Portada del relato La Simbología del Fango
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Fragmento:


No sabía que mi tía conocía aquel nombre: “Sarkomand”. La tierra de los ecos malditos, la ciudad ofuscada donde todos los sueños acaban transformándose en barro… El nombre pendía del aire, más antiguo que la piedra y más terco que la muerte.

Duración: 10:20

La Simbología del Fango
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Texto de ajuste de pausa.

Hablar de esa noche en un idioma conocido resulta casi imposible, como si cada palabra golpeara unos labios ajenos y reconocidos solo por un doblez repentino al pronunciarse. Pero hablaré. La memoria exige que el horror se arranque del acceso privado donde al borde del sueño, titila y espera. Mi relato arranca con el regreso a la villa de mis abuelos, en el páramo ceniciento, al margen fluvial del Danube grisáceo, bajo un cielo ocre y agrietado como la piel de la tarde.

Mis motivos para volver no eran felices: la lectura de una carta escrita con trazo duro, casi esculpido a cuchillo sobre una papelería insulsa. Fue mi tía Amalia quien la escribió unas horas antes de ahorcarse en la sacristía, según la información brindada por la policía del lugar. Hablaba de gritos en la dehesa, de reflejos en los charcos con ausencias deformes y de regresar los sellos a la “ciudad sin voz”, algo que me resultaba confuso, una frase surgida de pesadillas medievales.

El tren me dejó en la estación, entre la niebla de la tarde. Se deslizaba lodo en los andenes de piedra, y el viento chillaba entre los huecos de las ventas cerradas. Caminé hasta la casa de mi infancia: tres plantas y desvanes que nunca quise explorar completamente, con balcones herrumbrosos y deslucidos que otrora celebraran al verano, ahora lucían costras negras donde se acumulaban los insectos de la marisma. La puerta, como si aguardase mi mano, cedió con un suspiro. Apenas dentro, olí la humedad antigua, el tufo leve a sal y algo que recordaba vagamente un hedor metálico.

Sobre la mesa me esperaba la carta de Amalia.

“Ella vuelve. Dicen haberla pasado de generación en generación —ese papel, ese rostro hundido—. No mires a los espejos; nadie sobrevive a los espejos en esta casa, querido sobrino. En Sarkomand, todo termina pasando.”

No sabía que mi tía conocía aquel nombre: “Sarkomand”. La tierra de los ecos malditos, la ciudad ofuscada donde todos los sueños acaban transformándose en barro… El nombre pendía del aire, más antiguo que la piedra y más terco que la muerte.

Guardé la carta y subí al desván. Allí, en el ángulo menos expuesto a la luz, hallé la primera de las pruebas de una presencia insidiosa. Era un libro, encuadernado en cuero viejo, las páginas tan delgadas como piel. No tenía título. Cuanto más miraba sus filigranas, más percibía una incomodidad en la cabeza, algo arrastrándose en mi psique.

La primera página solo mostraba un símbolo: un círculo incompleto, cuyo hueco era lodo, salpicado de pequeñas marcas como garfios. Debajo, escrito con tinta ocre: “Solo aquellos que miran hacia abajo verán la ciudad verdadera.”

Me estremecí y, mientras hojeaba el libro, las luces del desván parpadearon; juraría haber escuchado pasos arrastrados, pesados, bajo la casa.

De noche, los ruidos cesaron, pero al dormir me asaltó una visión: estaba de rodillas en una extensión de fango, rodeado de ruinas ciclópeas cubiertas por figuras talladas en la piedra, repitiendo el símbolo de la portada, pero cada cual deformado hasta lo intolerable. Entre las ruinas, avanzaban seres encapuchados, al ras del lodo, con máscaras de huesos y alquitrán, silenciosos. Uno se volvió; bajo su careta, vi mis propios ojos, horrendamente dilatados. Al fondo, incrustada pese a la distancia, se erguía una torre de ángulos imposibles, tan inmensa que la luna parecía orbitarla como una lejana pupila.

Desperté sudando a medianoche. En la casa sólo se oía el golpeteo del viento, pero entonces noté un cambio en la textura de las paredes: del yeso habían surgido burbujas, imperceptibles la mañana anterior, cuyo interior parecía moverse como el fango de mi sueño. Abrí la ventana. Afuera, el río arrastraba grandes masas, como cadáveres de árboles o de cosas que no llegaban a definirse siquiera con la luz lunar recién nacida.

Pasaron los días, y mi obsesión por el libro aumentó. Encontré capítulos escritos en un alfabeto de líneas quebradas, con ilustraciones de máscaras inamovibles, de criaturas desproporcionadas que alzaban manos humanas a monolitos ahogados en mareas fangosas. Descubrí una palabra, repetida siempre en los márgenes: “Hasturi”, sin sentido salvo por la resonancia que parecía invadir mis pensamientos y mi habla nocturna.

Al tercer día, mientras intentaba leer la carta de Amalia frente al espejo del vestíbulo, noté algo imposible: mi reflejo se fragmentaba, creándose facetas sobrepuestas, como si alguien intentara emular mi rostro usando materiales que no eran piel ni carne, sino limo seco, masas irregulares, máscaras cuarteadas. Me giré y un frío mortal me recorrió la espalda: una figura se cernía tras de mí, al fondo, fuera del alcance de la luz pero cercana, de proporciones indefinidas, y su máscara era la de uno de mis sueños. Me asusté tanto que caí de rodillas y lloré, seguro de estar perdiendo la mente.

Huí de la casa, convencido de que aquello que mi tía había mencionado —la heredera, la que vuelve— no era simple superstición mezclada con la decrepitud mental. Corrí, casi sin rumbo, hasta la orilla del río. Pero lo que encontré allí me conectó con la última, irreparable capa de horror.

El agua había bajado. Entre las grietas del cieno aparecía una estructura, ciclópea y velada por la niebla, de piedra negra con inscripciones apenas legibles. Sobre su entrada, el símbolo incompleto del libro. Y ante ella, las huellas de decenas de figuras que surgían del agua, impresas en dirección al pueblo.

Me deslicé, resbalando, hacia el umbral de la ruina. Una canción —locura burbujeante— brotaba del interior, una letanía humedecida pronunciada por gargantas que se agitaban más allá de la carne. Al internarme, deslicé las manos sobre las inscripciones: nombres viejos, irreconocibles salvo uno, “Amalia”, tallado y retorcido, fusionado con garabatos febriles.

Dentro, el espacio carecía de lógica: columnas demasiado delgadas para soportar el techo, muros pintados de máscaras de colores fangosos, ventanales que daban al lodo en vez de al exterior. El aire palpitante vibraba en mi pecho, como si buscara deshacer mi sentido del yo y ocuparlo con imágenes prestadas.

Del fondo de la sala emergieron los enguantados: criaturas enfundadas en capas de arpillera, con rostros cubiertos por máscaras hechas de los mismos materiales que resbalaban por los muros —barro, piedra, madera vieja incrustada de dientes. Avanzaron hacia mí en círculo, modulando versos de ese alfabeto de líneas quebradas, el idioma arrastrado de los que han pisado Sarkomand.

“Uno vuelve, uno debe portar la herencia,” dijeron en un murmullo multitudinario sin boca visible.

En el centro, una figura más alta, con una máscara ricamente ornamentada de oro y musgo, daba golpes rítmicos en el suelo. A cada impacto, el entorno se deformaba, haciéndose y deshaciéndose, hasta que la propia región entre los latidos, la realidad suspensa, devoró la presencia de la sala.

Me encontré en el límite: ante la torre de la visión, rodeado de los mudos, cantando palabras sin querer. Mi voluntad se erosionaba; mi memoria, un barro sumergido en la ciudad ruinosa… Vi, entonces, entre la polvareda, a mi tía. Sus pupilas eran abismos calientes, y bajo su máscara, forjada a partir de mis propios sueños de infancia, pronunció mi nombre sin mover los labios.

“Es tiempo de unirse al ciclo. El Rey no tiene rostro, solo portadores.”

Me resistí, luchando por recordar mi vida anterior. Recordé la marisma, el oro sucio del crepúsculo, el tacto de ciertas manos, la aspereza de la risa de Amalia. Pero ellas, las criaturas, lo tomaron como si nada: “La risa, también, deviene máscara”, susurraron. Me vi obligado a inclinarme, a mirar hacia abajo, como dictaba el libro: allá, bajo las losas de la torre, yacían miles de rostros sumergidos, entrelazados en mapas de pesadilla: familiares, conocidos, reflejos deformados de uno mismo entre el coral de arcilla y limo.

Con heroicidad patética, extraje de entre mis ropas la carta de Amalia. Comencé a leerla, la voz temblorosa, y con cada palabra, las figuras vacilaban, sus formas distorsionándose a causa de mi invocación. Pero la carta, insidiosa, cambiaba bajo mis dedos: las frases se alargaban, se curvaban en espirales, y pronto leía nombres innombrables, sílabas nacidas de un abismo que trascendía la lengua humana.

La última línea era una orden. “Porta la máscara y recuerda: el barro no olvida ni perdona.”

Así lo hice. Tomé la máscara que la figura central ofrecía: pesada, fría, húmeda de siglos. Al ponérmela, mi vista se bifurcó; pude ver a través de los ojos de los ausentes, de los otros portadores arrojados a la ruina de Sarkomand, sentirse arrastrados y a la vez, ser arrastradores. La lengua formada por los ecos era mía y no mía. Vi las ciudades ennegrecidas, los puentes rotos donde la realidad se desgarraba y los portadores del rey sin cara marchaban, poblándolas de reverberaciones.

Pero algo, al final, perseveró. Quizás por la obstinación humana o por la última resistencia de la carne. Logré arrojar la máscara en el centro de la sala, y la estructura se replegó con un bramido de pesadilla. Me hallé jadeando, tendido en la orilla de la antigua marisma.

No había luces en mi casa al regresar, solo el remoto perfume a fango y a ozono tras la tormenta. Busqué en el desván. El libro permanecía, pero ahora sus símbolos eran irreconocibles, sus páginas pegadas como piel quemada.

No es posible relatar lo que sucede cada noche, cuando el viento arrastra las máscaras y corea mi nombre con la voz de los que me han precedido. No es posible mirar los charcos sin ver, en su fondo, la ciudad imposible y sus ángeles de barro. Solo sé que la herencia persiste, y en la curva de cada sombra, cada reflejo, me aguarda la promesa del retorno.

Dicen que, en Sarkomand, todo termina por pasar a través del portador. Y yo, sin nombre, sin máscara, sólo espero que, por un instante, el barro me olvide, y el rey, sin rostro, me pase por alto.

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