario de aquél que duerme y nunca sueña.

Me reanimé en el templo, con la garganta reseca y los ojos encendidos por una fiebre agónica. Los acólitos se agolpaban a mi lado, atentos, temerosos pese a su devoción. El sacerdote mayor exigió el veredicto, pero encallé en el silencio. Una fuerza superior ya me guiaba, envenenando mi raciocinio, haciendo burla de mi pasado y de mis miedos. Balbuceé palabras que no eran mías, versos de una lengua que la humanidad olvidó antes de erigir su primera choza.

Las consecuencias se desataron esa misma noche. El mar hirvió de negrura, los barcos pesqueros giraron sobre sí mismos como juguetes arrojados por colosos invisibles. Desde las profundidades emergió una figura imposible: Dagon, sí, pero no como en el mito local, sino corrupto, amplificado por la presencia gélida de Rhan-Tegoth que, pese a su anquilosado letargo, invadía el océano con tentáculos de armiño y escarcha. Los apóstoles corrieron, unos hacia el altar, otros hacia la costa, pero una marea blanca y sorda los fue arrastrando uno a uno, sumergiéndolos bajo sus cristales mortales.

El pueblo de Innsmouth aún respira, aunque es sólo un reflejo del que fue. Lo que vimos esa noche alteró irremediablemente la sangre del linaje Marsh y de cuantos participaron en la ceremonia. Desperté días después, empapado en sudor y sal, rodeado de cuerpos entumecidos y miradas huecas, todos presos de una mudez febril. Del sacerdote mayor sólo quedaba el hábito, relleno de escamas heladas y dientes enmohecidos. Fuimos los sobrevivientes los que sellamos la Cámara de Jade, pero ya no por miedo a Dagon, sino al presentimiento de que el Trono Helado es eterno y paciente, y que su resurgir no depende de cantos ni de pleitesía.

Los sueños ya no son seguros. Los encuentros secretos continúan en las madrugadas sin luna, pero hay menos rostros conocidos y demasiadas voces extrañas, ondulantes, envueltas de bruma polar. Observo mis manos y advierto la aparición paulatina de membranas entre mis dedos, como si el frío estuviese metamorfoseando mi carne al arbitrio de su voluntad ajena. Temo por la humanidad, no sólo de mi familia, sino por la totalidad de servidores de Innsmouth. El culto a Dagon fue, sin duda, violento y aterrador, pero al menos prometía continuidad y descendencia. El culto que ahora se impone no desea seguidores, sino silencio. No fertilidad, sino extinción entre glaciares que no conocen retorno.

Por eso escribo estas líneas, tocado por la certeza de que sólo me resta el abismo o el poder de la pluma para advertir, aunque nadie crea. Si alguna vez, lector, ves en tus sueños un trono de hielo meciéndose en las aguas negras, no reces, ni huyas, ni intentes razonar. Tu voz es sólo alimento y tu alma un copo más en la tempestad que avanza irremediable. Eso es lo único que Rhan-Tegoth desea: el frío absoluto y la negación final del grito, allí donde ni Dagon osa nadar.

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