Portada del relato La cuarta torre de la sierra disuelta
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Fragmento:


Fue cinco años antes de jubilarme, en ese punto decisivo donde un hombre, sobre todo uno que ha dedicado su vida a explorar los intersticios vedados a la razón, empieza a negociar con la memoria y la voluntad. Había estado en Kazajistán con los restos del Instituto, y después en las ruinas nada apacibles de Colonia Dignidad. Pero la invitación de la Sociedad K será siempre la que, si me obligan, aceptaré como hito y escándalo en mis recuerdos. No fue la expedición en sí, ni la travesía, sino lo que aquellos imbéciles cultistas de la urbe Lilla buscaban entre las nieblas cárdenas del Amanecer Amer, y lo que nosotros –pese a las advertencias del escéptico Horten y el fracaso del propio Thibault en 1983– acabamos trayendo, aunque fueran solo los retazos espectrales de una experiencia que aún hoy, tras el insomnio y la tragedia, no sé si dictar a la policía o a la psiquiatría.

Duración: 11:36

La cuarta torre de la sierra disuelta
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Texto de ajuste de pausa.

Fue cinco años antes de jubilarme, en ese punto decisivo donde un hombre, sobre todo uno que ha dedicado su vida a explorar los intersticios vedados a la razón, empieza a negociar con la memoria y la voluntad. Había estado en Kazajistán con los restos del Instituto, y después en las ruinas nada apacibles de Colonia Dignidad. Pero la invitación de la Sociedad K será siempre la que, si me obligan, aceptaré como hito y escándalo en mis recuerdos. No fue la expedición en sí, ni la travesía, sino lo que aquellos imbéciles cultistas de la urbe Lilla buscaban entre las nieblas cárdenas del Amanecer Amer, y lo que nosotros –pese a las advertencias del escéptico Horten y el fracaso del propio Thibault en 1983– acabamos trayendo, aunque fueran solo los retazos espectrales de una experiencia que aún hoy, tras el insomnio y la tragedia, no sé si dictar a la policía o a la psiquiatría.

Incluso ahora, confiando en que ninguna de las presencias que entonces rozaron mis sienes y anidaron bajo mis uñas, pueda seguirme, apenas hablaré en detalle de la ciudad que, según manuscritos persas y anotaciones robadas de la biblioteca de Fresno de la Vega, debía yacer más allá del Mar Triste, visible desde los montes Algaviríanos sólo cuando los cuerpos y las mentes no distinguían ya la vigilia del desvelo. La urbe cuyo nombre, las veces que el viento lo deja susurrar, hiela al más avezado etnólogo con ecos de un sueño demasiado antiguo: Celephant, o Celephaïs, pero no la de Lovecraft, sino la de aquí, entre la niebla verde y los campos de esqueletos de tapir fósil, al sur de Canelones, allá donde ningún mapa real se atreve a cartografiar.

La Sociedad K tenía sus rituales, sus juramentos de indiferencia ante la legalidad y el sentido común. Era fácil ver entre ellos esa mezcla de arrogancia universitaria y ceguera transcendental que ha condenado a generaciones enteras a la locura, la miseria o un silencioso olvido. Me admitieron sin apenas pruebas: “A quien ha bebido sombra en Samarcanda no hay que ponerle trabas”, decían, y sonreían con ese cinismo de los que han probado cosas que matan a todos menos a ellos.

Fue en la primavera de 2002 cuando, tras noches de mapas y velas –persistentes ante la lluvia exangüe de esa región que se dice mesopotamia de infiernos–, partimos nueve: Horten y yo, la doctora Lila Baners (que escribía tesis sobre las sociedades secretas urbanas en la Antigüedad media), el poeta Drago Miral, dos hermanos húngaros cuyas mochilas olían a cloroformo y cuero, y tres acólitos de la rama menor del Círculo Ecléctico de Ámsterdam, parientes lejanos del viejo Uribe. No había humor: nadie contaba chistes, y si alguna cerveza se abría, era para calmar el temblor tras las noches en que la guía –una tal Mónica, de lengua dura y cicatrices que no preguntaríamos– mostraba las señales. Señales de que el tiempo, allí, no se comportaba según la física corriente.

El primer horror, sin embargo, no fue sobrenatural, aunque sí antinatural. En la segunda jornada, acampados entre robles putrefactos sobre un manto de caracoles desecados, la tierra se abrió bajo Baners tan pronto como posó la mano para ajustar su hornillo. Eran cuevas, madrigueras, galerías talladas con estructuras en hexágonos, no por mamíferos sino por algo que usaba la simetría no como herramienta sino como dogma. Baners ilesa, pero la cueva emitió al abrirse una exhalación nauseabunda y caliente, mezcla de ruina química, marisma y fruta podrida. No me atreví a asomarme, pero Drago Miral metió hasta la cabeza, y al volver, su bigote amarillo temblaba como si hubiera visto una ciudad quemada bajo el agua.

A la noche cayó la llovizna que los paleontólogos describen como “llanto de la piedra”. Horten relató el mito local: en este país, cuando la piedra llora, es porque la tierra teme lo que está por llegar. Para dormir, mezclamos vodka y dormidina y, aun así, sólo Moritz, el menor de los húngaros, pudo conciliar algo parecido al sueño. Yo me dediqué a escuchar: más allá del gotear oblicuo sobre la lona, resonaban pasos. Pasos pequeños, febriles, de extremidades desiguales. A veces por parejas, a veces en grupos de cinco o seis, algún silbido apenas natural si se hilaba con mente sosegada. Nadie habló de esto al amanecer, pero cada uno evitó mirar el rostro del otro.

Para la cuarta mañana, y tras perdernos dos veces en un “claro” que cambiaba de lugar (y que sólo Mónica podía reconocer por el olor a hinojo y semen de animal viejo), vimos la primera estructura. Lejana, media oculta entre la bruma y los matorrales: una torre octogonal de piedra negra, claramente más vieja que los árboles, de proporciones absurdas. Su base, amplia y ciega, sólo visible al tacto. La escalera interior, toda espiral mareante, estaba desgastada por impactos regulares, como si en vez de pies, lo que aquí ascendía y descendía tuviera pezuñas, zarpas, o algún apéndice inhumano. Nadie quiso escalar, pero a Miral le vi vacilar ante sus propias manos, como si yendo en contra de la lógica supiera que no debía tocar esas piedras, que allí anidaba toda una memoria mineral enemiga de lo humano.

La primera baja fue Moritz: no dormía, ni estaba insomne, sino como atrapado entre ambos estados, los ojos abiertos y la pupila central ligeramente dorada. Oía “llamadas”, según él, pero cuando le sentamos para que nos relatara, sólo pudo repetir una frase en algo que parecía francés: “Le retour des silents… le retour des silents…”. Le dejamos en el campamento con uno de los acólitos, promesa de buscar ayuda si no mejoraba. A la vuelta, ni él ni el guardia seguían allí, pero alrededor del campamento observamos marcas en el barro blando: formas de mano, demasiado alargadas, con doble pulgar y membranas en las comisuras de los dedos. Eran verdes, luminosas, y desaparecían en dirección a la torre.

Seguimos: la niebla era un telón de fondo y cada paso costaba más. La realidad, en palabras de Horten, era “como un vidrio sumergido en leche”. Las brújulas, inútiles; la GPS, delirante. Ahora, varios de nosotros veíamos sombras cruzando por el rabillo del ojo, y sentíamos, al girar la cabeza, una presión contra el lóbulo derecho, suave pero hiriente, como si nos mirase algo sin párpado ni ceja. Miral confesó ver, junto a la torre, las siluetas dobles de los dos desaparecidos, pero distorsionadas, encorvadas, y envueltas en túnicas de una tela que era a la vez líquida y corpórea. Lila Baners le prohibió ahondar en la descripción, y por un tiempo funcionó.

No preguntes qué hacía allí la Sociedad K. Horten sostenía que, en las noches de bruma, puede percibirse “una resonancia”, sorda y grave, que asimila almas débiles o en proceso de fragmentación y las conduce –como un río a su delta– hacia el corazón de la urbe aún aletargada bajo el cieno. No lo creí hasta sentir, a medianoche, esa vibración, surgida primero de la propia sangre y luego del suelo, de las ramas retorcidas, del aire. Quedé sordo y ciego durante un instante, y al volver los sentidos, todos me miraban con la sonrisa crispada de quien ha sobrevivido a una ahogadura. A partir de entonces, cada uno llevaba su pesadilla en la frente: yo, la imagen de una ciudad alucinada, vertical y resbaladiza, hecha de muros con ventana adentro, de puertas que no conducen siquiera al abismo sino a un espacio plegado, imposible, donde ya no cabe el grito humano.

A la séptima jornada, las marcas en la piel comenzaron a manifestarse. Primero en los tobillos, después en la nuca: pequeñas fugas de líquido verde, apenas perceptibles hasta que, al quitarnos las botas, notamos la piel arrugada en formas que parecían inscripciones. Lila interpretó algo que, según ella, era cuneiforme invertido; Drago pensó en una poesía cifrada, pero todos supimos, sin decirlo, que era un lenguaje hecho para que la carne ignorase a la mente. Nada bueno se escribe así, nada bueno quiere ser traducido desde la dermis.

Quedábamos seis cuando llegamos al borde del Mar Triste, una laguna inmensa de color gris perlado, rodeada de juncos cuyos extremos parecían encías putrefactas. Allí estaba la “ciudad”, o su sombra. No la ciudad de la fama o de los mitos –alejada del esplendor prístino, de las cúpulas inmaculadas y los palacios reverberantes de la Celephaïs literaria–, sino una ciudad que era pura persistencia: bloques asimétricos de piedra manchada, torres apenas geometrizables, tejados invertidos bajo el agua como si el pueblo que aquí existió hubiese preferido la sumersión. Cruzamos a pie, pues el agua sólo llegaba a los muslos, y notamos que, a cada metro, algo rascaba la superficie del pantano, como si tratara de agarrarnos los dedos, como si la propia laguna masticara y saborease nuestras esperanzas.

En el centro, hallamos una plazuela a medio sumergir, y en ella, un círculo de estatuas sin rostro: figuras ni humanas ni bestiales, pero simétricas en la monstruosidad. Horten habló de los “silentes”, una suerte de herederos involutivos, algo entre espíritu y organismo, que según los ecuatorianos viven entre el sueño y la vigilia, esperando el regreso de quien los nombre. Horten azotó el agua, remando con fuerza para alejar un pensamiento: ¿qué ocurre si uno de nosotros pronuncia la llamada? ¿Qué será de quien recuerde, por casualidad, el nombre de la ciudad y lo repita con intenciones siniestras? Nunca lo sabríamos, porque Baners lo pronunció, murmurando un salmo enrevesado, y el agua, de súbito, subió un palmo, volviéndose gelatinosa, y entonces vimos—por fin y por horror—que bajo la superficie algo se agitaba. Siluetas humanoides, grandes cabezas sin rostro, miembros polidáctilos, ascendiendo o nadando en espiral.

El poeta Drago Miral saltó hacia la estatua central, y gritó en un idioma que no escuché antes ni después. El agua hervía ahora alrededor, y, uno tras otro, mis compañeros se arrojaban a la balsa improvisada de juncos y nos empujaban a remar. Escuché sus gritos, y vi, antes de enloquecer de miedo, cómo Horten caía al agua y era asido por tres figuras translúcidas; su piel se abría y la succión era total, como si las criaturas buscasen no carne sino recuerdo, no sangre sino palabras. Horten sonrió y desapareció.

Recorrimos la distancia de regreso en un estado de delirio: vimos el sol nacer dos veces por el oeste, escuchamos voces de familiares muertos, y, por la noche, una lluvia ácida nos limpió el lodo hasta que sólo quedamos tres: Lila, Drago y yo. Cuando alcanzamos la orilla, la balsa se disolvió sola, y sólo entonces supimos que llevábamos siglos fuera del tiempo, que la ciudad era ya un espejismo muerto sobre la laguna blanca.

A día de hoy, sólo Drago y yo seguimos vivos, bajo regímenes farmacológicos y vigilancia constante. Lila Baners desapareció en Lyon, tras un simposio sobre realismo espectral. La Sociedad K niega, por supuesto, cualquier involucración. Pero en mis noches más lúcidas, oigo esos pasos pequeños y febriles, esas llamadas desde el fondo de mi piel, y sé que lo que habita la ciudad sumergida no es solo horror, sino una perversa promesa: que los silentes, cuando lleguen de nuevo, quizá no busquen runas ni altares. Quizá sólo busquen compañía, o peor, un guía a través de la última niebla.

Que esto sirva, si no de advertencia, al menos de testimonio. Y si alguna vez escucháis el nombre de esa urbe que late bajo aguas extraños y que responde a sueños heredados, apartad la mirada, guardaos los nombres, y sobre todo: no respondáis a los pasos, aunque os prometan una memoria sin dolor.

Sea esta la última crónica. Sea esta la única que sobreviva, aunque solo las piedras y el agua puedan leerla.

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