Portada del relato La Voz en los Charcos
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Fragmento:


Todo comenzó con la carta de mi viejo amigo Gillett, profesor en la Universidad Miskatonic, quien describió su interés creciente por los cultos de la Polinesia y las viejas leyendas acerca de islas sumergidas. Su misiva rezumaba una urgencia apenas disimulada: “Ven a Arkham, es imperativo. He oído la lluvia de R’lyeh. No debo escucharla solo.” Los borrones sobre el papel y los hilos de tinta, retorcidos, ponían en entredicho su pulso habitual, lo que añadió un sabor ácido de inquietud a mi conformidad inicial.

Duración: 08:41

La Voz en los Charcos
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Texto de ajuste de pausa.

Presiento el alba tras la tormenta, aunque dudo que mis ojos alguna vez vuelvan a ver la luz. Lo que ocurre fuera de esta prisión tórrida y húmeda sigue desafiando toda lógica humana, pero me veo compelido a dejar aquí, en las páginas finales de este diario, cada pulso, cada gota de lo que presencié. Si he de perecer en la acometida de la locura, al menos que alguien descubra mi relato bajo el rumor inquietante de la lluvia interminable.

Todo comenzó con la carta de mi viejo amigo Gillett, profesor en la Universidad Miskatonic, quien describió su interés creciente por los cultos de la Polinesia y las viejas leyendas acerca de islas sumergidas. Su misiva rezumaba una urgencia apenas disimulada: “Ven a Arkham, es imperativo. He oído la lluvia de R’lyeh. No debo escucharla solo.” Los borrones sobre el papel y los hilos de tinta, retorcidos, ponían en entredicho su pulso habitual, lo que añadió un sabor ácido de inquietud a mi conformidad inicial.

Al llegar, la ciudad se encontraba cubierta por densos nubarrones, y una lluvia helada caía cortante desde hacía varios días, tan insistente que los desagües gorgoteaban como si intentaran vomitar el océano entero hacia afuera. El aire estaba saturado de un olor penetrante, mezcla de algas podridas y óxido, y la gente parecía deslizarse bajo paraguas como sombras, apurando cada trayecto para no mirar el cielo.

Gillett me aguardaba en su gabinete bajo la biblioteca principal. Fumaba ensimismado, mirando una urna de cristal llena de agua turbia donde flotaba algo oscuro. Me mostró varios libros y recortes, muchos de los cuales hablaban de la Gran Lluvia, un cataclismo marítimo en las leyendas maoríes y samoanas, trayendo con ella “los cálices de las estrellas negras”. Pero mi amigo insistía en que la “Lluvia de R’lyeh” era real y presentía su eco en la tormenta que caía sobre Arkham.

Durante las noches siguientes, compartimos largas horas inspeccionando documentos y anotaciones, escuchando el retumbar incesante en los tejados. Y sin embargo, habría jurado que, de vez en cuando, la lluvia arrojaba otros sonidos, susurros velados entre chasquidos, como si desde lo alto, innumerables voces femeninas salmodiaran un lamento. Un escalofrío me recorrió por entero cuando reconocí en aquellas voces fragmentos sibilinos de una fonética imposible para la garganta humana.

El 30 de octubre descendimos hasta los sótanos prohibidos bajo Miskatonic, donde, custodiada por tres cerrojos y palabras de ferviente advertencia, aguardaba una caja que el propio Gillett había conseguido a través de un anticuario de Sudamérica. Abierta con manos temblorosas, en su interior yacía una máscara antigua, de materia orgánica y pizarrosa, cuyo rostro anguloso presentaba tentáculos y ojos tallados en la pulpa de alguna criatura abisal.

Las primeras noches tras el hallazgo, la lluvia se intensificó. Gillett dejó de hablarme. No descansaba, no se alimentaba; solo se sentaba frente al ventanal, la máscara apoyada sobre su regazo, murmurando palabras en voz queda. Lo oí susurrar “Nyarlathotep” junto a frases que parecían desbordarse del alfabeto humano, como si balbucease la voz de algún dios subterráneo o marino. Los ríos comenzaron a aumentar su caudal, y la ciudad, alarmada, habló de inundaciones inminentes.

Fue entonces cuando sucedieron las desapariciones. Un pescador, un par de profesores, y varios niños. En las noches más agitadas se veían sombras largo y movedizas recorrer los muros empapados, y se escuchaban cánticos tan agudos y lastimeros que los perros huían aullando hacia el bosque.

Solo mucho después entendería el significado: la lluvia había traído algo, o mejor dicho, había preparado la llegada de algo. Me obsesionó un pasaje en lenguaje proto-polinesio que Gillett tradujo antes de derrumbarse del todo: “En la gran vigilia, bajo la lluvia que recuerda, los portadores de la máscara danzarán en los charcos, donde el reflejo no es de este mundo”.

La noche del 2 de noviembre, la lluvia se tornó diluvial y negra como la tinta de calamares colosales. Gillett ya había desaparecido; el agua ascendía por las escaleras; los vidrios temblaban y, en un instante, bajo el resplandor atravesado de relámpagos, vi en el patio central una congregación de figuras encapuchadas, todas ensalzando en alto imitaciones burdas de la máscara tentacular.

No estaba solo: decenas de rostros espectrales, anhelantes y deformados por la humedad, abrazaban el lodo y entonaban salmos hasta que la tierra entera parecía retorcerse. Quise gritar, pero mi voz se ahogó en un terror líquido y ácido, mientras observaba, incapaz de apartar la mirada, cómo la verdadera máscara, la original, flotó de la urna y se posó sobre el rostro de mi amigo.

Un miasma de sombras y tentáculos surgió de la boca cubierta, expandiéndose entre crujidos filosos y pestilentes. Los fieles, ahora sin rostro, reptaron entre charcos, y sus cuerpos se fundieron con la lluvia misma hasta volverse reflejos sin carne, imágenes anti-naturales, vibrando con una intensidad malsana en cada superficie mojada.

Huyendo de la tempestad, tropecé hasta el laboratorio subterráneo, los charcos rebosando figuras que no eran humanas: pulpas acechantes, extensiones oníricas de los anhelos de la Máscara y su portador. Afuera, la lluvia se tornó aún más abrumadora; el golpeteo se convirtió en himno, martillando la memoria y borrando mi concepto del tiempo.

Presa de un pánico febril, busqué resguardo entre montones de libros, y pronto toda la estancia se transformó: las paredes chorreaban símbolos desconocidos y la propia atmósfera palpitaba. A través de los ventanales pelados alcanzaba a ver la ciudad sumida en un negror marítimo, en cuyos charcos relampagueaban brazos informe, como si toda Arkham girase en el fondo de un océano primordial y ciego.

Durante horas, acaso días, extravié la razón. La máscara me susurró —no en palabras, sino en impulsos nacidos de una conciencia anterior a la carne— que los charcos son portales. Vi, desde mi escondite, a los enmascarados de la Vigilia sumergirse en los charcos y, al otro lado, revelar ciudades no humanamente concebibles, estructuras equilibristas sobre leyes que ninguna arquitectura terrícola contempla.

Las lluvias no eran sólo agua: cada gota albergaba semillas de invasión. Recordé entonces “Nyarlathotep”, la máscara de los mil rostros. En cada reflejo líquido, en cada superficie plateada, él existía multiplicado, y la lluvia era su mensaje: “Reúne a los portadores, abre la vigilia, desciende bajo los mares”. Me arrastré hasta una ventana y pude ver cómo los últimos habitantes de Arkham, al tocar el agua, eran absorbidos suavemente por los charcos, como si la gravedad hubiera cesado a su alrededor.

Y entre todos ellos, la figura de Gillett era la más prominente, cubierta totalmente por la máscara, el cuerpo extendido como un pantano viviente, que absorbía y multiplicaba los tentáculos, devorando en sus danzas los últimos gritos de la ciudad.

Aquella noche la tempestad no cesó. El humo de los laboratorios se impregnó de salitre, y el olor a mar podrido fue tan denso que vomité sangre. Mi comprensión se desmoronó por completo cuando vi, en un charco gigantesco formado en el patio, que lo que reflejaba no era el cielo de Arkham, sino un abismo abisal de geometría inversa, donde criaturas ciclópeas detrían las leyes de la biología.

Aquellos rostros, aquellas máscaras tentaculares, buscaban poseedores en el otro lado, y su culminación dependía de la fusión de ambos mundos a través de la continuidad líquida. Todo era claro: la Máscara era una entidad, engendrada por Nyarlathotep para romper la barrera entre el agua y el aire, la carne y la incorporeidad, la memoria sana y la locura esencial.

Ahora entiendo el sentido final de las leyendas: la Lluvia de R’lyeh ocurre cada vez que la ciudad sumergida clama por las almas de la superficie, y el portador de la Máscara abre la puerta. La vigilia es su rito, el agua su medium, y nosotros, simples huéspedes de viscosos dioses insomnes.

La última imagen que guardo, antes de desfallecer, es la de mis propios brazos disolviéndose en las aguas que se filtran bajo la puerta del laboratorio. No siento ya miedo: sólo una paz abisal, la certeza de que he de mirar por siempre, desde el otro lado, mientras las lluvias limpian y abisman, preparándolo todo para la llegada definitiva desde las profundidades.

Si alguien halla este diario, no busque a los ausentes. No rece ni brame. Huya, mientras la lluvia caiga. Si ve en los charcos sombras que no sean suyas, si una máscara antigua atrae su mirada, no se acerque. Porque la Vigilia está incompleta, y la tormenta busca nuevos portadores. Que el nombre de Nyarlathotep jamás retumbe en su mente. Los charcos son puertas, y esta lluvia… jamás cesará.

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