Fragmento:
Era el invierno de 1927, y las gentes de la ciudad —gentes que aparentaban robustez pero cuya miope obstinación les cegaba de antiguos susurros— comenzaban a inquietarse por unas grietas que habían surgido, negras y retorcidas, a lo largo de varios patios y solares de Montjuïc. Al principio, solo obreros y jornaleros lo comentaron en tabernas, bebiendo aguardiente demasiado temprano, y zanjando sus miedos con chanzas sobre el mal estado de las alcantarillas. Pero quienes escudriñaban con atención sentían en la rama de la lengua una electricidad ominosa cada vez que se aproximaban a uno de esos surcos, un sabor a humedad y cobre que recordaba una infancia extranjera en sótanos sin luz.
Duración: 09:35
Era el invierno de 1927, y las gentes de la ciudad —gentes que aparentaban robustez pero cuya miope obstinación les cegaba de antiguos susurros— comenzaban a inquietarse por unas grietas que habían surgido, negras y retorcidas, a lo largo de varios patios y solares de Montjuïc. Al principio, solo obreros y jornaleros lo comentaron en tabernas, bebiendo aguardiente demasiado temprano, y zanjando sus miedos con chanzas sobre el mal estado de las alcantarillas. Pero quienes escudriñaban con atención sentían en la rama de la lengua una electricidad ominosa cada vez que se aproximaban a uno de esos surcos, un sabor a humedad y cobre que recordaba una infancia extranjera en sótanos sin luz.
No fue hasta la noche del 17 de enero, tras una lluvia inusualmente morada, que la primera desaparición se coló en el tumulto de rumores. Un muchacho de ojos hundidos y manos callosas, Sebastián Almenara, no regresó a casa tras su turno de carga en el puerto. Su madre lo buscó por los bajos de la Ramblas, gritando su nombre en mitad de los chaparrones, pero Sebastián jamás respondería, como tampoco lo harían otros cuatro hombres y una mujer en los días venideros. Dejaron tras de sí pañuelos de lino, botas barrocas, olor a sal, y un escalofrío entre los lobos citadinos.
Marina Ros, periodista y cronista del diario "La Luz de Hoy", recibió el encargo de cubrir las grietas para la sección de noticias insólitas, pues nadie más parecía tomarse en serio la acumulación de ausencias y el silencio que arañaba la conciencia de la ciudad. Marina era mujer de buen juicio: leía a Poe a la luz de un candil y dormía con un revolver bajo la almohada. Cuando se dispuso a examinar uno de los surcos, junto al viejo matadero, se topó con un albañil borracho que le dio la única advertencia sincera que recibiría: “Esa grieta no quiere que la mires. Sabe tu nombre, y si te asomas, te lo pide”.
Marina sonrió, le ofreció un cigarrillo y le prometió aparecer al día siguiente si no volvía para contar la historia. Con linterna eléctrica y botas de cuero, aguardó hasta pasada la medianoche para evitar la mirada de los carabineros, entonces asomó la cabeza a la hendidura. La grieta era tan profunda como obscena, apretada como una boca mal sellada, pero no lo bastante grande aún para permitir el paso de una persona. Sin embargo, el frío que exhalaba era penetrante y portaba un hedor a tierra mojada mezclado con algo dulce y corrompido, como si fermentaran flores invisibles bajo sus profundidades.
Lo que vio en ese primer vistazo no era naturaleza sino arquitectura: un fragmento de lo que, a la izquierda y unos metros más abajo, parecía ser un arco de piedra negra, tallado con caracteres en espiral que evocaban movientos de serpientes troceadas y ojos sin párpados. Tuvo la certeza de que debajo de Montjuïc había mucho, muchísimo más espacio del que la superficie mostraba. Regresó a su pensión esa noche con fiebre y sueños adictivos, soñando con formas reptilianas arrastrándose en pasillos interminables.
A la mañana siguiente, buscó ayuda. Eugenio Blasco, arqueólogo cesante y tipo rehén de su propio escepticismo ácido, se unió a Marina por una apuesta y algo más —la pasión de encontrar algo que le salvara del olvido académico. Llevó consigo una pala, sogas y la voluntad suficiente para no pedir explicaciones. Descendieron juntos la noche del 25 de enero por una vieja galería, aprovechando que una lluvia insidiosa había hecho ceder parte del suelo.
La bajada fue brutal: primero tierra, luego rocas húmedas, y ante el asombro de los dos, un rellano que desembocaba en una especie de vestíbulo ovalado de arquitectura antediluviana. El arco visto por Marina desde arriba resultó ser una puerta ciega; más allá, la roca formaba “capillas” irregulares cuyos techos reverberaban una luz púrpura imposible, una aura que no provenía de lámparas pero tampoco de giro solar alguno.
Blasco, fascinado, sacó papel y comenzó a bosquejar los signos. Marina sintió de pronto que el suelo palpitaba, como si bajo sus pies la ciudad fuera un órgano inmenso y enfermo. Se sumergieron en las galerías, avanzando a tientas entre losas musgosas, sin entender aún que los pasos resonaban demasiado tiempo, ni que el aire fluctuaba con una textura de polvo y saliva quemada.
Pronto perdieron la noción del tiempo. Un mapa que había trazado el arqueólogo resultó inútil: los pasillos cambiaban de ángulo, a veces una pared antes lisa de pronto era una columnata, y siempre, siempre, a la distancia, un zumbido de agua arrastrándose en ríos invisibles. Atravesaron una cámara donde el techo estaba tapizado de estalactitas rojizas y el suelo cubierto de lo que parecían monedas y huesos minúsculos; al intentar recoger una, Marina notó que se deshacía en ceniza púrpura que rebotaba sobre su piel.
En un recodo, hallaron aquello que había traído la Muerte a Montjuïc: una figura humana encorvada sobre la pared, los nudillos gruesos aún arañando la roca, boca desencajada en un grito de horror. Era Sebastián Almenara. Su piel estaba pulverizada en manchas amoratadas, su camisa cubierta de un fango violeta apenas perceptible bajo la linterna. De sus ojos —dos pozos en la fiebre de la muerte— manaba ese mismo polvillo, y apenas sostener la luz sobre él, ambos sintieron un vértigo que los hizo tambalearse hacia atrás.
Blasco, enloquecido por la impresión, balbuceó extrañas hipótesis que Marina ignoró, pues a cada metro que avanzaban, las paredes respiraban más rápido y a veces parecían recubiertas de una baba tornasolada que chorreaba en silencio. Llegaron a una antesala triangular donde el aire tenía sabor a resina y a sangre, y allí emergieron, como en un teatro invertido, los viejos dioses de la galería.
Marina supo enseguida —sin saber por qué— que no estaba ante monstruos sino ante un altar viviente de presencias que fluían desde las losas mismas. Figuras sin perfil estable caminaban o reptaban en ese espacio, surcando el suelo y las paredes en direcciones que no obedecían a la lógica de la gravedad. En su centro, un hueco redondeado, un pozo sin fondo, desde cuyas negras profundidades vibraba una voz sin sonido que les instó a acercarse.
Blasco, absorto, se arrodilló ante el pozo y comenzó a recitar palabras que brotaban como lava: “Thalluth, Thalluth, Thalluth, redime nuestro ser...” y otras frases cuya cadencia deslizaba una náusea por la espalda de Marina. El periodista forcejeó para apartar al arqueólogo, pero este ya estaba poseído, su rostro contraído en una mezcla de éxtasis y terror.
La voz —sin voz— llamaba ahora a Marina. Era seductora, maternal incluso, prometía aliviar su ansiedad perenne, otorgarle el placer de saberse parte de un ciclo mayor. La luz púrpura les inundó, y las galerías comenzaron a vibrar con mayor intensidad. Del pozo emergió una sombra, translúcida, que proyectaba imágenes de ciudades sumergidas en el tiempo, de razas jamás vistas ni pronunciadas, de orgías de flores y carne, de sacrificios y titilantes lenguas de piedra.
Se vio a sí misma como los antiguos: Marina fluía por túneles sin cuerpo y sin memoria, atisbando una existencia subterránea que predecía a la especie humana con eones de ventaja, pero también su declive, contraido en crisálidas oscuras a la espera de retornar si una grieta, una grieta cualquiera, se abría lo suficiente en la superficie.
La visión se tornó insoportable. Quiso gritar y no pudo. Blasco, en cambio, permanecía embriagado, los ojos fijos en el pozo, repitiendo como un mantra la palabra “Dythalla”, como si esa cadena de sílabas pudiera explicar la arquitectura invertida que los devoraba.
Entonces algo palpó la pierna de Marina —un tentáculo frío y viscoso como una raíz sin flor— y supo que su única posibilidad era huir. Logró soltarse del suelo que ahora latía bajo ella y arrastró a Blasco, cuya resistencia apenas sirvió para dificultar la escapatoria. Corrió a ciegas, a través de recodos donde sentía que su cuerpo se aplanaba o se engrosaba a voluntad de los subterráneos, siguiendo el eco de su propio pánico.
Al fin, tras minutos —o siglos— de correr, vio la luz titilante de la grieta, por donde un débil hilo de aire mineral entraba al abismo. Sacando la fuerza de quien lucha por no volverse piedra, empujó a Blasco a través del estrecho paso y se alzó tras él, rompiendo el silencio que derramaba todavía la voz sin boca.
Arriba, la noche era presagio. Durante días, Blasco solo balbuceó frases entrecortadas sobre Dythalla y las cosas que vibran en las profundidades. Le internaron en el hospital de la Santa Creu, donde las enfermeras relataban a escondidas cómo en la penumbra de su celda se formaban charcos de una baba violeta iridiscente que nadie podía limpiar del todo.
Marina regresó dos veces más al lugar de la grieta, pero esta había desaparecido; la tierra de Montjuïc se cerró como una boca harta de carne humana. Durante meses, en sueños, la periodista siguió viendo túneles interminables y escuchando el eco de su propio nombre pronunciado por gargantas de piedra que jamás tendrían rostro.
Los desaparecidos no fueron hallados. El invierno torció hacia una primavera enferma de hongos fogosos, y los periódicos olvidaron con rapidez el enigma de la tierra abierta. Pero aún hoy —en los archivos mal sellados de la ciudad, en los lamentos que suben con el vaho gris de las madrugadas— hay quien recuerda la historia de las grietas púrpuras y sabe que, bajo el asfalto, el antiguo baluarte palpita, reuniendo fuerzas para la próxima fisura. Allí, donde la luz es pura promesa y el miedo aún sabe a cobre, Dythalla y sus subterráneos vigilan, esperando su próximo banquete.
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