Fragmento:
Todo era de una claridad enfermiza. El resplandor turbio del móvil iluminó de manera incoherente las tablas podridas del muelle. Allí, en la unión de madera y niebla, se erguían figuras cuyo contorno parecía variar con cada parpadeo. No eran humanos, no eran animales; eran, tal vez, proyecciones de una mente que había dejado atrás toda ligadura con la causalidad y el tiempo. Había grietas en la realidad, allí donde se alzaba la música, por las que se filtraba una lucidez absurda, como una fiebre que transforma el lenguaje en ruido blanco.
Duración: 07:52
Aquella noche se levantó del mar una bruma espesa, tan densa que convertía los faroles alineados sobre la carretera en meras manchas oleosas suspendidas en la nada. Elena conducía despacio, sudando bajo los brazos, resistiéndose al impulso de detener el coche en mitad de ese vacío opaco. El reloj del Honda marcaba las tres y diecisiete. Abrió la ventanilla esperando oír los zumbidos familiares del océano, pero de la negrura surgió algo distinto: una nota suelta, como un golpe prolongado de campana; luego otra, idéntica, pero la segunda vez parecía menos real, como si fuese eco de sí misma. Los recuerdos dispersos del día se fueron desmoronando. Solo quedaba la incertidumbre, esa ansiedad pastosa que a veces acompaña a la consciencia cuando presiente la cercanía de algo sin forma.
Elena trató de buscar en la radio una señal viva, cualquier cosa ordinaria; solo encontró el silbido de la estática, surcada de vez en cuando por chirridos o retazos de melodías deformadas, como fragmentos de una sinfonía que huye de sí misma. Parecía que todo en la carretera —los árboles espectrales, el asfalto invisible— se estaba disolviendo en una sustancia homogénea, hostil. La sensación no era nueva, pero nunca había llegado con tanta fuerza. Más lejos aún, bajo esos pliegues espesos, aguardaba una diferencia que no podía nombrar.
Giró la cabeza para buscar refugio en los asientos traseros, donde guardaba la mochila y el abrigo, pero lo que vio fueron sombras superpuestas: las manchas grises de la noche se organizaban allí en patrones repetidos, formas en bucle que surgían y contradecían cualquier geometría habitual. El chirrido distante le hizo pensar en niños corriendo sobre grava, aunque ella sabía lo que había tras la ventanilla: tan solo la oscuridad, el frío y la carretera perdida, ajena al resto del mundo.
Una vez recogida la mochila, decidió orillarse en lo que adivinó era la entrada a un embarcadero abandonado. Aún creía tener elección, pero lo que la empujaba era una desazón que, a cada metro, parecía ir tiñendo su sangre de plomo. Bajó del coche sin cerrar del todo la puerta; un aire salino, pero agrio, intentaba volverse sólido dentro de sus pulmones. A lo lejos, entre los bancos de niebla, se adivinaban retazos de madera vieja, postes carcomidos por la sal y el abandono, una línea larga y deforme que debía de ser el muelle. Caminó hacia allí, con la linterna del móvil temblando en la mano.
Al avanzar, el rumor del mar fue cediendo y sólo quedó la música lejana, cada vez más clara, más incorrecta, más ajena a la lógica. Era una melodía circular, que empezaba siempre en la misma nota pero nunca continuaba igual: a veces súbitamente ascendente, otras hundiéndose en intervalos imposibles que hacían vibrar la mandíbula de Elena, como si sus huesos fuesen cuerdas en un instrumento de propósito ambiguo. Recordó a su madre murmurando sobre la música que no era para oídos humanos, sobre la tentación de buscar respuestas donde sólo espera el vértigo.
Todo era de una claridad enfermiza. El resplandor turbio del móvil iluminó de manera incoherente las tablas podridas del muelle. Allí, en la unión de madera y niebla, se erguían figuras cuyo contorno parecía variar con cada parpadeo. No eran humanos, no eran animales; eran, tal vez, proyecciones de una mente que había dejado atrás toda ligadura con la causalidad y el tiempo. Había grietas en la realidad, allí donde se alzaba la música, por las que se filtraba una lucidez absurda, como una fiebre que transforma el lenguaje en ruido blanco.
Elena reconoció entre aquellas figuras una boca, un ojo, y después un brazo de proporciones ridículas que acariciaba una especie de tambor. Por el rabillo del ojo, vio cómo una criatura giraba como un tentáculo deshaciéndose, fusionándose con el aire, evaporándose para instantáneamente reaparecer más cerca.
El miedo atemporal la empujó a avanzar aún más. La luz de la linterna cayó sobre algo escrito en las tablas podridas, palabras medio borradas con una caligrafía tatemada y torturada: “Reza a quien no sabe verte”.
En el fondo de la bruma, donde el agua parecía ya no líquida sino gelatinosamente pálida, como un reflejo del espacio exterior bajo sus pies, surgió la idea de que alguien —o algo— la observaba con una atención tan vasta y dispersa que lo convertía todo en puro azar. La melodía recomenzó entonces, con un ritmo titubeante, y un pulso cada vez más intenso. A sus pies, la madera se combaba suavemente.
Por un instante, Elena sintió un temblor en la nuca: algún fragmento de su infancia —casi apagado— le susurraba que aquello no era una pesadilla común. Sabía que sólo en la vigilia puede uno acercarse tanto a la estructura latente del pánico. Recogió, sin saber por qué, un trozo de cuerda negra que colgaba de una viga. Al tacto era desagradable, infinita, como si en su interior habitasen todos los insectos muertos de la historia bajo una costra de eternidad marchita. Cuando miró hacia el mar, juraría que el agua ya no se comportaba como agua, era una materia distinta, fluctuante, acumulando reflejos de estrellas que no existían en ninguna carta astronómica.
Un golpe seco la sacó del trance: la puerta del coche, arrastrada por una ráfaga invisible, terminó de cerrarse tras ella. Elena giró, pero la niebla había ahogado el camino de regreso. El mundo se había reducido a la superficie astillada sobre la que se hallaba, y a ese rumor de fondo, donde ya no sonaba música, sino una sucesión de bramidos como de órganos gigantescos, respirando entre galaxias.
Pensó: “No estoy sola. Nunca lo estuve. Ninguno lo estamos.”
Allí, entre el vapor y la noche, brotó un ojo inmenso de una geometría demente. No parecía ver; su pupila carecía de sentido, y el iris se reconectaba a sí mismo en espirales que se expandían hasta el borde del mundo conocido. De su centro manaron imágenes que no eran recuerdos, sino futuras posibilidades, hechos alternativos, visiones de la Tierra cuando aún era solo mineral ardiendo, y de su futuro como parodia de sí misma, engullida por algo sin propósito.
Elena notó que su carne vibraba en sincronía, que el corazón se le detenía primero un largo segundo, luego otro, luego una eternidad. El aire se convirtió en un vidrio quebrado, y en cada fractura titilaban símbolos que reconocía pero no podía comprender. “Azathoth”, susurró una voz —¿o era tan sólo el último estertor de su razón?—, “el que duerme y sueña, la ceguera bulliciosa en la raíz de toda existencia”.
La estructura del muelle tembló bajo sus pies. Las criaturas sin formas precisas se disolvieron en una niebla aún más densa, pero la música no cesó: ahora surgía de dentro de su propio pecho, martilleando a un ritmo inhumano, borrando poco a poco la frontera entre Elena y ese vacío caótico. Las tablas cedían, el agua temblaba, y el lenguaje mismo se retiraba de la escena, incapaz de seguir expresando nada coherente.
Comprendió entonces que todo, absolutamente todo lo que amó y temió, era apenas una danza microscópica en la periferia de esa inteligencia ciega. El universo, pensó Elena mientras su cuerpo caía —¿hacia el mar?, ¿hacia otra dimensión?, ¿hacia su propio abismo privado?—, era tan solo el bostezo inconsciente del dormido que nunca despertará.
En el instante final, Elena supo que la música, la visión y el miedo eran la parte más pequeña del horror, pues el verdadero espanto era la indiferencia: la certeza, espesa y absoluta, de no significar nada, de ser tan solo un efluvio entre infinitos, existiendo y extinguiéndose bajo la mirada imposible de Azathoth, el idiota ciego al que ni rezar ni huir puede liberar.
El muelle se disolvió en la niebla. El mar, la noche, la realidad toda, vibraron una última vez al ritmo de la música ilegible. Solo quedó el vacío, pálido y sin ojos, y algo que, en las más grises de las alboradas, susurrará aún el nombre de Elena, no como homenaje, sino como metáfora de todas las memorias que jamás regresarán, porque ni para el olvido hay lugar bajo el caos absoluto.
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