Portada del relato La Misa de la Carne Errante
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Fragmento:


La noche había caído demasiado pronto, empujando el crepúsculo por un precipicio sin fondo, y el silencio entre los troncos era tejido por hebras de algo expectante, reptil y resbaladizo. Corría un rumor: los cultistas de Nullath guardaban secretos sobre la carne; de cómo traspasarla, transformar su destino, y acaso, vivir eterno, aunque fuese a un precio que las palabras rechazan y las plegarias evaden. Era, sin embargo, esa misma aura de temible conocimiento lo que había imantado mi voluntad débil y cansada.

Duración: 08:11

La Misa de la Carne Errante
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Texto de ajuste de pausa.

En la memoria más abismal de Aserion, cuya calidez de juventud fue evaporada por la severidad antipática del mundo, pervive la noche en que mis pasos me llevaron, medio pidiendo, medio huyendo, hasta las puertas acechantes de la Hermandad Fuliginosa. Anidada en el retorcido abrazo del bosque de Nullath, al norte de Borsand, la casa era poco más que un montón de madera mohosa y humedad arcillosa en su apariencia exterior. Aun así, la promesa de un refugio, aunque velado en misterios y excentricidades —tan jugosos rumores atravesaban la comarca—, iluminó un hambre en mí más vieja y rabiosa que la persecución misma de la que escapaba.

La noche había caído demasiado pronto, empujando el crepúsculo por un precipicio sin fondo, y el silencio entre los troncos era tejido por hebras de algo expectante, reptil y resbaladizo. Corría un rumor: los cultistas de Nullath guardaban secretos sobre la carne; de cómo traspasarla, transformar su destino, y acaso, vivir eterno, aunque fuese a un precio que las palabras rechazan y las plegarias evaden. Era, sin embargo, esa misma aura de temible conocimiento lo que había imantado mi voluntad débil y cansada.

Al acercarme, percibí justo bajo el hedor de hojas podridas, el aroma a grasa cocida y hierbas arcánicas que surgía del umbral. La puerta se abrió a la más ligera presión, y la celadora —una mujer alta y de ojos absolutamente negros, como cuencas llenas de tinta— me contempló un instante, midiendo mi desesperación. Asintió apenas, y en un murmullo que parecía brotar del fondo de un pozo, otorgó: "La Carne llama a los hambrientos. Pasa."

Dentro, la sala principal recordaba una taberna olvidada de las rutas ordinarias, aunque el mobiliario parecía cobrado directamente de piezas humanas: una lámpara compuesta de falanges entrelazadas, sillas donde el esmalte de la dentadura relucía bajo las candelas, y tapices cuyos dibujos oscilaban entre lo orgánico y lo infernal. Nueve figuras ya se hallaban sentadas en círculo, todos encapuchados, menos una que ostentaba la piel de la cara estirada sobre la suya propia, como una segunda máscara grotesca.

Era el Maestro de la Hermandad, y sus palabras rodaron sobre la estancia como una lengua abrazando en sofoco: “Sed bienvenido, forastero; has cruzado el umbral. Aquí, ninguna carne se rehúsa al trueque de los secretos.” Sus dedos, alzados en salutación, mostraban nudosidades anómalas, como si bajo la piel latieran gérmenes voraces y desconocidos.

Durante las horas que siguieron, mientras la tormenta azotaba techo y ventanas con uñas de agua y viento, aprendí de los miembros nombres tan antiguos que escocían el entendimiento, y rituales en que la percepción de los límites del cuerpo yacía difuminada, fluctuando como hollín en un soplo. Me ofrecieron bebida de negra viscosidad, agradecí y sorbí; el sabor era dulzón y almizclado, embarazosamente espeso, y poco a poco deshizo mi resistencia, preparándome para la letanía horrosa que siguió.

“Nos reunimos —entonó serenamente una voz sin edad— para la Letanía de las Lenguas; donde la carne excede el pensamiento, y la voz, el propio aliento. Ahora, forastero, habrás de probar qué se siente poseer hambre más allá de los huesos.”

Las figuras en círculo extendieron manos en que la piel había sido retirada y sustituidas por vendajes rojos, húmedos. El Maestro chasqueó los dedos. De entre las sombras surgieron acólitos menores, trayendo bandejas sobre las que reposaban cortes de carne extrañamente blanca y ondulante, no reconocible de ningún animal doméstico.

“Para recibir, has de ofrecer: así lo manda la Carne,” dijeron al unísono. No se hizo clara la naturaleza del trueque hasta que vi cómo algunos miembros se hincaban largas espinas marinas en la carne de sus propios muslos, extrayendo, sin un solo grito, filetes aún palpitantes; otros cortaban de sus mejillas. El dolor era velado en trance o ahogado por la fe incomprensible que los ataba.

Mi mirada giró de rostro en rostro, atrapada entre la repugnancia y la intriga abisal. Cuando la bandeja fue puesta ante mí, sentí esa energía errática y tóxica propia del límite: probar, o escapar. La voz de la celadora siseó entre mis pensamientos: “Ninguno que ha cruzado la puerta se marcha sin compartir. Tu porción, forastero.”

Mareado por el brebaje, alargué la mano y, con torpeza, corté un pedazo menor de la base de mi pulgar, procurando no evidenciar el temblor que me azotaba. Sangre cálida goteó en la bandeja, y uno de los acólitos recogió la porción con una pinza de hueso, depositándola en una copa de cristal ahumado, llena de líquido que burbujeaba y destellaba con luces internas como musgo fosforescente.

No recuerdo claramente la siguiente hora. La carne blanca fue repartida y comida; un himno sordo y áspero estalló entre las gargantas, y descubrí que mi voz también gimoteaba, asaltada por una extraña euforia, una vasta negrura reconfortante que manaba del centro de la asamblea: “Vosotros que coméis, ¿sois los mismos que llegasteis?” preguntaban las voces, saturadas de secreto y delirio.

Desde entonces, la sensación de lo real se deshizo: vi cómo el Maestro desbordaba el doble rostro, y en un espasmo inhumano, la piel y los músculos se replegaban, como si se fundiera y separara de sus miméticos inferiores. Uno a uno, los miembros de la Hermandad se desenrollaban en largos pliegues, anudándose unos a otros, formando una rata apoteosis de carne en danza, expandiéndose por el suelo, la pared y el techo. Los muebles chirriaron, se descompusieron en fragmentos de miembros y tendones, y cada uno encontraba su igual en la maraña creciente.

Los cánticos se multiplicaron, sin cesar, y los ojos de la celadora, ahora veinte veces más grandes, brillaban como carbones entre el miasma fisiológico. Intenté correr, mas mis piernas ya no respondían: la sustancia que consumí había hecho presa en mis nervios, y ardía en mi pecho un deseo contranatura de unirme al rebaño —de ceder mi carne a la comunión del Coro.

Permanecí allí, horas, días, no lo sé. En ese lapso, fui testigo del ciclo ritual: la carne era consumida y apartada, fusionada y donada, hasta que cada miembro, despojado de toda apariencia humana, se disolvía en charcos de gelatinas opalescentes. Sólo el Maestro, antiguo y burlesco, preservaba la máscara esperpéntica y el leve gesto de mandato. Mi propio cuerpo, limitado y doliente, fluctuaba entre la frontera de ceder y resistir; sin embargo, sentí los tentáculos de la Hermandad ya en mí, buscándome a través de llagas abiertas por la cuchilla, y me supe perdido.

—Forastero —ronroneó la celadora, cuya cabeza flotaba ahora cerca de mis pies—, ¿te asombras del milagro de la Carne Indivisible? Aquí termina el miedo, y el dolor es devoción.

Cerca de mí, un último quejido: uno de los acólitos, ya sólo torsión de tendones, imploraba por un retorno imposible. Sus palabras, medio pronunciadas entre lenguas multiplicadas, se arrastraban con un eco de humanidad aplastada. La Hermandad alzó sobre él una masa de miembros improvisados, lo absorbió, y del charco resultante brotaron nuevas voces, con mi propio timbre mezclado entre ella, gritándome recordatorios de mi nombre, mi vida anterior, mi horror petrificado.

La última visión que retuve antes del silencio fue la mirada satisfecha del Maestro, contemplándome como un artesano que por fin remata una escultura larguísima y bestial. En ese punto, la noche abandonó el bosque de Nullath, derramando sobre la tierra una neblina tan espesa que borró para siempre la distinción entre carne y sombra, entre fe y hambre.

Hoy, mientras mis manos —ya no del todo mías— escriben este testimonio en fragmentos robados de conciencia, sé que cuanto más lloro por mi fuga, más hondo clavo raíces en el círculo; más parte soy de esta Misa Indivisible, adorador y sacrificio, eco y matriz de todos los horrores. Porque la Hermandad Fuliginosa no espera a que llegues, no. La Hermandad crece dentro: una semilla de carne, un himno entre pesadillas, que ya nunca dejará de cantar por ti.

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