Fragmento:
Había noches que velaban la cordura, en que las moléculas mismas del aire parecían estar dispuestas a abismarse en otras realidades malhadadas y rampantes. En esas horas, tan receladas por hombres sabios y repudiadas por aquellas gentes del campo que apenas conocían la letra impresa, la textura de cualquier superficie se convertía en un argumento en contra de la existencia humana y sus frágiles certezas. El profesor Jeremiah Hoadley era uno de esos hombres asediados por inquietudes, aunque en su caso no se debía a leyendas alegóricas, sino al peso concreto de la investigación científica y sus infinitos precipicios. Su vejez de sesenta abriles le pesaba sobre la frente, la barba aún parda y los dedos manchados perpetuamente de tinta. La noche en cuestión —que marcó, según él mismo dejó escrito clandestinamente, el principio de la descomposición de su razón lineal— fue una de esas en que la piel de la realidad misma onduló bajo la presión de presencias bestiales.
Duración: 10:34
Había noches que velaban la cordura, en que las moléculas mismas del aire parecían estar dispuestas a abismarse en otras realidades malhadadas y rampantes. En esas horas, tan receladas por hombres sabios y repudiadas por aquellas gentes del campo que apenas conocían la letra impresa, la textura de cualquier superficie se convertía en un argumento en contra de la existencia humana y sus frágiles certezas. El profesor Jeremiah Hoadley era uno de esos hombres asediados por inquietudes, aunque en su caso no se debía a leyendas alegóricas, sino al peso concreto de la investigación científica y sus infinitos precipicios. Su vejez de sesenta abriles le pesaba sobre la frente, la barba aún parda y los dedos manchados perpetuamente de tinta. La noche en cuestión —que marcó, según él mismo dejó escrito clandestinamente, el principio de la descomposición de su razón lineal— fue una de esas en que la piel de la realidad misma onduló bajo la presión de presencias bestiales.
Su residencia en Arkham, a dos cuadras del campus de la Miskatonic University, había sido elegida por su silencio y su lejanía de los caminos principales. Cuando los vientos entonaban cantos ululantes y las luces temblaban al paso de algún transeúnte incauto, Hoadley encontraba en ese aislamiento una mezcla contradictoria de seguridad y amenaza, como un lecho forrado de acechanzas invisibles. Aquella noche, 17 de mayo de 1931, le sorprendió sumergido en la revisión de algunos volúmenes polvorientos: una traducción latina del Necronomicon —cuya autenticidad él mismo dudaba pero cuya intensidad lo erosionaba— y varios tratados de zoología obscura del profesor Karl Akeley, incluyendo cartas personales de crípticos testimonios obtenidos en expediciones a los pantanos de Louisiana.
La tormenta repiqueteó los ventanales con uñas de cristal mientras él recorría, absorto, los párrafos sobre la existencia posible de razas crípticas: seres a medio camino entre la materia y la pesadilla, agazapados en los intersticios menos transitados del tiempo. La lámpara de queroseno arrojaba sombras quebradizas y harto móviles; justo cuando Hoadley buscaba una nota al pie en la página 213, percibió por vez primera aquella sensación viscosa y atroz: la impresión de una mirada súbita, siniestra, que se deslizó desde el muro más sombrío a la comisura de su conciencia.
Por unos instantes, quiso reírse de sí mismo: el fruto del cansancio, la sugestionabilidad de un lector ávido sumido en especulaciones enloquecidas. Sin embargo, algo en el hedor del ambiente —una ligera reminiscencia a algas agrias, a órganos deformados e incomprensibles— le informó que no todo respondía a causas psíquicas. Dejó el libro, se incorporó temblando y se dirigió a la ventana, temeroso pero impelido por la lógica más atávica. Afuera, la noche era un delirio de ramas negras mientras gotas frías desdibujaban el mundo bajo la lámpara de la calle.
Lo que en ese momento escapaba a su entendimiento era solo el umbral de su descenso. Una vibración nívea retumbó, interrumpiendo el jadeo distante de la noche: no provenía del piso, ni de los muebles, sino de algún punto inidentificable y al mismo tiempo omnipresente. La lámpara parpadeó. De entre las sombras, en la zona más relegada del estudio —donde guardaba especímenes sumamente extraños embotellados en formol— una negrura más negra comenzó a nacer, apretujándose entre los libros y los botes, como si las leyes que mantenían la materia circunscrita a las formas hubiesen sido olvidadas, y algo buscara escurrirse entre grietas de mundanidad para alcanzar el umbral del entorno humano.
Hoadley, conteniendo el aliento, se abalanzó sobre una regla y golpeó la mesa, como si el ruido pudiese disipar la anormalidad. Pero la penumbra sólo palpó más fuerte, consolidándose y adquiriendo una textura indescriptible: a ratos parecía un ciempiés inmóvil, a ratos una burbuja de negror forrada de ventosas palpitantes. Cualquier intento por enfocar resultaba inútil: la forma resbalaba de la mirada, descomponiéndose en murmullos y cigarrillos, señales de otra vida abismada que reptaba hacia la ruptura definitiva.
De súbito, el silencio se hizo total. Tan absoluto, que apretó los tímpanos de Hoadley como una carcasa de terror. Fue entonces cuando, envuelta en esa mudez punzante, una lengua de sutileza inhumana yá emergió de la cosa, extendiéndose suavemente hasta la base de su escritorio. Allí, palpó un sobre amarillo, la carta extraviada del profesor Akeley, que él no había abierto por miedo a hallarse ante alguna revelación letal acerca de los Migo o los Profundos. El tentáculo sibilante, indócil al razonamiento humano, recogió la carta y, ante el estupor de Hoadley, la arrojó sobre la mesa. Al instante, el sobre ardió en un azul enfermizo y desapareció.
El profesor aulló. Retrocedió y cayó de espaldas, la cabeza rebosante de chisguetes febriles donde danzaban palabras como "Quisquilloso", "Y'ha-Nthlei", "Marejada", "Danzantes aterciopelados de Dhol". Pensó en los relatos de los pescadores de Innsmouth, en los antiguos monolitos carcomidos y en los cánticos infectos de los higos sombríos junto al arroyo Aylesbury. Lo invadió entonces una certidumbre insana: la criatura estaba, en cierto modo, escuchando sus pensamientos. Replegó sus propios recuerdos hasta lograr una compacta oscuridad donde los nombres y las formas se temían mutuamente.
El ente, como detectando ese movimiento psíquico defensivo, se retiró hacia la esquina, condensándose en una figura vagamente antropoide, con proporciones impías y un resplandor que juraría, hasta el fin de sus días, estar constituido de dermis y miradas. Sin embargo, en el centro del horror, dos cosas permanecían constantes: el hedor a profundidad y la sensación de que nada humano sería suficiente para restaurar su naturalidad si aquel contacto proseguía.
Luego fue el sonido: un goteo, un roce, un golpeteo bajo y persistente, como si una uña enorme arañara desde el techo el umbral hacia otra dimensión. Veía surcos abiertos que palpitaban como heridas, y de esos surcos emergían unos globos gelatinosos con apéndices filiformes, que flotaban y suspiraban, produciendo un leve murmullo como el de una colmena alienígena. Estos sub-seres se arremolinaban en torno al ente principal, pegándosele como lampreas o parásitos rituales, hasta que su cuerpo —llamémoslo así por defecto— comenzó a adoptar formas menos aborrecibles, simulando una fisonomía conocida, aunque imposible de definir.
Hoadley buscó ponerse de pie, pero el aire estaba ahora saturado de una vibración casi musical, punzante y desestabilizadora. Sus libros temblaban y la lámpara proyectaba sombras al revés, como si hubiera invertido el diagrama de la luna. Súbitamente, su memoria trajo una línea del Necronomicon: "Lo que acecha bajo la forma, acecha por siempre. Salmo sin voz, puerta sin llave." En ese instante lo supo: la criatura no era simplemente una vida biológica exótica, sino la entre-piel de universos rectificados, una costura errabunda que eludía la lógica y la seguridad de la existencia consolidada.
Pensó en el fuego. Buscó cerillas en el bolsillo e intentó alcanzar la lámpara, pero tan pronto como la mecha encendió, la criatura reverberó en una onda de odio. Los globos filiformes se adelgazaron como látigos, extendiéndose hacia la llama, que chisporroteó y se extinguió con un aullido líquido. A la par, un frío instantáneo le cortó la sangre. Algo se depositó en su mente, un impulso ajeno, una directriz básica pero horrenda: **dejarse mirar**.
Lo que siguió fue acaso el segmento más intransferible de su memoria. Frente a sus ojos, el ente se abrió, mostrando cámaras interiores tapizadas de órganos transparentes, donde rotaban esqueletos de peces y columnas de letras escritas en carne. Observó, a través de esos portales, paisajes distorsionados llenos de criaturas terribles: arbóreos de cien ojos, babuinos arácnidos, seres hechos de polvo y dolor galáctico, razas completas proscritas incluso por la imaginación más amarga. Cada criatura parecía retorcerse entre fracturas de tiempo, saludando o maldiciendo a Hoadley con sonidos que sólo su cabeza podía traducir como palabras. Sintió, a intervalos cortos, condenas de eones y bendiciones malditas por lenguas que apestaban a la luz primigenia.
La habitación tornó translúcida: las paredes eran ahora meniscos líquidos donde podía ver a través de los pisos, los pasillos y hasta la calle. Allí, de repente, comprendió otro horror: el mundo entero estaba infestado de esas presencias, pero sólo ocasionalmente, por accidente o por designio maligno, lograban asomar la cabeza en el quid de una mente humana lo suficientemente rota para acogerlas.
Despertó —deseó hacerlo, al menos— en su sillón, justo cuando el alba asomaba por la ventana. Nada quedaba de la criatura, ni de los globos, ni de los libros embrujados. Sin embargo, el hedor permeaba la casa como un recuerdo gráfico. A duras penas se levantó y caminó hasta el vestíbulo. Afuera, la ciudad era lo de siempre: niebla densa y frío sin forma; adentro, percibía un eco residual similar al de una orquesta perdida.
Intentó volver a la vida cotidiana, redactando informes y dictando clases con una torpeza que sólo sus colegas más insensibles hallaron pasajera. Las noches se convirtieron en demonios, y los sueños en trampas; veía, en las paredes, segmentos fugaces de la criatura, asomando como si estuviesen probando la resistencia de su mente. Una tarde, el decano de la universidad lo interpeló por su repentina obsesión con el estudio de "Criaturas entre razas", término con el que Hoadley redefinió no sólo su campo sino toda su existencia. Recortó contactos, quemó cartas de Akeley, evitó Innsmouth y sus alrededores.
Pero el 10 de octubre, cinco meses después de aquel incidente, un nuevo sobre amarillo apareció bajo su puerta. Lo firmaba Karl Akeley, aunque todos sabían que el profesor había desaparecido veinte años antes. Supuraba un lodo negruzco. Temblando, Hoadley no lo abrió: supo que dentro estaría la invitación final, la contraseña para la irreversibilidad. No hubo sonido, ni sombra, ni apéndice sibilante esta vez, pero cuando leyó los grabados que fluían espontáneamente de la cubierta ("No estás solo. Solo serás uno de nosotros."), comprendió que aquel vislumbre fugaz —la Carne Profunda, los portales, los Danzantes de Dhol— era sólo la antesala de lo innombrable.
Quiso gritar, pero se supo ya absorbido desde dentro. El mundo sensible y tangible era poco más que el refugio último de seres como él, que alguna vez amaron, trabajaron, y rieron entre la poderosa y recurrente indiferencia de razas y criaturas para quienes la carne humana era una casualidad disonante, una grieta en la música verdadera del cosmos. Y así, tras meses de agonía interior, aceptó al fin que en la frontera de la carne y la memoria sólo aguardaba el abismo —y que, mientras aún haya quien escriba y tema, las razas ocultas y las criaturas sin nombre seguirán vertiendo por sus poros la obscenidad de lo eterno e insalvable.
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