Portada del relato La sima de la noche última
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Fragmento:


Debo confesar, antes de comenzar con el relato de mis experiencias en la colonia septentrional de Beaulac, que mucho ha cambiado en mi percepción del tiempo y la muerte desde aquel invierno perpetuo cuando el doctor Laroque me llamó, urgido por circunstancias que sería incoherente calificar simplemente de insolentes ante la razón. Por entonces, yo era aún joven y la vida en París me había curtido con cierta arrogancia frente a lo desconocido. No podía suponer que en la penumbra de los vastos bosques de pino y en la gris inmovilidad de los lagos sin nombre del norte, dormía un horror más antiguo que la memoria de los hombres.

Duración: 09:38

La sima de la noche última
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Texto de ajuste de pausa.

Debo confesar, antes de comenzar con el relato de mis experiencias en la colonia septentrional de Beaulac, que mucho ha cambiado en mi percepción del tiempo y la muerte desde aquel invierno perpetuo cuando el doctor Laroque me llamó, urgido por circunstancias que sería incoherente calificar simplemente de insolentes ante la razón. Por entonces, yo era aún joven y la vida en París me había curtido con cierta arrogancia frente a lo desconocido. No podía suponer que en la penumbra de los vastos bosques de pino y en la gris inmovilidad de los lagos sin nombre del norte, dormía un horror más antiguo que la memoria de los hombres.

La invitación me llegó con una carta escrita en la letal caligrafía nerviosa de Laroque. Su letra, normalmente firme y culta, titilaba sobre el papel como si la mano que guiaba la pluma actuara bajo un mandato ajeno. El mensaje era urgente, casi implorante, y apenas ofrecía detalles. Hablaba de descubrimientos en su investigación antropológica, de misteriosas ruinas cerca del lago Chambault y, lo que posteriormente encendería mi curiosidad, de una dolencia mental que minaba a los habitantes de Beaulac bajo la forma de pesadillas recurrentes e inexplicables desapariciones.

La llegada a Beaulac fue como caer en un sueño distorsionado, donde la realidad y la alucinación copulan en la niebla que nunca se disipa del todo. El pueblo mismo, apenas un punzado de faroles entre el mar de árboles, era como un útero pétreo, replegado sobre misterios que ningún forastero podría entender cabalmente. Nadie me recibió en la pequeña estación. Ni una palabra de bienvenida, solo el alarido de los lobos y la humedad que apretaba los pulmones.

Encontré a Laroque en la casa que ocupaba junto al lago, un edificio de piedra marchita y tejados puntiagudos, obstinadamente aferrada a una orilla donde la maleza y los carrizos luchaban con fuerza invisible. Se hallaba demacrado y con los ojos extraviados, como si los días sin dormir hubieran esculpido madrigueras en su rostro pálido.

"Viniste—dijo solamente, y en aquel saludo vibraba el eco de generaciones. —Temía que no respondieses."

Me hastió su fatalismo y rogué en silencio que no intentara sumergirme desde el inicio en sus manías supersticiosas.

Al poco, descubrí que no estaba solo. Una mujer de cabello blanco, Jeanne Gautier, y el viejo párroco Lemoureux, completaban el círculo. Ambos habían experimentado, según relataron, visiones recurrentes: imágenes de criaturas acechando bajo aguas que, aunque estancadas, no estaban quietas; sombras que parecían observar detrás de las cortinas de caña y neblina. Todos en Beaulac parecían acosados por sueños similares y la atmósfera, de por sí densa, se volvía casi tangible conforme la noche avanzaba.

Laroque, finalmente, me habló de sus descubrimientos arqueológicos. Su voz, baja y confidente, oscilaba como un reflejo sobre el hielo. Dijo que cerca del lago, en una hondonada donde brotaban nenúfares pusilánimes y juncos podridos, encontró los restos de una estructura ciclópea apenas perceptible bajo capas de limo petrificado: bloques de basalto negro dispuestos en anillos, cuyas tallas y símbolos no correspondían ni a los pueblos indígenas ni a los colonos franceses.

Yo, movido por mi escepticismo, me ofrecí a inspeccionar los hallazgos a la mañana siguiente. Nos dirigimos al claro al alba, con la niebla aún aferrada a nuestra piel. La hondonada era un hueco circular, de un diámetro indecente, recubierto de raíces, con el aire estragado y viciado como si emanara de una fosa común. Allí, las piedras emergían apenas, y una en particular capturó mi atención: un monolito erosionado, cubierto de runas tortuosas que rehuían la mirada, huyendo hacia ángulos imposibles.

Toqué la superficie de la piedra y sentí, no una vibración, sino un descenso repentino de temperatura. Laroque, tras una momentánea vacilación, extrajo un cuaderno lleno de dibujos y alusiones tomadas de sueños. Eran imágenes de formas ameboides, tentáculos sueltos, ojos que se multiplicaban en la penumbra y rostros humanos cuya fisonomía era arrancada y suplantada por una masa impía.

"Las pesadillas vinieron…—murmuró empleando un francés apocado — la misma noche en que tocamos estas piedras. No solo nosotros: todo Beaulac se ve acosado por ellas."

El horror, sin embargo, aún no se había mostrado en toda su repulsiva magnificencia. Recién esa noche, víspera de la luna llena, las puertas del conocimiento se entreabrieron lo suficiente como para contemplar lo innombrable.

El pueblo estaba en silencio. El aire palpitaba con la pesadez de lo siniestro. Desde mi ventana vi formas moverse entre las brumas, y por un momento creí distinguir una figura blanca que flotaba cerca del lago, hacia el bosque. El viento trajo desde las aguas un cántico ronco, grave y antiguo.

La visión fue tan abrupta que pensé en la locura: múltiples siluetas, membranosas y arrastradas, salían del agua y serpenteaban hasta los cimientos de las casas. Detrás de cada puerta, un rostro contemplaba desde la oscuridad con ojos que no pertenecían ya a esta tierra. La tierra tembló débilmente… y en el umbral de mi dormitorio, la silueta de una criatura informe —su cabeza como una medusa de tentáculos latientes, el cuerpo viscoso y cubierto de ventosas húmedas— se deslizaba, y detrás de ella, el eco de un zumbido reptaba hasta mis sueños: *Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn*.

Cuando desperté —si se puede llamar despertar a la súplica muda entre dos mundos—, me encontré tendido en el suelo, con la garganta abrasada y las uñas escondidas bajo la carne, enrojecidas de arañar los tablones de madera como si, en mi desespero, hubiera intentado cavar un túnel hacia una improbable salvación.

A la mañana siguiente, la noticia del hallazgo de cuerpos mutilados cerca de la sima se expandió como plaga. Los pobladores murmuraban que la sima era más antigua que el mar, una herida negra por la que había sangrado algo que nunca debió ser despertado. Laroque insistía en que había que regresar. Nos reunimos en la triste claridad del atardecer, armados con linternas y la absurda esperanza de que la ciencia pudiera exorcizar el horror.

La sima era un pozo abierto entre fangos, disfrazado por una selva de malezas; descendimos por una escalera improvisada, respirando el hedor de siglos. Las linternas parpadeaban, y los haces de luz solo servían para multiplicar las sombras. En el fondo, los oscuros bloques de basalto formaban un círculo; en su centro, una piedra llovida de runas y hondonadas, más allá de la comprensión humana.

Al tocar ese monolito, una oleada de imágenes se apoderó de mi mente. Vi babilonias sumergidas, columnas ciclópeas girando bajo la presión de océanos, criaturas contemplando desde las profundidades tiempo atrás, mucho antes del hombre, aguardando su retorno a la superficie. Escuché el batir de enormes alas membranosas, y una palabra oída en la frontera de la razón y el delirio: *Cthulhu*.

El párroco Lemoureux, trastornado por la visión, comenzó a recitar frases aprendidas en su seminario, mientras Jeanne Gautier retrocedía de rodillas, la mirada absorta como quien contempla el eco de su propia condena. En ese instante, el aire se tornó más denso, y desde la sima surgió un vaho verdoso, pulsante, como un vapor vivo. Algo antiguo, viscoso y ciego se arrastró, amortajando el mundo en una niebla impenetrable y gélida.

No sabría decir cuánto tiempo permanecí allí, atrapado en la caverna donde el aire parecía coagularse y los sonidos llegaban distorsionados. Atravesaron mi ser imágenes confusas: la hermandad petrificada de los primeros hombres suplicando bajo aquel monolito, las bocas abiertas en un grito que atravesó milenios; el negro icor de la sima cubriéndolo todo, disolviendo identidades y memorias. De Laroque, solo recuerdo un gemido, y luego una carcajada débil, desprovista de cordura.

No sé cómo regresé. Me encontré de nuevo en la casa del lago, gris y pálido como un vestigio. Había una carta escrita con mi letra, aunque no recordaba haberla escrito. Pedía perdón a mi familia, asegurando que el horror de Beaulac requería un sacrificio mayor que la vida. Afuera, bajo la luna, las aguas del lago hervían con burbujas negras y, de cuando en cuando, surgían tentáculos translúcidos, como dedos tanteando la superficie.

Padecí entonces una larga fiebre, y en la frontera entre el sueño y la vigilia, fui testigo de una nueva visión: la humanidad arrodillada ante el trono de una criatura informe, en la sala de columnas antediluvianas bajo el lago. Y supe —con el conocimiento lúgubre y absoluto que solo ofrecen las pesadillas más perfectas— que el regreso de Cthulhu era menos un evento específico que una constante posibilidad. Bastaría un susurro, un sueño compartido, un eco en la sima para abrir de nuevo la herida.

Cuando me fui de Beaulac, el pueblo yacía casi desierto. A la vera del camino, el mismo monolito asomaba desde la niebla. Las letras de su superficie relucían con un fulgor anémico, como deseosas de invitar al próximo viajero. No intenté mirar atrás. Jamás volví a dormir junto a ningún lago y, hasta el día de hoy, rehuí las sombras alargadas de la noche que precede a la luna llena.

Mas sé, porque lo he visto, que la sima permanece, insomne, aguardando. Y que cada vez que uno de nosotros sueña con las aguas oscuras o escucha el canto de lo innombrable al borde de la conciencia, una puerta se abre otra vez entre el horror y el mundo, entre la locura y la vigilia, entre Cthulhu y nosotros. Y la eternidad se dilata apenas un suspiro más.

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