Portada del relato El Árido Mandato de Carcosa
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Fragmento:


Majid rompió el hielo apenas pasado el viejo pozo turco:

Duración: 09:23

El Árido Mandato de Carcosa
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Texto de ajuste de pausa.

Sucedió en el año en el que las tormentas de polvo cubrían media Hispania y la sequía arrancaba los nombres de las piedras en los mapas. Yo, Rafael Mur, llegaba desde la Universidad Central de Madrid, enviado por esa malsana curiosidad de la ciencia que a menudo invoca cosas mejor dejadas inexploradas, para documentar el extraño culto que, según rumores y artículos anónimos, había proliferado en los confines meridionales del antiguo Desierto de Hali. Hablábamos de una región fantasma, donde los camelleros evitaban dejarse arrullar por la pegajosa modorra de la tarde y los mendigos de agua soñaban en lenguas prehumanas, tal vez recuerdos de un tiempo anterior al polvo mismo.

Mi cometido era sencillo en apariencia: encontrar la fuente de unos petroglifos hallados accidentalmente en una galería cóncava, abrir el testimonio pétreo a la interpretación moderna y regresar con mis anotaciones y, si la suerte lo permitía, alguna prueba fotográfica. Llevaba conmigo apenas un par de mudas, el Kodax de fuelle que tanto apreciaba mi mujer y un fajo de cartas polvorientas de un tal Jaume Ferrer, botánico desaparecido cinco años antes mientras intentaba cartografiar las leyendas del “Desierto que Corría”.

El guía designado por la alcaldía de Lorca, un hombre de voz grave al que el polvo había quemado la piel hasta otorgarle un aspecto de ídolo erosionado, se hacía llamar Majid —y no dudo que el nombre fuera tan falso como las cartas de extrañeza en su saludo. Emprendimos el viaje en la madrugada, cuando el cielo se amarilleaba apenas y la caravana podía avanzar sin abrazos mortales del sol. Los ojos de las mulas rodaban con miedo por delante. El mundo se convertía, a medida que penetrábamos en la salina, en una geometría fluctuante: los montículos eran a veces pirámides truncas, otras veces casi cúmulos de calaveras, y el viento arrastraba la voz de una sed que arreglaba las lenguas para murmurar blasfemias.

Majid rompió el hielo apenas pasado el viejo pozo turco:

—Los hombres aquí hablan del pozo que ningún pájaro sobrevuela —dijo, ocultando la boca tras un pañuelo precioso—. Si bebes de su agua, olvidas el camino hasta a tu madre.

Lo ignoré, atribuyéndolo a una superstición nacida de noches demasiado largas en compañía de la sal. Sin embargo, sentí cómo un peso glacial caía sobre mi pecho ya desde el primer alba, y supe, con esa intuición dolorosa que recorre los hombres, que el viaje me había puesto en contacto con fuerzas antiguas, hostiles, posiblemente irremediables.

El segundo día fue un suplicio de sol y fatiga, y la tercera noche, pernoctamos junto a los restos de una columna negra, a cada pulgada cubierta por caracoles secos, símbolos irreconocibles y aves muertas cuyos cuerpos parecían petrificados de puro escozor. Majid no quiso hablar durante la cena, y yo, tras encender mi pipa, me perdí en la transcripción de las cartas de Ferrer. Una en particular me exasperó, al contener extractos que, aunque encriptados en un dialecto personal, hacían constante referencia a “la ciudad enterrada bajo la sal, donde el aire canta y el agua responde”, y una reflexión absurda sobre un “portal bruñido donde todo nombre es devorado”.

Esa noche, el viento trajo consigo un murmullo regular, como si el mar intentase entrar a la fuerza por debajo de la corteza terrestre. Dormí mal y soñé peor. Vi una planicie donde figuras encapuchadas hacían un círculo alrededor de una grieta de la que brotaba, no magma ni agua, sino la imagen muda de una ciudad sumergida bajo cúpulas de esqueleto. Desperté con la garganta reseca y el sudor inflando mi camisa.

En el tercer día, la arena adquirió un tono amarillento, casi enfermizo, y Majid me indicó una ruta secundaria, lejos de la vereda mayor. En ese punto pude atisbar, en la distancia, una cortina de formas, como una tormenta que se devora a sí misma. No había nubes ni promesa de lluvia, sólo la percepción de que el desierto, de un momento a otro, podía plegarse sobre nosotros. Fue al pie de una duna incurvada, casi perfecta, donde la arena resonaba bajo nuestros pies con una musicalidad imposible, que mi guía se detuvo y me señaló el suelo. Allí, apenas perceptible bajo la sombra de una roca, estaba la entrada a una caverna artificial, marcada por un bajorrelieve que me heló el alma: un ojo vertical y desazonador, cerrado en el sueño de algún dios alienígena, y la inscripción arcaica que sólo traduciría mucho más tarde: “Toma la sal, cruza el umbral, no nombres aquello que sueña”.

Majid se negó a descender. "El camino termina aquí para mí," susurró, y su voz no tenía la menor intención de broma o trampa. Me dejó antorchas, dos odres de agua, una daga tosca y un consejo: "No llames a nadie, no contestes si oyes tu nombre." Dudé; la idea de adentrarme solo era abominable, pero la ansiedad por desentrañar el enigma pudo más. Bajé los peldaños, cada vez más resbalosos, y la luz decreció en un tono violeta perverso.

El aire, a varios metros bajo la superficie, se volvió increíblemente frío y olía a algas podridas. El pasillo desembocaba en una especie de altar rodeado de pilares; en los surcos de la piedra caída, insectos blancos, ciegos y lentos animaban las runas de los bordes. En una esquina de la cámara, iluminada por diminutos cristales incrustados en el techo de la roca, distinguí una trampilla de metal, circular, cuyo diseño no correspondía a ninguna cultura mediterránea conocida. Lo que más perturbaba era que, apoyada sobre la trampilla, había una máscara dorada, grotesca —mezcla de traición clásica y horror marítimo—, y en el reverso, grabadas a martillazos, frases apócrifas de Ferrer:

“En la arena, la ciudad devora toda retrospección. Nada recordamos, porque sólo los dioses antiguos pueden mirar atrás sin caer en la locura. R’lyeh llama donde la sal baila. Bajo las aguas que no son agua, espera la apertura”.

Mi cordura oscilaba mientras documentaba el lugar. Me incliné sobre la trampilla, hipnotizado por la fuerza que emana de su centro. Sentí una vibración, un pulso húmedo bajo la palma de mi mano. Debí retirarme, pero la curiosidad fue mayor. La máscara parecía invitarme; su boca, toda fauces, casi susurraba desde el metal. Recordando el consejo de Majid, forzándome a no pronunciar palabra, destapé la trampilla. El hedor fue inmediato, cruel, compuesto a partes iguales de mar muerto y tierra de sepulcro.

Asomé la linterna por el hueco: lo que vi ahí desafía la razón. Descendía una escalera de caracol, pero cada peldaño parecía torcer el espacio y el tiempo: ahí brillaban constelaciones imposibles, manchas de luz líquida, figuras ondulantes —amorfas, casi transparentes— que se deslizaban una tras otra hacia algún destino abismal. Había arquitecturas que no podían pertenecer a nuestro mundo: corredores en espiral que se bifurcaban en ángulos antieucledianos, columnas de un material translúcido que desgarraba la luz como si la mente padeciera epilepsia al mirarlas. En ese mudo descenso, supe de pronto, con el espanto de la revelación genuina, que nada allí abajo era inanimado: la caverna, las piedras mismas, hasta el aire, estaban animados por la conciencia de su Señor.

El susurro se materializó en mi oído; una voz, ajena y sin embargo íntima, articuló sonidos que mi conciencia sólo pudo entender como petición: “Baja, tú que sueñas; trae tus nombres y tus lenguas. El portal se abre: el agua ha de ser sal.” Mi memoria se fracturó en ese instante, sintiendo que quien habitaba mi cuerpo en aquel sótano oceánico ya no era del todo yo.

Sin embargo, una fuerza instintiva – quizás la huella de alguna oración escuchada en mi niñez, o la urgencia de mi corazón al recordar el nombre de mi esposa –me frenó. Cerré con violencia la trampilla, sudando sangre, y ascendí a trompicones, gritando inaudiblemente a un cielo ajeno. Al salir, descubrí el crepúsculo desfigurado y ningún rastro de Majid ni de caravana. El desierto se me antojaba irreconocible: una tierra arremolinada, saturada de reflejos líquidos y fatídicos. Me lancé a correr, tropezando y sangrando, pero pronto la noche se tragó la memoria y sólo el instinto me devolvió a los límites de la salina.

Fui encontrado varios días después, desvariando, deshidratado, pronunciando en sueños un himno imposible: “En la sal, bajo el nombre, la ciudad aguarda; el nombre quema si se pronuncia; el portal no se cierra nunca.” El tiempo curó mis heridas visibles, pero hay noches, aun en la tranquilidad de mi lecho, en las que la textura de la sábana se estira y oigo el rumor lejano de esferas líquidas rodando por un túnel sin fin. Las cartas de Ferrer, demasiado quemadas por mi mano temblorosa, fueron confiscadas en custodia… pero ningún académico consiguió nunca, ni entre líneas ni por fuego, borrar los fragmentos de una ciudad que sueña con volver a devorar nuestros nombres.

Ah, que nadie cruce los umbrales donde el sueño y la sed tienen nombre propio. Yo, por mi parte, jamás nombraré lo que aguarda detrás de ese portal. Pero sé, con la certidumbre aterradora de los mortales condenados, que la ciudad, el desierto y el nombre son ahora mi herencia; y que, al final, todos bebemos de esa fuente.

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