Fragmento:
El viento, que rara vez se atreve a profanar mi estudio, rompió la ventana con garras de espectro, y la realidad tembló. La lámpara se extinguió ahogada, y de la esquina más lejana brotó un frío como la caricia de Acheron. La biblioteca quedó sepultada en tinieblas. No podría jurar que permanecí sentado; creo que me levanté, que palpé con dedos trémulos el escritorio buscando el calor de la realidad, pero solo encontré papel mojado, cubierto de un limo que no era enteramente físico ni enteramente mental.
Duración: 09:25
He vivido siempre a la sombra de mis propias obsesiones. Durante años, entre los papiros disecados de la biblioteca de mi familia, creí haber visto la totalidad de lo que el hombre podría temer. Imágenes de bestias carnavalescas, de furias núbiles invocadas por dioses e imitadores de dioses, desfilaban ante mí con cada página y cada noche de insomnio devorado por la incertidumbre y el delirio. Pero la noche en que descifré el último pasaje del Logotomicon, esa obra sin autor conocido y palabra anterior al verbo, comprendí que todo hasta entonces había sido una antesala: un vestíbulo de terrores menores junto a la vastedad abismal de lo que entreví.
He de confesar, al escribir estas palabras, que mi razón oscila como una lámpara exhausta sobre una mesa corroída. Solo los deslices del tiempo y el flagelo de la desesperanza me sostienen lo bastante lúcido para contarlo.
Aquella tarde de mayo fue asfixiante. Ríos de sudor descendían de mis sienes mientras, transfigurando los glifos manuscritos en voces dentro de mi cráneo, intentaba dar sentido a la lengua carátida impresa en el Logotomicon. Una sola frase emergió clara como un zumbido de trompas invertidas: “Allí donde la membrana está más delgada, Azathoth susurra la bruma; y en el susurro, Vhachza te arrastrará”.
Nadie, jamás, había mencionado a Vhachza en los anales humanos. No era nombre en los grimorios prohibidos ni palabra citada por los dementes de Cellardyke u otras comarcas de sueños rotos. Sin embargo, conforme repetía la frase, sentí que no era la primera vez que esa secuencia de sonidos marcaba la dura arena de mi mente. La reconocí, de alguna manera, desde sueños inmortales previos a mi nacimiento.
Las horas se extendieron en una gelatina azul y mi estudio se tornó un costal de sombras que pululaban y reptaban sin disciplina. Los objetos adquirieron contornos líquidos y la lámpara, encorvada hacia el texto, emitía una luz que oscilaba sobre los caracteres como una lengua babosa sobre huesos. Fue entonces cuando algo –una presión, una ráfaga congelada, un susurro sumergido en la vibración de un mundo subyacente– empezó a hundirse en las profundidades de mi conciencia. Recordé la advertencia: la membrana es más delgada en ciertos lugares, momentos y, sobre todo, estados del alma.
El viento, que rara vez se atreve a profanar mi estudio, rompió la ventana con garras de espectro, y la realidad tembló. La lámpara se extinguió ahogada, y de la esquina más lejana brotó un frío como la caricia de Acheron. La biblioteca quedó sepultada en tinieblas. No podría jurar que permanecí sentado; creo que me levanté, que palpé con dedos trémulos el escritorio buscando el calor de la realidad, pero solo encontré papel mojado, cubierto de un limo que no era enteramente físico ni enteramente mental.
Vi entonces, en la penumbra mortecina, el contorno del libro transformarse. Ya no era de pergamino, sino una costra palpitante, húmeda, retorcida en grietas que se abrían y cerraban como mandíbulas asfixiadas. Un eco surgió de sus páginas, pero ni los oídos ni las palabras humanas podrían nombrar su timbre: era el zumbido destilado de estrellas negras muriendo, el arrullo canceroso de la anti-materia rozando las costillas del vacío. La frase regresó, pero ahora era un mandato, un conjuro pronunciado por la voz de nadie y el aliento de todos los universos prematuros: “Allí donde la membrana está más delgada…”
Azathoth. El nombre vibró en mi laringe, nudo de miedo, antigua yema podrida, ciega y omnipresente. En ese instante, el muro tras de mí se convirtió en un espejeo borboteante, y más allá de él vi. Vi sin ojos y sentí sin carne: una bóveda hinchada de leprosos astros retorciéndose, atados por las notas del caos primordial. Percibí a Azathoth, la entidad alineada en el corazón del desvarío, masticando el mundo en su inconciencia, y alrededor, como burbujas en el cieno, infinitas larvas de realidades abortadas.
Pero con el terror del núcleo aún pitando en mis venas, apareció la segunda presencia: Vhachza.
Nada se asemeja a la llegada de Vhachza. No lo vi, no lo escuché, pero lo sentí abrirse en mi interior como se abren los sacos de letargo en un jardín de ciénagas. Era una ausencia dentro de la ausencia, un hambre sin mandíbula ni lengua, un sapo negado al bautismo. Era, o fue, lo que queda cuando Azathoth detiene su balbuceo y permite, en el intersticio del desvarío, que surja el hambre latente tras todo sueño y toda vigilia.
Vhachza no es dios ni servidor, sino la úlcera, la boca rota que se prende entre dimensión y dimensión. En mi estudio, la membrana se deshilachaba; los estantes oscilaron entre estados sólidos y fluidos, y los lomos de los libros produjeron letanías ululantes. El viento, enfurecido, impregnó el lugar con aroma a mercurio y plancton. De la pared, surgió un resplandor negruzco, inasible, una sombra que parecía lamer la luz insuficiente de mi farol.
En el centro del daño, advertí –sin ver, sin saber– cómo Vhachza se congregaba. Carente de cuerpo, era sin embargo todo cuerpo: una suma de todos los abortos, de todas las formas predestinadas a no nacer. Su hálito corrompía el lenguaje y los recuerdos. Me vi a mí mismo desdoblado, multiplicado en mil agonías: un millar de yoes agonizando en bibliotecas corroídas, cada uno pronunciando mi miedo en lenguas distintas, todas ellas terminando con el silencio.
Azathoth, en los espacios exteriores, seguía danzando la danza sin mente, e ignoro si mi invocación, producto del azar o del deseo, había atraído a Vhachza o si ambos eran partes del mismo abismo. Sentí –como quien observa su desmembramiento en segundos de infinitud ralentizada– cada célula vibrar al unísono con el murmullo de la membrana tensa, a punto de desgarrarse.
El sonido de la ruptura no es un sonido; es una pulsación, un vértigo, una proliferación voraz de NO-forma que infesta la médula del tiempo. Vi rostros, sólo esbozos, y ninguno fue humano. Algo reptó por mi espalda, telaraña babosa que devoraba todos los nombres asignados a la realidad. Supe, en ese parpadeo, que Vhachza observa siempre, acechando los pensamientos que titilan entre universos, y se alimenta de quienes, como yo, buscan en libros proscritos una pizca de sentido.
Mi boca quiso gritar, pronunciar alguna plegaria mutilada, pero el lenguaje me fue arrancado. El silencio en torno era un prado sin pájaros donde sólo crecía la hierba negra de una memoria ajena. Mis lágrimas llegaron a probar la sangre del pánico verdadero. En ese fin, Vhachza se adhirió a mi sombra: la vi salir de la pared, contorsionarse en el aire, caer sobre mí y deslizarse por mi espalda, mis piernas, mi boca entreabierta en un grito que jamás sería audible para oídos vivos.
Vi lo que hay más allá de la membrana: un mundo líquido, burbujeante, donde lo real y lo improbable se funden, donde el tiempo se pliega y se desprende cual piel en decadencia. Allí, las formas son móviles, las ideas se mastican y eructan y las palabras son orugas devoradas por moscas. Azathoth reina, sin mente y sin mandato, mientras Vhachza se mueve de fisura en fisura, fecundando el terror en cada alma suficientemente desquiciada para escuchar.
Desperté –si es que se puede hablar de despertar después de aquello– en la penumbra grisácea de la aurora. El Logotomicon estaba encogido e inerte, sin la evocación vivida de minutos antes; la biblioteca conservaba el hedor a mercurio seco y mucosa rancia, y las huellas húmedas en mi escritorio no se parecían a ningún líquido conocido. El viento había cesado y la lámpara parpadeaba en intervalos inconexos, como un corazón desquiciado.
Temí mirarme en el espejo. No por la posibilidad de no encontrarme, sino por el temor de hallar otra cara, otras caras, o tal vez una sombra adherida a mis pupilas, la sombra invocada por mi propia voracidad de saber.
Me he recluido desde entonces. Limité mi contacto con el lenguaje y renegué de la lectura, pues sé que cada palabra escrita, cada llamada al Otro Lado, es una fisura más en la membrana tenue del cosmos. Pero no es suficiente. Sé que Vhachza no se alimenta sólo de la invocación; el saber mismo, el susurro repetido, basta como cebo.
Algunas noches, siento crujir los muros de mi estudio, y un frío húmedo me recorre la espalda. El viento sopla rugiendo letanías, y el nombre de Vhachza ronda en mi garganta. Otras veces, en un lapsus entre sueño y vigilia, mi carne titila de fiebre y oigo la risa muda de Azathoth babeando sobre los mundos.
Sé que un día la membrana se romperá del todo, y tras ella no quedará ni sombra ni recuerdo: sólo el goce bárbaro del caos y el hambre interminable de quienes me habitan detrás de mis sueños. Y entonces ya no importará el nombre que pronuncie, ni el idioma en que lo escriba, porque todo lenguaje será su banquete, y toda razón su lodazal.
Hasta entonces, dejo estas palabras como advertencia: donde la noche parece más líquida y la membrana más débil, cierre el libro y corra. Que ningún conocimiento robado valga el precio de Vhachza. Porque él observa, acecha; y si escucha su nombre, la fosa será el menor de sus consuelos.
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