Portada del relato La sima de la penumbra
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Fragmento:


—¿Busca cama, forastero? —me preguntó sin cortesía.

Duración: 10:53

La sima de la penumbra
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Texto de ajuste de pausa.

Entre esas cinco posibilidades de título, cualquiera podría corresponder a lo acontecido en los días perdidos de 1928 en la meseta castellana, donde la llanura parece esconder bajo su tierra seca secretos más húmedos e inmemoriales que la memoria misma. Este relato lo he disimulado bajo memorias alcohólicas y la máscara de la incredulidad, pero cada vez que improviso un viaje a Urueña, cada vez que la calima de verano sacude el cereal, mi sangre se hiela de nuevo y sueño con abismos sin fondo cavados por lenguajes imposibles. Permítanme comenzar donde toda cordura termina: en la llegada al pueblo.

Fue en una tarde turbia de junio cuando aparqué mi camión destartalado en la entrada del caserío. Yo, Ignacio Segovia, vendía medicinas y licores por toda la provincia de Valladolid—profesión que me aseguraba un techo esporádico, pan, y una libertad menguada por la necesidad. Las cuentas atrasadas me habían empujado aun más al campo, alejándome de los pueblos mayúsculos que conocía y obligándome a visitar lugares extraños del mapa. Urueña estaba descrito en los libros viejos como “villa amurallada donde el tiempo no pasa”, y entre líneas podía leerse “donde el diablo olvidó perder el alma de sus ovejas”.

Desde la primera pisada tuve la certeza de que allí la realidad estaba torcida, como un cuadro colgado a medias en una funeraria desierta. El silencio, para empezar: fagocitaba incluso el rumor del viento, que en esas tierras debería ondular perpetuo entre espigas y encinas. La única taberna, pegada contra la muralla, exudaba un olor rancio a vino picado y humedad estanca. El posadero, un hombre escuálido y sin edad, me observó con la fijeza de un ave rapaz.

—¿Busca cama, forastero? —me preguntó sin cortesía.

—Solo una noche, si es posible —respondí, mientras trataba de sonreír con mis carcomidos dientes de comerciante pobre.

Mientras me entregaba la llave, su mano tembló: un temblor apenas perceptible, pero que advertí tan vívidamente como el movimiento de un segundero en una habitación sin relojes.

La cena transcurrió lenta, bajo la luz titilante de una lámpara de aceite. Otros dos parroquianos se acodaban en la barra, murmurando en voz tan baja que parecían recitar plegarias a alguna santa o a cualquier otra cosa que ronde los límites de la razón. A cada instante, sus ojos se posaban en mí y rehuían como si contemplar un foráneo leyera en sus pensamientos.

Entre bocado y bocado, oí lo que podría ser una nota de agua, una gota resonando en piedra. Supuse una tubería antigua. Pero aquel tintineo era regular y grave, como un campanillo sumergido. Al levantar la vista, me encontré con la mirada vacía del tabernero.

—¿Ha oído hablar usted del pozo de Urueña? —preguntó él abruptamente, como si la pregunta hubiera madurado dentro de su cráneo durante horas.

—No, no he oído —contesté, a medio camino entre el desdén y la curiosidad, esperando que fuera el típico bulo pueblerino.

Se inclinó y murmuró tan bajo que tuve que estirar el cuello.

—No salga por la noche. Aquí, no se sale después del toque de ánimas.

—¿Por superstición? —arriesgué con media sonrisa, aunque el escalofrío era sincero.

Él no sonrió. Solo desvió la mirada. Terminé mi sopa y subí a la habitación.

Intenté dormir, pero la madera crujía con la cadencia de pies descalzos, y el olor a humedad se intensificó hasta ser casi salobre, como si la mar que nunca había visto en Urueña hubiera brotado bajo los tablones del hotelito. Me levanté tres veces al lecho, sin saber si me despertaban sueños o voces amortiguadas de la tierra.

En un insomnio atolondrado me asomé a la ventana, y entonces la vi: una procesión. Bajo la luna menguante, seis figuras envueltas en capas oscuras marchaban arrastrando los pies en dirección al centro de la “villa”, a donde sabía que debía estar la iglesia derruida que mencionaban las guías. Portaban faroles cubiertos y sólo uno, un anciano encorvado, llevaba una cuerda enrollada sobre el torso desnudo, marcada por cicatrices y pústulas amarillentas.

El instinto—ese mismo que salva y condena—me llevó a seguirlos sigilosamente, pisando sobre la hierba espesa junto a la tapia rota. Nadie me vio ni delató mi presencia, aunque juraría que el aire mismo murmuraba en una lengua gutural y reverberante que no era castellano ni ningún idioma tolerado por Dios. En la plaza, oculto tras una pila de piedra, vi cómo destapaban el pozo. Era negro como la boca de una bestia. Aquellos seis se rodearon alrededor, murmurando salmodias ininteligibles en una cadencia sobrehumana, como si la pronunciara en ondas dentro del agua.

El anciano se acercó a la abertura, alzó la cabeza como un ahogado que aspira la última gota de aire, y comenzó a cantar. No una canción: era una vibración subterránea que hacía estremecer mi columna. La cuerda resbaló de su hombro y fue soltada a las profundidades del pozo. Durante minutos larguísimos, ese cántico, sustentado por repeticiones corales de los otros, llenó la plaza. Hasta que una de las mujeres—descifré por la voz—se arrodilló llorando: su lamento era tan antiguo y desesperado que supe, sin saber cómo, que estaba rogando perdón a algo que ni siquiera tenía rostro.

Entonces algo tiró de la cuerda.

Y todos callaron.

El anciano, con el rostro desencajado, asió el extremo y tiró: la cuerda venía tensa, chorreando agua oscura y una especie de limo verdoso. Lo que emergió—sólo en parte, sólo por segundos—era imposible. Era un tentáculo viscoso y blanco, con ventosas enormes como platos de loza y una piel que parecía rezumar una baba fósil que refulgía bajo la luna. Ninguno flaqueó. Solo la mujer arrodillada gemía, cuyo lamento fue acallado por la mano de otro que, apresuradamente, le cubrió la boca.

El tentáculo tanteó el borde, buscando, oliendo. Al anciano no le tembló el pulso: sacó de un saco una ofrenda—algún animal, quizá una cabra recién degollada—y lo lanzó a la sima. El tentáculo lo engulló y, tras un largo instante, desapareció de un tirón que arrancó un gemido a toda la plaza. Solo entonces, deshaciendo el círculo, comenzaron a marcharse, recogiendo la cuerda y sellando el brocal con piedras señaladas con signos que, más tarde supe, recordaban a los grabados vistos en ciertos tomos prohibidos: líneas curvas y geometrías líquidas que ni Euclides ni Pitágoras supieron clasificar.

No sé cuánto tiempo estuve sin respirar, sin sentir. Cuando desperté a mi cordura, ya la plaza volvía a ser un páramo de piedras, y los pájaros callaban.

Al día siguiente intenté preguntar, procurando disimular mi horror con una amabilidad forzada. Pero todos sabían que yo había visto. A mi mesa no se sentó nadie. Los niños apenas salían de sus casas. El médico local, un hombre de bigote blanco y ojos exhaustos, se me acercó taza en mano.

—Marchese cuanto antes, amigo. Aquí los forasteros no entienden...

Le pregunté qué era “eso”.

Él suspiró.

—¿Ve usted ese pozo? Se dice que lo excavaron los moros, pero mi abuelo siempre decía que era anterior a los moros, anterior a los romanos, aún. Yo lo he visto lleno solo una vez: cuando la riada de hace veinte años… pero entonces se desbordó y encontramos cosas… cosas que no pueden ser descritas a la luz del día. No son de aquí, Segovia. No son de ningún mundo que demos por real.

Quise marchar. Por Dios, mandé al demonio maletas y clientes y quise tomar el camino de regreso a Valladolid antes de anochecer. Pero el camión, tras rugir como un becerro, se negó a encender. El humo pestilente brotaba del capó como un aliento salido de otra garganta más profunda. Los hombres de la taberna, apartando la mirada, se negaron a ayudar.

Me encerré en la habitación, pasando horas aterrado, intentando no oír el burbujeo subterráneo que ya se repetía, aunque soñara estar lejos. Esa segunda noche fue peor que la anterior. Desde la cama, sentí el golpeteo cóncavo—ese mismo que había oído en la taberna—pero ahora mucho más cerca; rozando la ventana, como si un millón de burbujas se desplazaran bajo el suelo, surcando raíces y cadáveres de lo que otrora fueran mártires. El sueño me venció a trompicones, despierto cada quince minutos, la garganta seca, el sudor helado.

No sé a qué hora exacta me despertaron los gritos. Me asomé y vi antorchas corriendo en la plaza, chillidos de histeria contenida, y, hacia el pozo, la figura del anciano que había dirigido la ceremonia levantando en brazos algo blando y tibio: era un niño, con la cabeza ladeada, los ojos abiertos pero ya ciegos. Se echó a andar hacia el brocal mientras otros dos clamaban por misericordia, rodillas en tierra. Antes de poder pensar—dioses me perdonen—corrí. Abrí la puerta, me lancé escaleras abajo y eché a correr campo a través, directo a la carretera, con el rugido aceitoso del camión rebotando en el cerebro. Nadie me siguió. Nadie, al menos, que fuera humano.

Corrí hasta caer de bruces, exhausto, kilómetros fuera del pueblo. El amanecer me encontró oculto entre cañas, mordiéndome las manos para no llorar. No regresé a buscar el camión. Cualquier ropa, cualquier objeto, era preferible perderlo antes que la vida. Un agricultor, sorprendido, me llevó en su carro hasta la estación de Medina de Rioseco. No pronuncié palabra, y menos aún cuando vi, a lo lejos, la bruma enroscándose sobre los tejados de Urueña, como una mano húmeda recorriendo los cabellos de un cadáver.

Hoy, tantos años después, aún repaso los hechos para buscar un resquicio de racionalidad. He leído sobre Cthulhu y aquello que dormita bajo el océano, en relatos importados de América, traducidos burdamente. Allí todo resulta menos verosímil: ¿qué interés tendría un dios marino en la meseta, lejos del mar y su locura salina? Pero algo, debajo de Urueña, rezuma las mismas pulsiones abisales, el mismo idioma olvidado. Quizás las realidades de los cultos prohibidos son más anchas que los mapas y las líneas costeras. Quizás ciertos pozos comunican con abismos anteriores al hombre y a toda historia. Y en los campos, entre murallas y trigales, hay quienes aún ofrendan sangre bajo la luna, para mantener dormido al que espera, bajo cien mil capas de silencio, a que la Humanidad olvide tener miedo.

Por eso, si alguna vez pierdes el rumbo en las carreteras de Castilla, y, entre la calima y el campo, divisas un pueblo amurallado detenido en el tiempo, asegúrate de no pasar la noche entre sus piedras. Porque hay pozos que beben de profundidades que ningún pozo humano ha alcanzado jamás. Y las cosas que beben desde el otro lado no olvidan. Nunca olvidan.

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