Portada del relato El Trémulo Contrapunto de Azathoth
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Fragmento:


Fue durante la última primavera de mi vida, ahora perseguida por la vil podredumbre del recuerdo, cuando me hallé investigando, por encargo de la Sociedad para el Estudio de lo Prohibido, el fenómeno de lo que llamaban el “Sínodo Nauseabundo”. La periferia de Arkham nunca ha sido un lugar de reposo para las mentes inquebrantables, pero fue en una quebrada ignota—una ranura absurda en la geografía, olvidada de mapas y leyendas—donde tropecé con la frontera vaporosa de aquello que sólo puede describirse, en el balbuceo de los lunáticos, como la proximidad de Azathoth.

Duración: 07:19

El Trémulo Contrapunto de Azathoth
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Texto de ajuste de pausa.

I

En la opaca soledad que precede al alba, donde la neblina parece no solo ocultar sino devorar el contorno de las cosas, existe, para quien sabe percibirla, una música tan lejana y abismal como el aullido del primer ser consciente surgido de la nada primordial. Esta música, diría cualquier alma cuerda, es solo el eco de la sangre arrastrada por el pulso de la noche. Pero, oh incauto lector, sabe que hay melodías que no son para los oídos del hombre, melodías esgrimidas por dedos monstruosos contra instrumentos de hueso y vértebras en salas sin nombre y sin dimensión.

Fue durante la última primavera de mi vida, ahora perseguida por la vil podredumbre del recuerdo, cuando me hallé investigando, por encargo de la Sociedad para el Estudio de lo Prohibido, el fenómeno de lo que llamaban el “Sínodo Nauseabundo”. La periferia de Arkham nunca ha sido un lugar de reposo para las mentes inquebrantables, pero fue en una quebrada ignota—una ranura absurda en la geografía, olvidada de mapas y leyendas—donde tropecé con la frontera vaporosa de aquello que sólo puede describirse, en el balbuceo de los lunáticos, como la proximidad de Azathoth.

Llegué a esa zanja tras hollar parajes que ningunos zapatos modernos pisaron; mis zapatos y mi ánimo ya entumecidos por el hedor a corrupción vegetal y a moho antiguo. En la carta de un erudito ruso, el profesor Malachev, leída en la Sociedad con creciente horror, se hacía mención de “las noches donde el compás del mundo cambia por un instante, y las ratas bailan.” Decidí, por la inercia fatal de la curiosidad, buscar ese instante, aún sabiendo, en lo más visceral de mi ser, que existen búsquedas cuyo objeto es la aniquilación.

II

El aire en la grieta no podía sostenerse en los pulmones; cada inspiración traía consigo un atisbo del remoto engendrar de las cosas, de la voz de una garganta cósmica aún empapada de la baba de la creación. Me senté, pretendiendo escuchar el casi imperceptible chirrido que decían bailaba en el aire cuando los “Ecos Obesos” del Sínodo recibían su cónclave en las madrugadas anteriores a los equinoccios—un sonido que los más ancianos del condado, prisioneros de la demencia, describían como “la música que vuelve plana la carne y hueco el deseo.”

Mis aparatos, que eran modernísimos y sensibles, comenzaron a zumbar apenas cayó la noche por completo, cuando las nubes, tupidas como tendones, cubrieron hasta el último titilar de la luna. Lo que registraron a las dos con diecisiete minutos—una vibración persistente, incomprensible, tan baja y hedionda al oído como la gangrena al olfato—me obligó a taparme los oídos, preso de un terror ciclópeo. Aun así, no podía dejar de registrar las ondas, ni de transcribir el ritmo siniestro de la vibración.

En ese estado abúlico, de lucha sin fuerzas contra el impulso de huir y el goce mórbido de la revelación, vislumbré al borde de la visión, y sólo con el rabillo abrasado de la mente, unos seres danzando en círculo. De sus cuerpos no puedo decir mucho. No porque no los viera, sino porque ninguna palabra arcaica o moderna puede transmitir la lasitud, la repugnancia sin forma y el absurdo de sus contornos. Eran vagos, poliposos, y se alzaban y colapsaban como burbujas arrojadas al aceite hirviente del tiempo. Y el sonido… El sonido brotaba de ellos: una melodía tocada en la flauta y el tamboril por manos inmemoriales, celebrando no ritos sino la esencia de la demencia.

III

Me oculté como puede ocultarse el último atisbo de cordura en un zodíaco bajo la influencia de la estrella negra que es Azathoth. Entonces, una de las cosas—o el fango se arremolinó en la forma de una intención—se detuvo y se volvió, o eso sentí en mi carne congelada. Experimenté, repentinamente, la sensación de estar siendo leído por una conciencia para quien todo era igual: muerte y vida, roca y espíritu, deseo y vacío. No había juicio en esa mirada, solo la presunción fundamentalmente idiota de un dios para el cual la mente humana es menos que el balbuceo de un ciempiés.

Se dice que existió en la Antigüedad una lengua tan perfecta que solo los dioses podían hablarla; la música de aquel corro era esa lengua, pero en su versión descompuesta, reflujo del caos, irreconocible para todo ser que ansíe sentido. Empezó a entonarse, al unísono, una melodía con pulsos opuestos: una polirritmia que arrancaba de mi médula trozos de recuerdo y los apisonaba con la cadencia de los ciclos astronómicos, de la muerte de galaxias enteras. Vi, como en una de esas revelaciones que preceden a la locura, la imagen de un centro: el centro de todos los centros, donde Azathoth, el torpe y ciego Sultán de los Demonios, dormita y babea mientras la sinfonía infame de flautas sin labios lo acaricia.

IV

Escapé de la grieta aun cuando no lo pretendía, pues mis piernas, desobedientes a mis deseos, me lanzaron cuesta arriba, lejos de lo indescriptible. A veces creo que fue la misma música, como ola que rechaza la podredumbre del náufrago, la que me expulsó. Me hallé en la tapia de una hacienda abandonada, balando y gimiendo, convencido de que no era ya del todo humano, de que ese pulso enterrado en la tierra hinchada me había digitado, como una flauta sucia, para extraer en mí las primeras notas de la bacanal exterior. Durante horas, o siglos—aquella noche ya no la miden relojes de ninguna casta—estuve tendido, la mirada extraviada en las nubes.

Los días siguientes se deslizaron bajo el bochorno de una fiebre insuperable. Tenía visiones aletargadas en las que los libros ardían sin fuego y los nombres de los cuerpos celestes se dissolvían como tinta corrupta. Oía las flautas, ¿lo entiendes? Flautas de un metal que no era de este mundo, tocadas por criaturas sin orificios ni propósito, a excepción de adorar, a su modo torpe, el núcleo indecible del abismo: el Sol Ciego, el Sultán de la Locura, el Azathoth primordial.

V

Regresé a Arkham cobijado en silencio, los cabellos blanqueados y la carne horadada por la funesta música interior. Desde entonces, he huido de los pasillos oscuros y evito, como un animal traumatizado, el menor eco de melodía vagamente circular. He destruido mis máquinas y quemado los cuadernos. Pero ninguna acción puede expulsar de mi carne las cinco notas cardinales, la secuencia atávica que marca el regreso de los ecos obesos y la insinuación constante de que, en cada noche propicia, se abre la grieta en la tierra y la polifonía del horror puede volver a atraparme. Mis sueños, plagados de saliva lunar, son pasillos de tenebrosa síncopa; y mi alma, oh escucha, es ya suya tan irrevocablemente como el fuego es de la ceniza.

A veces, en noches como esta, en las que la niebla se engalana con la abubilla de los cielos rotos, me detengo a escribir, no para ahuyentar mi destino, sino para advertirte, para dejar testimonio, en caso de que tú, o algún otro mortal ávido de saber, decidan caminar hasta el límite donde el mundo se asoma al abismo. No lo hagas. Ni los eruditos rusos ni los dementes de Arkham alcanzan a describir el horror sin propósito de esa música: porque Azathoth, el ciego, el idiota, el destructor de música y sentido, reina más allá de todo raciocinio. Y cada nota suya, al vibrar en el aire, es la promesa de que toda razón, al fin, será disuelta en su cadáver de insulsez cósmica.

En el lúgubre canto que acecha mis noches, comprendo que la mente humana ha sido solo un parpadeo, un accidente fatuo en el sueño interminable de la nada. Cuando la música retorne y los seres viscosos se congreguen de nuevo en la grieta, no quedará nadie para escuchar y comprender: sólo para gritar, y ser acallado por el trémulo contrapunto de Azathoth.

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