En mi madurez, tras décadas estudiando lenguas muertas y civilizaciones arrasadas, comprendí que el saber es en sí mismo una forma de ruina. La Universidad de Arkham me había empapado del olor a bibliotecas húmedas y sílabas olvidadas, hasta que cada página me ardía en las manos como si fuera papel encerado almacenado dentro de criptas pestilentes. Por eso, cuando recibí la carta de Samuel Parkhurst, no pude evitar el temblor en los nudillos: había regresado al país tras más de veinte años desaparecido, y lo primero que hizo fue invitarme, casi exigirme, que acudiera a su propiedad en Maine. "He visto el mediodía negro donde el sol no es más que un orificio," rezaba la postdata. Su caligrafía era temblorosa, casi febril.
Nada me preparó para la escena que hallé en la casa: cortinas corridas, muebles cubiertos de polvo y Parkhurst, envejecido y famélico, sus ojos sanguinolentos pescando en el aire la silueta de algo que acechaba siempre más allá de mi campo visual. "Te lo mostraré," me dijo sin siquiera saludarme. La ansiedad se filtraba en su voz, con los dientes castañeando en un ritmo que sólo después reconocí como un lamento ancestral.
Seguimos el camino que conducía al extremo de sus tierras: un sendero que se abría a golpe de machete entre helechos asfixiantes y líquenes, hasta el borde de un despeñadero donde la tierra cedía paso a unas piedras negras, inmisericordemente bruñidas, que formaban la entrada de una caverna violada por el musgo y el aire podrido de la Selva del Este.
Samuel, tembloroso, se aferró a mi brazo. "Te juro que nada de esto es sueño ni invención." Su aliento olía a colapso y miedo.
El crepúsculo caía con rapidez, engullendo el claro en una penumbra de la que sólo emergía la caverna, extrayendo calor y sonido como un sumidero. Quise protestar, sugerí dejar la exploración para la mañana, pero ya sentía ese poder antiguo arrastrándonos. Él lucía poseído por una urgencia que no comprendí hasta que estuvimos dentro y la temperatura cayó de golpe, tan baja que mi linterna tembló en la mano.
La caverna se abría ante nosotros en un arco imposible, de simetría demasiado perfecta para ser obra de naturaleza o mano humana. Samuel apenas susurraba retazos de una lengua gutural. A medida que avanzamos, los muros comenzaron a brillar, primero con reflejos de mica; después con geometrías imposible de describir hechas de un resplandor pálido y pútrido, como una aurora boreal deformada. El aire se tornaba espeso, intoxicante. En el silencio sólo se escuchaba un eco de respiraciones, pero —y era esto lo intolerable— a veces esas respiraciones no eran humanas.
En cierto punto, la caverna dejó de ser caverna y se convirtió en templo. Nichos tallados en las paredes mostraban escenas de hombres y criaturas con rostros como máscaras derretidas, postrándose frente a un disco negro suspendido en el vacío. Samuel se detuvo y, a la luz temblorosa, me mostró unos símbolos tallados en la piedra: reminiscencias de la escritura pictográfica que había pasado años estudiando, pero aquí, las líneas se retorcían y giraban unas sobre otras, reclamando urgencia, una suplica de siglos.
"Alazak," murmuraba Samuel. "Ellos llamaban a esto Alazak. Es anterior a los olmecas, más antiguo que África, ni humano ni animal ni máquina. Aquí susurraron al sol negro en la Era del Barro."
Había leído vagas referencias a Alazak en un manuscrito de los círculos de la Golden Dawn, pero se consideraba desvarío espiritualista. La marca de Tulzscha aparecía repetidas veces: ese nombre que se sugiere, jamás invocado, asociado a las tempestad de luz enloquecida, al resplandor malsano que no pertenece a ningún astro. "El que camina entre esporas incandescentes", decía el texto.
El fondo de la caverna estaba dominado por un altar ciclópeo, rodeado por anillos en espiral grabados en el suelo —anillos que simulaban una órbita nauseabunda e irracional alrededor de un disco de obsidiana opaca. Encima del disco, rozando el techo, flotaban filamentos luminosos que se enroscaban unos en otros, palpitando al ritmo de nuestro miedo. Samuel me pasó un cuaderno polvoriento: era su bitácora, llena de dibujos histéricos y apuntes frenéticos. "Vinimos a rescatar oro prehistórico… pero encontramos la Ceremonia."
Al leer el cuaderno, supe del equipo original: geólogos, exiliados, contrabandistas. Había hallado la caverna cerrada por un deslizamiento. Apenas la abrieron, los sueños comenzaron: figuras translúcidas danzando en torno a un sol caído, un eclipse donde no había luna ni tierra, sólo luz mortecina vertida en venas de piedra.
Samuel me confesó que solo quedaron él y Victoria, la última miembro viva. "Ella selló el pasaje interior. Dijo que ‘el astro pútrido no quiere ser visto. Tulzscha espera en la penumbra’. Yo… volví porque la oigo en las noches, susurrando."
El altar se estremeció, alterado por una corriente de aire subterránea. El suelo vibró con el eco de las espirales, y el disco de obsidiana pareció sorber toda la luz de nuestras linternas, suspirando —sí, un susurro cálido y doliente, como si contuviera los cientos de gargantas perdidas de Alazak.
Hubo un momento de extraña lucidez: vi por fin el relieve a lo largo del altar, escenas que no eran representación sino advertencia. Hombres acuchillándose bajo la presencia de una silueta iridiscente cuyos miembros reptaban y cambiaban de forma, cuyo torso era un cubo dividido en formas humanas y animales, cuyo rostro se multiplicaba en tentáculos cubiertos de ojos ardientes. Y siempre el disco negro, girando frente a ellos, escupiendo resplandores y masas vaporosas.
Samuel me detuvo al borde del altar: "No podemos tocar el disco. Victoria lo selló... pero algo se está despertando. En el equinoccio, la Ceremonia recomienza. Viniste porque tú puedes leer los símbolos. Yo no… no soy digno."
Ninguna parte de mí deseaba obedecer, pero la fuerza de su súplica era demasiado genuina. Trazados sobre la piedra, los glifos formaban un mensaje: "A los caminantes de la carne, os digo: El resplandor vive en la sangre y el disco mastica los huesos. Cuando la sombra devore al sol, Tulzscha ascenderá entre plegarias prohibidas." Sentí cómo las palabras entraban en mi pecho como aceite hirviente.
Escuchamos un paso detrás de nosotros. Victoria, envejecida más allá de lo natural, vestía andrajos rituales pegados a la piel mohosa. Sus ojos verdes brillaban con la furia líquida de alguien que ha visto los cimientos del mundo. No saludó. Se movió hasta el disco, depositó entre los anillos el fémur de un animal y murmuró un cántico en la lengua imposible que yo apenas reconocí del cuaderno de Samuel. La vibración se intensificó: la piedra empezó a palpitar, y chorros de luz viscosa brotaron del centro.
"La Ceremonia del Sol Negro no pretende pedir, sólo recordar," susurró Victoria. "Recuerda lo que perdiste, lo que arderá, lo que seremos."
El disco giró; los filamentos palpitantes en el techo se extendieron, como raíces hambrientas buscando algo más que carne. Al fondo, una figura comenzó a materializarse. No era exactamente una criatura, ni una persona: era la sombra de Tulzscha, la irradiación de un dios putrefacto, cambiante. Allí estaba la respuesta a la desaparición de Alazak: no habían sido destruidos, habían atravesado el disco hacia otra luz, carne destilada en polvo y canción.
Me encontré postrado sin querer, la lengua recitando sílabas inhumanas. En mis oídos, la voz de Samuel se quebraba, suplicando o huyendo, no estoy seguro cuál. Victoria sonreía, o lo parecía, mientras la sombra lamía su cuerpo y lo envejecía hasta que solo quedaron vendajes vacíos.
El disco latía. La luz enferma se vertía sobre mí, lamiendo los recuerdos de mi infancia, de mis estudios, de la última vez que sentí cariño humano. Todo eso se fundía en un tapiz de huesos y raíces, de palabras y sombras, de ceremonial imposible.
La voz de Tulzscha, la verdadera, gritaba detrás del velo: "El sol negro es la ruta, la ruina y el hogar. Ven, camina con nosotros y recuerda que tu carne es barro y deseo."
Ciudades destruidas, culturas borradas, todo era parte de la misma ceremonia: la gran migración a través del radiante abismo, la disolución de lo humano ante el resplandor que devora tanto al sol como al hombre.
No sé cuánto tiempo estuve allí. Cuando la luz se disipó, Victoria había desaparecido y Samuel yacía en el suelo, los ojos completamente negros, la boca tarareando la melodía de la ceremonia. El disco seguía allí, ahora sólo piedra sin brillo, pero sentí que me miraba. Afuera, la noche no era ya noche: el horizonte era una costra horrenda donde la aurora pútrida resplandecía, donde las formas y las sombras caminaban en espiral, hacia el sol negro, hacia el horizonte podrido, hacia la nueva Alazak.
Aun ahora, al escribir esto, siento la quemadura de la luz infecta bajo la piel. El disco palpita, enterrado en mi memoria, reclamando. En los sueños veo a Tulzscha, el que se arrastra en el resplandor, y a mi lado, Samuel y Victoria me esperan, sosteniendo filamentos que no son cabellos ni nervios, sino raíces de la civilización perdida, extendiéndose, hambrientas, buscando siempre carne que recordar.
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