Portada del relato La semilla de otro universo
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Fragmento:


Pronto advertí que algo fallaba. Las luces oscilaban; la red interna lanzaba mensajes corrompidos y frases sin sentido: “VELA ABIERTA - 99.98% NODOS PERDIDOS”. Capté, entre aberraciones de la tecnología, lo que parecía la última petición registrada de G.: “Aparecieron en el aire, venían de otro lado, ojalá cerraran la puerta.” El miedo se enroscó como una serpiente vieja en mi estómago.

Duración: 10:56

La semilla de otro universo
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Texto de ajuste de pausa.

El grito persiste en la garganta de los hombres, incluso siglos después de que el amor y la racionalidad hayan abandonado la Tierra para refugiarse en promesas mecánicas y ruinas. Yo mismo he gritado, más veces de las que quisiera admitir, desde la noche donde terminó mi cordura. A veces, pienso que lo peor no fue perder la razón, sino saber que aún existen cosas capaces de hacerla añicos. Fui periodista y cronista, vividor y enamorado de lo que el raciocinio podía prometer, hasta que una llamada bastó para desarmar el tejido casual del mundo.

Ocurrió en un febrero de lluvia constante y desesperada. La ciudad, vasta y vacía en su periferia, parecía proteger sus silencios bajo un manto de polvo radioactivo y anuncios luminosos que nadie actualizaba ya. Recibí la noticia como un correo inofensivo: “Teniente G. desaparecido en el complejo Omega. Se busca personal para registrar instalaciones. Plazo: 12 horas.” No era habitual recibir convocatorias de ese círculo hermético, pero la miseria me había dotado de una reputación tenaz. Ya no importaba la paga, sólo el acceso.

Fui, sin otra preparación que una linterna, el dispositivo editor, unas pastillas contra el insomnio de las que uno se arrepiente y la esperanza callada de una historia que agitara los rescoldos helados del periodismo. Un taxi me volcó cerca de Omega antes del alba. El aire era ácido de lluvia. El edificio, aislado y blindado, surgía como un caracol muerto rodeado de vallas y mascarones de óxido. Un soldado, de uniforme negro y mirada hueca, me dejó pasar tras chequear la invitación en su implante ocular. Instantes después, estaba solo en las entrañas del complejo.

La estructura del Omega –ya lo sabía de investigaciones previas– era una espiral descendente: laboratorios, túneles, cámaras de observación, sótanos siniestros. Me acompañaba a intervalos la vibración de bombas inyectando oxígeno al aire, generadores ocultos que estallaban de estática. Pisadas mías sobre baldosa olvidada. La misión era simple: averiguar qué había sucedido con el teniente G., archivista de muestras, rumor de historia negra en la base de datos.

Pronto advertí que algo fallaba. Las luces oscilaban; la red interna lanzaba mensajes corrompidos y frases sin sentido: “VELA ABIERTA - 99.98% NODOS PERDIDOS”. Capté, entre aberraciones de la tecnología, lo que parecía la última petición registrada de G.: “Aparecieron en el aire, venían de otro lado, ojalá cerraran la puerta.” El miedo se enroscó como una serpiente vieja en mi estómago.

No tardé en descender más, esquivando oficinas saqueadas y laboratorios sellados con cinta de advertencia bilingüe. Todo exudaba una urgencia enmudecida. Encontré expedientes: informes de lo que llamaban experimentos Xen, proyectos de contacto con realidades paralelas. Habían construido en Omega una rendija al “espacio del ácido”: un área liminal, un pliegue entre lo que se puede pensar y lo que nunca debió contemplarse. Usaban máquinas capaces de estimular la existencia de fisuras extradimensionales. Allá, en lo desconocido, algo esperaba.

El miedo se volvió tan tangible que empecé a pensar que no era solo mío, que mohínos trabajadores y soldados muertos impregnaban los pasillos de esa angustia. Al llegar al tercer sótano noté un frío pelmazo, hostil, que me recorrió la nuca. Caminé hasta un recinto grande, donde diversos portales sostenidos por aros de cobre descarnado iluminaban la estancia. El aire vibraba; los generadores ululaban con secuencias intermitentes. El portal central estaba abierto. Un viento gélido y palpitante entraba desde el umbral.

Quise retroceder, pero una figura humana –o lo que quedaba de ella– yacía a pocos metros del umbral: el uniforme de G., su placa, sus ojos abiertos inmóviles en un rictus de horror tan absurdo que mi razón quiso reír antes de desistir. Quise examinarlo, pero su piel se movía levemente, como si burbujeara. Me sobrevino la certidumbre de que lo que le había aterrorizado aún no se había marchado.

En ese instante el portal se expandió y una sombra descomunal bloqueó la luz azulada que llegaba desde el otro lado. Eran alas: alas nervudas, correosas, imposibles, batidas sobre un velo de niebla verde. La criatura –si cabe llamar así a una forma cuya geometría sólo puede describirse por parcelas, fragmentos de pesadilla y fracturas ópticas– se materializó desde lo que parecía el reverso tangible del mundo. Su cuerpo evocaba el de un murciélago titánico, pero sin límite estable en su silueta. Del cuello largo surgía una cabeza sin rostro, apenas agujeros donde batallaba la oscuridad. Los ojos, múltiples, giraban y parpadeaban con un destello antinatural.

Me quedé petrificado. El Byakhee, porque desde entonces aprendí ese nombre espantoso en mis pesadillas, olisqueó el aire. Caminaba como si los huesos se retorcieran en cada paso. Olí un hedor de amoníaco, ozono, y algo primitivo: como tripas antiguas abiertas sobre altar ajeno.

No me vio, o me ignoró. Lentamente, reptó hacia el cadáver de G., bajó su trompa flexible y sorbió la piel como si se tratase de un capullo, vaciando al hombre de toda sustancia. El chillido apenas perceptible de G. –¿o era de la cosa?– se repitió en ecos a lo largo del sótano. Me arrimé al muro, boca tapada, temblor en el pulso que me impedía pensar.

El horror se multiplicó. Desde la realidad del portal, otros seres siguieron al primero. Flotaban o caminaban, a veces confundiendo sus miembros, a veces plegándose en direcciones inviolables. La estancia se inundó de ellos y, por un horroroso instante, sentí que la realidad vibraba bajo sus alas. Rozaron la maquinaria, los tubos, el cadáver, todo con una consecuente indiferencia. Alguno rozó una lámpara y la luz parpadeó en una sinfonía de sonidos bajos, tan sin sentido como el idioma de la fiebre.

Apenas atiné a correr, desbocado, sin rumbo seguro. Cada pasillo era otra batería de sobresaltos: otros cuerpos, destrozados o intactos, prisioneros del pánico terminal. Crucé ante un ventanuco de observación y vi, al otro lado, que uno de los Byakhees se asomaba a la realidad, girando en vertical como una compuerta submarina. De su silueta colgaba una malla carnosa que exudaba una pútrida espuma azul. Tuve la claridad extraña de que nada de lo que los humanos podían erigir bastaría para detener a esas entidades.

No sé cuánto tiempo pasé huyendo a ciegas. Las criaturas cruzaban los límites físicos sin esfuerzo, moviéndose por los suelos, paredes y techos, haciendo imposible calcular de dónde veniría la próxima punzada de horror. La linterna temblaba en mi mano, parpadeando en sincronía con los gritos distorsionados de la base central, mensajes generales que ni siquiera ya eran palabras: solo ráfagas de nombres propios, gritos, amenazas y súplicas.

Chocando con una puerta lateral, me arrastré a un laboratorio sellado desde adentro. Encendí a tientas la consola. La pantalla mostraba diagramas del portal: las ondas que precedían la apertura dimensional. También, anotaciones de última hora de un científico identificado como “M.”, que advertía sobre “formas de vida hostiles e inhóspitas a la vida del carbono”, “posibles transmisores de conciencia entre realidades”, e “imperativo: CERRAR PORTAL A TODA COSTA”.

Leí mientras afuera el aire crujía bajo aletazos. En los márgenes, una frase escrita apresuradamente me heló la sangre: “Los Byakhees ven, reconocen la mente. Si piensas en ellos, te detectan. No dejes que te encuentren desde dentro.” Como si la psique fuera una baliza para esas criaturas.

Percibí que el aire del laboratorio era menos denso, que la puerta aguantaba. Pero uno de los Byakhees pasó, casi translúcido, a escasos pasos del vidrio reforzado. Sentí, más que vi, su intento de cruzar el umbral: su silueta se fragmentó y derramó una espiral de carne rugosa. Invadió mi mente un giro de pensamientos ajenos, recuerdos de otras realidades: ciudades de humo verde, cielos sin nombre, criaturas reptando en abismos invertidos.

Entendí, súbito, que aquello que me miraba no era sólo un ente hambriento de biología. Era un testigo y guía de otro universo, un pastor de pensamientos, cuya misión era recolectar no cuerpos, sino identidad, huellas de la conciencia humana como quien roba fuego de la madera para encender un mundo paralelo. Si me encontraba, no sólo moriría: sería trasplantado a otro espacio, descompuesto y ensartado en la vigilia de otro cosmos, donde la realidad misma es una tortura sin amanecer posible.

Las lágrimas me corrían a borbotones. Recité de memoria versos de mi infancia, me obligué a no pensar en la monstruosidad; repetí fórmulas, recuerdos triviales, logaritmos y nombres de aviones. Aun así, sentía su conciencia palpando los bordes de la mía como una lengua translúcida, buscando el resquicio, el error, el pensamiento fatídico que me delatara.

Debí pasar horas allí, quizá toda una noche. La criatura pareció elegir otro objetivo, retirándose en un rebufo de niebla. Saqué fuerza de la desesperación y, aprovechando la ausencia, huí a rastras, entre pilas de equipos humeantes. Encontré las escaleras, fuerzas de mi vida drenadas en cada peldaño. Logré salir al amanecer. La base había sido abandonada. Ni el soldado de la puerta ni las patrullas robotizadas: sólo el rumor del viento y el olor a ozono podrido.

Anduve kilómetros, de regreso a la niebla de la ciudad. Nadie me creía, como ocurre con todo aquel que ha vislumbrado la fractura del mundo. Los informes fueron archivados, las grabaciones confiscadas. Pasaron los meses. Las pesadillas se repiten: alas en la oscuridad, ojos fugaces, la certidumbre de que me vigilan, de que sólo estoy en pausa. A veces, cuando las luces parpadean en el metro o en la lluvia siento el roce de una mente extraña, que evalúa si mi silencio sigue intacto.

A quienes lean esto les ofrezco una advertencia: los cercos que llamamos realidad sólo existen hasta que algo viene de fuera a cruzarlos. Los Byakhees prosiguen su cosecha, no de materia, sino de conciencia, y hay noches en las que creo oír sus alas aullando tras la puerta de mi propio sueño, buscando la grieta mental que me devuelva al espacio que nunca debimos rozar. Lo peor de todo no es saber que existen, sino sospechar que ya están aquí, sentados junto a ti, esperando que cometas el error de pensar en su verdadero nombre.

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