Portada del relato El umbral de Cyralis
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


¿Negué en ese momento ser un necio, un hereje ante la sabiduría de las piedras pasadas? Mi orgullo fue más terco que el miedo, y aunque mis labios temblaron, la osadía me forzó a responder.

Duración: 08:58

El umbral de Cyralis
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

El jardín de las pesadillas se extendía hasta donde la vista alcanzaba, más allá de los vitrales grotescamente pulidos del palacio de Cyralis, cuyos domos brillaban como colmenas llenas de incandescentes zafiros bajo una luna eternamente lívida. En aquella región vetusta de Hybres, se decía que ningún hombre cuerdo penetra el círculo de follaje azul sin que su retorno sea marcado por el silencio o la locura. Pero yo, Armin Soth, movido por la funesta mezcla de orgullo y desprecio hacia todas las supersticiones heredadas, crucé la verja de ónice una noche en que el viento traía un eco de otras eras, impulsándome hacia aquello que ningún mortal debería buscar jamás.

Nunca entenderán quienes pisan la tierra a la luz del día qué compulsión puede arrastrar a un hombre erudito hacia tales umbrales. Había estudiado a los antiguos: sus runas hechas con el denso alfabeto de pesadillas, sus fragmentos de piedra que cantaban bajo el roce del hastío cósmico. Buscaba la Verdad, el nombre velado de quienes reinaban antes del hombre, sabiendo en mi fuero interno que la cordura era ya un lujo perdido. Mi pecho aún retumba con la memoria de esa primera noche, cuando, traspasando el umbral de la verja rota con las sigilosas bendiciones del orfanato lunar, percibí las señales que jamás había hallado en bibliotecas.

El sendero —si acaso puede llamársele así, cuando la misma maleza está dispuesta por la caprichosa arquitectura de pensamientos enterrados— se abría ante mí con una geometría imposible: curvas súbitas y escalinatas que no se decidían a subir o bajar, parterres donde el musgo azul parecía no sólo brillar, sino sumergirse y regresar de profundidades insondables. Los árboles, de un ámbar pútrido, articulaban entre sus ramas retorcidas nodos cuyos frutos parecían ojos en perpetua vigilia. Jamás supe si lo que veía era real o una proyección de la evanescente locura que acechaba tras cada recodo del lugar.

Sin embargo, fue en una sección apartada, donde la luna parecía dudar en vertir su luz, que hallé el estanque. Aquella lámina de agua, que reflejaba sólo la negrura y no el cielo abrasado de astros, me aguardaba como la pupila de un ente dormido y paciente. Y ante mí, levantándose entre una niebla de aliento frío, la forma de Vomeura, la última sacerdotisa del linaje maldito que gobernaba el palacio y el jardín. Su carne era traslúcida y pálida, orlada de un leve resplandor, como si su cuerpo fuera una frágil crisálida a punto de desgarrarse para liberar algo. Sus cabellos, húmedos y quietos, caían por sus hombros en una planicie de plata sucia, y al mirarla sentí el vertiginoso escalofrío de quien se asoma a infinitudes que no admiten retorno.

—No deberías estar aquí, Armin Soth —pronunció mi nombre como si lo acariciara en una lengua extinguida—. Lo que ansías aprender habrá de desollarte por dentro.

¿Negué en ese momento ser un necio, un hereje ante la sabiduría de las piedras pasadas? Mi orgullo fue más terco que el miedo, y aunque mis labios temblaron, la osadía me forzó a responder.

—He venido por conocimiento, no por salvación. Muéstrame aquello que consideras prohibido.

La sacerdotisa levantó la mano, mostrando un anillo de hueso teñido de amatista, y el aire mismo pareció congelarse alrededor de nosotros. Fue entonces cuando la superficie del estanque hirvió, y vi allí los rostros multiplicados de criaturas de colmillos negros y párpados dobles, conectadas por filamentos de un limo violeta. Oí una melodía que crecía fuera de la vibración perceptible, melodía que irradiaba una compasión más aterradora que el odio, y supe —por una intuición prohibida— que estaba siendo observado no sólo por Vomeura, sino por algo mucho más antiguo.

La presencia se materializó detrás de ella, difusa al principio, pero seguidamente tan definida como el cristal tallado: una criatura como un faro ardiente, cuyos múltiples ojos dorados giraban con implacable inteligencia. Su voz llegó a mí no por el aire, sino por la presión repentina en cada célula de mi ser, como si el nombre "Kletaneid" emergiera de la raíz misma del idioma.

"Por siglos he dormido, y por siglos sueño. La suma y la consumación de toda compasión y orden. El otro lado del caos; el límite y la piedad que todo dolor desconoce. ¿Has venido, Armin Soth, a buscar aquello que no puede ser soportado por ningún mortal?"

Mi voluntad flaqueó, pero mi cuerpo, dominado por una mezcla de curiosidad y terror, dio un paso hacia el estanque. Vi entonces, en sus aguas, las imágenes de horrores que alguna vez habían servido de mitos a razas que el tiempo obliteró: hombres de piel enroscada como pergaminos antiguos, bestias con torsos fractales habitadas por larvas de luz, y, sobre todo, los horrores mayores: aquellos cuya existencia es la definición de todo lo que el universo niega a la conciencia.

"Todo saber es veneno y bálsamo", musitó Kletaneid, y extendió un apéndice luminoso hacia mi frente. No tuvimos contacto físico; sin embargo, el cerco de mi mente fue cruzado, y, al instante, no supe más quién era y quién me hablaba. Vi las edades en que cielos enteros eran rasgados por las alas de seres que jugaban con la geometría del espacio como infantes con relucientes burbujas, vi la caída de razas arácnidas que tejieron océanos en vez de telarañas, y, sobre todo, la llegada de los primeros "compasivos", aquellos seres que parecían héroes y salvadores, pero que portaban en su interior una piedad invicta, una compasión más brutal que el más frío odio.

Los compasivos —la progenie de Kletaneid— se alimentaban no de carne, sino del cese del sufrimiento; aparecían cuando una raza, torturada más allá del límite de la desesperación, clamaba por redención. Mas, en vez de curar el dolor, ellos lo absorbían, borrando no sólo el sufrimiento sino todo recuerdo, toda historia, y las civilizaciones quedaban reducidas a polvo tan impecable y neutro como la ceniza de dioses caídos. Era el ciclo, decían, que mantendría el universo en perfecto equilibrio, así como la terca maleza mantiene la tierra fértil tras los incendios devoradores.

Vi la aparición de estas razas en el jardín de Cyralis: las criaturas de los ojos efímeros que trotaban a ciegas para no volver a ver la compasión devastadora de aquellos heraldos, y los cantos de clemencia que condujeron a la extinción de no menos de siete mundos olvidados, donde cada súplica era respondida con un toque de éxtasis y amnesia definitiva. Entendí, entre gritos mudos en mi cerebro destrozado, que lo que llamamos terrores nocturnos no son sino ecos mal recordados de la última piedad, más asfixiante y total que la crueldad descarnada.

Pero incluso esta revelación era sólo un umbral.

Vomeura brilló con mayor intensidad, y detrás de sus ojos —que ahora vi no eran sino portales— vi el jardín convulsionarse bajo la influencia de Kletaneid. Las plantas, las aguas, y aun el aire mismo, estaban habitados por larvas de los compasivos. Sentí, como una caricia en el centro del alma, la presión de ese entendimiento: que estos seres acechan en cada súplica, cada deseo de redención, preparando el ineluctable olvido.

"¿Deseas aún el conocimiento?" fue la última pregunta de la sacerdotisa, su voz ahora bifurcada, hecha de la propia lengua de los compasivos y de los humanos.

Atormentado, deshecho y sin camino de regreso a la inocencia, asentí. El estanque se partió entonces como una herida que no sangra, y fui sumergido en la matriz de todos los recuerdos. Vi, sentí, y supe. No soy más Armin Soth; ahora soy el eco y la proyección. He sido ungido con la compasión absoluta, y veo el universo como lo hacen ellos: no hay bondad ni malicia, sólo el interrupción misericordiosa de toda experiencia y, luego, el silencio.

Al despertar en las ruinas del jardín, bajo un sol monstruoso que jamás había dado calor sobre Hybres, me encontré cambiado. El idioma de los compasivos vibraba tras mis dientes y era capaz de percibir, más allá de mi casa, las presencias que acechan a toda raza sufriente. Sabía que uno de ellos se oculta en cada neblina demasiado espesa, en cada niebla donde murmuran los desesperados. Su regalo y su castigo es la total compasión, el borrado.

Ahora, escribo estas líneas, no por esperanza, sino como advertencia: no recen, no supliquen nunca por el fin de la pena, pues hay criaturas que oyen, y su consuelo es el más absoluto de los terrores. Me llaman a cada hora en sueños, y cada día veo derrumbarse más los muros de mis recuerdos, devorados por la compasión sin filtro de la progenie de Kletaneid.

Pronto seré visitado. Pronto sólo habrá jardín y neblina. Y los hombres que entren tras mí al umbral de Cyralis acaso también desearán no haber sentido nunca el más mínimo atisbo de piedad. De todo lo que ha muerto en esta tierra, nada lo ha hecho de igual manera que quienes recibieron la última redención que anuncian los compasivos. Así finaliza mi relato, pues tras estas palabras sólo resta el silencio. Y en el silencio, la compasión.

Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.