Portada del relato El velo de noche intacta
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Fragmento:


Constaté, no sin disgusto, que la servidumbre se había dispersado, y el notario aguardaba en la sala central, entre columnas estriadas de yeso gastado y retratos incómodamente realistas. La vida allí había huido, dejando apenas estigmas de humedad y ese silencio, intocable y pétreo, que se vuelve una sombra sobre el alma. El notario, hombre enjuto, de bigote caído y manos temblorosas, fue directo al grano; la casa, con su fortuna personal, pasaba a mí, junto a una advertencia: “En el desván hay cosas que ni su tío ni yo jamás tocamos. No las busque, hijo; la fortuna Varwick jamás fue limpia, y la oscuridad vive lejos del sol”. Cuando la muerte de alguien tan peculiar como Ambrose Varwick roza sus propios límites, el misterio es la única herencia segura.

Duración: 11:00

El velo de noche intacta
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Texto de ajuste de pausa.

Había pasado un mes desde la muerte de mi tío, Ambrose Varwick, y, sin embargo, yo seguía temblando ante la sola idea de dormir en su descomunal mansión de girones victorianos, perdida entre pantanos insalubres al extremo norte de Arkham. De niño, aquel prodigioso edificio de ladrillos ennegrecidos y maderas carcomidas se me figuraba más un mausoleo pernicioso que una morada. La noches se llenaban de rumores: el ulular de algún buho extraviado, los quebradizos ecos de lo que podía ser agua goteando, y ese lamento tenue, estertoroso, que sólo oía cuando el insomnio me derrotaba. La familia jamás me perdonó la poca devoción con que había afrontado la noticia del deceso, aunque en verdad, para todos había sido un alivio. Ambrose era un personaje desolador, cuyo estudio lo llevó por caminos oscuros, recolectando libros de linaje sospechoso y mapas que sólo expertos en demencia podrían descifrar. La gente susurraba sobre sus horas insomnes, pasadas ante vitrales que jamás debían verlo todo, mientras murmuraba en voz baja oscuras letanías que había aprendido durante su juventud viajera por Tebas y el altiplano de Persia.

A finales de marzo me llegó una carta, el sello marchito, la caligrafía de su notario irreprochable. Se me requería en la mansión Varwick para tratar asuntos legales relativos a la herencia. Llegué una tarde plomiza. El aire se arremolinaba sobre la vereda, extenuando los árboles nudosos que parecían en continua agonía frente a la fachada del caserón. La mansión emergía bajo un resplandor perverso, que sólo puede producir la resignación de las cosas a su propia ruina.

Constaté, no sin disgusto, que la servidumbre se había dispersado, y el notario aguardaba en la sala central, entre columnas estriadas de yeso gastado y retratos incómodamente realistas. La vida allí había huido, dejando apenas estigmas de humedad y ese silencio, intocable y pétreo, que se vuelve una sombra sobre el alma. El notario, hombre enjuto, de bigote caído y manos temblorosas, fue directo al grano; la casa, con su fortuna personal, pasaba a mí, junto a una advertencia: “En el desván hay cosas que ni su tío ni yo jamás tocamos. No las busque, hijo; la fortuna Varwick jamás fue limpia, y la oscuridad vive lejos del sol”. Cuando la muerte de alguien tan peculiar como Ambrose Varwick roza sus propios límites, el misterio es la única herencia segura.

Me instalé en la habitación del segundo piso, junto a la galería de retratos. A medianoche, un crujido me sobresaltó: la puerta del desván, por encima de la estrecha escalera de caracol, se agitaba bajo una corriente sibilante, como si algo intentara respirar su modorra allí encerrado. Cerré los ojos, y me aferré al sueño. Soñé con pasillos interminables y escaleras gastadas que llevaban a estancias en las que la geometría se violentaba a sí misma, abriendo ángulos imposibles en naves iluminadas por vaporosos fulgores violáceos. Me desperté bañado en sudor, sobrecogido por un aire frío que entraba por algún tragaluz invisible.

Tres días duraron mis exploraciones de la mansión, abriendo y cerrando puertas para constatar que el polvo era el único amo aparte de mí. La última noche, imposible conciliar el sueño, exploré la biblioteca. Allí, entre tomos roídos, encontré un volumen de encuadernación púrpura y láminas de plata ennegrecida, titulado “De Cometis Malignis Memoria”. El latín, tosco y plagado de errores, aportaba una cualidad casi onírica al texto; no obstante, lo peor eran los grabados: visiones de astros ignotos cabalgando los cielos, arrastrando tras de sí cabelleras de exudaciones pútridas y legiones de espectros consumidos. Al leer, mi propio pulso pareció ralentizarse; el aire se volvió denso, y una pesadumbre que no era enteramente mía descendió sobre mi cerebro.

La fatiga me venció y, antes de darme cuenta, caminaba lentamente hacia el desván, guiado por un impulso que sólo explico ahora en términos de sugestión funesta. Forcé la puerta, que cedió como si aguardara mi llegada. Una pestilencia indescriptible, a medio camino entre ozono y carne quemada, se deslizó como una mano húmeda sobre mi rostro.

El espacio del desván contenía poco: caixones polvorientos, una mesa de disección, y, arrinconado bajo la ventana, un antiguo catalejo construido con bronce y maderas raras, lleno de símbolos que sólo descubrí, horrorizado, tras limpiarlo. Ruedas integradas, labradas con formas ciclópeas y filamentosos relieves, parecían vincular el aparato a un fin jamás pensado por la ciencia. Me acerqué, y el catalejo, orientado hacia una de las ventanillas circulares, apuntaba a la cúspide del cielo nocturno. Asomándome, primero no percibí nada fuera de lo común; pero al mirar a través del catalejo, el universo cambió.

Allí, suspendida sobre el firmamento como una plaga detenida por la voluntad de lo innombrable, flotaba una mancha de luz imposible, de color oliváceo y zafiro, con venas de rojo hirviente. No era una estrella ni un planeta: brillaba, reptando con inhumana lentitud, tan vasto que no comprendí su medida hasta que percibí su cola, difusa y fluctuante, dispersando un polvo grisáceo. Pero lo atroz fue que sentí su consciencia, un aleteo ajeno en los recovecos de mi mente, y una ráfaga de palabras que brotó, no sé si en mi lengua o en un idioma que sólo los muertos comprenden:

“Somos sangre del primer horror, venimos con los siglos. Aquello que viaja, traerte queremos.”

Cerré el ojo, trastabillé hacia atrás y caí al suelo, solo para notar que la voz seguía insinuándose en los pliegues de mi raciocinio, arrastrando fragmentos de memorias ajenas: glaciares bajo soles oscuros, ciudades ciclópeas en planetas extinguidos y, sobre todo, visiones de un cometa que, como una daga de silencio, surcaba el vacío arrebatando cuanto viviera demasiado cerca de él.

Salí del desván, sudoroso. Un repique extraño de algún reloj —y sé que todos estaban rotos— marcó una hora que ningún hombre debía escuchar. Me encerré en el dormitorio, mas la voz persistía bajo la forma de sueños; en uno, la mansión se derretía bajo una lluvia de cenizas volcánicas, y criaturas membranosas danzaban entre vitrales rotos invocando un signo constelado: la estampa del cometa y su cola astillada, zumbando trémulamente mientras una de las formas, con la boca rebosando negrura, me susurraba: “El tiempo es una trampa para quienes no han visto el viaje de Leng.”

Desperté con el corazón punzando en mi garganta; del vestíbulo llegaba un rumor tenso, mórbido y sordo, como si una multitud invisible caminara sobre las alfombras del primer piso. Bajé, y juro por todo lo santo que vi —apenas un instante antes de que las sombras huyeran— una silueta grande y enjuta, con cabeza de medusa y brazos distorsionados por una geometría carente de misericordia, desaparecer sobre el umbral de la biblioteca. La puerta del desván se había abierto de par en par, y del interior brotaba un resplandor enfermizo, como de marmita al rojo blanco.

Desfallecí. No sé cuánto tiempo permanecí en la penumbra. Cuando recuperé la conciencia, el amanecer había lavado la casa de todo rumor antinatural, pero mi mente seguía poseída por la certidumbre de que nada volvería a ser igual. Decidí investigar los papeles de Ambrose; hallé, entre tratados y cartas suicidas de estudiosos perdidos, un diario con el lomo reseco y páginas llenas de grafías ondulantes. Aquel confeso testimonio de locura no era sino el cuaderno personal de mi tío, y contenía su última confesión:

“Las cartas celestes no mienten. El ángel de Leng viene cada setenta y siete años —el ciclo de los engendradores. Cuando el polvo gris azote la tierra, los que hemos visto la estampa caeremos en un sueño sin retorno. El catalejo es talismán y condena. Yo ya sentí la garra del visitante, su promesa de conocimiento más allá del cuerpo. Si aún vivo al escribir esto, no temo a la muerte, sino a la llegada del cometa, cuyo brillo es condenación de mundos. Quien lo vea, jamás será hombre ni sombra, sino prisionero en la órbita de lo no nombrado”.

Las páginas finales estaban manchadas de un líquido oscuro, y la escritura se volvía ilegible, quebrada, como garabatos de un niño asustado. No regresé al desván. Durante una semana, me acosó la inseguridad: ruidos en la madera al caer la tarde, rachas de aire gélido bajando por los ductos, y esa ineludible sospecha de que algo me observaba, tras los vitros opacos, esperando la noche adecuada.

Por fin, cedí a la tentación; subí una vez más al desván, impulsado por la insensata esperanza de romper el influjo. Desde allí, la mansión entera parecía otra. Todo vibraba con un murmullo sordo, como si las tablas respiraran. El catalejo seguía firme, y, ahora, una losa de basalto estaba apoyada junto a él, tallada con sigilografías circuíticas cuyo significado sólo puede deducirse en las peores pesadillas. Coloqué la losa bajo la ventanilla, alineé el catalejo hacia el lugar donde había visto aquel horror... y esperé.

No vi luz, ni el cometa danzando, sólo la extensión infinita y negra de la noche. Pero, casi de inmediato, sin transición, mi vista se deslizó a otra realidad: paisajes montañosos y pálidos, coronados de nubes tan densas como el alabastro, ciudades que flotaban sobre abismos congelados, y, bajo ellas, el cometa. Giraba lentamente, como un insecto atrapado en óleos, su cola barriendo el espacio y en ella, millares de almas desterradas, encadenadas en una procesión inacabable. Entonces, sentí mi cuerpo dejarse arrastrar; supe, sin saber cómo, que ya no podía regresar.

El catalejo tembló en mis manos, vibrando como si toda la maquinaria interna intentara desgarrarse. Las paredes del desván se desvanecieron, reemplazadas por niebla gris; no había mansión, ni Arkham, sólo ese abismo, y la llamada. Por un instante interminable, todo pensamiento humano se borró; fui uno más entre la masa de condenados, atrapados en la órbita repugnante del cometa que viene para devorar y llevar.

No recuerdo cómo escapé de ese trance. Cuando volví a mi ser, era de día, y alguien me sacudía con brutalidad: los nuevos criados, alertados por los gritos horribles que había lanzado durante la noche. El catalejo había desaparecido; en su lugar, sólo la losa de basalto, cubierta ahora por una capa delgada de polvo gris.

Abandoné la mansión Varwick esa tarde, para siempre. Jamás puedo mirar el firmamento sin que me tiemble la sangre al recordar aquello que navega, paciente, entre las estrellas antiguas: el visitante de Leng, cuyos ojos son abismos, y cuya promesa de conocimiento sólo conduce a la orilla de la locura. Y sé que pronto, en algún lugar, alguien más mirará a través de ese catalejo, y la órbita de los condenados se extenderá, despacio, para devorar la tierra. Porque el viaje de Leng no termina jamás, y ya no existen puertas que cierren su paso.

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