Portada del relato Caminos Ocultos del Mar Profundo
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Me llamo Arthur F. Armitage, y como investigador de folklore marítimo tengo la desgracia de portar una curiosidad insaciable. Fue una noche lluviosa de otoño cuando, buscando datos sobre antiguas rutas comerciales fenicias, hallé una referencia oblicua a una localidad semi-olvidada: una villa pesquera al norte de Cape Ann, apodada Dunwich del Mar por los lugareños, aunque en el mapa solo aparecía como Graysmouth. El texto, fechado en 1872, hablaba de cánticos rítmicos escuchados en la bruma antes del amanecer, de bultos arrastrados hacia el agua durante las mareas altas y de figuras reptantes distinguidas a la luz lúgubre de los faros.

Duración: 09:28

Caminos Ocultos del Mar Profundo
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

El mar es un rincón pródigo en horrores velados, y aun los más valientes, cuando recorren sus caminos cubiertos de niebla, saben que es mejor no preguntar demasiado acerca de ciertas cosas. Aquellos que navegan lejos de la costa, bien lo saben: hay rutas que deben evitarse, noches en que el susurro de las olas tiene un acento desconocido y la brisa salina lleva un hedor antiguo, nuestro propio linaje devuelto a nosotros desde las ulteriores profundidades. Pero ni los rumores de los viejos marinos ni los preceptos de la prudencia bastaron para disuadirme de investigar la historia que se deslizó, unas semanas atrás, entre los archivos polvorientos de la biblioteca Miskatonic de Arkham.

Me llamo Arthur F. Armitage, y como investigador de folklore marítimo tengo la desgracia de portar una curiosidad insaciable. Fue una noche lluviosa de otoño cuando, buscando datos sobre antiguas rutas comerciales fenicias, hallé una referencia oblicua a una localidad semi-olvidada: una villa pesquera al norte de Cape Ann, apodada Dunwich del Mar por los lugareños, aunque en el mapa solo aparecía como Graysmouth. El texto, fechado en 1872, hablaba de cánticos rítmicos escuchados en la bruma antes del amanecer, de bultos arrastrados hacia el agua durante las mareas altas y de figuras reptantes distinguidas a la luz lúgubre de los faros.

Desde el principio, algo en la grafía gótica del papel —y en la neutralidad con que relataba siniestros sucesos— me perturbó más allá de toda razón. Eso me bastó: tenía que ir. La extraña urgencia que sentí, solo puedo atribuirla después al influjo sutil de la propia palabra, a los ecos que permanecen en la memoria de los nombres antiguos. No razonaré más: la verdad es un abismo al borde del cual me asomo ahora, y sólo el papel me da la esperanza de no descender por completo.

Salí de Arkham un miércoles ventoso, tomando la carretera costera hacia el norte. La región después de Ipswich es de gran soledad y pantanosas extensiones donde los juncos crecen tan altos que ocultan desde la carretera la marea y las dunas. Recuerdo haber pasado junto a casas ruinosas, embarcaciones podridas medio hundidas en charcos salobres y a lo lejos, el ruido incesante de las olas mezclado con el graznido de las gaviotas. Era como si cada piedra y cada estaca supiera algo que yo ignoraba todavía, compartiendo un secreto que solo las criaturas del mar, tal vez, pudieran comprender.

Graysmouth era aún más miserable de lo esperado. Tres calles principales seguían el contorno de la playa, la taberna y la tienda de ultramarinos a medio abandonar. Los pobladores —pálidos, con grandes ojos oscuros y una manera de hablar arrastrada y gutural— no disimulaban su recelo hacia los forasteros. Yo, empero, había aprendido a ganarme la confianza de los más reacios: bastó hablar de pesca y mostrar conocimientos sobre mareas y tormentas marinas.

Fue el viejo Jacob Marsh quien me habló, a regañadientes y con el miedo pintado en su rostro rugoso, de “la Vigilia”. Pregunté por qué no había faro en el puerto, a lo que él contestó con un susurro: “Aquí no hace falta, los nuestros jamás se perderían. Los otros no deben acercarse.” Más tarde, al calor de un grog tibio, confesó que ellos esperaban algo, desde siempre, y que cada familia debía velar durante la luna nueva “para no ofender los pactos antiguos”. Me rehusé a preguntarle más. Por la ventana, el oleaje batía contra los pilotes del muelle, y por un instante creí ver a lo lejos una sombra imposible, como un cuerpo acurrucado en el extremo de uno de los embarcaderos.

Fue mi error aceptar la invitación a la vigilia. Marsh y otros cuatro hombres —todos parientes entre sí, de rostros extrañamente semejantes y piel viscosamente húmeda— me condujeron cerca de la medianoche al borde de las rocas que separan la playa del mar abierto. Aquí se respiraba un aura de sacralidad perversa. Observaron en silencio cómo las olas rompían sobre la rocalla, cómo la espuma se arremolinaba en patrones que, ahora lo veo, eran casi hipnóticos. Murmuraban palabras en un dialecto añejo, plagado de fonemas que ningún idioma occidental conocía: sonidos que, tan solo escucharlos, parecían encender mi sistema nervioso con el hormigueo de una fiebre ancestral.

Luego comenzaron a cantar, una letanía tan grave y profunda que penetraba los huesos. El mar parecía responder: la superficie comenzó a golpear la costa con violencia creciente, y de la penumbra surgieron más sombras. Las olas desgarradas por algo moviéndose desde abajo, demasiado grande, demasiado rápido para atribuirlo a focas o tiburones; siluetas amorfas, extrahumanas, que espiaban desde la negrura líquida.

Fue entonces cuando supe —sentí— lo mismo que aquellos en la vigilia: la presencia de algo otro, algo tan ajeno a los hombres como el vacío mismo. Los Marsh coreaban, vacilantes: “Ia! Ia! Cthulhu fhtagn!” Yo recordé, horrorizado, ese nombre, Cthulhu, mencionado al margen entre los papeles de la Universidad Miskatonic: el dios durmiente en la ciudad sumergida de R’lyeh, un ser cuya sola mención puede aniquilar la razón humana.

Los cantos se elevaron aún más, y el aire adquirió una densidad irrespirable. El mar hervía a unos metros del acantilado, y una mano —no humana, viscosa, de color lívido y membranas entre los dedos— surgió por un instante, como clamando por la costa. Uno de los Marsh avanzó hacia la orilla y arrojó una bolsa, que por el peso y la forma adiviné contenía un ser vivo, quizás un animal, quizás algo peor. No quise mirar, pero el chillido estrangulado y luego el silencio me persiguen aún.

Permanecí petrificado, los ojos clavados en la línea del horizonte mientras el mar se calmaba con violencia súbita y el grupo me arrastraba de vuelta al pueblo. Nadie habló; nadie me miró a los ojos. La siguiente mañana, Graysmouth era normal en apariencia, pero desde ese momento vi que cada lugareño evitaba mis preguntas y mi presencia con un terror no disimulado.

No dormí en absoluto aquella noche, y cuando la oportunidad se presentó, huí entre la niebla. Temía por mi vida, pero temía aún más por mi cordura. En el tren de vuelta a Arkham, mis nervios se deshicieron y no paré de sudar y murmurar palabras ininteligibles hasta que llegué a la ciudad.

Pensé que aquello sería el fin, pero la influencia de Graysmouth no me abandonó. Empecé a soñar con un océano que no encontraba su desborde en la marea, sino en las bóvedas de una ciudad sumergida, donde las columnas ciclópeas se funden con el coral y la piedra, habitada por criaturas ajenas al principio mismo de la vida. R’lyeh. Veía a Cthulhu en sus cámaras ciclópeas, con tentáculos que rozaban las bóvedas, y la promesa escrita en los jeroglíficos que recorrían los muros: “Él dormirá mientras la humanidad persista; cuando despierte, nuestro mundo será sólo un recuerdo en el océano universal.”

Perdí la noción del tiempo y del espacio. Los días se tornaron confusos; mi vida universitaria quedó atrás como las ruinas de una civilización olvidada. Despedido de mi puesto, rechazado por la familia, me dediqué con furia a las investigaciones. Cualquier referencia a Graysmouth se disolvía, los archivos habían desaparecido, aquellos periodistas y folkloristas que alguna vez mencionaban la villa pronto morían de forma espantosa o enloquecían sin razón aparente. Nadie parecía recordar lo que había allí, como si la localidad —y todo su oscuro saber— se desvaneciera tras un velo imposible de atravesar.

Jamás logré olvidar lo otro: el canto bajo el acantilado, la liturgia primordial que aún me martilla en sueños, y la certeza de que si caigo demasiado profundo en la investigación, si vivo demasiado cerca del mar, una noche seré convocado y no podré negarme. Entendí finalmente el miedo de los Marsh, su resignación: descendientes de pactos inmemoriales, herederos de un saber y una sangre que no es plenamente humana; el mar les reclama y terminan aceptando la llamada. Y yo, curioso forastero, he sido marcado irrevocablemente.

Hoy escribo esto mientras el ocaso se desliza por las ventanas de mi exilio, tras mudarme todavía más al interior del continente, lejos de las aguas que escuchan y responden. Mi mano tiembla al recordar el horror cósmico de la Vigilia, la fétida humedad en las rocas, la letanía inhumana y la presencia bajo las olas. No sé cuánto resistiré antes de buscar una soga o un río oscuro, o antes de que Cthulhu despierte y termine lo comenzado en Graysmouth.

Tengo la convicción de que no estoy solo. Siento la mirada de aquellos seres cuyas pupilas no distinguen entre agua y piel, y escucho las sirenas sombrías, vestigio de una era en cuyo crepúsculo aún habitamos. El mar llama y nosotros, hijos de la tierra, apenas podemos retrasar la respuesta.

Escribo para advertir a quien quiera escuchar: huyan de la costa, olviden el rumor del oleaje, no indaguen en las crónicas de pueblos olvidados ni repitan nombres que llevan ecos de abismos insondables. Hay pactos que jamás debieron sellarse, y horrores que es mejor dejar dormir bajo la vaga cúpula del océano. Pero a veces —sólo a veces—, en ciertas noches sin luna, oigo desde los límites de mi cordura los ecos distantes: “Ia! Ia! Cthulhu fhtagn!”, y sé, con la certidumbre de los condenados, que algún día responderé a la llamada.

Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.