Portada del relato El Eco Abisal
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Fragmento:


Atraído por el instinto, o, tal vez, impulsado por la sortija que la abuela le había entregado en secreto antes de morir, elude la plaza central y se dirige a los muelles; ahí, el aire es más pesado, la bruma más espesa, haciéndole pensar en fauces abiertas. Recordó, ahora, los rumores de la familia Marsh, la casa tan antiguamente aliada al mar que algunos decían que ya no diferenciaba entre la sangre y el agua.

Duración: 08:52

El Eco Abisal
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Texto de ajuste de pausa.

El regresó a Innsmouth fue una decisión errática, una necesidad surgida del humo de los sueños repetidos, de ese zumbido constante que la ciudad sembraba en su memoria desde la niñez. Había huido a Boston hacía más de veinte años, jurando no poner jamás los pies entre aquellas casas en ruina y el hedor salino que subía entre las maderas carcomidas. Sin embargo, ahí estaba, observando la esquina de la tienda Zadok Allen, las ventanas oscuras como cuencas vacías, mientras el viento de marzo arrastraba algas putrefactas por las esquinas del puerto.

La primera noche se alojó en el Gilman House. El edificio, astillado y recubierto de salmuera, parecía retener los susurros de generaciones enteras. Por la ventana del cuarto llegaba el rumor tenue de la marea, como una voz ronca que alguien intentaba contener a través de una puerta cerrada. No pudo dormir bien; en sus sueños entrecortados apareció la visión de un abismo sin fin, habitado por criaturas que arrastraban los ojos abiertos por la eternidad, cuerpos escamosos y garras traslúcidas, todos reunidos en torno a una roca negra donde un sacerdote entonaba oraciones en una lengua demasiado antigua para la garganta humana.

Al despertar, el sudor pegajoso se mezclaba con el olor a sal. Decidió recorrer las calles nuevamente, tratando de identificar los nombres en los letreros corroídos por el tiempo. Ningún rostro saludó su paso, ni una voz amiga se alzó. Habitantes desfigurados se escurrían entre las sombras, ojos que sobresalían como perlas de agua negra, bocas anchas que no esbozaban sonrisa, sino una permanente mueca de resignación. En una intersección, una mujer de cabello escuálido murmuró algo ininteligible y huyó al ver que él intentaba acercarse.

Atraído por el instinto, o, tal vez, impulsado por la sortija que la abuela le había entregado en secreto antes de morir, elude la plaza central y se dirige a los muelles; ahí, el aire es más pesado, la bruma más espesa, haciéndole pensar en fauces abiertas. Recordó, ahora, los rumores de la familia Marsh, la casa tan antiguamente aliada al mar que algunos decían que ya no diferenciaba entre la sangre y el agua.

La mansión Marsh se erguía al final de la calle principal, apartada, como si la tierra misma temiera su cercanía al mar. No tenía intención de visitar ese sitio, pero los pasos lo guiaron sin que él lo evitara, como arrastrados por un magnetismo cruel. Cruzó el enrejado oxidado y subió las escaleras de piedra. En la puerta, un aldabón de bronce con forma de pez grotesco le devolvió la mirada. Golpeó, sintiendo, al hacerlo, una extraña vibración en la palma.

Pasaron minutos antes de que se abriera la puerta. Un hombre alto, de piel translúcida y cabello blanco, lo contempló desde arriba, sin decir palabra. Los ojos, tan abultados como los de los otros habitantes, centelleaban en un verde imposible. Cuando vio la sortija en la mano del visitante, se apartó y permitió el paso.

“Mi nombre es Obed Marsh,” dijo finalmente el hombre, con una voz que parecía surgir de la garganta de otro tiempo. “Pasa. Sabía que volverías. La sangre llama donde la memoria no alcanza.”

La casa era oscura y húmeda. Los retratos que colgaban de las paredes parecían mirarlo con sospecha o, peor aún, con reconocimiento. En uno de ellos, el joven reconoció rasgos de su madre, y en otro, la mirada evasiva del abuelo paterno, quien nunca hablaba de Innsmouth sino en susurros y, siempre, al anochecer.

Entró en un salón cubierto de tapices y símbolos que no identificó, aunque algunos compartían la forma de la sortija ancestral: una esvástica modificada y tentáculos enrollándose evocando un ojo central. Obed Marsh habló: “Estas aquí porque quieres respuestas. El linaje Marsh no es el único responsable; todos los de sangre aquí provienen del misterio. Y-ha-nthlei, la ciudad sumergida, no es un mito para asustar a los niños. Es la madre que aguarda su descendencia.”

Trató de interrumpir, pero la lengua no obedecía. Un peso enorme se cerraba sobre él. Sus pensamientos surgieron con claridad: “¿Por qué me llaman? ¿Por qué los sueños? ¿Qué es el Culto de Dagon?”

Obed pareció escuchar sus interrogantes no expresadas: “Dagon es padre y madre. Nosotros somos el sacrificio y el legado. ¿Nunca te has sentido diferente donde fuiste? Una piel demasiado sensible al sol, hambre insaciable de lo húmedo, terror irrazonable al estancamiento. Eres de los nuestros. Y los nuestros escuchan la llamada.”

De pronto, el suelo bajo sus pies vibró y el rumor que sentía en el sueño regresó, pero más fuerte, más urgente. Obed lo guió por corredores sinuosos hasta una puerta tras la cual se oían voces monocordes. Evelina Marsh, su tía lejana, le sonrió con una boca más ancha de lo natural, los pómulos demasiado lisos, y las manos palmeadas asomando bajo los guantes de encaje.

“Esta noche celebramos el regreso,” susurró mientras extendía una túnica húmeda, que exhalaba hedor a algas y formol. Casi sin entender, se la colocó. Un rebaño de seres humanos y algo más, hombres enfundados en pecheras con escamas, mujeres que murmuraban nombres imposibles, hijos deformes reunidos en grupo, marchaban hacia la playa. El mar, impulsado por una marea grotesca, retrocedía, dejando al descubierto arrecifes negros y rampas insinuadas en la roca.

Obed Marsh tomó la palabra entonando versos guturales: “¡Iä! ¡Dagon! ¡Padre de las profundidades! ¡Que caiga sobre nosotros tu bendición acuosa! ¡Que la sangre se disuelva y renazca bajo las olas!”

El visitante sintió calambres en las manos, la piel le ardía bajo la túnica y, al mirar las palmas, vio los dedos adherirse suavemente, la piel entre los dedos estirándose como la más fina película húmeda. Quiso correr, gritar, pero una oleada de gozo convulso lo encadenó al suelo. Las nubes se abrieron y un destello verde meció las aguas.

Del fondo emergieron figuras: altos, deformes, coronados de algas y corales, con ojos enormes que no pestañeaban y bocas de bordes flexibles. En la línea de las olas, uno más corpulento, revestido de escamas doradas, se irguió. Dagon: padre, hijo, madre, ancestro. Su ejemplo marchito y glorioso. Obed, Evelina y los demás se arrodillaron. La liturgia era un lamento acuático, un arrullo abismal.

Obed tendió una daga de hueso marino. “El culto demanda aceptación. Tú debes sellar tu sangre. El ciclo así se cumple.”

Con los ojos torvos de todas las generaciones quemando en su piel, el joven sintió que la razón se hundía bajo la marea del deber y el miedo. Alzó la daga y cortó la palma; la sangre cayó goteando en la arena negra y fue absorbida instantáneamente, como si la propia tierra tuviera sed. El mar rugió y Dagon aplaudió con sus membranas.

El dolor huyó, sustituido por una sensación de euforia inhumana. Caído de rodillas, vio cómo el agua se elevaba, lamía sus pies, sus tobillos, su cintura. No luchó. Fue entonces cuando la verdadera visión se reveló: un túnel de piedra conducía bajo la superficie, una calzada negra, y en el fondo, la vasta ciudad de Y'ha-nthlei resplandecía a la luz de esferas fosforescentes, rodeada de columnas ciclópeas. Entre las calles, desfilaban millares de los hijos de Dagon, algunos parecidos a él, otros ya extraños, inhumanos, gloriosos en su exilio abisal.

Bajo el agua, su respiración se acomodó pronto; las fauces se abrieron donde antes no las había. Sintió cómo la biología humana se retraía y era reemplazada por algo arcaico, algo que reconocía el idioma de los sueños y sabía de la memoria líquida de los océanos.

Siempre hubo sacrificio —de eso hablaban las antiguas leyendas. Pero el peor sacrificio no era la carne, sino la renuncia a la propia identidad. En la ciudad hundida, supo que ya no era posible volver a ser el hombre que creyó ser. Ya no añoraba la vida de la superficie. Aprendió a amar el frío abrazo del agua profunda, el canto silente de los corales y los nombres sagrados que nunca debían pronunciarse fuera de aquellas bóvedas insondables.

En la superficie, la familia Marsh celebró. Una generación más respondía al legado, una voz más se sumaba al coro abisal. El pueblo de Innsmouth, esa ruina maldita, seguiría languideciendo mientras sus hijos, año tras año, emprendían el camino del llamado. Algún día, cuando el ciclo estuviera completo y la tierra por fin callara su arrogancia, las aguas cubrirían el mundo y las puertas de Y'ha-nthlei se abrirían de par en par.

Por siempre, el eco de la sangre y el mar danzará bajo la luna, y donde el hombre cree oír solo el rugido de la tempestad, en realidad escucha la promesa de Dagon: que todo lo humano, tarde o temprano, debe regresar a la oscuridad líquida de la madre original. Y ahí, sólo los que han sentido el llamado comprenderán el verdadero horror de la herencia de Innsmouth.

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