Fragmento:
Lo acaricié —y una descarga helada trepó por mis dedos, un arrebato de fiebre y funerales. Leí. Yo, que me burlaba del más allá, que jugaba con el alma humana como un cuerdo con una cuerda, balbucí al intentar hilvanar aquellos versos:
Duración: 09:26
El invierno —ese parásito insidioso de huesos y espíritu— había colonizado Antoniais, un villorrio francés que se aferraba indolente a las últimas rampas de los Montes Vosgos. La nieve caía sin tregua, una mortaja cerrada sobre patios y tejados, y los habitantes se acurrucaban alrededor de las brasas, mascullando letanías y temores viejos como la sangre. No era la crudeza del frío lo que roía los pensamientos de los pocos que aún osaban recorrer las veredas, ni el ulular abyecto del viento nocturno. Era el rumor —no, el conocimiento tácito— de que en el osario de la iglesia, bajo la losa jadé de la cripta profanada, un libro callaba y escuchaba.
No era una biblia ni grimorio cualquiera. No estaba impreso por Gutenberg ni copiado por frailes temblorosos. Era el Cultes des Goules. Y yo, Jean-Aymard de Maucourt, descendiente maldito de los Châtillon y buscador de las infamias que carcomen la raíz del Hombre, fui impelido por una curiosidad siniestra hacia los terrores que encerraba el volumen, atolondradamente catalogado como folio dieciochesco, pero más antiguo y rapaz.
Había llegado a Antoniais por sendas bifurcadas del capricho y la desesperación, desterrado por todos los cenáculos racionales de París, tras el escándalo de mis experimentos mesméricos y la ausencia inexplicable de mis asistentes. Mi único cómplice, el abad Clovis, un bebedor de secreta erudición, me susurró cierto atardecer —con la lengua abotargada de jerez y miedo— que el padre Ambroise, último rector de la lóbrega parroquia del Cristo Sepultado, había dejado su sello en aquel vil cuaderno negro. "Ve a la sacristía en la noche del día más corto, después de la novena," gimió entre hipo y plegaria, "y escucha lo que no debe nombrarse."
Me reí en sus fauces y acepté el reto. La víspera del solsticio, envuelto en la rudeza de la lana y el amuleto de ónix que me había obsequiado mi siniestra tía Algonde, crucé las desnudas calles, flagelado por aguaceros invernales y la abominación de que siete ventanas iban encendiéndose y apagándose a mi paso, como si transitaran sombras tras los postigos. El atrio estaba desierto, salvo el enrejado donde colgaban cuervos despellejados para ahuyentar a los muertos inquietos; pero, al traspasar el umbral mohíno de la nave, sentí el peso de miradas ciegas babeando antiguas pestes.
No encendí ninguna vela, pues la luna, pálida y tísica, se colaba fríamente a través de los vitrales astillados. El eco de mis pasos era repugnante, como el corvejón de un animal herido. Descendí al osario, abriendo la trampilla que sólo chirraba cuando la cruzaba un alma menos que humana. Las piedras rezumaban humedad y algo más: la necrofilia de milenios, el apetito insaciable del barro en que se había macerado la carne sacerdotal, la de los herejes, la de los inocentes.
La cripta albergaba una mesa de altar, herida por cuchilladas pretéritas. El suelo pulido ladraba debajo de mis pies. En el centro, floreciendo como una úlcera, estaba la caja que yo buscaba: una caja de madera negra, inyectada con clavos de azogue y forrada de terciopelo púrpura ajado. La abrí, haciendo bailar las motas de polvo, y allí lo vi: el Cultes des Goules, fétido y deslumbrante al mismo tiempo. Sus páginas estaban enloquecidas de glifos y gravados, con carnes abiertas y vergeles de cráneos, letrinas parapravosas donde la tinta se desbordaba como la sangre vieja.
Lo acaricié —y una descarga helada trepó por mis dedos, un arrebato de fiebre y funerales. Leí. Yo, que me burlaba del más allá, que jugaba con el alma humana como un cuerdo con una cuerda, balbucí al intentar hilvanar aquellos versos:
"Los que se alimentan de sepulcros
Cuecen su hambre en la obsidiana de la aurora
Volverán con la lluvia, con las uñas rotas…"
Un murmullo, tan sutil como la noche, se deslizó entre las viejas paredes. Pensé que era el viento; pero no, era una lengua, un idioma hecho de carne y entropía. Sentí que algo reptaba tras los estantes —y aunque sólo debía ser hueso y polvo, juraría que oí el roce viscoso de algo mojado contra la piedra.
Ignoré el sobresalto; es más, lo anhelé. Todo erudito anhela su condenación secreta, y yo era el más hambriento de todos. Continué leyendo, unas líneas que no estaban impresas, sino impresas a fuego dentro de mi cabeza:
"Rindan ofrendas a los sin nombre,
Lamen la carne podrida del mundo,
Prolonguen la corrupción que envilece el vientre de la madre.
Sus rostros: una amalgama de gritos y gusanos.
Su festín: la memoria que sangra."
El frío se hizo denso, casi lacerante; vi mi aliento emerger en ristras que parecían manos estrangulando el vacío. Noté—con un espasmo de horror y fascinación—que la tapa del Cultes des Goules brillaba débilmente, y un hedor súbito, indecible, me estremeció el estómago. El libro, lo comprendí entonces, no era un objeto: era una puerta.
Detrás, algo llamó mi nombre. Lo susurró en una voz en la que vi la sonrisa perdida de mi madre, la risa cruel de mi tía Algonde, el gemido del padre Clovis. Yo, Jean-Aymard, empedernido descreído, me puse de rodillas como un niño, intoxicado de temor y un goce abismal.
El aire se descompuso; era como si se desmoronara la lógica, como si la bóveda de la cripta se curvara bajo la presión de una presencia que no cabía en los límites de esta realidad. Percibí, extrayéndose de los muros, criaturas amortajadas, conjuradas por los pasajes impíos del libro. No tenían ojos; sus bocas abiertas eran cavernas, negras e insaciables. Torsos desgarrados y garras que suplicaban, rogando compañía. Venían del subsuelo, del hambre y la memoria, y danzaban en círculo alrededor de la mesa, susurrando en acentos que herían el oído y la esperanza.
“Récitez avec nous, Aymard…” pidieron.
No sé por qué obedecí. Tal vez ninguna voluntad es propia cuando se absorbe el néctar maldito de la sabiduría prohibida. Recité con ellos, los versos que se gestaban invisibles, nacidos del asco, del dolor, de la promesa pálida del aquelarre eterno:
“En la sombra, todo se deshace,
En la fría raíz, la carne encuentra a su amo,
Unidos por la podredumbre, somos germen y cosecha,
La muerte engendra al maestro, y la vida no retorna.”
Mientras pronunciaba aquellas palabras, sentí cómo, desde los dedos hacia el corazón, los tejidos flaqueaban, como si la edad avanzara un siglo en un parpadeo. Vi las uñas ennegrecerse, la piel caer en filigranas, los ojos perderse en la cuenca. Pero mi alma —oh, insensato lector de abismos— florecía en una luz oscura, febril.
Los ghouls me ofrecieron su abrazo; abracé aquel festín de repugnancia, y caí sobre la mesa, besando la portada del Cultes des Goules. A lo lejos, desde el pulso de la villa dormida, se alzó un lamento, como si la vida del pueblo respondiera a mi metamorfosis. Oí el tañido de la campana, aunque no había quien la tocara: el anuncio de que el aquelarre iniciaba su plebiscito final.
Fui despojado, vaciado y reconstituido. Fui carne y hedor, memoria voraz y hambre sin fondo. Juro que, en algún resquicio de humanidad, me resistí. Recordé las palabras del abad Clovis: “Nunca traerás la lámpara a la tumba si no quieres que la oscuridad la beba.” Pero, en la febril euforia de los malditos, esos consejos eran como piedras arrojadas al mar profundo, inútiles y ahogados.
Las criaturas —mis nuevos próceres, mis amantes y mis jueces— danzaron sobre mí, desgarrando con besos mis huesos y mi cordura. Sus dedos, astillas sordas de memoria, succionaban historias y terrores que yo ignoraba haber vivido. Vi, en panoramas abisales, torturas y festines antiguos, elvisceraciones en las criptas de Babilonia, sodomización de difuntos en la Necrópolis etrusca, y banquetes de carne regicida en la Roma prestidigitaria.
Al fin, cuando el libro se cerró violentamente, desperté; pero no era ya Jean-Aymard. Era otro —o, peor aún, era los muchos. Mi cuerpo se arrastró fuera del osario, portando el Cultes des Goules bajo el brazo. Debía regalarlo, trasmitir este compendio del asco, perpetuar la plaga.
La villa me recibió con las persianas cerradas y las puertas bloqueadas. Nadie se atrevió a mirarme salir, pero todos sintieron la transmutación. Vi al abad Clovis mirándome, desde la mentira de su ventana, crucifijo en mano y oración abortada. Sabía que pronto, como el hambre que no distingue entre vivo ni muerto, el libro buscaría sus manos. Porque, lector mío, si has llegado hasta aquí, coincide tu sombra con la mía. El Cultes des Goules siempre halla un pupilo, una bestia dispuesta a devorar y a ser devorada.
Así, con el libro ardiendo en mi pecho hueco, desaparecí entre la nieve y el excremento de los cuervos muertos. Los que han visto la muerte desde dentro saben que siempre hay un pasillo adicional, un abismo extra. Aquello que dormita bajo tierra vigila, escucha, y anhela nuestros sueños —y el Cultes des Goules es la llave tardía de esas pesadillas.
¿Harás tú lo correcto cuando el libro se deslice bajo tu almohada, y los ghouls susurren tu nombre desde la tierra mojada? ¿O abrirás, como yo, la puerta?
Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.