Fragmento:
Giroux me pidió que documentase sus últimas investigaciones para la posteridad. Que diese voz a lo innombrable, pues la salud que me restaba y el escepticismo emponzoñado de mis noches de insomnio eran tal vez la única coraza contra el horror que él mismo no pudo resistir. Ahora transmito su testamento —ya no hay piedad para mí; solo espero la futilidad del alba y no su puesta.
Duración: 09:19
Las sombras de la vieja Europa se extienden como vendas raídas, tapando los ojos y aturdiendo el alma de los incautos. En París, donde los tejados de pizarra cortan el cielo como cuchillas y donde las piedras contienen la memoria de siglos de sangre y olvido, se esconde el saber prohibido —saberes que debieron perpetrarse solo en sueños o en la infernal penumbra de pesadillas convulsas.
Madrid, 1927. Rememorando el plomo y vino del café Gijón, me retumban las palabras de mi desdichado amigo Jean-Léon Giroux, historiador expulsado de la Sorbona por herejía y miembro del círculo más perverso vinculado a De Montes, autor del infame “Cultes des Goules”. Recuerdo cómo temblaba su mano bajo la linterna, el cigarro apenas encendido, cuando pronunciaba la sílaba “Dy-thal-la”, como si la arrullara la serpiente del Edén o un viento capaz de resquebrajar paredes medievales.
Giroux me pidió que documentase sus últimas investigaciones para la posteridad. Que diese voz a lo innombrable, pues la salud que me restaba y el escepticismo emponzoñado de mis noches de insomnio eran tal vez la única coraza contra el horror que él mismo no pudo resistir. Ahora transmito su testamento —ya no hay piedad para mí; solo espero la futilidad del alba y no su puesta.
En una carta manchada de vino negro, Giroux me escribió:
“David, hermano mío, temo por mi cordura. El abismo se ha abierto en los sótanos de la rue des Squelettes. No me atrevo a regresar este otoño, pero la última noche fui testigo de algo que robó los colores al mundo y me arrastró hasta el umbral de lo innombrable. Si lees esto es que he fracasado en sellar su criptograma con ignorancia. Que el relato sirva de advertencia para los que pretendan cavar bajo la geografía de la carne…”
Con esa misiva comenzó mi obsesión, y, desobedeciendo su súplica, hurgue entre las ruinas y las alcantarillas de París, atendiendo, como un médium de los condenados, a los restos de historia oculta bajo el lodo y el escarnio. La Rue des Squelettes, así llamada por el osario medieval que late bajo sus cimientos, es una arteria moribunda, ignorada en las guías, poseída por los tragaluces empañados y el olor agrio de los evacuados. Sólo una taberna, “Le Chien Muet”, conserva su nombre en los labios de los vivos, y únicamente en la trastienda, emparedados con botellas añejas y libros prohibidos, se murmura el culto de los goules.
Entré en esa taberna un anochecer de octubre, buscando apaciguar los lamentos de mi conciencia y apurando el licor que aturde la mente y limpia la memoria. En una esquina, cubierto por una capa de cuero deslucida, un anciano cuya piel parecía pergamino mojado recitaba, casi en trance, los versos de Rimbaud. Cuando solté la palabra, aquella sílaba extraña, “Dythalla”, el rostro del hombre se contorsionó y sólo me susurró: “Si quieres el sendero, toma la llave bajo la lámpara y desciende. Ruega no escuchar el segundo rezo.”
El pánico era palpable en mi lengua, pero la curiosidad y la huella de Giroux ardían más que cualquier razonamiento. Tomé la diminuta llave de hierro, descendiendo una escalera de caracol a un sótano insospechadamente profundo. Mis pasos pronto se amortiguaron sobre huesos, no piedras; cráneos y costillas sepultados bajo siglos de lodo y derrota. Las paredes estaban tapizadas de dibujos grotescos, tal vez garabateados por manos alucinadas: seres reptantes con extremidades plomizas, bocas afiladas y lenguas como látigos, alimentándose de sombras cuya silueta era inhumanamente retorcida.
Más abajo, el aire se licuaba, impregnado de la dulzura rancia de la descomposición y el penetrante amoníaco de lo antinatural. Allí, en un atrio circular, una docena de figuras encapuchadas celebraba un rito que era a la vez orgía y sacrificio, misa blasfema y pesadilla: sobre la mesa de piedra, una mujer yacía con los ojos en blanco, las manos atadas con cuerdas mugrientas y el vientre marcado con signos arcaicos. Un sacerdote vestido con túnicas de cuero oscuro elevaba un cáliz pálido cuyo contenido se removía con vida propia.
El lenguaje era gutural, sibilino, y evocaba, incluso en mi aturdimiento, la sonoridad de aquel nombre prohibido: Dythalla. El cántico ascendía en intensidad, los presentes contorsionaban sus cuerpos, y el aroma que surgía de la copa era dulzón, embriagador, pero también signo de podredumbre ancestral. Uno de los oficiantes alzó una daga ornamentada con huesos humanos y, tras una rápida oración, sumó su voz al clamor:
“¡Por la Madre Lamida, la Sedienta en los Pozos, que se sacie el Hambre y nunca el olvido devore nuestra sangre!”
Entonces, la sangre manó de la muchacha y fue recogida en el cáliz de marfil. Todos los presentes se turnaron para beber, estremeciéndose como si recibieran un éxtasis devastador, un acceso a otra percepción superior… o, tal vez, abismal. No recuerdo cómo mi cuerpo logró retroceder hasta la salida. Mis piernas sangraban, desgarradas entre huesos afilados y la crudeza de los excrementos. La mente se diluía; sólo el miedo era real, un miedo que me aullaba con lengua de sierpe: “No escuches el segundo rezo.”
Al regresar a mi mísera pensión, la fiebre tomó mi cuerpo. Soñé con osarios vivientes: túneles donde los muertos no yacen, sino reptan, lamen, suplican. Y en el centro de todo, bajo arcadas de huesos y lágrimas de obsidiana, una forma sinuosa y grotesca como el limo primordial, ofrecía la copa manchada a bocas voraces cuyas lenguas eran negras como pecados aún no cometidos. Dythalla, madre de la hambre y el consuelo, madre de lo que nunca se sacia, susurraba secretos que agujereaban mis tímpanos hasta sangrar.
Pasaron días —o tal vez años; el tiempo perdió toda coherencia. Afuera, París continuaba en su bullicio, ignorante del abismo justo bajo sus pasos. Sin embargo, aquellos que probaron la sangre, aquellos que se estremecieron bajo la sombra de los huesos, no volvían a envejecer como los demás; sus ojos ardían con la luz fría del hambre eterna, y bajo sus uñas, a veces, brillaba una capa translúcida y viscosa, signo inequívoco de la bendición —o maldición— de Dythalla.
La segunda carta de Giroux, fechada semanas después, rompía el último reducto de incredulidad:
“David, sé que has encontrado el sendero, y temo que no puedas dar la vuelta. Yo lo intenté; lo juro. Quizá, si llegas más lejos, hallarás respuestas que yo no soporté. Lo que yace bajo los huesos, lo que se alimenta del culto, no es una mera diosa, no es sólo pesadilla. Es una realidad indecible, hecha de hambre, lujuria y desesperación. Si decides penetrar el círculo más interior, lleva contigo un rosario, una oración olvidada; algo que recuerde tu humanidad cuando ya no la reconozcas en tu corazón. Porque Dythalla come lo que no se nombra, y deja atrás monstruos con cara de hombre.”
Vacilé, pero el horror se había vuelto mi única pasión. El invierno trajo consigo nieblas perpetuas y el eco de pasos clandestinos. Una noche, incapaz ya de dormir, descendí otra vez. Como un autómata dominado por el anhelo del terror, atravesé una vez más el sótano hasta el atrio, donde sólo quedaba la luz de cirios negros. El cáliz seguía allí, humeante con una sustancia que parecía moverse al ritmo de mis propios temores. Un cántico lejano resonaba: “Madre de la Sed, Madre de la Lengua, lléname con tu sabiduría hasta que ya no quede hombre en mí…”
Un impulso de locura —o de resignación— me llevó a tomar la copa y, rebelde ante el mandato, la llevé a mis labios. El licor era espeso, cálido como fluidos vitales, y su sabor una mezcla de pasión prohibida y la pastosa nostalgia de la infancia. Las voces muertas clamaron en mi oído; sentí la presencia horrible, abrumadora, prismática de Dythalla deslizarse por mis entrañas. Entendí, en variaciones de colores imposibles y sensaciones reptantes, la razón de su culto: la sangre no es solo vida, es memoria; los huesos no son mero testimonio, son la miga esencial del hambre.
Así, me convertí, como Giroux antes que yo, en recipiente. Buscador. Maldito. Ahora, cada noche sueño con la segunda plegaria: el altar, la sangre, el orgasmo de la muerte redimida por la lengua de la diosa. Me descubro a media noche rascando las paredes, ansiando el sabor cobra de la humedad, y sintiendo, tras la lengua, un apéndice nuevo, insaciable, sedienta herencia de Dythalla.
Algunos afirman que, en noches sin luna, si uno se sienta lo suficiente en “Le Chien Muet”, la copa resucita en manos de algún desconocido, y la plegaria recomienza su ciclo. Yo, reducido a la penumbra de mi habitación, sólo puedo advertir: los cultos de los goules no prometen el éxtasis, sino la transformación. Lo que bebes, lo que devoras, lo que rezas, terminará devorándote.
Que no sea tuya la segunda plegaria, viajero. Porque entonces, la lengua de la diosa reclamará lo poco humano que quede en tu boca. Y el susurro de los pozos profundos no será nunca más silencio.
Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.