Portada del relato El altar de los velados
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Fragmento:


Las primeras páginas sólo contenían advertencias. La verdadera materia se hallaba ajada, escrita en una lengua que Halvorsen leía con una naturalidad que me heló la espalda. Allí, entre diagramas y descripciones impías, hallé la mención del culto de los Velados, una hermandad hermética que, aseguraba el texto, había edificado portales de carne y piedra, esperando el regreso del dios que duerme bajo el lago de piedra en la noche sin estrellas. Había una dirección, garabateada por alguna mano anónima del siglo XVIII, de una vieja casa en Arkham, y un día señalado: la víspera de mayo.

Duración: 10:26

El altar de los velados
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Texto de ajuste de pausa.

Mi confesión es escrita a la luz de una vela rojiza y vacilante que apenas logra ensombrecer los ángulos polvorientos de esta buhardilla maldita, repleta de libros prohibidos y más sombras que aire. Apenas han pasado tres semanas desde que me atreví a fatigar los pasos del profesor Halvorsen –ese apóstol de saberes torcidos, a quien nunca nadie en la universidad miró a los ojos sin una fugaz punzada de repugnancia– y sin embargo mi espíritu pende ahora de la cuerda del último raciocinio, atisbando constantemente el batir de alas, de los que acechan fuera del margen del espacio.

Es preciso dejar constancia de mi ciencia antes de que mi lengua se vuelva muda o mi mano tema moverse. No, no fueron sueños. Aquello sucedió, y cada minuto de la noche en que la realidad se rasgó proveyó a mi conciencia armas de pesadilla que ningún hombre cuerdo debería blandir. Mi propósito inicial era académico: “Estudios sobre lo folklórico–oculto en Nueva Inglaterra”. Chistes. Mientras estoy acurrucado ahora, el chirrido del viento contra las paredes de esta mansión deshabitada me parece una carcajada.

Todo comenzó con la aparición de un libro –el invariable comienzo de todas las desgracias, podría decirse– pero en realidad fue un hombre quien fue mi primer heraldo del horror. Su nombre era Halvorsen, un profesor de literatura comparada expulsado de varias facultades por sus extrañas obsesiones teosóficas y su dependencia peligrosa de cultos proscritos a dioses sin nombre. A mí, entonces un joven arrogante y sediento de lo novedoso, me pareció un hombre risible con su voz de reptil y sus ropajes arcaicos de lino negro, hasta que en una noche de lluvia me invitó a su apartamento y, entre miradas torvas y compases de un gramófono apolillado, me mostró el volumen insidioso: un facsímil del *Liber Ivonis*, ese mismo códice antihumano que llegó de Hyperborea, según las leyendas, mucho antes de la historia y mucho antes de todo entendimiento.

Las primeras páginas sólo contenían advertencias. La verdadera materia se hallaba ajada, escrita en una lengua que Halvorsen leía con una naturalidad que me heló la espalda. Allí, entre diagramas y descripciones impías, hallé la mención del culto de los Velados, una hermandad hermética que, aseguraba el texto, había edificado portales de carne y piedra, esperando el regreso del dios que duerme bajo el lago de piedra en la noche sin estrellas. Había una dirección, garabateada por alguna mano anónima del siglo XVIII, de una vieja casa en Arkham, y un día señalado: la víspera de mayo.

No puedo explicar por qué acepté la invitación, sólo sé que en el momento de la lectura, cuando Halvorsen me clavó los ojos y murmuró “Ven si deseas conocer el verdadero límite de la percepción”, mi voluntad pareció ceder. El 30 de abril, en la hora del crepúsculo, merodeaba yo nervioso por la infame calle Pickman hacia la mansión en cuestión. No es mi propósito explayarme en la arquitectura de la casa, aunque sólo decir que era un conglomerado de estilos contradictorios, con plagios de la arquitectura gótica y renacentista arrastrados a la carcasa principal como miembros de cadáveres ensamblados por un sádico. El patio estaba flanqueado por estatuas que, incluso a la luz del ocaso, parecían cambiarse de sitio cuando uno les volvía el rostro.

La puerta negra se abrió antes de que golpeara. Dentro descubrí a Halvorsen, ya vestido con una toga que pendía hasta sus tobillos. Me condujo por corredores tapizados de moho y emanaciones ácidas. Alrededor de una mesa circular en el sótano nos esperaban otras figuras encapuchadas. Algunos entre ellos se estremecían frenéticamente, como sacudidos por tics, y había un hedor dulce y corrupto que nunca podría provenir de cosa alguna en la Tierra. Reconocí a uno de los presentes como un colega profesor de biología, pero algo en su expresión –un temblor involuntario de la mandíbula, un brillo demasiado amarillo en sus ojos dilatados– me indicó que era sólo su máscara, una interfaz de carne para algo innombrable que lo usurpaba por dentro.

Todo fue hasta ahora plenamente racional, aunque horripilante. Se encendió incienso, los asistentes formaron un círculo y Halvorsen entonó palabras de un idioma tan antiguo que sólo las bestias subterráneas podrían reconocerlo. Yo, conforme a la petición, me senté en silencio, observando cómo los presentes sacaban de debajo de sus capas pequeños sacos –contenían trozos de huesos y plumas y lisas piedras negras, todas ellas manchadas de líquenes verdes. Alguien sacó una máscara de marfil, que Halvorsen me ofreció. “Póntela –dijo– pues sólo los velados pueden presenciar el descenso”. Dudé. El aire se espesó tanto que cada inhalación era una pelea. Finalmente lo hice.

Puede que todo hasta entonces fuera el juego cruel de dementes, pues la realidad, la única realidad, se quebró al colocarme la máscara. La superficie del objeto vibraba y, aunque no tapaba mis ojos, era como si el mundo alrededor se fundiera en una maraña de canales lumínicos que descomponían todo color en ríos de sombras líquidas. Nada tenía contorno, ni Halvorsen ni la mesa de sacrificio, pero sentí su contacto: una mano, fría y húmeda, presionando donde nunca hubo boca tras la máscara. Oí el nombre: Glaaki. Fue un susurro, pero caló tan hondo como el acero en la columna vertebral.

Algo descendía. El cuarto se volvió infinito y me vi, asido de manos espectrales, descendiendo un abismo sin dimensiones. Era un remolino de sensaciones, olores imposibles –a musgo en descomposición, a hierro viejo y a silicio quemado– y desde abajo una risa me llegó, no por los oídos, sino directa sobre el lóbulo recóndito del pensamiento aún no formado. Una promesa de desintegración y de saber.

No puedo describir del todo lo que vi allí, pero anotaré cuanto la desesperación me deje recordar. El círculo de los Velados formaba ahora una espiral descendente, y mientras bajábamos, comprendí que cada uno de ellos ya no era del todo humano. Algunos se abrían en costillas donde deberían haber tenido sólo piel, y de dichas costillas se asomaban ojos, ojos que miraban a través del tiempo. Otros temblaban al andar, como si estuvieran compuestos sólo de miriñaques y resinosa pus. Pero lo más terrible era el centro: un charco quieto, una piscina de algo más oscuro que la noche entre galaxias. Allí Glaaki dormitaba, y su carne era un bosque de espinas translucidas, un latido gris y fangoso cuya sola visión prometía la aniquilación.

Nadie debía hablar, pero de todas formas susurraron. Era como si los Velados existieran fuera del sonido, sus voces ahora únicamente en mi cabeza, cada palabra guiada a arrancar del pensamiento la costra de la cordura. “Sólo quita tu máscara cuando sientas la llamada. Mira a Glaaki. Hazte uno”. Mi voluntad batalló, pero el clamor era masivo. Miré mis manos, ansiando hallar mi piel, pero lo que vi fue solo un temblor lechoso; pensé en mi madre, en mi infancia, en mi amor por los gatos y por los lápices, y todo ello se licuaba, se fundía en voces. ¡Lo natural y lo amado desvaneciéndose en el agujero del horror!

Entonces Halvorsen avanzó hasta el abismo y –escuché el chasquido– arrancó su propia máscara. No era un rostro lo que hubo debajo, sino una extensión fosforescente, un conglomerado de tejidos refulgentes, cubiertos de ojos diminutos, pulsando, todos mirando hacía Glaaki. Dio un paso más y en ese instante Glaaki giró su atención. Es preciso decir esto: ver un pensamiento, una consciencia titánica y ajena, prestando atención a un punto particular –eso es la muerte del ego, el final de cualquier resistencia. Cada célula mía se sintió objeto de pesadilla y, por primera vez, supe lo que es la súplica del alma: no para ser salvado, sino para dejar de existir.

El aire se llenó de zumbidos. Los otros se arrancaron sus máscaras y lo que emergía debajo –cilios palpitantes, fauces sin centro, ojos entrelazados y lenguas bifurcadas– se postró ante el pozo de Glaaki. Sentí en mi mente el forcejeo de Halvorsen, sus pensamientos descompuestos. “No es dolor, es ciencia, es eternidad, es ver cómo te desmenuzan molécula a molécula y después… después te conviertes en himno de cenizas, voluntad de las aguas abisales”. No sé si grité. Sí sé que desnudé mi propia máscara, dispuesto a cualquier desenlace con tal de no vivir más ese pánico congelante.

Nada me prepararó. Al retirar la máscara todo se alineó: el pozo era un ojo, Glaaki era conciencia y devorador, Halvorsen era ya sólo una brizna curvándose hacia la masa oscura. La visión me sacudió y caí, convulsionando. Vi estíos y ciudades muertas, fangos subterráneos donde titilaban ciudades reversibles, y a los Velados danzando sobre la corteza interna de la tierra, allí donde el sol jamás ha caído. Si sobreviví fue porque la risa del dios, por un azar, me eligió como notario, no como alimento.

Vuelvo a esta habitación, a mi candelabro humeante y a mis manos temblorosas, sólo para advertir: el culto de los Velados no está extinto, y Glaaki duerme bajo innumerables lagos y cimientos en toda Nueva Inglaterra, esperando despertar cuando el círculo esté completo, cuando todos los cultistas humanos se hayan despojado de sus máscaras y sean sólo médulas grises sobre la tierra.

No intento salvarme, pues sé que cada vez que cierro los ojos, cada vez que rozo el sueño, una lengua de limo y risa me acaricia los tobillos. Dioses antiguos nunca mueren, sólo descansan, y los hombres, tontos de solemnidad, los invocan una y otra vez, desde la sala de conferencias hasta el sótano de la mansión abandonada.

Por eso escribo: para cualquiera que siga estas letras, no busque el saber. Es preferible la ignorancia, el refugio bajo la luz blanda del día, a la ciencia podrida que sólo conduce al círculo de cenizas. Es mejor morir de viejo en la herencia insulsa de la humanidad que soportar una sola mirada de Glaaki en el sótano interminable del universo, donde la carne y la mente se licúan y la máscara no es sino el último recurso para no mirar.

Aquí acaba mi testimonio. Si lo encuentras, que sea advertencia. La noche nunca se fue. ¡Mira la máscara! ¡No la retires nunca! La realidad es sólo la ilusión del único que aún quiere ser humano. Escucha, escucha… creo oír de nuevo la risa bajo el suelo. El círculo se cierra. Ya no sé si escribir es aún humano, o si sólo soy otro de los Velados, transcribiendo la llamada.

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