Portada del relato Éxtasis de la Nada
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Fragmento:


Sintió entonces la voz, más definida que nunca. Una nota baja, una melodía gorgoteante que vibraba justo debajo del umbral de lo audible, aquello que sólo el instinto podía captar. Sus libros temblaron. La lámpara parpadeó y un hedor metálico llenó el aire. Se le escapó un quejido apenas susurrado. Sabía que al otro lado del muro, Lisette, la vecina, se habría removido en sueños, quizás rozando los límites del mismo sueño en el que Sylvia ahora se sumergía, arrastrada a la orilla de un inmenso mar negro.

Duración: 09:09

Éxtasis de la Nada
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Texto de ajuste de pausa.

Uno aprende a escuchar el silencio como quien aprende a caminar sobre hielo: despacio, sin confianza, temiendo siempre el crujido que preanuncia la caída. Para Sylvia Le Blanc, el mundo no sólo era demasiado ruidoso; era una melodía pulsante de gritos que no pertenecían a este mundo. Desde niña escuchaba los murmullos que nadie más oía, hilos quebradizos de sonidos que tejían tapices de pesadilla en su mente. Esos susurros, implacables y antiguos, nunca la abandonaban en sus noches solitarias en el apartamento de Montreal. Y como toda costumbre que abrasa, terminó por abrazarlos. Eran los ecos de algo que no debía existir.

Pero la noche en que comenzó la verdadera historia de Sylvia no fue especial: ni lluvia, ni eclipses. Fue una noche trivial de otoño, hojas pardas cayendo en la avenida y la ventilación del edificio arrojando ráfagas tibias con olor a moho. Sylvia leía a Lovecraft por costumbre más que por placer—un reflejo mórbido de sus obsesiones—cuando notó que el papel bajo sus dedos se humedecía. No era sudor ni lágrimas: era como si la tinta misma rezumara, formando surcos oscuros que serpenteaban por sus falanges.

Sintió entonces la voz, más definida que nunca. Una nota baja, una melodía gorgoteante que vibraba justo debajo del umbral de lo audible, aquello que sólo el instinto podía captar. Sus libros temblaron. La lámpara parpadeó y un hedor metálico llenó el aire. Se le escapó un quejido apenas susurrado. Sabía que al otro lado del muro, Lisette, la vecina, se habría removido en sueños, quizás rozando los límites del mismo sueño en el que Sylvia ahora se sumergía, arrastrada a la orilla de un inmenso mar negro.

Fue entonces, en ese liminal entre el derrumbe y el despertar, cuando alguien—o algo—llamó a su puerta.

El sonido era anómalo, un timbre y no un golpe, pero moldeado en su pesadilla por fuerzas cuyo todo propósito era burlar los sentidos humanos. Se levantó a abrir con las piernas entumecidas, la mente trenzada de ecos y dudas. Al abrir la puerta se encontró cara a cara con una figura que parecía hecha de muchos retazos: rostro andrógino, cuerpo envuelto en prendas tan antiguas que parecían disolverse ante la luz. Solo sus ojos, ausentes de iris, vibraban en el umbral oscuro.

—¿Eres Sylvia? —preguntó la criatura, en una voz que imbricaba tragedias y oraciones olvidadas.

Ella no respondió con palabras. No era necesario: la entidad ya lo sabía. Bastó un gesto, una exhalación, para que esta la invitase a seguirla sin más, bajando por las escaleras del edificio hasta la calle.

Los tacones de Sylvia resonaban en el hormigón; la ciudad afuera parecía apagada, irrelevante, como si todo hubiera sido cubierto por una tela tupida. Ella avanzó tras su guía, cruzando avenidas vacías bajo un cielo donde sólo colgaban jirones de nubes rojizas. El trayecto fue breve, aunque Sylvia perdió la noción del tiempo en su deriva, y llegaron a una iglesia abandonada, ahíta de grafiti y olor a humedad cerrada.

Entraron. Dentro, los bancos estaban cubiertos de polvo y el púlpito yacía desmoronado, pero en el altar había una presencia tan densa que parecía coagular la luz. Sylvia se detuvo, el corazón tamborileando en el pecho, y miró, entre las figuras danzantes de las sombras, al resto de los congregados: personas de tez quemada, ojos velados, vestidos en harapos; otros, imposibles de clasificar, se deslizaban por los bancos como manchas de tinta bajo el agua.

La figura que la había guiado se volvió.

—Has escuchado el llamado —dijo, y el eco llenó cada rincón de la iglesia—. Azathoth aguarda.

El nombre la golpeó como una repentina náusea, un vértigo que parecía empujar todas sus ideas fuera de órbita. Aquello era un dios, sí, pero no uno de los que bendicen; era el núcleo de la vacuidad, el tambor silencioso en el que bailan todos los conceptos y posibilidades. Más que oírlo, uno lo sentía brotar desde adentro, desterrando toda lógica, desmenuzando la razón en antiguos fragmentos.

—No quiero —intentó decir, pero las palabras se trabaron. La multitud avanzó y, de pronto, el altar se partió en dos, revelando un abismo imposible, repleto de humaredas verdes y purpúreas.

Uno a uno, los presentes saltaron. Era una caída celebrada con gemidos rituales, como un canto ausente de significado. Cuando la entidad la tomó del brazo, la piel de Sylvia ardió, pero no opuso resistencia. Como en los sueños, se dejó caer.

Descendió eternamente—o apenas un parpadeo. Se encontró de pie en mitad de un círculo de piedra, bajo un firmamento constelado por estrellas muertas, el aire vibrando de una música desquiciada que algún ser ciego tocaba en flautas huecas, más allá del borde del horizonte. No había suelo, ni arriba, ni abajo, solo un espacio trémulo donde flotaba, y en cuya periferia, como una ameba monstruosa, latía la presencia de Azathoth.

El ser no tenía rostro. Era un conglomerado de nucleos, membranas, tentáculos; una colmena de vacío y energía. Cada latido suyo exhalaba universos que nacían y morían sin testigos. En torno a Él, seres grotescos tocaban instrumentos inhumanos, inventando melodías tan insensatas que sólo un cerebro destruido podría comprenderlas.

Sylvia tembló, y cuando intentó gritar, su voz se quebró en líquidos que caían a los pies del dios. Sintió entonces, no una mirada, sino un ajuste en el tambor sin sentido de la existencia, y supo que Azathoth no escuchaba, no juzgaba: el ser ignoraba hasta su propia existencia. Todo cuanto era, se desenvolvía en su letargo.

Los otros caídos flotaban cerca, fusionándose y separándose, como gotas de aceite en agua caliente. Unos reían mientras sus bocas se deshacían, otros lloraban hasta sangrar pura negrura astral. Sylvia sabía, con un terror que la deshacía, que tarde o temprano también se diluiría en aquella sinfonía gruesa, perdiendo identidad y recuerdos, siendo instrumentalizada en la música de la locura perpetua.

Y aún así, una parte de sí quería ceder: era un anhelo de descanso, de abandonar la mente, de entregarse al éxtasis fluyente del sinsentido. Pero otro fragmento luchó. Viendo a los otros, vio en sus ojos la chispa, alguna última pugna antes de la disolución absoluta. Si podía aferrarse al dolor, a la memoria, a cualquier cosa humana, quizá—y sólo quizá—conservaría algo.

La música se intensificó. Los tambores retumbaban bajo su piel. Voces en idiomas de origami y crisálidas explotaban a su alrededor. Alguien en la negrura cercana asía sus brazos—Lisette. ¡Lisette, su vecina!—horriblemente transformada, pero aún con la mirada atemorizada. Se abrazaron. Entre sollozos, sintieron cómo sus formas se licuaban, superponiéndose, volviendo a separarse. Tenían que hacer algo. ¡Algo!

El horror es viscoso y tenaz cuando no se le nombra. Sylvia se arrancó un pedazo de sí, una visión de infancia—la luz de la cocina, la madre en bata, el aroma a sopa—y lo arrojó a la música. Un error, tal vez; la melodía vibró de una nueva manera. No era disonancia: era la introducción del dolor humano en la sinfonía de la nada. Otros la imitaban, arrojando recuerdos, trozos de pasado, capítulos de amor, todo engullido por el voraz ritmo de Azathoth.

El dios central palpitó. Por un instante, el universo titubeó. La nada miró hacia dentro de sí, y algo—algo parecido a curiosidad, casi interés—flaqueó en la oscuridad. En ese respiro, Sylvia y Lisette se aferraron mutuamente, ansiando rescatar lo que quedaba de sus esencias. Pero la música, tan infinita como cruel, los arrastró.

No hubo victoria ni redención, sólo una pausa: un leve error en el compás cósmico. El corazón de Azathoth se reanudó, y con él, el aplastante ciclo de la inconsciencia. Sylvia entendió al fin lo que apenas había entrevisto en sus noches solitarias: toda lucha es baladí en la presencia de un dios ciego. La diferencia entre el éxtasis final y la confusión es sólo una cuestión de compás.

***

Cuando encontraron su apartamento, Sylvia yacía sentada, la mirada perdida hacia un rincón donde la sombra parecía agitarse con vida propia. Sobre la mesa abierta, Lovecraft yacía empapado de lágrimas negras. Nadie notó la melodía que aún flotaba en el aire, ni los nombres imposibles rayados en la pared con cada rasguño.

La policía cerró la puerta. El mundo afuera continuó, rugiendo, masticando trivialidades cotidianas, ignorante del eco lejano, percutido en las profundidades, del tambor ensordecedor de Azathoth, eterno y ciego, soñando la existencia y la angustia de quienes, por descuido, aprendieron a escuchar el silencio.

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