Portada del relato El susurro bajo el Trono de Caos
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Fragmento:


Me encontré la noche siguiente bebiendo sobre las notas y el mapa, incapaz de descifrar los glifos salvo por una advertencia tallada con náusea y euforia: "Solo bajo la atención del Ciego, lo sellado se devora a sí mismo". Pronto, nubladas por el insomnio y el ron, esas palabras fueron menos una advertencia que una invitación. ¿No había sentido ya la persistencia de esa melodía ajena —ese ritmo disonante— cuando los campaniles de la cochambrosa ciudad se estremecían como si tosieran polvo ancestral?

Duración: 07:37

El susurro bajo el Trono de Caos
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Texto de ajuste de pausa.

Las ciudades nacen y perecen. Pero hay lugares donde la muerte es más antigua que la vida; donde ni siquiera el viento osa rozar los polvorientos umbrales de lo inimaginable. Por azares de la carne y el cansancio, vine a parar a uno de esos sitios, y aún tiemblo al recordar cómo los sellos y los cánticos, al fallar o ser profanados, sólo revelan los colmillos de la ruina. Aún veo ante mí a Azathoth, aunque ninguna oración pueda aplacar la inercia sin sentido de su existencia.

Todo comenzó con la carta de mi tío Abner. No lo conocí en vida —pero los locos de la Facultad le susurraban apodos que se aferaban a las paredes tanto como el moho—. Veinte años atrás, durante una expedición en el desierto interior de Mauritania, se esfumó con su caravana entre ruinas que jamás fueron atlantes ni fenicias. Sólo ahora emergía una póstuma invitación: una llave, un mapa y varias páginas escritas en un dialecto que era mitad acadiano, mitad delirio.

"Si el sello cede, no busques la simiente de Trhagh," advertía en un trazo tembloroso, "ni invoques el silbido que se arrastra bajo la lengua de Ghatanid". El mapa, en cambio, mostraba un triángulo grotesco cuyo vértice norte apuntaba hacia una depresión ignota —Cratón Taoudenni— y solo bajo luz ultravioleta emergía el Arbor Infame: la caligrafía sinuosa de los Antiguos que invocaba pesadillas del Necronomicón aún no escritas.

Me encontré la noche siguiente bebiendo sobre las notas y el mapa, incapaz de descifrar los glifos salvo por una advertencia tallada con náusea y euforia: "Solo bajo la atención del Ciego, lo sellado se devora a sí mismo". Pronto, nubladas por el insomnio y el ron, esas palabras fueron menos una advertencia que una invitación. ¿No había sentido ya la persistencia de esa melodía ajena —ese ritmo disonante— cuando los campaniles de la cochambrosa ciudad se estremecían como si tosieran polvo ancestral?

La travesía fue un descenso, no sólo hacia el sur: crucé el Atlántico y me adentré en Marruecos y Argelia, donde cada paso era una confesión que se le arranca al condenado. Mi guía era un tuerto que respondía al nombre de Haj Bakr. Parecía haber desenrollado más de un cadáver de entre las dunas, pero ni su dureza disimulaba el temblor cada vez que mencionaba “el selm el-atiq — el Sello Antiguo”.

Pasaron días de sed y noches preñadas de remordimiento. Al fin, en la boca de un antiguo laberinto minero, descubrimos el primero de los portales: una losa negra que rechinaba como una inmensa uña de hueso. Sus bajorrelieves parecían estremecerse bajo la luna, adoptando formas incompatibles con la óptica y la razón. Sin embargo, la llave encajó perfectamente.

El corredor era húmedo y sofocante. No era simplemente un túnel excavado en roca ni ruinas de alguna civilización perdida. Ciertamente, desde hacía eones ningún ser humano cargaba cargas de sal ni adoraba dioses, sino que el lugar parecía haber sido templado por fuerzas cuya espontaneidad era menos volcánica que demente. Todo respiraba el hedor del vacío, un vacío no natural sino infestado, como si la realidad temblara en los márgenes de lo tolerable.

La ‘crónica’ de mi tío —más bien una letanía inconexa de nombres y símbolos— había advertido que los sellos no eran obra de hombres. Más bien, el Sello de los Antiguos parecía ser un simple apósito en el sarpullido cósmico: una tapadera momentánea sobre algo que no podía, ni debía, ser encadenado.

Al tercer día, llegamos a una cámara hexagonal. Su pavimento era una amalgama de cuarzo y costras orgánicas que crujían bajo los pies. Allí encontró Bakr la entrada secreta —una loseta central que giraba apenas se la tocaba con la palma abierta, no sin antes susurrar una oración guttural en dialecto imazighen. Sería la última vez que vería sus ojos libres de horror.

Descendimos al abismo.

No había luz, solo el perfume de la podredumbre y la inminencia de la nada. Bajamos un centenar de escalones hasta toparse con una galería circular donde una niebla enfermiza flotaba junto a líquenes que palpitaban ante la presencia. El aire vibraba como si alguien tocara un tambor siniestro al otro lado de la piedra.

Las paredes estaban grabadas con los signos que reconocí demasiado tarde: no hacía falta descifrar la escritura para entender que esos sellos eran preventivos, conteniendo algo más de lo que guardaban. Allí, en ese omega de la arqueología, hallamos lo innombrable: la simiente de Ghatanid.

Era un montículo gelatinoso, lleno de luces funestas, que se movía a su propio ritmo, estirando filamentos al son de un pulso inaudible. No era vida, ni tampoco muerte. De inmediato, Bakr retrocedió, murmurando palabras que no capté: “el-Sarru, el-Sarru, el min ghair izn!”—"Ciego, Ciego, no sin permiso". Me vi arrodillado, hipnotizado por la pulsación del montículo que sugería figuras danzando en la periferia de mi consciencia. La luz de mi linterna temblaba; la batería gotearía su final como la última resistencia ante el colapso.

En ese trance, lo vi: Azathoth, no como la caricatura que evocan grimorios, sino como una fuerza arcaica que no es ni bestia ni rey, sino la conciencia misma del caos, bombeando sus cadáveres de mundos al ritmo de una sinfonía que solo puede escucharse cuando la razón falla. Y entonces, percibí al Sello de los Antiguos: chispeando, no como barrera, sino como pestañeo ante el sol. No debía protegernos, sino guiar el sacrificio, delimitar el ámbito del horror para que la mente humana pudiera sobrevivir unos segundos más a la revelación.

Dentro del montículo, cientos de ojos, bocas, tentáculos y agujeros parpadeaban como si me examinaran. El horror, sin embargo, era la melodía: un compás que entró en mi sangre y convirtió cada latido en música idiota. Comprendí que los sellos eran compases y fórmulas musicales: no contenían, sino hilaban la marea del Caos, la convertían en una nana cósmica, una cuna periférica donde nuestros sueños podían deslizarse sin ser absorbidos.

Bakr se derrumbó, lágrimas pegajosas resbalando por su rostro, su boca chillando sin voz. Me abalancé a tocar el sello central y solo entonces —en el acto arcaico de rozar el símbolo— percibí la otra presencia: a Ghatanid, el unspeakable, el intermediario, el Demonio-Verde. Su presencia, femenina y cruel, mamaba de la histeria de Azathoth como un parásito. Ligas de venas y vello fungoso brotaban de la simiente, y en un instante la piedra y la carne intercambiaron significado. Sentí cómo mi mente se enroscaba, cada pliegue estrujado y reemplazado por otro órgano, otro propósito.

No podría decir cómo escapé. Quizás el sudor, quizás la piedad de un dios apócrifo, o el error de la entidad que me permitió escribir estas líneas. Recuerdo a Bakr siendo devorado, absorbido en un torbellino de tentáculos; sus gritos, diluyéndose en la melodía, alimentaron la danza cíclica de Azathoth. Yo corrí en un vértigo de fiebres, el pasadizo temblando y las piedras apretando mi carne, hasta que la luz ultravioleta del mapa resplandeció por sí sola, como una rendija al mundo cuerdo.

Amanecí lejos del laberinto, cubierto de polvo, con la llave sangrando en mi mano. No hubo rastro de Bakr, ni del Sello Antiguo, ni de las cámaras subterráneas. Los pueblos próximos me rehusaron hospitalidad; al parecer, la locura tiñe la piel de quienes miran al Trono de Caos. Aun ahora, en las madrugadas, oigo el zumbido, la nana letal de una deidad mecánica y ebria, y siento cómo la melodía estira mi razonamiento, puliendo mi mente hasta su disolución final.

Nunca más probaré el sueño profundo, pues en los márgenes de mi consciencia experimento el retorno de la simiente: el portador verde, hijo y criado entre los sellos. Sé que el Sello de los Antiguos sólo fue desplazado por un instante. Pronto, los compases corroerán sus límites y en el pulso idiota del caos, volveremos todos a danzar bajo el Trono del Ciego. Ghatanid serpentea entre nuestros sueños, y Azathoth espera en el núcleo, redoblando el tambor. Y cuando los sellos finalmente se ahoguen en la melodía, ni las palabras ni el terror restarán: sólo rimará, eternamente, el vacío danzante.

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