Fragmento:
Sentí la incomodidad de quien asiste a una obra macabra de la que él mismo es protagonista y víctima. Pese a mi resistencia, el frío me empujó hacia adentro. Sobre la mesa había tazones de arroz seco, el té convertido en agua turbia; afuera la bruma vibraba contra el papel de arroz como un pulso.
Duración: 09:23
El crepúsculo de octubre caía denso sobre los cláxones y pasos inciertos de Gyeongseong. En el aire se extendía una niebla pestilente, tan espesa que parecían formarse cuerpos en movimiento bajo sus pliegues. Había regresado de Estados Unidos para encontrar aquel rincón de intranquilidad, la ciudad que años atrás había dejado envuelta en promesas de modernidad y futuro, translúcida bajo la visión de lámparas eléctricas y letreros japoneses. Me llamo Han Min-seok; en otra vida, un joven estudiante de física, poseído por nociones de empirismo y progreso; ahora, al mirar las calles de Jongno entre hoteluchos y sastrerías cerradas, me sentía regresando a un reino anterior a toda certeza.
Mi propósito era humilde y casi mecánico: tramitar documentos familiares y vender la casa ancestral. Había heredado apenas un puñado de recuerdos confusos sobre el sitio: decían que los hombres nunca tarareaban allí canciones, y que en las noches frías era mejor encerrarse temprano. Pese a mi educación positivista, aquellos murmullos me siguieron como la sombra inevitable de quien vuelve del exilio.
El han—esa palabra que describe la pena y el rencor que atraviesan generaciones en silencio—vivía en la casa. Lo noté apenas al apoyar la mano sobre la gruesa puerta de madera. El óxido del picaporte, el rechinar de la hoja girando, fue como el eco de una garganta despedazada. El aire interior olía a sésamo rancio y a papel húmedo. Los biombos tatuados de grullas y montañas parecían susurrar entre ellos, y a mi alrededor el polvo caía como niebla sólida.
Mi tía, la más anciana de la familia, apareció sin aviso, como si hubiese estado esperando todo el tiempo. Su voz era un arroyo congelado.
—Los americanos corren de un lado a otro, pero nadie corre de Han, Min-seok—dijo, apenas apartándose de la sombra de la escalera—. Pasarás la noche aquí. No es cuestión de papeles ni de ventas. Debes oír lo que las paredes guardan.
Sentí la incomodidad de quien asiste a una obra macabra de la que él mismo es protagonista y víctima. Pese a mi resistencia, el frío me empujó hacia adentro. Sobre la mesa había tazones de arroz seco, el té convertido en agua turbia; afuera la bruma vibraba contra el papel de arroz como un pulso.
—Han no es una emoción, Min-seok—prosiguió mi tía, mirándome con los ojos apagados, donde apenas centelleaban viejas lluvias—, es un huésped. Uno que habita Kkachiul, nuestro rincón, desde antes que alguien recordara.
Detuvo el relato y se fue a dormir, dejándome a cargo de todos los relojes que latían, acompasados, en la penumbra. La casa, según mi racionalidad acosada, era sólo vieja; los golpes y crujidos eran de madera ajustándose al otoño. Sin embargo, entre esos sonidos emergió un rumor distinto. Un soplido profundo, silbante, que parecía imitar el jadeo de un moribundo. El aire vibró. Sobre la ventana, la niebla danzaba con la forma casi humana de unos brazos larguísimos, cruzados en un gesto de súplica o reprimenda.
Pensé marcharme. La puerta, sin embargo, no cedía ante mi intento; era como tratar de empujar un muro de tierra húmeda. Recordando palabras de mi abuela —si alguna vez escuchas la voz bajo la niebla, guarda silencio y baja la cabeza—me senté sobre la estera, encogido en mi propia incredulidad.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que la voz empezó.
Al principio era como el viento, solo que cargado de inflexiones humanas, dulces y medrosas, un arrullo de útero y fosa. Repetía palabras imposibles, retazos en un idioma anterior a los kanji y el hangul. Susurraba nombres de mujeres jóvenes, fechas ajenas a mi memoria, y siempre terminaba en un gemido que me hacía sangrar por la nariz y los oídos.
En ese interminable corrido de voces, distinguí finalmente la historia. La escuché no con mi oído, sino en la médula de mi esqueleto, donde se guardan los secretos de las bestias.
Mucho antes de la llegada de los japoneses, y antes incluso de los nombres que ahora conocemos, la casa fue construida sobre las cenizas de otra casa. En el Hundimiento del Samgak—el viejo triángulo donde el río se torcía por las montañas—, una familia había sido masacrada por órdenes de un gobernador. Nadie los enterró. Sus almas heridas se dispersaron con la bruma, y en la búsqueda de pertenecer, se colaron por los cimientos de madera y roca, exigiendo, generación tras generación, que alguien recordara su dolor. Cuando se olvidaban sus nombres, la niebla los reclamaba y, borrachos de han, lloraban dentro de cualquier cuerpo o sombra disponible.
Mi cuerpo entero temblaba. Vi, o creí ver, que las paredes estaban cubiertas de diminutas huellas de manos y pies, como las de un clan condenado a huir eternamente bajo el suelo.
La voz se tornó exigente.
—Recuerda. Llora su pena. Si no los reconoces, no volverás a ver la luz.
Los relojes se detuvieron. Los grillos fuera enmudecieron, como si el tiempo mismo hubiese quedado clavado en el instante más inclemente del dolor.
Me levanté y recorrí la casa guiado solo por la cadencia de los latidos de mi corazón. En un rincón descubrí los retratos familiares; el retrato de mi propia madre, la trenza atada sobre el pecho, y luego un cuadro más antiguo, donde una muchacha de rostro severo y ojos abismales me sonreía con tristeza. Tomé el cuadro. Sentí el frío de la niebla cubriéndome los dedos. Y entonces, desde la ventana, la forma sedosa de un rostro empezó a materializarse.
Era pálida, de labios apenas carmesí, y la rabia y la súplica simultáneas hervían en sus facciones.
—Min-seok—, murmuró—, no soy más que la boca del samgak. Si no recuerdas al clan de Cheongeun, si no rindes luto en el han, perderás todo lo que eras.
El golpe de escalofrío me hizo caer de rodillas. Sabía, instintivamente, lo que debía hacer. Cerré los ojos y me obligué a recordar: los nombres de los antepasados a quienes nunca conocí, los cuentos de abuela acerca de los tres hermanos de la casa retorcida, los versos de funerales musitados por los hombres al regresar del norte.
"Kim Jaehee, nacida en la niebla, muerta en la niebla. Park Byungho, ahogado en el río bajo el triángulo," recité, balbuceando, tembloroso, arrodillado ante la voz y la sombra.
El retrato en mis manos se calentó y sentí la presencia de la joven fusionándose con la niebla, serpenteando junto a mí, rozando mi nuca con un hálito tan amargo como el arrepentimiento más profundo.
Pude ver, en la amalgama de bruma y memoria, la masacre repetirse: gritos afónicos, destellos de hierro, sangre tibia huyendo entre las tablas de la casa original. Vi, como espectador y víctima, el olvido apretándose en torno a sus espíritus sin sepultura. Y supe que esta no era solo mi herencia, ni la de mi linaje, sino la de la tierra que pisaba, oh, la herencia invisible de todo un pueblo: esa llaga abierta, esa melancolía rencorosa, el han.
Aberrantes figuras emergieron entonces. Niñas sin rostro trepando los marcos, ancianos con bocas cosidas arrastrando pies pesados, todos circulando a mi alrededor sin despegarse del vaho espectral.
Quise gritar pero el aire era concreto en mi garganta.
—Si olvidas—dijo la voz una vez más, ahora goteando sangre—, serás tú también un recuerdo sin paz en el samgak, un latido ciego en la niebla.
Desperté, no supe cuándo, envuelto en sudor helado y con la tía a mi lado, sosteniéndome la muñeca.
—Ahora sabes por qué nadie canta en esta casa—murmuró—. Por eso se venden rápido, las casas de Gyeongseong, pero siempre se reconstruyen sobre el mismo dolor. Bebe.
El té me devolvió el aliento; afuera, una franja de luz perforaba la niebla, pero yo ya nunca podría recordar el barrio sin oír el eco de ese rencor ancestral. La experiencia no podía ser compartida con mis amigos de la universidad, tan atentos a las cifras y ecuaciones, ni escrita en carta para mi padre; era un secreto que había adquirido derecho de permanencia en mi médula, tan indefinible y absoluto como el han mismo.
Vendí la casa en el verano siguiente, no sin dejar en el umbral una ofrenda de arroz, aguamiel y flores secas para los hijos sin nombre del triángulo. Pero juré no volver jamás en octubre, ni permitir a ningún descendiente mío dormir una noche bajo ese techo. Y así, como ocurre con tantos secretos, el han siguió girando en la casa, enroscado en las sombras y la niebla, paciente y voraz, esperando siempre a un nuevo Min-seok, a un nuevo oído dispuesto a recordarlo.
Las calles de Jongno, vista desde la distancia mercantil de otra ciudad, me parecen ahora menos reales, como si existieran solo en la memoria de los fantasmas y el dolor. Y sé, con certeza, que mientras dure el samgak, su hambre no cesará. Porque cada ciudad, cada casa, tiene su propio han, deslizándose silencioso y voraz bajo el cobijo de la niebla, aguardando su turno para ser recordado y temido, generación tras generación, hasta la disolución final de toda carne y toda alma.
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