Portada del relato La sombra de los mandrágoros
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Fragmento:


Mi nombre es Henri Vauclair, un estudiante de teología y medicina en la Sorbona, y hasta hace poco llevaba una vida, si no virtuosa, al menos respetable. Entré en contacto con el manuscrito maldito –el Cultes des Goules– por mediación de una casualidad que, tras lo ocurrido, sólo puedo tildar de destino demoniaco. Era mediodía y la biblioteca de la universidad bullía de murmullos cuando el bibliotecario, monsieur Lambert, mencionó un curioso legajo recién adquirido de la colección privada de una tal madame Dubois. “Extraño, incluso para los estándares de Hamelin,” murmuró, refiriéndose al profesor versado en literatura maléfica, “pero tú sabes disfrutar estas cosas, Henri.” De modo que acepté su invitación y, aún ignorando la telaraña fatal en la que me vería envuelto, acudí esa misma noche a ver el texto en privado.

Duración: 09:14

La sombra de los mandrágoros
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Texto de ajuste de pausa.

En la médula de las tinieblas urbanas de París, al margen de las avenidas alineadas por Haussmann y más allá del alcance ordinario de la razón, existe una realidad que pocos han visto y que nadie debería buscar. Y sin embargo, hay hombres –y mujeres– para quienes la pura curiosidad puede transformarse en el océano de la locura; deseo que no reconoce límites, ambición de saber que no distingue entre luz y desesperación. Yo fui uno de esos necios.

Mi nombre es Henri Vauclair, un estudiante de teología y medicina en la Sorbona, y hasta hace poco llevaba una vida, si no virtuosa, al menos respetable. Entré en contacto con el manuscrito maldito –el Cultes des Goules– por mediación de una casualidad que, tras lo ocurrido, sólo puedo tildar de destino demoniaco. Era mediodía y la biblioteca de la universidad bullía de murmullos cuando el bibliotecario, monsieur Lambert, mencionó un curioso legajo recién adquirido de la colección privada de una tal madame Dubois. “Extraño, incluso para los estándares de Hamelin,” murmuró, refiriéndose al profesor versado en literatura maléfica, “pero tú sabes disfrutar estas cosas, Henri.” De modo que acepté su invitación y, aún ignorando la telaraña fatal en la que me vería envuelto, acudí esa misma noche a ver el texto en privado.

El libro estaba cubierto por cuero grisáceo, repujado sin letras, pero el aire a su alrededor parecía murmurante y vivo, como si albergara la memoria de manos frías y pensamientos expoliados al sosiego. Lambert había abierto la caja en la que reposaba y supe, por el brillo febril de sus ojos, que él mismo no se atrevía a leer más de un par de páginas. A solas, bajo la luz enfermiza de una lámpara de gas, me perdí en la traducción dual –francés y latín– de los primeros capítulos. La narrativa era, incluso en sus párrafos manuscritos, un retorcido miasma: nombres de brujos medievales, ceremonias deuterocanónicas apestando a tierra removida, y relatos, muy vivos, de criaturas que se desplazaban entre los sepulcros de los vivos y los umbrales de los sueños. Lo más perturbador era la voz de su narrador, un inhumano abate Drouet, que relataba, sin atisbo de ironía, los procedimientos para convocar a los “otros” al otro lado del velo y alimentarse de su saber.

Durante varias noches seguidas, los sueños corrosivos me devoraron. Yo, que nunca fui supersticioso ni miedoso, comencé a reconocer rostros putrefactos que se asomaban entre la marea de viandantes, los troles del metro, los cuerpos apilados en los catres de los hospitales. Una madrugada de niebla, en el interior del cortado barrio de Montmartre, tuve la visión absoluta: la entrada a una iglesia obliterada por los registros policiales, los vitrales rotos y un único portón de hierro con el relieve de calaveras dispuestas en círculo. La iglesia de Santa Blandina.

Decidí, o más bien fui impulsado, a visitarla. Eran las dos de la madrugada. El silencio en el lugar era tan espeso que crujía bajo el peso de cada paso. Rompí una ventana trasera y me interné, linterna en mano, perdido entre bancos derruidos y estatuas decapitadas. El altar mayor estaba cubierto de manchas negras cuyas formas recordaban al alfilerazo de miles de insectos. Al fondo, explorando los pasillos laterales, hallé una pequeña puerta custodiada por un relieve que representaba a una mujer ahorcada, la lengua extendida y trenzada con raíces.

Cuando descendí por una escalera de piedra gastada, el frío se hizo repentino y húmedo, como si hubiera penetrado la garganta de un sarcófago. Bajo la iglesia se extendía una reducción laberíntica, plagada de huesos humanos y efigies talladas en madera, todas torcidas, todas grotescamente antropomorfas. Allí, al final de ese túnel, me topé con la existencia de algo parecido a un círculo ritual; y, en el centro, una mesa de disección sobre la que reposaban letras frescas, sangradas hacía pocas horas. Me convencí, por el olor –carne y metal, azufre y humedad– de que no era parte del pasado, sino del inquietante presente.

Me incliné sobre los pergaminos: la caligrafía era la misma que en el Cultes des Goules, sólo aún más trémula y compulsiva, como si el autor hubiese escrito forzado por la inspiración de algún ente inhumano. Narraba, con precisión escalofriante, la última ceremonia: los miembros de la secta profanaban no sólo tumbas sino cuerpos vivos, mediante una operación a medio camino entre la cirugía y la nigromancia, extirpando trozos de cerebro que ofrecían como manjar sacramental para que “allí donde habite la muerte despierte cuanto fue bello… en el abismo, allí encontraréis al Maestro”. De pronto, sentí que no estaba solo. Un ruido viscoso, un arrastrar de pies, provenía de un corredor apenas visible por mi luz vacilante.

No sabría decir si lo que vi fue una alucinación, producto del miedo y de los vapores fétidos que llenaban el aire, o si era una manifestación real del horror que cultistas como el abate Drouet habían alimentado durante siglos. Ante mí se arrastraba un ser encorvado, doblegado por su propia fealdad, vestido con ornamentos clericales corroídos. Su rostro –o lo que alguna vez fue un rostro– pendía como cera derretida de un cráneo anguloso; sus ojos, profundos y vacíos, titilaban con la pátina de la muerte. Venía acompañado de por lo menos tres más, apenas distinguibles en la penumbra, que murmuraban mientras pasaban la lengua por dientes y encías ensangrentadas, como mirándome con un hambre que superaba cualquier glotonería de este mundo.

Retrocedí hacia la salida, pero la puerta, detrás de mí, se cerró con un estrépito de piedra. El ser principal, que debía medir al menos dos metros si se erguía de su harapiento encorvamiento, alzó una mano rematada en dedos pálidos y deformes, y pronunció palabras en un francés medieval que mi mente sólo pudo traducir en destellos: “Corazón de sabio, lengua de mártir, tráenos el sabor de otro lado…”. Sentí que el frío aumentaba y cada músculo se paralizaba. Apenas podía respirar, mi pulso era un tambor que aporreaba la locura. Y entonces, para mi eterna condena y repugnancia, uno de los acólitos de aquella misa negra, menos corroído que los otros, se adelantó y deslizó un cuchillo ceremonial sobre mis manos, dejando que mi sangre cayera sobre los huesos del altar. Los otros se inclinaban y murmuraban, cada vez más rápido, hasta que la piedra vibraba, y del suelo emergió una cabeza pequeña, como de niño, cubierta de raíces, con los ojos inmensos y vacíos, pero con una lengua púrpura y larga, que lamió mi sangre con lujuria impía.

Lo siguiente lo viví con conciencia disminuida, asustado, casi desmayado, pero incapaz de apartar la mirada: los cultistas comenzaron a sangrar igualmente, armonizando en un himno aflautado, y uno a uno fueron apuñalando sus propias lenguas para extraer un trozo, que ofrecían a la entidad. Ella se engullía esos fragmentos y en cada lametón desbordaba energía que parecía temblar en el aire, no luz sino negrura líquida, un saber antiguo y abismal. Supe –entendí en lo más básico de mí mismo– que esa era la ceremonia del ascenso: la simbiosis entre humano y ghoul, la transformación que prometía el Cultes des Goules. No sólo cadáveres eran festín para esos monstruos: también la memoria, el miedo y la carne viva.

Mi conciencia casi cedió entonces. Uno de los seres se agachó ante mí y susurró: “Tú no eres invitado, pero llevas su palabra en tu sangre… ahora serás altar.” Sentí la presión de su puño en mi estómago, la incisión rasgando la piel, la lengua de la criatura deslizándose para beber no sólo la sangre sino algo más. Perdí el conocimiento, hundido en un abismo sin tiempo, donde mi nombre se disolvía y mi mente rozaba el sinsentido de insondables cementerios astrales.

Desperté, horas o días después, en un hospital, cubierto de vendas, el cuerpo acalambrado, la garganta arrasada. No pude hablar durante semanas. Los médicos no comprendieron la naturaleza de mis heridas; los forenses alegaron autolesiones, pero no encajaban con ningún instrumento humano. Lo peor, sin embargo, no fue el dolor físico: fue el saber. Un fragmento de la ceremonia, un legado envenenado, quedó impreso en mi memoria: nombres, fórmulas, el horror de lo que realmente se practica bajo el antiguo nombre de “culto de los ghoules”.

De noche sigo oyendo sus himnos desde lo profundo de la tierra, y a veces percibo el perfume de la carne putrefacta cuando pasa una monja anciana o un sepulturero. Lamento, en mi insomnio, haber abierto aquel libro, pues lo que vi en la iglesia de Santa Blandina no fue sino un atisbo de la trastienda voraz del mundo: una región donde los muertos no sueñan, sino conspiran, y los vivos bailan en la cuerda floja de convertirse en banquete, herramienta o poema para los antiguos.

A quien lea esto, sólo una advertencia: si alguna vez encuentra usted un ejemplar del Cultes des Goules —sin importar la tentación, el aburrimiento o la sed de saber—, huya y no mire atrás, pues entre las páginas de ese libro anida la verdadera, delicada y repugnante simbiosis de la muerte y la palabra. No existe redención para quien cruza ese umbral, sólo el lento despertar al horror de un mundo demasiado grande para los sueños de los hombres.

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